Confesiones de una mascarada

Hechizos indígenas en México, persecuciones en Irlanda, influencias tenebrosas y posesiones mágicas en los asilos franceses eran argumentos de la denuncia antisocial que Antonin Artaud se había dispuesto a presentar en el Teatro de Veiux-Colombier de París el 13 de enero de 1947. Pero la mayor parte de esa conferencia nunca terminó de ser leída en público.

Historia vivida de Artaud Momo

Artaud había salido siete meses antes de Rodez, último de los manicomios en los que fue aislado nueve años contra su voluntad, atravesando la totalidad de la guerra y la ocupación nazi. En ellos sufrió tantos electroshocks, miseria y dolor a causa de un cáncer no diagnosticado, y de la ausencia de láudano y heroína, que había envejecido de golpe y perdido casi todos sus dientes. Su conferencia trunca es un relato de ese suplicio, en el que no falta humor, como en los diálogos entre el paciente y el psiquiatra que lo acusa de delirios persecutorios y lo amenaza con la tortura eléctrica cada vez que pronuncia la palabra “encantamiento” para referirse a esos hechizos que el narrador-autor decía haber constatado durante su  viaje a los tarahumaras y a lo largo de toda su vida.

Pero aun despojado del referente autoral que se presenta con fecha de nacimiento y datos vitales básicos, este texto pide que se lo tome “en serio”, no en serie. Y ese es justamente el problema. Para el racionalismo hegemónico en aquella Europa paradójicamente arrasada por la barbarie, ese racionalismo que supone que todo se puede explicar y poner bajo control, como un delirio de la luz de la razón, la tenacidad con la que este discurso insiste en la existencia de una realidad oscura bajo la conciencia habitual era algo semejante a la blasfemia. El orden psiquiátrico basado en el encierro y la administración forzada de electroshocks no era sino otro dispositivo de ese poder insondable al que el francotirador de Marsella proponía “atacar a mano armada”.

Un discurso que alerta sobre las maniobras ocultas que cada tanto ponen en marcha a poblaciones enteras en “hileras de hombres y mujeres confundidos”, maniobras que mantienen a la conciencia humana “en el embrutecimiento en el que no podemos dejar de verla hundirse cada vez más”, está consagrado a la incomodidad, salvo que se lo lea desde el diagnóstico tranquilizador pero vulgar de “Artaud estaba loco”, o finalmente como ficción, teatro, poesía, un destino descarriado frente al intento de superación de la dicotomía obra-vida que proponía su autor.

Había que atreverse a subir a un escenario para decir lo que este se había propuesto decir en aquel momento. En el documental La veritable histoire de Artaud le Momo, de Gérard Mordillat y Jérome Prieur, los testigos coinciden. Paule Thevenin informa que su amigo Antonin le había preguntado si le iban a dejar expresar todo lo que quería. Por supuesto, ya no había censura. Pero cuando llegó el día de su conferencia, anunciada como el retorno del poeta-actor en un “Tete a tete con Antonin Artaud”, no pudo hacerlo. La sala estaba llena, con unas setecientas personas, entre ellas Gide y Breton, entre toda la crema parisina de la época. Artaud se presentó, balbuceó por un rato y luego se calló. Pánico escénico.

La crítica literaria Marthe Robert dijo que el performer en un momento miró hacia la sala y no pudo continuar. Para el artista plástico Gustav Bolin fue una noche trágica, en la que Artaud se quebró sobre el escenario.  El editor y explorador Alain Gheerbrant contó que el actor de pronto sacó un pequeño cuchillo plegable y empezó a golpearse el cráneo con la punta mientras profería insultos contra los monjes tibetanos. Cuando un estudiante en la audiencia intentó intervenir, lo invitó a retirarse de la sala, “si esto va más allá de lo que usted puede entender o seguir”. En general, no hubo contacto ni buena relación con una audiencia que al principio había sido muy amigable y luego empezó a retirarse. En un momento de silencio, alguien gritó: “Diga algo, cualquier cosa, que igual lo adoramos”. Artaud le respondió con aspereza: “¿Y quién le pidió su consejo?”

La máscara de Momo, una expresión que en dialecto de Marsella podía significar “niño”, “tonto”, “ridículo”, y otras acepciones que discute el traductor Ariel Dilon en Historia vivida de Artaud-Momo, también puede ser vista como una sobreactuación burlesca de la demencia del portador, de su carácter de alienado, de extraterritorial.  Esa mascarada enfrentó a aquella audiencia y a sus lectores post mortem con el misterio de la locura, de lo que se ha dado en llamar locura, de la pérdida de la razón, del juicio. Fue la performance trágica de un rebelde solitario y furioso que se presentó en escena como alguien que llegó a ver algo que el resto de la sociedad no puede o no quiere ver y que por su insistencia lo castiga. Y aunque las formas del castigo cambien o sean más leves, en el orden actual del mundo lo que se rotula como locura continúa estando del lado del mal y del desorden. Gracias a la edición de Mardulce ahora podemos acceder en castellano por primera vez a un discurso que se expone a continuar bajo la marca de la demencia, aun concediéndole su “verdad poética” o su potencia testimonial, por razones que nunca dejan de ser inquietantes.

Publicado en revista Ñ 12/05/2018 como reseña de Historia vivida de Artaud-Momo, Mardulce, 2018