La vida después del apocalipsis

Gabriela Baby publicó una entrevista que me hizo hace unos días en la revista Panamá. Dice allí:

«Osvaldo Baigorria acaba de publicar un libro de relatos tan singular y extremo como el resto de sus libros, pero ahora en clave de futuro distópico. El asador en Pelotas. Relatos posnucleares (Blatt & Ríos) es un festín de nueve ¿cuentos? (y un posfacio) -que pueden leerse como sutil novela-, y que cuenta, en clave extrema, un tiempo futuro en el que personajes arrasados por la Tercera Guerra Mundial, el cambio climático y el hambre encuentran -sin embargo- modos de convivir, entenderse y ejercer la solidaridad. Sexo explícito, pampa argentina, humor en sintonía fina, delirio del mejor. A lo que se suma un narrador que cuestiona, observa, critica su propio ejercicio narrativo. En síntesis: Baigorria en estado puro. Fiesta.

«Osvaldo Baigorria publicó su primera novela en 1989 y desde entonces no ha dejado de publicar. Cuentos, novelas, poesía también. Actualmente -y desde hace varios años- vive en Buenos Aires y goza de buena salud. Nos encontramos en el Botánico una mañana excepcionalmente brillante: “Nos podemos sentar al sol, que va a durar poco”, dice y miro el cielo: no es pesimismo, hay nubes. Que la charla fluya, le había propuesto por mail. También le había pasado el punteo de algunos temas: distopía, literatura argentina y tradición, literatura argentina y sexo explícito, humor, solidaridad y empatía, poesía y actualidad. ¿Por dónde comenzar?

«Su último libro, El asador en pelotas trae personajes explícitamente quebrados -gente sin piernas o con un brazo menos, tullidos – en rutinas vitales que se despliegan en un escenario aterrador: la bomba cayó, el mundo está devastado, y los sobrevivientes en la pampa argentina hacen lo que tienen que hacer, es decir, sobreviven. Y organizan también un prostíbulo de servicio automatizado con opciones anales, orales o vaginales, a gusto del consumidor. El tip está en no hay quejas, no hay lamentos, no hay sentido de pérdida, no hay llantos. Y este silencio aturde. Porque además hay humor (negro también) y una veta irónica (muy baigorriana) que va dando pinceladas y destellos a situaciones imposibles, que lógicamente ocurren. El resultado es potente, original y estremecedor. Empecemos por este libro, entonces.

Los personajes de El asador en Pelotas sobreviven en un escenario desolador, ¿por qué proponés este tipo de literatura distópica en este presente…?

Una cosa que me llama la atención es esta idea, que mucha gente dice, que ya llegó la distopía, que estamos viviendo una distopía, en comparación a otras épocas, a otras décadas. Pero yo creo que siempre puede ser peor. Y, si siguen las tendencias del presente, probablemente sea peor. Entonces ahí, para mí, lo difícil es imaginarse las vidas en esos contextos tan tenebrosos. Y uno de los problemas… Porque yo no he intentado hacer un libro de género, en el sentido, de voy a hacer un libro de ciencia ficción, o un libro del sub género distopía: no me lo puse en la cabeza, pero sí traté de imaginar -con un poco de humor y de fantasía-, como podrían ser las vidas en una posguerra nuclear. Una posguerra en la cual, la Argentina ha sobrevivido, al menos, por no ser un país alcanzado directamente por las bombas nucleares, aunque sí quizá por la radiación y los efectos climáticos y etcétera.

El paisaje del día después de la bomba: personas sin partes a los que suman cyborgs o cruza de insectos con humanos. Uno de tus cuentos va por ahí…

Porque tengo un problema con la literatura de ciencia ficción, incluso con las llamadas distópicas… que son bastante pesadillescas. Son siniestras, están emparentadas con el género del terror y no encuentro mucho placer en estas lecturas. Probablemente esto se note en EL asador… porque no tengo maestría en la ciencia ficción, no sé si he leído lo suficiente, me aburre a veces leer este género y prefiero mirar una serie o una película en vez de pasar por larguísimas descripciones de cuestiones técnicas, viajes en naves, ingeniería espacial, informática. No me engancho mucho con ese tipo de mentalidad tan técnica. En estos cuentos, dejé que mi imaginación me llevara por caminos donde a veces mi imaginación me lleva… que es pensar cómo podrían ser las relaciones sexo afectivas en un mundo destruido por la guerra nuclear y por el cambio climático. Un mundo inundado después de una nueva era glacial.

