La posesión y la pérdida

Las Posesas es un libro que transcribe la conversación a distancia que tuvieron en 2020 y 2021 Esther Díaz y Albertina Carri, dos mujeres que no se conocían y que gracias a la escritura generaron un potente lazo afectivo. La primera parte de esta correspondencia comenzó en 2020 justo antes de la pandemia y versa sobre el tema de la memoria. La segunda parte tuvo lugar durante 2021 y trabaja sobre el tema de la pérdida.

Indiesca

Escribe Daniel Link en Perfil: «Estoy leyendo (y fichando) las Memorias del coronel Baigorria, las Memorias del excautivo Santiago Avendaño, la Excursión de Mansilla y las Correrías de un infiel de Osvaldo Baigorria. Antes había leído una vez más el Martín Fierro y La cautiva. No hace falta que subraye el hilo conductor de mi interés: son los indios, esos “otros” de la patria (respecto de los cuales no tuvieron contemplaciones ni los liberales ni los populistas: Rosas fue tan exterminador como Sarmiento y Roca). Esos a los que Alsina les ofreció su zanja como solución de las contiendas territoriales. Supongamos que esa propuesta multinacional hubiera triunfado. Hoy abominaríamos de las descripciones intolerables que hace José Hernández de la vida en las tolderías de su héroe criminal».

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Entre fantasmas

En la muestra de Fabio Kacero «El campeón de los fantasmas», que exhibe, copia, retoca o inventa las firmas de ciento ochenta y dos artistas, escritores, críticos, curadores y galeristas «con cuotas variables de fama», como dice Graciela Speranza en su comentario de la revista Otra Parte, y las firma al pie «para dar crédito a una obra hecha ‘en colaboración con vivos y muertos’ o, en todo caso, de sus esmeradas dotes de falsificador». El comentario se lee por aquí, y la muestra -con curaduría de Francisco Garamona- se exhibe del 22 de junio al 22 de agosto de 2022 en Galería Ruth Benzacar, Juan Ramírez de Velasco 1287, Buenos Aires.

Trabajo de hormiga

Insectos y corales entre otros materiales en esta pieza de Miguel Harte para su muestra de obras 1989-2022

Tan lejanos y tan cercanos, los artrópodos invertebrados que en sus millones de especies constituyen casi el 90 % de la vida en este planeta nos desafían como si fueran alienígenas invasivos. Podemos expulsarlos cuando se meten en nuestras casas, aplastarlos o contemplarlos a prudente distancia. A veces, admiramos sus alas de colores paranormales, sus movimientos de hadas fugaces. Nos hemos acostumbrado a matarlos cuando nos atacan (tábanos, mosquitos) o nos puedan lastimar (escorpiones, algunas arañas), cuando ingresan a nuestras tierras y se comen nuestros alimentos (moscas, hormigas, cucarachas, gusanos blancos de escarabajo en estado larvario que son plaga en campos de maíz o de trigo), y a veces, por asco, por desconocimiento y miedo a enfermedades imaginarias o reales. En ciertas regiones hay algunos comestibles. En libros del Antiguo Testamento se indica que pueden comerse aquellos que tengan patas con coyunturas para dar saltos (langostas, grillos y saltamontes); el resto de los bichos, incluso los alados, son considerados abominables e inmundos, junto a todo animal que se arrastre sobre su vientre: “Todo el que toque sus cadáveres quedará inmundo hasta el atardecer” (Levítico).

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Carta abierta a una amistad improbable

Lo primero que quiero expresar es agradecimiento por haber sido invitado a dar la conferencia inaugural de este Filba nacional, un espacio por el que han pasado otras escritoras y escritores estimulantes para la literatura argentina, y también decirles que el reconocimiento que implica esta invitación me tomó por sorpresa y me dejó algo perplejo. Fue una sensación de sorpresa y de perplejidad, creo, porque que a lo largo de mi vida he hecho muy poco de eso que podría llamarse el ”trabajo de escritor”: trabajo en el sentido de alguien que va a congresos y festivales, se reúne con editoras y agentes, escribe o dice que escribe varias páginas por día, hace sus deberes, se ocupa en dar conferencias, charlas, y se especializa en el oficio de charlista, por no decir otra palabra más vulgar, o sea, alguien que aparece como trabajador del discurso dentro de ese campo llamado “la literatura”, un terreno en el que se mueven personas denominadas “escritores/escritoras”. 

De hecho, hubo años, lustros, décadas de mi vida en las que me he dedicado a muchas otras cosas menos a escribir, y cuando empecé a engendrar mis primeros poemas adolescentes no se me ocurría que eso era o podía ser un trabajo. Quizá por una limitación propia de mi extracción de clase -de familia obrera-, a la palabra “trabajo” siempre la asocié a una actividad bien o mal remunerada que uno hace para ganarse la vida. Cuando trabajé como periodista en diarios y revistas, tuve claro de qué se trataba esa actividad, así como hoy tengo claro que no toda escritura es literatura. Y cuando escribí artículos sobre diversas expresiones contraculturales, supe que la motivación iba más allá de ganar el pan con el sudor de mi frente, porque mediante esos textos intentaba con cierta inocencia aportar algún granito de arena para cambiar, mejorar, transformar el mundo en el que vivía. Tampoco eso era precisamente literatura, a menos que coincidamos con Mario Levrero cuando escribió que quizá el destino de toda cosa en el universo, tal vez incluso el universo mismo, sea convertirse en literatura. 

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Revista 2001

En 1972 estábamos a 29 años de una cifra que parecía lejana y llena de promesas: 2001 fue el nombre de la revista que convocó a esta mesa el 9 de marzo en la que tuve mi primera aparición pública -aquí a la izquierda de Miguel Grinberg- para debatir el tema «sexo y liberación». Entre algunos nombres olvidados (y algunos olvidables), aparecen Pablo y Norma Lamas, quienes un mes más tarde abrirían su casa de Flores para una reunión multitudinaria donde conocí a Néstor Perlongher y de la cual saldría la propuesta de iniciar un grupo de estudios que llamaríamos Política Sexual.

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