Carta abierta a una amistad improbable

Lo primero que quiero expresar es agradecimiento por haber sido invitado a dar la conferencia inaugural de este Filba nacional, un espacio por el que han pasado otras escritoras y escritores estimulantes para la literatura argentina, y también decirles que el reconocimiento que implica esta invitación me tomó por sorpresa y me dejó algo perplejo. Fue una sensación de sorpresa y de perplejidad, creo, porque que a lo largo de mi vida he hecho muy poco de eso que podría llamarse el ”trabajo de escritor”: trabajo en el sentido de alguien que va a congresos y festivales, se reúne con editoras y agentes, escribe o dice que escribe varias páginas por día, hace sus deberes, se ocupa en dar conferencias, charlas, y se especializa en el oficio de charlista, por no decir otra palabra más vulgar, o sea, alguien que aparece como trabajador del discurso dentro de ese campo llamado “la literatura”, un terreno en el que se mueven personas denominadas “escritores/escritoras”. 

De hecho, hubo años, lustros, décadas de mi vida en las que me he dedicado a muchas otras cosas menos a escribir, y cuando empecé a engendrar mis primeros poemas adolescentes no se me ocurría que eso era o podía ser un trabajo. Quizá por una limitación propia de mi extracción de clase -de familia obrera-, a la palabra “trabajo” siempre la asocié a una actividad bien o mal remunerada que uno hace para ganarse la vida. Cuando trabajé como periodista en diarios y revistas, tuve claro de qué se trataba esa actividad, así como hoy tengo claro que no toda escritura es literatura. Y cuando escribí artículos sobre diversas expresiones contraculturales, supe que la motivación iba más allá de ganar el pan con el sudor de mi frente, porque mediante esos textos intentaba con cierta inocencia aportar algún granito de arena para cambiar, mejorar, transformar el mundo en el que vivía. Tampoco eso era precisamente literatura, a menos que coincidamos con Mario Levrero cuando escribió que quizá el destino de toda cosa en el universo, tal vez incluso el universo mismo, sea convertirse en literatura. 

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Revista 2001

En 1972 estábamos a 29 años de una cifra que parecía lejana y llena de promesas: 2001 fue el nombre de la revista que convocó a esta mesa el 9 de marzo en la que tuve mi primera aparición pública -aquí a la izquierda de Miguel Grinberg- para debatir el tema «sexo y liberación». Entre algunos nombres olvidados (y algunos olvidables), aparecen Pablo y Norma Lamas, quienes un mes más tarde abrirían su casa de Flores para una reunión multitudinaria donde conocí a Néstor Perlongher y de la cual saldría la propuesta de iniciar un grupo de estudios que llamaríamos Política Sexual.

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Entre el terror y el suspenso

Escribe José María Brindisi para La Nación: «Ese espacio casi inabarcable de la geografía bonaerense, pero sobre todo de la fantasía, que es el delta de Tigre, se ha convertido en legendario gracias a una paleta de episodios más o menos célebres, un cúmulo de escritores –pero también artistas como Xul Solar– que lo frecuentaron, lo vivieron e incluso hicieron lo suyo para transformarlo. Esa lista dispar –dispar por la mayor o menor cercanía y la diversidad de maneras de abordarlo– incluye nombres como los de Domingo Faustino Sarmiento, Leopoldo Lugones, Roberto Arlt, Haroldo Conti y Rodolfo Walsh.

«El ladrido del tigre, la última novela de Osvaldo Baigorria (Buenos Aires, 1948), una de las plumas más desconcertantes o inclasificables de la narrativa argentina contemporánea, renueva ese imaginario a partir de una historia que parece coquetear con diversos géneros y sentirse cómoda en cada uno de ellos, sin desembarcar del todo en ninguno. El protagonista-narrador es un escritor que, en medio de la distópica reclusión de la pandemia, recrea con injustificada nostalgia los años más o menos recientes en que vivió, merced a las bondades de una herencia, en una de las islas del Delta, dedicado en principio a leer, escribir y, muy especialmente, establecer una conexión más estrecha con esa diosa ambivalente, siempre desbordante de promesas, que es la naturaleza. Pronto sucede, sin embargo, que el ideal se ve trastocado por una serie de hallazgos, primero dispersos, que luego corporizan en hechos y rumores cada vez más concretos y siniestros: un hueso encontrado aquí, otro hueso allá, dan paso a incendios, accidentes, desapariciones (con todo lo que el término implica en la Argentina), tanto de animales como de personas.

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Pandemia y endemia

«En El ladrido del tigre, Osvaldo Baigorria parece narrar lo urgente y, a la vez, habitar ese espacio sin tiempo que configura el estado de aislamiento durante la cuarentena por covid-19. La pandemia como fenómeno en sí establece algo más que un marco narrativo, otorga una forma de ver y leer aquello que llamamos realidad. El acontecer diario, colmado por lo inmediato, se estanca (en apariencia), dando lugar a la repetición cotidiana, donde la mínima alteración del paisaje y de la suma de rituales configuran una forma de alarma; aquello que escapa a nuestra percepción se transforma en amenaza.

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Miguel Grinberg (1937-2022)

Foto tomada del muro de Facebook de Claudio Gabis

«Poco a poco las caretas se hacen más ridículas, las posturas salvadoras más lamentables, los pretextos más tristes. Pero de ninguna manera nos tienta crear una filosofía del resentimiento y la tristeza» *.

Grinberg fue quien me llevó a escribir mis primeras colaboraciones periodísticas en la revista 2001, a principios de los años 70. Algunas diferencias ideológicas menores nos fueron apartando, así como las derivas de la propia vida. Y aunque en los últimos años apenas nos veíamos -la última vez fue un breve cruce a la salida de la conferencia que dictó Bifo Berardi en el Auditorio de la Facultad de Ciencias Sociales, UBA, en 2018 (él me preguntó «¿qué estás haciendo por acá?»)- igual sé que lo voy a extrañar.

–* Del manifiesto «Las pieles del fracaso» en la revista 2001, año 5, número 52, 1972

Pide tres deseos y tendrás un Tercer oído

«A sus oficios terrestres de escritor, periodista y docente, Osvaldo Baigorria suma una faceta suya muy poco conocida. El autor trotamundos de clásicos de la no ficción transgénero (Sobre Sánchez, Postales de la contracultura…) y de novelas brillantes y aún inclasificables (Correrías de un infiel, El ladrido del tigre…) es también dibujante» escribe Nicolás G. Recoaro en Tiempo Argentino.

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