Bolero para tres

En una entrevista para el diario Tiempo Argentino a.V. (antes del vaciamiento), Nicolás García Recoaro me pregunta sobre Llévatela, amigo, por el bien de los tres:

-¿Cómo recordás la cocina de la escritura de Llévatela…?

-Fue tipeada en una máquina Olivetti portátil en un ardiente monoambiente de la calle Cachimayo, a media cuadra de Avenida Rivadavia, en el verano de 1988. Eran tiempos sin aire acondicionado, sin televisión, sin Internet ni otra pantalla móvil o fija para anclar la mirada. Fue escrita de un tirón, casi sin corrección. Luego releí lo que había escrito y taché y tiré muchas páginas, más del doble de lo que quedó al final. Creo que la novela ganó por sustracción.

-En la posdata rememorás la curiosa presentación que tuvo el libro.
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La utopía del poliamor

“Desarmar la monogamia” es el título de esta reseña de Llévatela, amigo, por el bien de los tres en Revista Paco. Escrita por Thomas Rifé, dice: “Celos y Deseo parecen ser las claves por dónde pasan las limitaciones de la monogamia y las zonas por donde la responsabilidad del compromiso entra en tensión con el afuera…. Los celos y el deseo operan en direcciones opuestas dentro de la pareja. Los celos son la forma en la que se expresa la incomodidad que sentimos por el deseo de los de afuera, que percibimos como enemigos que buscan dinamitar nuestra pareja, hacia nuestro objeto de amor, nuestro compañero/a. Mientras que el deseo hacia los otros apunta en dirección opuesta, hacia afuera, hacia los otros; ¿cómo manejamos en un hábitat de exclusividad sexual el deseo que sentimos por los cuerpos que están fuera?”

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De la infidelidad como una de las bellas artes

En Revista Ñ, la entrevista que me hizo Ezequiel Alemian a propósito de Llévatela, amigo, por el bien de los tres, publicada bajo este título seductor (y engañoso, como buen seductor). Aquí van sus preguntas y mis respuestas:

El libro está dedicado a los amantes del bolero. ¿Escuchás o escuchabas boleros? ¿Qué sentimientos te transmite el bolero? ¿Hay alguna relación entre el bolero y el amor libre?

–No escuchaba boleros, sólo rock en inglés. Pero en esos años tenía una amiga muy querida que, estando casada, había mantenido por años una relación secreta con otro hombre que a su vez también estaba casado. Ella era una amante del bolero y mi dedicatoria fue un modo de referir elípticamente no solo a quienes amaban a esa música y sensibilidad sino a los amantes de las letras de boleros, esos seres trágicos que sufren bajo la norma de la monogamia compulsiva y el anatema de la infidelidad. Me pareció que “Llévatela” de Armando Manzanero, de donde tomé la frase que compone el titulo, trata con cierta gracia los clásicos temas de la traición, el abandono y el perdón. Le habla al amante de su mujer, a quien le pide que se la lleve: “olvidaba decirte que, si al decir tu nombre pronuncia el de otro hombre, igual le pasó conmigo”.

”El lenguaje local me resultaba extraño”, escribís. Es similar a : “lo local del lenguaje me resulta extraño”. En todos tus libros parece haber un mismo trabajo particular sobre el lenguaje: de retórica casi cero, sin teatralidad, como siguiendo un pensamiento que se va generando con el relato. Te quería preguntar ¿qué pensás sobre las frases, cómo las trabajás? ¿Cómo pensás el estilo en relación con tus proyectos de escritura? Leer más “De la infidelidad como una de las bellas artes”

Viajeros horizontales

Una entrevista de Valeria Tentoni para el blog de Eterna Cadencia  que, entre otros interrogantes, me pregunta:

¿Cómo te acercaste a los libros, cómo se generó esa fascinación en vos?

