Matar y morir en los medios

Dos comentarios sobre el relato de la muerte del oso que inspiró una obra y la obra que inspiró otro relato, el texto que acompaña la muestra de Gabriel Baggio en galería Hache, fueron publicados en medios argentinos durante la primera semana de octubre, una semana trágica para mí a causa de esta pérdida y en la que estuve (y todavía estoy) lejos del mundanal ruido, de manera que recién ahora puedo acusar recibo. Uno es de March Mazzei en la revista Ñ, otro es de Laura Isola en Perfil Cultura. En ambos se encuentran fragmentos de “La vuelta al reino en un acto”, el texto de sala que escribí para la muestra. Al texto completo (“un manifiesto expresivo”, dice Isola) se lo puede leer por aquí.

Aclaración: Gabriel Baggio me ha confiado que leyó la escena del oso (el oso famoso) primero en Sobre Sánchez, luego en Postales de la contracultura. El orden de los factores no altera el producto: una obra pictórica creada a partir de una lectura y una escritura que acompaña la obra de ida y de vuelta.

Necrológica

En algún lugar de Europa, tal vez Cataluña, esta imagen de hace cuatro años, septiembre de 2016, fue la elegida para esta entrada o noticia necrológica sobre Susi González (aunque yo prefería llamarla Susi Soaje, por el apellido de soltera de su madre), compañera, amante, socia en la aventura de la vida que perdí en medio de este octubre pandémico del 2020. Nos conocimos hace más de 21 años. Convivimos de a ratos, compartimos muchos viajes, la amé como a nadie. Me tocó estar a su lado durante su lucha de más de tres años contra el cáncer, lucha que perdió, por cierto. Cáncer de pulmón, con metástasis final en el hígado, que fue combatido con un par de operaciones y quimioterapia, hasta terminar en cuidados paliativos. Internada en nuestro domicilio, un departamento convertido en mini-hospital con cama ortopédica, inodoro portátil, silla de ruedas, generador de oxígeno, tubo de oxígeno, pañales, ampollas de morfina y otras drogas, vías, jeringas, elementos que tuve que aprender a usar en cursos acelerados de enfermería informal, a medida que el derrumbe se aceleraba, a lo largo de la cuarentena que impuso el coronavirus, para asistirla en sus últimos días.

Susi me enseñó la lección de la ayuda, del cuidado al otro/a, como vocación, llamado, sentido único de la vida que va del nacimiento a la muerte. Médica con 30 años de experiencia en terapia intensiva en el hospital Pirovano, además de neumonóloga y homeópata, fue una militante de la salud pública. Incluso en su consultorio particular, prefería cobrar poco o no cobrar, a veces, cuando se trataba de ayudar a aliviar el sufrimiento de alguien. Por supuesto que en su trabajo vio morir a mucha gente; lloraba cada tanto cuando me contaba de algún chico accidentado al que no habían podido salvar, porque era una médica impresionable, créase o no, ante el sufrimiento ajeno: la empatía la arrojaba en brazos del dolor compartido, la empatía tal vez la debilitó, la hizo más vulnerable a la enfermedad, no lo sé, siempre tuvo una salud frágil en un cuerpo pequeño en el que no cabía su alma grande. Estoy siendo cursi, claro. Esto es lo que me sale después de pasar un mes y medio dándole de comer a cucharaditas en la boca, ayudando a cambiarle los pañales, administrando los medicamentos a goteo en diferentes horarios, durmiendo a salto de mata para estar alerta ante sus signos vitales. Fue una etapa terrible y sagrada en la que pude compartir su dolor y apaciguarlo con caricias y drogas. Finalmente murió sin dolor gracias a la morfina (gracias a Dios dijo algún creyente; bueno, tal vez la morfina, o el opio, o la amapola son evidencias de que Dios existe). Se fue en su sueño, enchufada al respirador y a una vía subcutánea, una mañana de octubre. Me desperté y ví que su pecho no subía ni bajaba, es decir no respiraba, no le salía aire de la boca. Busqué su pulso, no lo encontré. Llamé a la médica de cuidados paliativos, quien me instruyó en apagar el respirador y suprimir el goteo, y luego vino a hacer el certificado de defunción: deceso por insuficiencia respiratoria aguda. La enfermera y una asistente amiga me ayudaron a cambiar sus pañales, limpiar el rostro, vestir con ropas blancas… después todo fue el trámite engorroso, doliente, lleno de fastidios para poner en marcha el servicio fúnebre, para que venga una ambulancia a llevarse al cuerpo y lo dejara en un depósito hasta el día siguiente, el día de la sepultura. Protocolos rápidos, sin velorio, para una despedida en tiempos de pandemia. Protocolos demasiado fríos para un cuerpo al que despedí como nunca antes había despedido a ningún otro, hablándole como si me escuchara, llorándole, rezándole, tocándolo como si estuviera vivo. Era el erotismo de los corazones el que se rompía, el cuerpo amado y deseado que me arrebataba la muerte; no sentí eso ante el cadáver de mis padres o de mis mejores amigos. Era el deseo y el apego que destruía de un golpe ese tránsito del espíritu que pasó por un cuerpo y luego lo abandonó para irse hacia otros cuerpos. Sabía que el momento de la partida se acercaba y sin embargo, cuando ocurrió, fue como si una maza me pegara en medio del pecho. Esos golpes en la vida tan fuertes, como decía César Vallejo, yo no sé…. Solo sé que se fue. Y espero que estas primeras palabras tan torpes y arrancadas a tropezones de mi tristeza puedan alcanzar, por ahora, a resumir en una noticia mínima el suceso y actuar como introducción al duelo.

