Si me preguntas por la orgía

Diría que es mal momento, pandemia global mediante, y parafraseando a Lucio Mansilla que a su vez parafraseó a Dante, agregaría que no hay mayor dolor que recordar el tiempo feliz en la miseria. Pero Gerardo Jorge (n direcciones) insistió en hacer esta entrevista que publicaron en la flamante revista Orgyia y que incluye un fragmento de mi libro inédito “Didáctica de la orgía”.

Por algún motivo, en los últimos años me tocó encontrarme con Osvaldo Baigorria más de una vez en momentos históricos de quiebre. Recuerdo una charla a fines del año 2015 en Tres Bocas, cuando él aún vivía en su casa del arroyo Santa Rosa en el Delta de Tigre; ahí conversamos sobre política, sobre comunidades hippies o neo-hippies de los setenta, sobre zonas y prácticas comunes entre las personas, y sobre delta y literatura, justo cuando Macri estaba en sus primeros días de gobierno y había una alarma generalizada en el campo cultural. Osvaldo tenía una mirada que no era la del común de ese campo entonces, acaso basada en una experiencia de vida nómade, y en una sensibilidad menos orgánica en términos partidarios. Ahora, en marzo de este 2020 estábamos listos para editar en la pequeña editorial que conduzco, llamada N direcciones, un singular librito titulado Didáctica de la orgía: era el resultado de un trabajo hecho para llevar a ese soporte una conferencia suya pronunciada y transformada a lo largo de los años en distintos ámbitos (el Centro Cultural Rojas, el MACBA de Buenos Aires, el Centro de Investigaciones Antifascistas CIA). En el centro de ese texto, como indica el título, están la historia, el concepto y el imaginario de la orgía como práctica. El libro estaba listo para imprimirse con un dibujo suyo como portadilla. Pero el 19 de marzo sobrevino la cuarentena, con el cierre de imprentas y librerías, y se instalaron la incertidumbre y el paréntesis de muchas actividades, además de una forma de vida distinta y -acaso- particularmente ajena al imaginario de mezcla que la orgía evoca: una vida a la distancia, más individuadxs, sin encuentros grupales más allá del porcentaje de “transgresiones”. Ahora, mientras vislumbramos la salida del libro en los próximos meses, conversamos acerca del impacto de la pandemia sobre los conceptos que trabaja el libro, y sobre relaciones entre cuerpo, control, individuo, perspectivas utópicas y más.

GJ: Didáctica de la orgía iba a salir a principios de abril y se frenó por la pandemia y la cuarentena. Teniendo en cuenta lo que está pasando, ¿cómo ves ahora la relación entre la orgía, que es algo que implica una dinámica de los cuerpos, de la presencia, del contacto y de la pérdida de distancia, y la desmaterialización acelerada por el virus y las medidas sanitarias, la “virtualización” de la vida que de pronto se nos presenta como “inexorable” o incluso como beneficiosa en algunos discursos?

OB: La llamada virtualización de una vida cercada por pantallas, que ya venía siendo promovida por los heraldos del teletrabajo y del consumo online, intenta confinar a los cuerpos en espacios privados y vigilados por control remoto. Fracasa, sin embargo, cada vez que un grupo de personas transgrede los confinamientos, rompe las reglas de la cuarentena y se reúne, en espacios cerrados o abiertos, para hacer fiestas clandestinas que a veces son inocentes encuentros bailables. Digo inocentes, no ingenuos, porque sus participantes quizá sepan que pueden estar contagiándose mutuamente de un virus potencialmente letal, pero quizá se inclinan a pensar que “no es para tanto”, “de algo hay que morir”, etc.  La orgía se sitúa en esa misma serie, si bien por su intensidad sería el extremo más transgresor, desterritorializante, de ese movimiento que lleva a los cuerpos hacia la fiesta. Por supuesto que los encuentros físicos pueden ser grandes difusores de virus, bacterias y propagadores de contagios. Y el covid-19 se ha mostrado como altamente contagioso. Pero lo interesante es que las ansias de acople corporal no se disipan con la imposición de modos de vida mediados por pantallas. No solo quedan al acecho sino que pueden ser incrementadas por el tabú y la tentación de quebrarlo. Es inevitable que cuando se prohíbe un tipo de encuentro se propague, más tarde o más temprano, la necesidad de romper la prohibición.