—Mi papá, que no había terminado ni el tercer grado de la primaria para dedicarse a trabajar desde chico, era un gran lector y me incentivó el placer de leer libros. Salgari y Julio Verne, pero también Stevenson, Alejandro Dumas, Dostoievsky, a quienes él leía en sus días de franco, cuando trabajaba como obrero panadero, y después me los pasaba a mí desde que pude empezar a entenderlos. Tenía una hermosa biblioteca de autodidacta en ese hogar paterno que siempre cambiaba de ubicación, porque había que mudarse contantemente por problemas para pagar el alquiler, así que muchos libros se fueron perdiendo. Leer más “Viajeros horizontales”

Hacer el amor y no la guerra

Por Mercedes Halfon:

Llévatela amigo, por el bien de los tres arranca con un protagonista que reflexiona sobre los modos de mantener el calor en la pareja: su paisaje imaginario es la estepa y el objetivo poblar el iglú para pasar el invierno. Lo fundamental es evitar quedarse solo, o solo de a dos, que es lo mismo pero peor. El protagonista está construyendo un territorio simbólico para comenzar su relato de aventuras sobre una pareja abierta, su pareja, sostenida durante veinte años, hasta su inevitable descenso y meditada caída. La novela es una estampa húmeda sobre el amor tal y como lo entendían ciertos grupos de libertarios de los años sesenta y setenta, entre los que sin dudas estaba el autor del relato…

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El narrador escribe desde el final y rememora. Escribe desde un departamento a metros del parque Centenario mientras observa ese ritual extraño de las novias radiantes y rígidas como merengues que van a fotografiarse a orillas del lago artificial. “Nada de esto existía antes”, escribe. “El parque era un baldío salvaje. Las parejas venían a coger entre los matorrales, no hacían falta autos, no había novias de blanco. Cada domingo se juntaban por aquí los rockeros de entonces, a guitarrear, cantar o escuchar los versos de algún poeta intoxicado o los sermones de los místicos o las consignas de los bolcheviques psicodélicos que intentaban formar grupos de estudio, o imprimir boletines a mimeógrafo, o pintar en las paredes vecinas cosas como: “todo espacio es tu cuerpo/ vivan los combatientes/ muera la muerte/ hoy una pared, mañana el mundo”.

Tan lejos y tan cerca de hoy. Llévatela amigo, por el bien de los tres está nuevamente en librerías reeditado por Caja Negra, en un volumen que mantiene el texto original al que le suma una posdata del autor en la que recontextualiza y resume algunos comentarios sobre el libro publicados en su momento de edición. Publicada en 1989, la primera novela de Osvaldo Baigorria estaba a la fecha casi inhallable. Estaríamos ahora entonces, en un tercer tiempo de ese parque Centenario nocturno que tanto aparece en el libro, ese interregno donde el protagonista –Eduardo– va a observar otros modos del amor, mientras lanza frases como proyectiles encendidos y que encienden. Ese mismo parque hoy enrejado, intransitable en la noche, como muchos otros espacios públicos que dejan de serlo. Ese mismo parque que hace poco fue lugar de encuentro y de fiesta al pedido de Más amor, junto a otras consignas.