Dos libros únicos

ruth benzacar galeriaMis dos manuscritos más antiguos, producidos en los años 70 y 90, están en exposición en la galería Ruth Benzacar gracias a una propuesta de Estefanía Papescu para su muestra Crisantemes (libros de artistas y escritores realizados a mano) dentro del proyecto Simetría Doméstica; podrán hojearse entre el 21 y el 25 de septiembre y quedarán en el kiosko de esa galería bajo llave (espero). Leer más “Dos libros únicos”

La vuelta de la vuelta a la tierra

En la revista Ñ de este fin de semana apareció la nota de tapa “¿Y si nos vamos todos?” con una serie de testimonios sobre cómo cambiar de escala desde la gran ciudad a un entorno más pequeño, bajo el titulo “Mandarse a mudar: ¿sí o no?”. Mauro Libertella me preguntó si quería participar y le respondí lo siguiente:

Mucha gente se acuerda de que las megalópolis son lugares terribles para vivir cuando aparecen pestes o catástrofes mayores, como guerras, bombardeos. Ahí se ve que las grandes ciudades son campos de concentración que contradicen las más elementales leyes físicas. El cuerpo humano es en promedio un 60 por ciento líquido y las moléculas tienden a difundirse de lugares de mayor a menor concentración. Pero la mayoría de la humanidad hace lo contrario, por razones socioeconómicas forzosas, y sin muchas opciones, claro. Tuve la suerte de estar entre esas minorías que abrazaron el back-to-the land, el movimiento de vuelta a la tierra en la costa oeste norteamericana de los años 70. Volví a la ciudad, sin embargo, y volví a irme al delta del Paraná, y volví de nuevo. En esa oscilación fui descubriendo que se necesita lo mejor de ambos mundos y eso implica aprender a vivir con la mirada puesta en lo post-urbano, con la ciudad en el ayer, no en el mañana. Lo post-urbano sería un mundo en el que el acceso al conocimiento y la comunicación que hoy asociamos a lo urbano pueda situarse en el medio más natural, despoblado y silvestre posible, sin alterar ni contaminar ese medio de ningún modo irreversible. Sueño con ese mundo todavía.

Publicado en revista Ñ del 19/09/2020.

Diario de un degenerado en el armario

Gombrowicz

Como si fuese un ejercicio de autoconocimiento, Witold Gombrowicz empezó a hacer una recapitulación de su vida a partir de 1953 en Argentina, volviendo sobre sus pasos para anotar todo lo que le había sucedido desde mayo de 1922 hasta aquel momento y luego continuar hacia adelante, día más día menos, hasta mayo de 1969, poco antes de su muerte. Pero separó lo público y lo privado en dos textos. En la localidad cordobesa de Salsipuedes, donde estaba de vacaciones, habría leído el Diario de André Gide y se le ocurrió proponer al editor de la revista Kultura, de la emigración polaca en París, publicar su propio diario en forma periódica. Mas como este sería absolutamente público, escribió en paralelo otro más íntimo e imposible de sacar a la luz mientras el autor estuviese vivo, en parte por la exhibición de sus estados emocionales y de salud en general, pero sobre todo por sus relatos de actividad erótica que sería tan transgresora e incómoda para aquellos tiempos como quizá para los actuales. Leer más “Diario de un degenerado en el armario”

Si me preguntas por la orgía

Diría que es mal momento, pandemia global mediante, y parafraseando a Lucio Mansilla que a su vez parafraseó a Dante, agregaría que no hay mayor dolor que recordar el tiempo feliz en la miseria. Pero Gerardo Jorge (n direcciones) insistió en hacer esta entrevista que publicaron en la flamante revista Orgyia y que incluye un fragmento de mi libro inédito “Didáctica de la orgía”.

Leer más “Si me preguntas por la orgía”

Sexo y contracultura en los 70

Un seminario sobre movimientos y producciones de los años 70 que  propusieron rupturas y formas atípicas de alianza con las políticas de izquierda y nacional-populares, e inauguraron un espacio de apertura desviado de las líneas clásicas de la lucha de clases y del antagonismo antiimperialista para afirmar otras soberanías agregadas al reclamo de soberanía política y liberación nacional/social: la afirmación de las diferencias sexogenéricas y culturales, la experimentación individual y grupal en el campo del deseo, la liberación del cuerpo y del espíritu. Leer más “Sexo y contracultura en los 70”

A domicilio

el flasheritoPasó a visitarme Alfredo Jaramillo en bicicleta para traer El Flasherito #18 de entrega gratuita a domicilio: viene con artículos sobre Donna Haraway, De Loof, Dereck Jarman, arte adolescente-sin edad, revista ramona, comic, poesía, entrevista a este servidor, y obviamente la pandemia, etc. Salió por convenios con correos, fundaciones, y donaciones y se puede pedir sin compromiso a la web del Flasherito por acá: http://flasherito.com.ar/recibi-el-flashe-18

Una charla con Malena

Una entrevista nunca es una conversación (ya que alguien solo pregunta y alguien solo responde) pero con Malena Rey uno siente como si lo fuese. El estudio a fondo de la obra, el holgado tiempo para responder y la curiosidad genuina de la entrevistadora dulcifican la escena y permiten un intercambio de magias, aun cuando los rostros y las voces estén mediados por dos pantallas alejadas por tiempos de pandemia.

 

 

Igual estaba algo nervioso: la exposición en pantalla así me pone. La taza de té que a veces bebo en verdad tenía whisky, aunque no funcionó para calmarme del todo. Cosas que le pasan a un ansioso.

La entrevista fue realizada el 16 de julio en el marco del ciclo “Conversaciones” que presenta escritores/as en el Museo Latinoamericano de Buenos Aires y que Malena conduce por acá.