«Una recontraconfederación de naciones: imaginaciones geográficas alternativas en las literaturas contemporáneas del Cono Sur» es el título del artículo publicado por Gabriela Adamo (Universidad de San Andrés) en Latin American Literary Review, Volume 53 / Number 106, Spring 2026. Su resumen:
«Este artículo sostiene que una serie importante de textos contemporáneos del Sur está utilizando las largas distancias geográficas como dispositivos para cuestionar los órdenes espaciales convencionales, o lo que Sandro Mezzadra y Brett Neilson llaman “elmomento ontológico congelado” de la cartografía occidental. Para profundizar en la idea, se concentra en la colección de cuentos Indiada (2018), del escritor argentino Osvaldo Baigorria. Analiza una potente imagen geográfico-histórica que aparece en el texto, la propuesta de crear una “recontraconfederación de naciones” impulsada por una tribu de indios pampas en pleno siglo XVIII.
«Una orgía en el desierto: Las ficciones pampeanas de Osvaldo Baigorria» es el título del trabajo de Rodrigo Montenegro (Universidad Nacional de Mar del Plata/Conicet) publicado en Catedral Tomada: Revista de Crítica Literaria Latinoamericana, volumen 13, nro 25, 2025, Universidad de Pittsburgh. Su resumen:
«Las historias sobre cautivas, malones y episodios de frontera forman parte del imaginario argentino desde el siglo XIX y ha sido motivo de constantes reelaboraciones por parte de la literatura y las artes. En este contexto, Correrías de un infiel e Indiada, ficciones recientes de Osvaldo Baigorria, realizan una operación de reescritura y perversión sobre los discursos y tradiciones asociados al desierto argentino. A la luz de experiencias contraculturales y comunitarias, las ficciones pampeanas de Baigorria son el resultado de una escritura que activa conexiones, anacronismos y utopías en vistas a leer un pasado perdido, aunque virtualmente presente, en el tramado vital y erótico de una literatura exteriorizada hacia las extensas llanuras de América del Sur».
La edición ilustrada de Semen indio, uno de los cuentos que integran el libro Indiada (Blatt & Ríos), con dibujos a lápices pastel por la artista mapuche Malku Caicai Catrileo Araya, se consigue en la editorial Nihil Obstat, Chile. Por Facebook o Instagram: @editorialnihilobstat
Dentro de la serie de novelas “indigenistas” de Aira (Emma la cautiva, El mensajero, Un episodio en la vida del pintor viajero, Eterna juventud, quizá Moreira), Entre los indios es aquella en la que aparecen en su forma más acabada, a mi entender, el pensamiento, la vida y las costumbres de esos indígenas que podríamos llamar airos: seres de vida invariable, ociosos, excepto cuando la guerra les ocupa todo el tiempo, incluido el tiempo de paz en el que relatan la guerra con sus leyendas y anécdotas. Entre ellos hay médicos brujos travestidos y adictos a la retórica, maestros del arte de la introducción, capaces de hablar durante horas antes de entrar en materia y de hacer de una razón diez mil razones, como herederos barrocos de los oradores ranqueles de Lucio V. Mansilla. La velocidad o la lentitud en el habla y en el movimiento hacen toda la diferencia. El jefe de la tribu de Entre los indios es un «distinguido guerrero, veloz como el viento cuando le conviene, lento como el aire en reposo cuando la velocidad deja de ser la mejor opción»: un cacique bebedor y contemplativo, un filósofo salvaje que no encuentra sentido en el trabajo, sea para construir obras, templos y otros monumentos del esfuerzo -como esos adornos de metal cuya extracción y elaboración consume las vidas de varias generaciones u otros adornos más delicados con plumas que exigen el máximo cuidado-, sea para fabricar relatos históricos o mitológicos que terminan siendo una red mental, una telaraña paralizante añadida sobre el peso de las cosas. El interlocutor de este cacique es un diablo demasiado humano, dedicado a hacer el mal pero que sin embargo tropieza, falla en sus intentos, a veces por factores externos, a veces por su propia conciencia, que no excluye la culpa: un diablo culposo en un mundo perfecto en su imperfección, donde el alma se asombra de su propia rareza. El estado de indolencia en el que vive la tribu peligra ante la aparición de este diablo que viene a pedir limosna y a “inocular cultura”, según propone Sergio Chejfec: “La necesidad vendría a ser la cultura en estado potencial, lo contrario del reino de lo innecesario representado por la toldería”. Ocurre que los indios de raza aira también son demasiado humanos; el cacique se ha pasado la vida soñando con utopías, escribe César Aira, aun sabiendo que «esas utopías eran imposibles, no porque alguien se lo impidiera sino porque él mismo no quería. Qué rara era el alma del hombre: no quería hacer lo que más deseaba. O dicho de otro modo: ponía lo que más deseaba en un lugar fuera de la realidad, en la ensoñación, donde pertenecía. Llevarlo a la realidad era un trámite que abría las puertas del sueño a las incomodidades de la acción». Chapeau!