Porque a pesar del frío extremo, la atmósfera posnuclear, los cuerpos mutilados y el hambre, arman sus rutinas de vida, sus pequeños sistemas cotidianos de supervivencia y no se lamentan de nada. Y además, viven con total naturalidad esas condiciones de vida. Y eso aterra, conmueve al lector.

Hay una naturalización de esa vida en los personajes, espeluznante. Por ejemplo, en esa caverna donde todos hacen cola porque esperan que los atienda la Bruja: una cola interminable para que una bruja, ¿que habla como Deleuze?, les diga algo. Mientras que afuera nieva y nevará para siempre y no hay nada más. Espeluznante y cómica, a veces, insoportable por momentos.

Y que la gente sobreviva allí sin darse cuenta lo que va viviendo, más bien naturalizando, claro, que es lo que el ser humano suele hacer con estas cosas: una vez que pasa el desastre, la gente se acostumbra a vivir como haya que vivir. La gente que vive en países en guerra está pendiente de si hay bombardeo o no hay bombardeo. Y, si hay bombardeo se va al bunker, y después sigue haciendo su vida, sus fiestas, se sigue casando, teniendo hijos, la vida. Es notable la capacidad de adaptación que tiene la especie humana. Se adapta a su propia destrucción, notable.

Y en este paisaje de supervivencia, el amor, el sexo, la solidaridad van adquiriendo formas muy particulares. También hay una especie de lupanar o prostíbulo donde las mujeres están como en un cepo porque se trata de la automatización de la prostitución. Un mundo extremo y quimérico en el que son solidarios, por ejemplo cuando ayudan a una mujer sin piernas a salir de la cueva a hacer pis. Simple. Hay que alzarla, entre dos, al menos. Que en lo posible tengan los dos brazos. No abundan estos casos.

Esa escena en particular… están todos en una cueva de la Bruja Deleuziana- que habla como Deleuze, sí – y están todos esperando: mucho tiempo, en una cueva. Ahí, pensé: ¿dónde hacen sus necesidades? Están mucho tiempo en una cueva y afuera hay nieve, hielo, y a la mujer que no tiene piernas hay que ayudarla. Incluso en el cuento “El cepo”, que toma la idea del cepo de los fortines de La Pampa, pero puestos en un prostíbulo, ahí también aparece como resolución una solidaridad. A ver: yo trato de ponerle humor, un poco de humor a situaciones extremas. Porque es lo que a mí me gustaría leer. Es lo que no encuentro en la literatura actual de ciencia ficción o new weird fiction o de distopías. Encuentro falta del sentido del humor, falta del sentido de la ironía. Y eso me causa cierto rechazo. Me gusta divertirme mientras leo algo, digo divertirme no frívolamente, no por una cuestión frívola, puedo divertirme, aunque esté todo esto pasando en un mundo dramático terrible: algo que me haga sonreír al menos, y pensar.

Y en la literatura actual que encontrás?

Hay algunos casos más interesantes, como (Luis Carlos) Barragán Castro, de Colombia, que ha escrito cuentos y también novelas, ficciones, en donde los cruces de humano-máquina, humano-insecto y todo eso están resueltos de una manera, con bastante gracia… sin tanta opresión.

Todavía es un día espléndido de primavera, excepcional sí, y estamos en el jardín botánico en un banco de plaza donde da el sol. Un grupo de gente hace tai chi, pasan grupos escolares de jardines de infantes con maestras cuadriculadas en celeste o verde y blanco. Pasan cerca del banco en que estamos una pareja de rusos ¿ucranianos?

