Diario de un degenerado en el armario

Gombrowicz

Como si fuese un ejercicio de autoconocimiento, Witold Gombrowicz empezó a hacer una recapitulación de su vida a partir de 1953 en Argentina, volviendo sobre sus pasos para anotar todo lo que le había sucedido desde mayo de 1922 hasta aquel momento y luego continuar hacia adelante, día más día menos, hasta mayo de 1969, poco antes de su muerte. Pero separó lo público y lo privado en dos textos. En la localidad cordobesa de Salsipuedes, donde estaba de vacaciones, habría leído el Diario de André Gide y se le ocurrió proponer al editor de la revista Kultura, de la emigración polaca en París, publicar su propio diario en forma periódica. Mas como este sería absolutamente público, escribió en paralelo otro más íntimo e imposible de sacar a la luz mientras el autor estuviese vivo, en parte por la exhibición de sus estados emocionales y de salud en general, pero sobre todo por sus relatos de actividad erótica que sería tan transgresora e incómoda para aquellos tiempos como quizá para los actuales. Una vida sexual que, como dice el especialista Nicolás Hochman, era realmente prolífica, variada y de un liberalismo escandaloso, aun para el día de hoy.

Varones, mujeres, trabajadoras domésticas y sexuales, mayores y menores, civiles y soldados desfilan por las páginas de Kronos en numerosos encuentros en Retiro, Plaza Italia, Flores y otros barrios de Buenos Aires, aunque también en Varsovia, Paris y donde fuese que Gombrowicz posara su cuerpo para ese cruising eterno que no se detuvo ni siquiera con la sífilis que lo atormentó durante décadas. Ese deambular, que el autor llama “mi actividad”, tiene como protagonistas a una multitud de desconocidos/as que precisamente son vertidos en la traducción como “muchacho/a” porque no se ha descifrado en las abreviaciones el género sexual. “Muchacho/a (Chile). Muchacho/a (puerta). Muchacho/a (plaza Independencia”. Algunas son claramente mujeres, como en la enumeración: “Muchacha –puta. Muchacha –india. Muchacha- bulliciosa”. Hay alguna que otra “puta con gonorrea” gracias a la cual el diarista dice haber recuperado la potencia. Y un par de esas a las que refiere como “la chica a la que no me pude violar”. Pero la mayoría son varones: “Las mujeres argentinas no me gustan nada”.

Mientras empieza a darse inyecciones de penicilina en el hospital Durand contra la sífilis, anota sus aventuras con chicos/as que practicaban buceo, algún chico/a de 16 años, y flirteos en un inverosímil Esperma bar de Buenos Aires entre ruidos de sirenas y altavoces del edificio del diario La Prensa que daban noticias de la guerra. La sífilis a veces produce una “desaceleración de la actividad”, etapas que también llama de “calma erótica”. Además, las detenciones y los chantajes policiales en tiempos de edictos anti homosexuales lo frenan un poco. Pero la “actividad” siempre vuelve, incluso hasta en los años 60 (de su propia edad que coincidió con la del siglo XX): “soy presa de un ataque agudo de homosexualidad, no hago más que eso, con cuatro pequeños teutones al mismo tiempo, Dios mío, a mi edad!”. Por eso se ríe de Juan Carlos Gómez, el célebre “Goma”, que se indigna al enterase qué hacía Gombrowicz en sus incursiones por Retiro: “Hay que ser tan perspicaz como vos para no entender en cinco minutos de qué se trata”. Más que bisexual, el narrador de este diario íntimo aparece como un autopercibido hombre al que le agarran “ataques de homosexualidad”, dicho esto sin culpa, en modo descriptivo y con una pizca de auto ironía. Un “pervertido” o “degenerado” como se decía en aquellos años, pero inteligente, cauto, pudoroso y tratando de no exhibirse demasiado.

