De la infidelidad como una de las bellas artes

En Revista Ñ, la entrevista que me hizo Ezequiel Alemian a propósito de Llévatela, amigo, por el bien de los tres, publicada bajo este título seductor (y engañoso, como buen seductor). Aquí van sus preguntas y mis respuestas:

El libro está dedicado a los amantes del bolero. ¿Escuchás o escuchabas boleros? ¿Qué sentimientos te transmite el bolero? ¿Hay alguna relación entre el bolero y el amor libre?

–No escuchaba boleros, sólo rock en inglés. Pero en esos años tenía una amiga muy querida que, estando casada, había mantenido por años una relación secreta con otro hombre que a su vez también estaba casado. Ella era una amante del bolero y mi dedicatoria fue un modo de referir elípticamente no solo a quienes amaban a esa música y sensibilidad sino a los amantes de las letras de boleros, esos seres trágicos que sufren bajo la norma de la monogamia compulsiva y el anatema de la infidelidad. Me pareció que “Llévatela” de Armando Manzanero, de donde tomé la frase que compone el titulo, trata con cierta gracia los clásicos temas de la traición, el abandono y el perdón. Le habla al amante de su mujer, a quien le pide que se la lleve: “olvidaba decirte que, si al decir tu nombre pronuncia el de otro hombre, igual le pasó conmigo”.

”El lenguaje local me resultaba extraño”, escribís. Es similar a : “lo local del lenguaje me resulta extraño”. En todos tus libros parece haber un mismo trabajo particular sobre el lenguaje: de retórica casi cero, sin teatralidad, como siguiendo un pensamiento que se va generando con el relato. Te quería preguntar ¿qué pensás sobre las frases, cómo las trabajás? ¿Cómo pensás el estilo en relación con tus proyectos de escritura?

–La idea de “trabajo sobre el lenguaje” me fatiga, la siento coercitiva. Yo escribo. Y lo mejor que escribo sale cuando se me suelta la lengua, cuando se me canta, cuando no me siento sujeto a ningún mandato o expectativa. Partir de una imagen, escribir sin pausa hasta donde me lleve la fuerza. Después reviso, por supuesto, incluso leyendo en voz alta. La frase que suena bien a mi oídos, la dejo. Elimino o corrijo el resto. Claro que también me equivoco, con el tiempo veo que no revisé lo suficiente, que tendría que haber pulido algo más. Es el precio que pago por sentirme agobiado ante la imposición del trabajo.

Llévatela… puede ser una novela, no obstante lo cual exhibe ciertas marcas de lo autobiográfico. Ese abordaje oblicuo de lo autobiográfico, si querés, constituye toda tu obra.  Quería preguntarte no por la veracidad de lo biográfico sino por la relación entre lo autobiográfico y la ficción. ¿Sos un escritor que, de alguna manera, se ha negado a escribir ficción? ¿Qué objeciones le planteás a la escritura ficcional?

–Me cago en los géneros. Leo y escribo sin plantear ninguna objeción a la “escritura ficcional”. Me encanta la aventura, la peripecia fuera de lo común, la narración de lo fabuloso o extraordinario. Interzona acaba de publicar un relato mío incluido en la antología Zona de cuentos que se presentó en diciembre en la Biblioteca Nacional. Mi segunda novela, Correrías de un infiel, tiene más ficción que no ficción y sin embargo algunos leen lo contrario, porque hay una crónica incrustada, además de información histórica sobre unitarios y ranqueles. Otros textos míos se caen o no caben en los anaqueles que el mercado tiene para separar ficción, no-ficción, poesía, ensayo. Pero no me pasa solo a mí, es una experiencia contemporánea. ¿Qué es la poesía, es ficción o no-ficción? No me interesan los segmentos, me interesa lo que huye de los aparatos de captura de voces, lo que fluye, se cruza y degenera. Igual, quizá todo sea ficcional, esta misma entrevista, por ejemplo, y no nos damos cuenta.