No puedo distinguir si es ruso o ucraniano… migran de su país para no hacer el servicio militar… en Palermo está lleno. Se van por la guerra. Si hubiera una guerra nuclear en el hemisferio norte, que es donde está la mayor parte de las armas toda esta migración vendría para acá: vendrían medio rotos, medio mutantes… como en cruza con la chicharra …

La literatura argentina es más tradicional. La China Iron, ponele. Es zarpado… pero retoma el Martín Fierro, quiero decir, responde a una tradición. En cambio, tus cuentos, no. No tienen esos rasgos que los haría formar parte de un corpus, de unos temas y preocupaciones, de lo que se dice una tradición.

Quizá sea un defecto mío. Porque desde mi primer libro siempre fui como bastante extranjero. Primero, por haberme querido ir de la Argentina a mediados de los 70s, antes del exilio. Yo me fui en el 74.

¿Te fuiste en plan mochilero beatnik, me voy a hacer la ruta…?

Si, pero en un año bisagra, fin del 73 en que comienza el declive, comienza la derrota de todas las esperanzas en un mundo y un país mejor. Y entonces, no exiliado, pero sí expatriado, como los expatriados norteamericanos que se iban de Estados Unidos porque no soportaban más y se van a otro lugar, me fui de esa manera. Y fui haciendo artesanías para poder costearme el viaje… yo vengo de familia obrera, trabajé toda mi vida. Tenía un trabajo de cadete en esa época: dejé el trabajo para aprender a hacer artesanías y empecé a practicar esto que iba a ser la posibilidad de llevar mis herramientas en un viaje. Primero fui a vender artesanías a la feria ilegal de Plaza Francia, la feria paralela era como la llamaban, y nos corría la policía, porque se quejaban los otros feriantes que pagaban por su puesto. Después, íbamos por distintos lugares de la Argentina. Con mi pareja de entonces nos fuimos viajando para el norte. Vendiendo y ahorrando para poder seguir viajando y conocer un poco los lugares. Dos, tres meses en Perú, por ejemplo.

¿Y ahí ya escribías?

No. No. Había hecho periodismo en la Revista 2001, una revista -mirá vos- que se llamaba periodismo de anticipación, que incorporaba temas como ovnis, vuelos espaciales, esas cuestiones y también le interesaba la literatura, la cultura. Había escrito ahí como periodista. Y algún poema.. Pero empecé a escribir más después de ese viaje. Que duró prácticamente tres años. Después me instalé en Canadá, en una comunidad rural, donde me quedé ocho años por lo menos y volví: no estaba muy en contacto con la literatura argentina. Perlongher estaba en Brasil (y nos mandábamos cartas) y él estaba con la poesía, con el neobarroco en la poesía y en la antropología: estudiaba las disidencias sexuales. Yo en realidad, entonces, era como medio extranjero. Y a los cuatro años de volver, me fui de nuevo: a Europa, a Italia y a España. Entonces no tenía mucho contacto con la literatura argentina. Y creo que eso se nota en la primera novela. Chitarroni me había dicho, con respecto a esa primera novela, que no veía mucha relación ni alianzas con la literatura argentina que se escribía al mismo tiempo. Él advertía como una mirada externa, como si hubiera venido Henry Miller acá y escribía sobre tema del amor libre, la pareja abierta.

En ese momento en que escribiste la novela, la palabra poliamor no existía pero, en una lectura actual, se podría pensar que ¿es el problema del poliamor lo que esa novela despliega?

No sé. Lo que si existía, y lo descubrí después, en San Francisco, era una comuna que practicaba la polifelidad. Era una comuna urbana, un grupo de personas que eran fieles entre sí. No admitían que hubiera relaciones con gente de afuera de la comunidad, ni siquiera ir a una fiesta y tener un revolcón, no. Eran polifieles entre ellos. Es interesante como idea. Era la Kerista Village, en San Francisco en los 70. Y no se decía poliamor. Si se hablaba de pareja abierta.

En esta historia –que es tu primera novela, y tiene un título inolvidable: “Llévatela amigo, por el bien de los tres”– hay algo para el narrador, que es el protagonista, que no se termina de resolver. En un hueco, algo que no termina de cerrar.