Por eso no puede esperarse que en Kronos haya detallados relatos de peripecias eróticas: hay anotaciones sueltas, minimalistas, a veces con abreviaturas para indicar los nombres y sitios de encuentros. Por ejemplo, sus “experiencias pe” serían indicativas de “pederastia” y “Franek”, el hijo de la conserje del edificio que fue su primer amante masculino regular, según su esposa Rita, la única que conoció la existencia de este diario secreto desde el principio, aun cuando su marido no le permitiese leerlo. Era un texto escrito para sí mismo aunque el autor por momentos soñara con que debía ser difundido post-mortem, al punto que el día en que se lo mostró a Rita, sin abrirlo, le dijo que si en la casa se producía un incendio, se lo llevase junto a sus documentos antes de salir corriendo a toda velocidad.

Tampoco hay en Kronos una elaboración como la que encontramos en el Diario: 1953-1969 conocido, que fue publicándose en tres tomos durante las décadas del 50 y 60, con sus juegos e invenciones de palabras, su ritmo, su música, su pensamiento filosófico, sus argumentaciones y relatos. El registro es aquí casi telegráfico, de entradas como de agenda diaria, de mínima expresión, una anotación de hechos del presente al mismo tiempo que reconstruía sus recuerdos de hechos pasados. Esa memoria a veces falla: “Comencé el año en Varsovia, pero no recuerdo en casa de quién”. Otras veces es absolutamente precisa: “Es un placer despedirme de usted”. Las notas al pie de página lo aclaran todo. Realizadas por Rita y el equipo polaco de edición y traducción, también con la ayuda de Alejandro Rússovich para el período argentino, esas notas que abarcan hasta media página y a veces dos tercios de página, nombran, expanden, reponen contexto e informan casi como si fuesen entradas de Wikipedia sobre acontecimientos mundiales y personales de cada día, mes y año anotados por el autor. Diríase que son mejores que el diario en sí, dado que presentan una historia de la Segunda Guerra Mundial, de la guerra fría, de la rebelión húngara, de la caída de los regímenes de Este, del peronismo y del antiperonismo, de dictaduras y democracias y revueltas de los años 60, algunas de ellas retratadas con frialdad y escepticismo por el autor. Sobre el golpe de 1955,  el relator apunta: “Sigo disfrutando con la revolución”. Sobre el Mayo francés, solo anota: “Altercados estudiantiles y huelga. Revolución, hace cada vez más calor, me aburro”.

Además de registrar idas y vueltas de contratos, traducciones y mudanzas, una curiosa obsesión por las cifras lo llevó a apuntar no sólo cuánto tenía en el banco o el bolsillo, cuánto le pagaron por un artículo y cuánto le cobraron en una pensión, sino también la cantidad de personas con las que tuvo encuentros sexuales en un día o en una semana e incluso la cantidad de orgasmos con su esposa en cierta etapa. “Desde que estoy con Rita, más de quince veces, cuatro orgasmos”. A su casamiento, seis meses antes de morir, le dedicó un comentario-cita de periódico: “Conde agonizante, 65 años, se casa con su secretaria en el lecho de muerte”. La llegada de ese amor fue, sin embargo, toda una novedad: “Amor con una mujer, al menos, 20 años después”.

También hay en este diario datos y quejas sobre una serie de enfermedades y un deterioro general de la salud: inyecciones de penicilina, bacilo en los intestinos, asma, reumatismo, flaqueza, debilidad, aburrimiento, apatía, desesperación, pensamientos suicidas, fantasías de volver a Argentina a alquilar o comprar una casita en el Tigre. Entre las nítidas fotos de niñez, adolescencia y juventud, el libro con sus notas al pie da un retrato completo y sincero de un Gombrowicz cuya conciencia de su lugar como escritor lo acompañará hasta el final con una lucidez implacable. Ese final que ocurrió durante los años de su consagración, esos en los que su cuerpo se volvía cada vez más débil mientras como autor salía a nadar, según anota en estas páginas, en aguas cada vez más anchas.

Versión original (o sea, antes de ser recortada a medida por indicación del editor) de la reseña que fue publicada en revista Ñ del 12 de setiembre 2020 bajo el título “Diario de un pervertido en el armario”