En el libro hablás de un imaginario arcaico de la orgía como práctica disolvente que está en tensión con concepciones contemporáneas en las que la orgía aparece como “consumo” o “entretenimiento”. ¿Estarías de acuerdo en ver la orgía como una forma de imaginación política ligada a un orden utópico más allá de la noción de individuo y de la propiedad privada, como diseño de una forma de vida que podría extenderse algún día? 

Desde luego que la orgía es una forma de sistema autárquico, con sus propias reglas y economías, y por lo tanto un modo de la imaginación política utópica. Para Barthes, la sociedad que imaginó Sade en esos encierros fabulosos, crueles y libertinos, tenía su equivalente más cercano en los falansterios de Fourier. Se constituye un orden, por más transitorio que este sea, allí donde un grupo se separa del orden social dominante para fundar una sociedad cuya duración puede ser la de una sola noche o la de todo un verano, o una comunidad más permanente. Y en ese orden puede haber jerarquías, y con frecuencia las hay, desde las personas que organizan y orquestan de maestras de ceremonias hasta las que son iniciadas o iniciantes, novicias o veteranas, sin mencionar aquellas que, según el carácter de los ritos, pueden ser convertidas en victimas sacrificiales. Tomo el concepto de utopía despojado de su acepción más positiva para aplicarlo a toda proyección imaginaria de una micro-sociedad que se separa de la sociedad mainstream para fundar otro modo de vida, sea éste justo o injusto. Por cierto que esas construcciones imaginarias tropiezan con el flujo de lo real en el campo de los encuentros sociales, y de pronto las jerarquías pueden ser contestadas, desafiadas, modificadas por el arrebato de los cuerpos que instauran fugaces formas de comunismo sexual, de anarquías orgiásticas donde todo se mezcla y se pierde, desde la salud, la propiedad y la dignidad hasta la propia vida.

Ya que identificás la dimensión utópica de la orgía pero sin darle -a priori- un valor positivo a la palabra “utopía”, te pregunto: ¿a vos te hace ilusión la orgía todavía, después de toda tu experiencia histórica y personal? Quiero decir, ¿te parece que es una fantasía que puede estar ligada a imaginar un mundo distinto en una realidad que se nos ofrece como “cerrada” (realismo capitalista, etc.)? ¿O creés que su potencial disruptivo fue capturado por el consumo, capitalismo, etc.?

El potencial disruptivo siempre puede reaparecer bajo nuevas condiciones. Imaginemos una orgía dentro de las medidas de aislamiento que impuso la pandemia covid-19: sería un campo de cultivo y circulación de virus que rompe toda regla de seguridad, toda pretensión de control sanitario. Es una pérdida de control en muchos sentidos. Aunque las trabajadoras sexuales puedan arreglárselas evitando el beso y el contacto entre bocas, que es algo que tradicionalmente se ha hecho, y limitando el contacto a los genitales, o en todo caso a lo buco-genital, ya cualquier cercanía física a centímetros de rostros jadeantes en la relación grupal postula un riesgo que se asume plenamente si se desea un comportamiento orgiástico. Y claro que me sigue haciendo ilusión la orgía, no puedo dejar de recordar y vuelven a mi memoria todo el tiempo ciertos rostros y cuerpos deseantes en una fiesta de la Vicio antes de la cuarentena, el pasar de boca en boca, de pija en pija, de concha en concha, a la luz del baile en la pista central o a la sombra cercana a los baños para el encuentro entre dos, tres, varias personas. Sea como participante o espectador, los cuerpos desnudos o semidesnudos en multitud son excitantes. Y transgresores del pudor que suele ocultar y envolver a la relación sexual humana para exponerla a la vista, para devolverla a una condición más animal, puesto que los animales no se ocultan para tener sexo, así como también transgreden el binarismo del pene que se introduce en un orificio del cuerpo para abrirse al desafío de los varios orificios y puntos de contacto simultáneos en el sexo grupal. Esto creo que siempre permanecerá como fantasía, sea en el plano del autoerotismo y la masturbación o en el de la inmersión en la experiencia orgiástica, por supuesto que con todas las diferencias que puede haber entre lo fantaseado y lo real, entre lo que uno imaginó y lo que después vivió, que es algo que también sucede en las relaciones binarias y románticas más convencionales.