En cierto sentido es como una derrota del poliamor. Porque no funciona. El desgarro de tener que elegir y no poder. Por supuesto que esta novela no es un testimonio, no es non fiction, el narrador lo que hace es poner en práctica una idea extrema. O sea cosas que viví pero exageradas, amplificadas, con cosas que imaginé que son pura fantasía entonces. Y está la solidaridad de los esquimales como pretexto. Lo que intenté es radicalizar esto. El narrador no solo invita con su mujer, como quien invita un café, sino que además goza y quiere ver el momento en que la penetran a su compañera. Que sea posible ese goce se me ocurrió, por eso digo que no es un testimonio, se basa en alguna experiencia autobiográfica pero está todo exagerado y ficcionalizado.

Es el fracaso del poliamor o la pareja abierta. Nadie sale entero.

Hay soledad. Queda solo el narrador. De todas formas, no es que yo me propuse hacer una novela sobre un fracaso histórico, sino que salió de esa manera.

¿Fracaso histórico? ¿Del amor libre?

Como la idea de la revolución sexual. Eran los años del liberacionismo, por decirlo así: liberación social y nacional – otros decían nacional y social, porque lo nacional iría primero y lo social después. Estaba la liberación de la mujer, la liberación sexual, homosexual: todo se hablaba en términos de liberación, en esos años todas estas ideas o ideologema, como unidades de sentido ideológicas, sufrieron una derrota tremenda. Y esto atraviesa la novela. Se trata de personas que tuvieron que comerse ese fracaso. Personas que pensaron que la revolución podía llevarse a la cama, a los cuerpos…

En esa novela y en otros textos tuyos, aparece la idea de la propiedad privada del cuerpo. Perder o compartir esa propiedad: el cuerpo de la pareja.

Claro, claro, abolir la propiedad privada del cuerpo, que era el máximo de la consigna de la izquierda revolucionaria. Llevar eso a la micropolítica, es decir, al cuerpo mismo. Y bueno, eso hace agua en algún lugar. El problema es que el corazón es realmente un órgano muy flexible y anárquico y no soporta ningún modelo, ni siquiera el modelo del amor libre, ni siquiera. No soporta la monogamia, no soporta el encierro: todo fracasa. Ahora, si esto no es tratado con humor, entonces es tratado con una tristeza y una melancolía tremenda.

El tema es saber reírse de esto, claro. Poder leer estas escenas, el delirio, lo extremo y lo barroco, y entrar en código: porque en ese sentido también es extranjera tu literatura.

Sí. Soy bastante libre para escribir estas cosas. Trato de que las restricciones sean, en todo caso, formales. Pero desde el punto de vista del lenguaje que voy a usar no tendría por qué haber ningún tipo de autocensura. A menos que yo esté aspirando a que esto se lea en las escuelas. Quizá se lea en las escuelas del futuro, si el futuro no es distópico. Si el futuro es como lo soñaban los libre pensadores, los socialistas o anarquistas históricos, si el futuro es un futuro luminoso, de armonía y paz, quizá allí, la niñez del futuro, pudiera llegar a leer con gracia, con humor, este libro de cuentos. Quizá se convierta en literatura infantil y juvenil, quién sabe, sería tener una buena expectativa de futuro.

Y de ventas. Porque tus lectores finalmente ¿quiénes son? Sospecho que se trata de un grupo limitado.

No sé cuánta gente. Blatt & Ríos, Caja Negra, Mansalva… son mis editoriales. También publiqué una novela en Seix Barral, pero no se comentó tanto. Yo tengo la sensación de que mis libros circulan entre personas que no compran muchos libros. Piden prestado, si pueden piratear, piratean. Esta subcultura. Es gente que lee más de lo que compra. En un punto eso me juega en contra. Es un destino. Es también donde me he movido yo. Cuando yo volví del primer exilio, que fue una expatriación, en realidad, colaboré con la revista Cerdos y Peces. Y ahí había un underground una subcultura… era del 85 al 89.

¿Y ahí se respiraba otro aire de esperanza?

