Reír y pensar

Por razones de diferencia en clase social, edad, lejanía y tal vez prejuicio, fui de aquellos que no se acercaron a la Recoleta ni a la Manzana Loca de Buenos Aires en los años 60-70, y por lo tanto no pude conocer al Niño Federico. También por suspicacia contracultural, su aparición televisiva como un grandote de cara seria, peinado prolijo, traje, corbata y ojos alucinados en los programas de Tato Bores no despertó mi interés en aquel momento, salvo por la gracia con la que desarmaba las costumbres con las armas del absurdo. Pero las anécdotas y el rumor de elite acerca de sus chistes, charlas, recitados y canciones imprevistas en La Biela, el Florida Garden o la Galería del Este, lo hicieron cada vez más insoslayable en la bohemia porteña y finalmente tuve que rendirme a la evidencia: aunque su capacidad como humorista pudo haber opacado cierto rol precursor como artista conceptual y también el lugar anómalo que ocupó como poeta, todo el conjunto de sus intervenciones finalmente lo mantuvo vivo en el firmamento del mito.

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Del infinito a La Biela

Del infinito al bife

Para quienes por razones de clase social, edad, lejanía o prejuicio no se acercaban a Recoleta ni a la Manzana Loca de Buenos Aires en los años 60-70, las breves entradas de ese grandote de cara seria, ojos alucinados, peinado prolijo, traje y corbata y a veces antifaz en los programas de Tato Bores en los canales 11 y 13 habrán sido una primera aproximación a Federico Manuel Peralta Ramos (1939-1992), tataranieto del fundador de la ciudad de Mar del Plata. Para quienes no mirábamos televisión por suspicacia contracultural, la presencia e influencia de ese francotirador que atacaba a la sociedad con las armas del absurdo se hizo sentir como rumor creciente a medida que se multiplicaban las anécdotas sobre sus charlas, recitados y canciones imprevistas en La Biela, la Galería del Este o el Florida Garden, entre otros enclaves de la bohemia porteña.

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