Escribe Daniel Link en Perfil: «Estoy leyendo (y fichando) las Memorias del coronel Baigorria, las Memorias del excautivo Santiago Avendaño, la Excursión de Mansilla y las Correrías de un infiel de Osvaldo Baigorria. Antes había leído una vez más el Martín Fierro y La cautiva. No hace falta que subraye el hilo conductor de mi interés: son los indios, esos “otros” de la patria (respecto de los cuales no tuvieron contemplaciones ni los liberales ni los populistas: Rosas fue tan exterminador como Sarmiento y Roca). Esos a los que Alsina les ofreció su zanja como solución de las contiendas territoriales. Supongamos que esa propuesta multinacional hubiera triunfado. Hoy abominaríamos de las descripciones intolerables que hace José Hernández de la vida en las tolderías de su héroe criminal».
Demian Orosz comenta mi novela reeditada en noviembre de 2021 por Blatt & Ríos. Dice (o mejor dicho, escribe):
En Correrías de un infiel hay varios viajes mezclados en una potente fricción. Hay un periplo en busca de un origen, que podría ser tan imaginario como un espejismo o como la luz mala, y hay también un viaje sentimental, en el que el narrador se embarca creyendo(se) algo, probándose como un anarquista sexual y pagano de pura cepa, y que termina en otra cosa (algo así como el comienzo de un amor).
La pesquisa de supuestos ancestros es el punto de partida de esta incursión de Osvaldo Baigorria. “Soy ranquel”, son las palabras con las que arranca la novela. Junto a su novia, Beatriz, el autor/narrador viaja al sur para indagar la posible vecindad de sangre con el coronel Manuel Baigorria, militar unitario que vivió más de 20 años entre los ranqueles, de 1831 a 1852. Desertor, polígamo, sembrador de hijos concebidos y abandonados en lo que entonces se llamaba “Desierto”, Baigorria fue a su vez padrino de Baigorrita, cacique que lideró la comunidad de Quenque, también conocido como Diez Aguas, una de las víctimas célebres de la llamada “guerra contra el indio”.
La identidad es un vieja pregunta filosófica, estatal, institucional (como cuando la policía nos pide el documento nacional de identidad). El problema es que se constituye alrededor de una comunidad imaginaria (la nación, la generación, la orientación sexual, etc.) y en base a un relato fundacional y homogeneizador que tiene mucho de ficción. No somos idénticos. Ese fantasma en la sangre es más que nada una fantasía, a veces un delirio. En cierto modo, uno elige a sus antepasados, como Kafka que creó a sus precursores según la famosa fórmula de Borges.
«La cabeza del cacique» es el probable título de esta obra de Florencia Bohtlingk que en su versión más terminada recibe hoy desde la vidriera a cada visitante que entra a la galería de arte PM («Para mí», en este día), a ver la muestra que Flor comparte con Javier Barilaro y Nicolás Dominguez Nacif: «selvas oscuras, bárbaros sin oficio ni beneficio, litorales marrones y mares fluviales sin calado suficiente para ser navegados», al decir de Alfredo Aracil en su texto de sala. Agrego: en la muestra hay misas paganas, paisajes umbanda, lluvia de plagas y contagios de pampa y trópico. Sólo sé del origen de este cuadro, porque la cabeza en cuestión fue la del cacique Mariano Rosas en la ceremonia de entrega de restos a descendientes y referentes indígenas en el Museo de Ciencias Naturales de la Plata hace dos décadas, ceremonia que presencié y que relaté a Florencia a través de una imagen que me quedó grabada, una imagen que va del recuerdo al relato y se convierte en dos: cabeza y cráneo, lonko y hueso, La Plata y Leubucó. Continuar leyendo «Cabeza ranquel»
Escribe Augusto Munaro para La Gaceta de Tucumán, en un comentario que lleva por título y bajada «La vida originaria. Textos que cuestionan lo que entendemos por tradición», lo siguiente:
Lala Toutonian me entrevista para Perfil Cultura, en una edición que incluye fotos del Lejano Oeste y del Cercano Sur porteño: la máxima periodística que indica «nunca dejes que la realidad te arruine un buen título» aquí fue aplicada con gran criterio, desmesura en el elogio, exageración y precisión simultáneas. Empieza así:
Están las personas que no necesitan presentación: su mera existencia las descubre. Los parroquianos observan con curiosidad a este hombre de particular estampa. Cuántas personas con el pelo teñido de verde (en clara referencia al aborto legal) habrán entrado antes al Homero Manzi, se pregunta uno. Hoy vecino del barrio de Boedo, Osvaldo Baigorria, ajeno al efecto que provoca, se dispone a responder apuradas retóricas que se enredan entre la curiosidad y el deseo de conocimiento. La contracultura, esa anatomía amoral que renuncia a la cultura social normativa, es la continuación de una dinámica de fastidio pero por otros medios. Y enfrenta a la cultura como conflicto. La contracultura condiciona el engranaje cultural dominante (social, capitalista, burgués) que penetra inculcando estigmas de pertenencia para legitimar una conducta de disidencia. Continuar leyendo «Lejano Oeste»