Si. Si. Definitivamente. Todavía estaban los fantasmas del pasado, pero había una atmósfera de que era posible expandir los límites de lo decible y los límites de las prácticas sociales, sexuales, humanas. Una atmósfera de que era posible peleándola, expandir esas posibilidades de vida en común. Después se volvió a cerrar de nuevo…

En tu web citaste la nota que le hicieron al Indio Solari en Cerdos y Peces, en 1986: “Los psicópatas serán los hombres del siglo XXI”, se tituló y su hipótesis es demoledora: “No veo a los psicópatas como casos extremos, es más, creo que muchos de ellos ocupan importantes jerarquías sociales: son políticos, militares, periodistas, actores, artistas, músicos de rock, ejecutivos de la televisión y ahí ves que aumenta el poder del psicópata según el lugar que ocupe en la jerarquía social”, decía el Indio.

Esa nota, sí, que a mí me pareció tan pesimista en su momento en esa idea. Él decía: “el hombre mejor adaptado al siglo XXI será el psicópata”. Y yo pensaba: qué pesimista este tipo, qué exageración. Y llegó el siglo XXI y no está tan lejos de la realidad. Ahora hay tanta psicosis agresiva. Psicopatía. Crueldad. Sin importar lo que el otro sufra.

La bolsa de la ficción de Úrsula Le Guin, que cita Martel, y la convocatoria a imaginar otro futuro… ¿será posible proyectar desde la ficción otro mundo?

La idea fuerza de revolución estaba tan presente para las generaciones anteriores como lo está presente actualmente la idea de extinción. Entonces, el mundo, en lugar de ser un mundo que se expande es un mundo que se contrae. En lugar de ser un mundo que progresa es un mundo que regresa. Regresan los autoritarismos, regresa el racismo extremo, las deportaciones masivas, las guerras, los nacionalismos, los ultranacionalismos. En este presente no hay idea de revolución sino de extinción. Y esta es una idea triste. Pero es una idea a considerar. Porque si otras especies se han extinguido, ¿por qué no se extinguiría la especie humana…?

Va a llevar tiempo…

Va a llevar tiempo… por eso, a mí, lo que se me ocurre es otra cosa. Cuando se piensa en la extinción, por ejemplo, en el apocalipsis, se piensa en algo súbito, como si fuera una muerte súbita, como quien va caminando por la calle y le da un infarto. ¡Pa! Y cae muerto. Pero lo que no se piensa que después de una guerra nuclear habría sobrevivientes y que esa extinción puede llevar mucho tiempo de degradación. No nos vemos a nosotros en la agonía, nos vemos en la muerte súbita y no podemos pensar en la lenta destrucción, porque la agonía es como una lenta tortura: es inimaginable. En realidad, es imaginable pero inconcebible. Lo podemos imaginar, pero no queremos ni pensar en eso.

Hay algunas reflexiones. Recuerdo que Lucrecia Martel decía que hay que imaginar otro futuro, y también hay muchos llamamientos a que la literatura debería abordar otros horizontes. Como si la imaginación dependiera de la fuerza de voluntad. Y la imaginación no depende de la fuerza de voluntad. Depende de lo que se te ocurra en ese momento, atravesado por tu propia sensibilidad frente a lo que vas pensando, fantaseando, observando. No intento un final feliz. Pero si un poco de ironía, un poco de humor en situaciones terribles: el humor negro es genial y no abunda. Podemos reírnos en la catástrofe.

Para seguir leyendo a Osvaldo Baigorria

“Alguna gente me ha dicho: tus libros son muy diferentes entre sí. Y sí. Porque me aburro de un camino y tomo otro: la distopía, la exacerbación del sexo, el humor, la ironía”. Después de publicar su inoxidable primera novela en 1989, Llévatela amigo por el bien de los tres (Caja Negra), Osvaldo Baigorria publicó muchísimos libros. Algunos de ellos son:

Indiada (2018). Cinco relatos que van desde el problema (y la fiaca) de la escritura hasta los territorios del porno y la gauchesca remixada. Hay en estos cuentos algunas ideas que el autor luego desplegará en El Asador… como la de la operación del cambio de sexo por imposición de manos (como un reiki) que practica el cacique Baigorrón, una especie de manosanta en las tribus pampeanas, secundado por una cautiva voluntaria de origen holandés. “El cacique calentaba sus manos restregándolas entre sí y ponía las palamas abiertas a escasos centímetros de la zona del cuerpo a intervenir. Hacía crecer tetas y levantaba culos, transformaba clítoris en penes y viceversa, plegaba y cerraba vaginas, reducía el tamaño de bolas, pies y narices a pedido. Todo con el poder de esas manos que operaban sobre la carne y el hueso”. Utopías erótico-políticas, delirio barroco, humor de sintonía fina. En fin, un mundo.