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A propósito del amor

A propósito de Llévatela, amigo… por Miguel Vitagliano
  Cuando en marzo de 1989 se publicó Llévatela, amigo, por el bien de los tres aún era difícil ver que estábamos ante un inminente cambio de época, así que la primera novela de Osvaldo Baigorria contó exclusivamente con lecturas de exploración erótica, una decisión que estaba en sintonía con ciertas libertades conquistadas en los seis años de democracia. Veintiséis años después su reedición propone una lectura radicalmente diferente: ser leída como un conte philosophique sobre el amor. La transformación no depende del tiempo, es un logro de la novela porque no ha dejado de escribirnos en todos estos años. Porque las novelas piensan, continúan escribiendo sobre lo escrito y revelan así detalles que habrían quedado disueltos en el olvido. Como ese detalle escrito en una pared interior de la casa de Lila y Eduardo, los protagonistas de Llévatela, amigo…, toda una definición de su contrato de pareja a lo largo de veinte años: “Hacer el amor es algo bueno en sí mismo, y tanto mejor cuando más veces ocurre, de cualquier manera concebible, entre el mayor número de personas y durante el mayor tiempo posible”. No es una frase cualquiera, le pertenece al antipsiquiatra David Cooper, una figura de la contracultura de los 60; tampoco es una pared cualquiera, es la pared de la cabecera de la cama que comparten.
  En un país de tradición católica como Argentina, ¿sería necesario recordar que, a lo largo del XX, esa pared estuvo ocupada por un persistente crucifijo? La imagen de la cruz fue cambiando en su textura pero arrastrando el mismo peso en las cuatro generaciones que conformaron el siglo de consolidación moderna en el país: al Cristo de bronce le sucedió otro de madera, y luego uno de cerámica -más autóctono y popular-, antes de llegar el vacío, la pared (o el Padre) pelada o salpicada con la reproducción de “la paloma de la paz” de Picasso entre muebles de cañas. O con la cita de Cooper. En cada caso lo que se reafirmaba era la idea de un contrato y la presencia de otro; eso que en el 89 no necesitaba ser leído porque se respiraba en todos lados y que en 2015 insiste en escribirse por la razón inversa, porque estamos espantosamente solos de otros y los contratos son un click. No, de ninguna manera se trata de una cuestión religiosa. Eduardo y Lila son una pareja abierta, no hicieron ningún pacto, tienen un contrato de amor que es más respetuoso y cuidado que cualquier moralina de firmas en los registros matrimoniales.

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Llevatelá

Publicada a fines de una época, hoy se reedita justo a fines de otra. Recién salida del horno, Llévatela, amigo, por el bien de los tres viene con una posdata que intenta reponer contexto y captar la mirada de un autor que ya no es el mismo de 1989. Repensar la década del 80, el apogeo y el fin del underground, la apertura democrática inicial y el retorno de la peor pesadilla (una alianza del peronismo de derecha con el neoliberalismo más desvergonzado) pueden ser gestos que inspire este libro aunque su propósito no sea explicar ni documentar nada más allá del “placer de contar un relato”, según Luis Chitarroni. Este relato también puede inspirar otros placeres, solitarios o compartidos, en tanto “viaje al erotismo digno de ser recordado” al decir de Alberto Laiseca. Gracias a la eficaz edición de Malena Rey, Ezequiel Fanego y Diego Esteras de Caja Negra, más el impecable diseño de Juan Ventura, puedo anunciar que la semana próxima estará en librerías mi primera novela reeditada. Un capítulo (bajo el enlace de “Material extra”) y el texto de contratapa escrito por Martin Hendler pueden encontrarse por aquí.

Llévatela

Osvaldo Baigorria

Escrita veinte años antes del boom de las narrativas del yo y del “giro autobiográfico” por un autor entonces muy joven y en plena época de efeverscencia liberacionista (hoy no podría sostener sin vacilar las mismas proclamas), Llévatela amigo por el bien de los tres se conseguía hasta hace poco en la desaparecida librería Lilith y en Libros Kalish.

Dijo de ella Luis Chitarroni (en la solapa):

“Esta sí que es una novela divertida. En contra de las alianzas habituales de la novela argentina, simula basarse en la experiencia para no abusar de ninguna complicidad. En contra de la obviedad a que obligan los modelos ilustres, nunca se doblega, sigue siempre su camino.

“Con la hospitalidad conyugal de los esquimales como pretexto, Baigorria se las arregla para contar las aventuras de una pareja nómade que encuentra en los juegos combinatorios de la década del setenta (“la sexualidad libre”, como se decía) ese paraíso pretérito que los fantasmas y las amenazas de la década siguiente vuelven una coartada de la nostalgia. Con una llaneza y una economía narrativas dignas del mejor Henry Miller de los Trópicos (pero también con un humor en el que se reconocen todos los filos y matices del idioma de los argentinos), nos dice que no hay que confundir la moral con el recato y que no es necesario disfrazar esta ficción de testimonio para otorgarle profundidad histórica. “Lo histórico” en esta novela es crucial e irresistible, no un pudoroso valor agregado. Está a la altura de esos cuerpos que se cruzan y se confunden y que nos hacen desear que toda sucesión tenga siempre esa fuerza atractiva que Baigorria le confiere por el puro placer de contar un relato”.