Quizás como en la novela libertina, narración y filosofía, como discursos específicos, distinguibles, son inseparables, alternándose en el dominio de la voz discursiva, confluyendo cuando se ejemplifican mutuamente, divergiendo cuando se corrigen. Quería pedirte una reflexión sobre el tema, o sobre qué relación hay entre amor libre y pensamiento.

–Si te referís a qué tipo de pensamiento se vincula el amor libre, bueno, este es un ideologema concebido en la tradición anarquista y también en la romántica y modernista. Ha tomado diferentes formas en distintas épocas, y desde luego que no es un atributo o condición inmutable ni una inscripción en la materialidad de los cuerpos, pero bien puede convertirse en un dogma. La novela libertina no tematizó el amor libre, según entiendo, por su inclinación al cinismo y su rechazo a todo lo que fuese sospechoso de moral. Desde el modernismo, Roberto de las Carreras hizo un notable experimento literario con sus autoentrevistas “voluptuosas” sobre el amor libre en 1902. Allí decía que, como fatalidad natural, el amor requería inevitablemente la multiplicidad; querer obtenerlo de una sola persona era como pretender escribir un libro con una sola letra del alfabeto.

La reflxión sobre la escritura, sobre el significado, la responsabilidad de escribir, es también una constante en tu trabajo, significativamente en Sobre Sánchez. ¿Qué lugar ocupa en este libro esa reflexión? ¿La idea de escritura que hay en Llévatela…., la compartís hoy?

–La idea de “una constante” me remite a cierta estría o zanja donde uno siempre cae y cava cada vez más hondo. Néstor Sánchez requería un abordaje con epicentro en la problematización de la escritura, por todo lo que él mismo reflexionó al respecto. Pero esto no se aplica a todo lo que he escrito. En mis textos sobre linyeras y vagabundos no aparece esa “constante”, en mi segunda novela tampoco. En cuanto a la idea de escritura que hay en Llévatela… te diría que en esos años yo no tenía ninguna idea de escritura, me arrojé a ella casi sin pensarlo, sin mucho conocimiento de lo que venía publicándose en la narrativa argentina, seguramente con demasiada ingenuidad pero bueno, por ahí si lo pensaba demasiado me paralizaba en vez de seguir. Podría haber resultado mejor, pero igual hoy la quiero. O como dice el bolero de Mastropiero: la estimo bastante.

La novela se plantea en parte como una suerte de ajuste de cuentas con los años 60 “legendarios y mitologizados”. ¿Cómo se leyó en su primera publicación? Vista retrospectivamente, ¿qué pensás hoy de lo que fue su recepción en ese momento?

–Tenía ganas de irme de nuevo de este país del que me sentí expulsado por la debacle política y económica y el imparable ascenso del menemismo, así que partí a Europa un mes después de su salida. No pude saber cómo fue recibida. De alguna forma, me desentendí. “Abandonaste a tu hija” me dijo Luis Chitarroni. Está todo contado en la Posdata que tiene la nueva edición.

Parque Centenario, la revista Cerdos y Peces, aparecen como lugares de época especialmente retratados. ¿En qué medida reconocés en el libro una ambición de cronista?

–Creo que nunca tuve “ambición de cronista”. Quizá la crónica es algo que se me da espontánemente, sin quererlo, en especial si estoy viviendo un momento de cierta intensidad y necesito contarle a alguien lo que veo y siento. La década del 80, Cemento, el Parakultural, Sumo, Batato, el sida, el under porteño eran experiencias que atravesé como muchos otros. Cerdos & Peces me inspiró la construcción de una revista imaginaria, con temas rezarpados para la época, con personajes y escenas que nada tienen que ver con personas y eventos de la vida real, excepto por las referencias a las marcas contraculturales de aquellos años. Fueron tiempos difíciles aunque existían épicas de transformación a nivel micro que funcionaban sin plantearse ninguna relación con el Estado, ninguna militancia o creatividad subsidiada, sea porque no existía esa posibilidad o porque esa misma idea producía rechazo.

–Publicada en revista Ñ, 16 de enero de 2016. La entrevista completa, por acá.