Correrías de un infiel (2005) narra la investigación sobre la vida (mítica) de “Manuel Baigorria, alias Boca Cortada, también llamado Condor Petiso, coronel unitario, jefe indio, desertor y polígamo. Bueno, eso se dice. Que combatió a Rosas. Que vivió entre los ranqueles”. Hombre de varias esposas y aventuras y un narrador que busca (encuentra y vuelve a perder) algo imposible de contar: “No hay sujeto. Hay más restos de leyenda que certezas”.

El ladrido del tigre (2021). “Lo escribí a partir de un caso policial, un asesino serial que vivía cerca de donde yo vivía. Después entró la fantasía, por supuesto”, comenta el autor. La novela transcurre en las islas de un delta barroso, neblinoso, misterioso. Una mujer desaparece con sus perros. ¿Policial o de terror? Se pregunta el narrador. ¿novela negra o hard-boiled?, insiste y responde: “Esta última expresión es asombrosa y tendrá un origen patriarcal porque hay que tener imaginación para suponer que un cínico tiene los huevos bien duros. Pero en este campo los míos serán apenas poché, así que renuncié a poco de empezar”.

Terminal 2020 (Seix Barral, 2025)

“Es un libro dedicado implícitamente a Susi (Susana Beatriz González, 1955-2020), con quien compartí -entre altibajos, distancias e intensidades- veintitrés años de mi vida y de cuya partida (muerte, fallecimiento, para qué eufemismos) se han cumplido cinco años. En él quise cantarle al amor como acto de fe sobre cuyo desenlace no se pueden tener certezas”, escribe el autor en su sitio web (https://osvaldobaigorria.com/) Basado en hechos reales.

Y un poco de poesía por favor

“Estoy escribiendo poesía. Nuevamente. Es como el dibujo. Cada tanto, lo retomo. En algún momento escribí poemas, pero ahora me atrae mucho algo que es la destrucción de los géneros, el estallido, estallar los textos: partir de algo que parece no ficción y de pronto salta a la ficción. O meterme con la parodia, como en Poesía Estatal (2017) que hay una parodia a los poetas que leen y que concursan y que esperan tener subsidios. Yo trato de correrme de ese lugar”.

¿Hay algo de la figura del poeta maldito en tu perfil de escritor?

Baigorria se ríe y nos reímos los dos. Después dice: «Esa es una figura de otro tiempo. Ese tiempo en el que un tipo podía decir ‘Soy poeta’ y todos ‘Oh oh oh. Qué importante. Qué trascendente’. Hoy, cualquiera puede ser poeta, un poco cumpliendo la consigna de Lautrémont: la poesía la pueden hacer todos, para todos y de todos… En realidad, leo bastante poesía. De haberlo conocido a Perlongher en adelante, leo a mis contemporáneos. Y me interesa mucho Liliana Ponce, por ejemplo, que es muy diferente a lo que yo podría hacer. Diane De Prima, los beatniks. También Gambarotta. Me gusta la poesía más para declamar, para decir en público.

¿Performática?

Algo así: para meter el cuerpo y la voz. Y no como simple valor agregado, sino como algo que hace a la expresión. Esa poesía que se dice con el cuerpo. Que es distinto al poema que se sostiene solo en el papel y que se lee en silencio. Lo que yo escribo me parece que llega si se lo dice con el cuerpo entero.

—Publicada en Panamá revista el 5 de octubre de 2026 bajo el título «Entrevista a Osvaldo Baigorria: de la revolución a la extinción». Puede leerse in situ desde acá.