En el sentido de la relación entre orgía e imaginación, justamente, en el libro recorrés varios ejemplos literarios de orgías. ¿Cómo pensás esa relación? ¿Se podría hablar, para vos, de una suerte de tradición orgiástica de escrituras? Quizás en relación con la mezcla de idiomas, registros, con una promiscuidad que va contra todo esencialismo cultural. ¿Qué línea de las tradiciones de abordaje de la orgía más te interesa?

Habría que distinguir entre las escrituras que relatan orgías sexuales de un modo más o menos convencional, la narrativa erótica realista, los guiones de películas pornográficas, de las escrituras barrocas o neobarrocas que gozan en medio de la promiscuidad de lenguas por una apuesta al exceso, a la extravagancia que descentra toda pretensión esencialista. Allí encontramos sin duda a Osvaldo Lamborghini, Néstor Perlongher, Reinaldo Arenas, por citar ejemplos geográficamente cercanos. La escritura de Sade se inscribe en esta última operación, con sus escenas fantásticas enmarcadas en argumentos y tesis filosóficas en debate y choque de moléculas que se deslizan hacia la indiferencia, y a veces la indiferenciación, de las prácticas consideradas criminales o virtuosas. Quiero decir que las narrativas eróticas que construyen escenas de un modo más realista ya parecen muy limitadas si se proponen estimular el deseo y excitar los sentidos, ante la actual ventaja que le lleva la industria pornográfica en cine y video, o incluso los filmes tradicionales con pasajes de erotismo. A la escritura se le exigiría un plus más allá de que a uno lo caliente o no una escena construida en discurso. Ese plus puede darse sea mediante el cruce con una argumentación moral y política relacionada con los sexos, en el humor que disuelve la seriedad de la escena sexual, o en la proliferación de metáforas y metonimias que se montan en la escena de base para llevarla a un goce de lectura que es sensual pero de un modo diverso a la excitación genital. No sé, pienso en La historia del ojo de Bataille, El fiord de O. Lamborghini, Los jóvenes de Carlos Correas, La guerra de los putos de Copi, la Evita vive de Perlongher y algunos libros de Pablo Pérez y con todas sus diferencias me parece que comparten un montaje de auto ironía, parodia, irrisión, interpelación y desafío a la experiencia que desplaza y desliza lo orgiástico en dirección a la literatura sin pretender calentar a nadie en el sentido que la pornografía le daría a ese término.

Una pregunta general que puede llevarnos a la orgía o no: ¿cómo estás viviendo el impacto de lo que sucede en tus proyectos, en tus deseos, en tu cotidiano? ¿Resuena en esta “peste” algo de otras pestes de la historia, un eco de acontecimientos lejanos y primitivos, o lo ves como algo novedoso que hay que pensar desde otro lado?

El confinamiento, la cuarentena, el cierre de fronteras son situaciones que remiten a tiempos de guerra mundial, de dictaduras, así como la aparición de una peste como el coronavirus evoca a la pandemia del sida, excepto que ahora no son solo la sangre y el semen sino la saliva y el contacto cercano con la epidermis ajena lo que termina siendo tabú. Lo diferente es que esta plaga ocurre en un período histórico caracterizado por la expansión de las tecnologías móviles en red que conectan y aíslan al mismo tiempo a las personas en todo el mundo. En ese sentido sí es necesario pensar de un modo más novedoso. Nunca antes la humanidad había estado expuesta al escrutinio en red, al panóptico social televisado capaz de difundir imágenes mortíferas y de inducir al pánico. La sustracción del cuerpo físico en toda interacción humana se completa así de un modo atroz, forzado, impuesto de golpe por ley o decreto.

Con esto no quiero decir que estoy en contra del aislamiento y las cuarentenas duras cuando son los únicos remedios para reducir los contagios, como ocurrió en Argentina. Si no hay otra, hay que guardarse para preservar la vida propia y la ajena. Pero me extraña que desde la OMS y otros organismos científicos no se hayan recomendado remedios más tradicionales, como antiinflamatorios, antigripales y antitusivos, para bajar las congestiones, la tos, los estornudos y otros síntomas que agravan los cuadros respiratorios y potencian los contagios. Parece que lo único que se les ocurrió ante las personas contagiadas es aislarlas y recetar paracetamol para bajar la fiebre, y esperar a que aparezcan vacunas o retrovirales carísimos al alcance de ricos y privilegiados. Me parece sospechosa toda la carrera por vacunas que se está dando entre las potencias y grandes laboratorios. Y no habría que dejarles a las ultraderechas las banderas de la sospecha, porque las utilizarán a favor de abrir las economías y mandar la gente a trabajar aunque se contagien y mueran los mayores, débiles, enfermos e improductivos.

Es un gran experimento salvaje de nuevo ordenamiento social que se está dando en todos los países, y digo salvaje porque los Estados parecen haber sido obligados a gestionar esta crisis de un modo u otro. Hay una organización mundial de expertos médicos que indican protocolos seguidos en forma mayoritaria por todo el planeta. Hay laboratorios farmacológicos con tremendo poder para fabricar drogas legales, vacunas y tratamientos costosos que pueden y suelen influir sobre los expertos a un nivel global sin precedentes. El abismo entre la población sin o con escasos conocimientos médicos y las élites de profesionales sanitarios que indican qué se puede y qué no se puede hacer es cada vez más profundo, dada la complejidad de las especializaciones y los dispositivos técnicos. Todo eso es nuevo, y las respuestas automáticas ante la nueva situación tienden a repetir gestos del pasado. Las resistencias, las fugas ante la cuarentena y el aislamiento adoptan formas arcaicas, invocaciones al anticomunismo, reclamos de libertad en abstracto. Hay desesperación y peligro de que nos acerquemos a ese hastío que Deleuze y Guattari llamaron “pasión de autoabolición”, cuando las líneas de fuga se precipitan hacia la guerra total, donde matar y morir no importa porque vivir ya no tiene sentido. Espero no llegar a ver eso. En lo personal, me la banco. Extraño los bares, los bailes en alguna disco, los encuentros en inauguraciones, pero supongo que todo irá volviendo poco a poco. De alguna manera, me he resignado a esperar, y a organizar mis días con algunos proyectos de escritura que tenía pendiente, y a pasar más tiempo frente a las pantallas como casi todo el mundo.

Esa idea de guerra total que traés a colación parece un peligro muy concreto, en el marco de la exaltación de la individualidad y de la devaluación del sentido que generan los flujos actuales de la información. ¿Creés que experiencias como el viaje y la orgía, importantes en tu vida y tus intereses, ámbitos de mezcla y contacto entre mundos y personas, son algo para oponer al aislacionismo que hoy nos toca? Imaginando nomás: esas formas como gramáticas posibles para romper el “individualismo de masas” (la expresión es de Virilio) y la incomunicación entre saberes a la que te referís.

Sí, contra el cierre de fronteras y el aislamiento nacionalista, reclamar siempre el derecho a circular, a cruzar, a mezclar, a pasar de una esfera a otra y de un territorio a otro. Por supuesto que se trata de un derecho humano, no de un derecho exclusivo de movilidad de los más ricos o de los capitales trasnacionales que ya vienen haciendo su negocio desterritorializante desde hace mucho, moviendo flujos de dinero sin control de legislaciones locales. Se trata del cruce de los cuerpos migrantes, de la ciudadanía mundial, de la abolición del visado, del pasaporte único para todos los habitantes del planeta. Claro que para eso se necesitaría prohibir que a un migrante se le pague menos que a un trabajador local. Así como debería existir una renta básica universal, también habría que garantizar que cada cual reciba lo mismo por igual trabajo. La orgía sería solo un punto, quizá el más extremo pero no el único, de encuentro y de mezcla de lenguas y pieles morenas, marrones, negras, amarillas, blancas, rojas. Un punto de encuentro y de fuga para relaciones que no dependen del habla oral, del entendimiento de idiomas, porque son los cuerpos los que se comunican con su lenguaje visceral, de pura hormona y sudoración in situ. Detrás de las pantallas que aíslan a los cuerpos a distancia, ahí sigue el deseo de cruzar un límite y acercarse al peligroso desafío con que el otro cuerpo siempre nos interpela y nos deja en pelo, al desnudo, tal como vinimos al mundo.

 Publicado en revista Orgyia Nro.1, septiembre 2020, se lee in situ por acá.