Ciudad viral

“La ciudad es un virus” podría haber sido el título de esta nota, o “el problema son las grandes ciudades”  (también “con la pandemia se nos tapa la boca y se nos prohíbe el beso”, si se le quiere dar otro sesgo). La revista chilena Viernes titula -tal como lo hice en este blog- “El nuevo orden de los cuerpos” a la entrevista en la que se redondea el tema que desarrollé por aquí y eso también está ok: cada editor/a con su manual y cada maestra/o con su librito. Pero por razones de espacio no salieron todas las preguntas y respuestas que intercambié por mail con Nicolás Violani. Acá las reproduzco en su forma original, con el añadido de un par de párrafos que quedaron grabados en charla por videollamada.

  • ¿Cómo te ha golpeado esta crisis sanitaria? ¿Frenó algún proyecto en particular en el que estuvieras trabajando o que estaba por ocurrir? ¿Cómo estás viviendo estos días de confinamiento?

No, si la estoy pasando bomba, como preso domiciliario sin tobillera electrónica pero con el policía metido en la cabeza. Ya más en serio, siento nostalgia por la fiesta, el encuentro nocturno, la multitud en danza, el olor al cuerpo que transpira ahí al lado. También siento nostalgia por el placer trivial y mínimo de sentarme a leer los periódicos en un café o tomarme un trago en un bar. Hubo además un recorte brutal de mis ingresos, ya que las crisis les vienen como anillo al dedo a los burócratas para que cajoneen u olviden contratos y a los capitalistas dueños de medios de comunicación, por ejemplo, para postergar pagos indefinidamente y que nadie responda a un teléfono.  Pero no puedo quejarme, hay millones que están muchísimo peor.

  • ¿Cómo surge esta reflexión/ensayo publicada en el blog de Caja Negra?

Me pidió la gente de Caja Negra que escribiera algo después de leer una entrada de mi blog donde reflexionaba sobre el pensamiento de Néstor Perlongher en torno al sida y a los tiempos de encierro durante las dictaduras militares de los 70. Hoy el encierro se presenta con toda la fuerza de una receta médica y además se incita a identificar y denunciar las desobediencias.

¿Cuál es el nuevo orden de los cuerpos? ¿A qué te refieres con ello?

Hemos naturalizado y normalizado algo que es previo al coronavirus y que con esta pandemia se refuerza: un orden y una orden de distancia social vigilada, operada a control remoto a través de teléfonos celulares, cámaras digitales y otros dispositivos móviles, y de la grabación de todas las conversaciones e imágenes, incluída esta. Todo lo que decimos y hacemos está monitoreado por vigilantes remotos, al mismo tiempo que desde la publicidad se nos machaca con esa gloriosa utopía digital de las compras on line y el trabajo en casa, que ya es más bien una distopía. Se pretende separar, confinar a los cuerpos y controlarlos a distancia para que la maquinaria de producción y extracción de ganancias concentradas en pocas manos siga funcionando sin ser alterada por ninguna insumisión repentina.

  • Dices que el coronavirus, más allá de un virus, es discurso y dispositivo. ¿Cuál es ese discurso y de qué manera funciona como dispositivo?

Una enfermedad, una peste nunca vienen solas sino acompañadas de un discurso que las explica, un relato que se va construyendo y que aprovecha la nueva situación para imponer un dispositivo de medidas de control para gestionar la plaga y también a la población entera. El covid-19 es un virus altamente contagioso y ante eso la respuesta de los poderes dominantes es construir un discurso político y medático que es ya inseparable del virus y que es una plaga en sí mismo… Ese discurso varía según los países, pero en general, desde la imprescindible necesidad de propagar información para evitar el contagio, se cae fácilmente en provocar la histeria de poblaciones que son cada vez más dependientes de las instituciones y más hostiles ante el cuerpo ajeno y los cuerpos desobedientes. Los dispositivos de control pueden asumir técnicas de manejo remoto de la historia biomédica y los desplazamientos de cada persona, en algunos lugares se aprovecha para imponer toques de queda y estados de sitio encubiertos, y también campañas de pánico para que las masas reaccionen, por ejemplo, contra presos que reclaman prisión domiciliaria para que no se difunda el contagio en cárceles hacinadas o contra algún tibio intento de cobrar impuestos a las grandes fortunas, por mencionar un par de casos.

  • Comparas este punto con lo ocurrido con el sida y la revolución sexual.¿En qué se asemejan? ¿El sida es también un discurso y un dispositivo?

Con el VIH/sida a fines de los 70 y principios de los 80 se puso fin a la fiesta de la llamada revolución sexual de los años 60, ese festival de emancipación de los cuerpos sensibles, deseantes, promiscuos que recién a principios del milenio empezó a reaparecer bajo otras formas gracias las nuevas medicaciones y al control de aquella pandemia. Hoy parece que el coronavirus vino a poner fin a toda una oleada de fiestas contestatarias, manifestaciones, revueltas y ocupaciones callejeras de los últimos años, desde Chile a Hong Kong, Cataluña, Ecuador, Francia, Libano, etc. donde los cuerpos se encontraban, se mezclaban, se abrazaban y se deseaban en público, Aun con toda la heterogeneidad de esas demandas, que incluyeron masivas movilizaciones feministas, había un malestar y un anhelo de comunidad que se expresaba en las calles y que hoy cae bajo la prohibición. Si con el sida era el semen y la sangre lo que debía evitarse, ya con este virus es la saliva, la respiración, la boca, los labios, la cercanía misma con otra piel lo que está prohibido. Con esta pandemia se nos tapa la boca y se nos prohíbe el beso.  Es un golpe enorme a las ganas de encuentro físico. Y aunque no haya evidencias de que el virus haya sido producido a propósito en un laboratorio para aplacar y disciplinar la protesta, la coincidencia no deja de llamar la atención. La pandemia fue como un regalo del cielo de Oriente a regímenes que no lograban controlar el descontento.

  • Citas a Néstor Perlogher, quien señaló que “ la medicina confisca y se apropia de la muerte, proveyendo respuestas tecnocráticas a miedos ancestrales y vendiendo sutilmente una ilusión de inmortalidad”. ¿Es tan así? ¿Es la medicina la mala de la película?

No es así. En mi lectura de Perlongher creo que este apuntaba a un programa global de medicalización y control totalitario, en donde “la medicina” es metáfora de una expropiación de la vida y de la muerte por una tecnocracia formada por diversas elites, entre las que sobresale la industria farmacéutica, los grandes laboratorios con su tremendo poder político y económico, una industria dentro de la que el personal médico es parte del engranaje pero también víctima de una maquinaria que beneficia a unos pocos empresarios concentrados. Esa tecnocracia funciona desde luego también en la industria minera, agropecuaria, armamentísica, financiera, etc. pero la dimensión del poder que tiene la industria de drogas legales y su influencia es hoy descomunal y mucho más extendida que en tiempos de irrupción del sida.

  • ¿Somos suficientemente conscientes y responsables para el autocuidado? ¿Qué rol debiera jugar el Estado?

El problema central son las grandes ciudades. El autocuidado es imposible en medio de una calle o transporte público atestados o si todo el mundo se echa a correr al mismo tiempo en los parques. Se necesitaría un policía cada dos habitantes. Se ve clarito ahora que los inmensos conglomerados urbanos son focos de infección y contagio. Y cuánto más enormes sean esos conglomerados, más necesidad habrá de un padre simbólico, estatal, institucional, que les diga a las masas qué pueden y qué no pueden hacer. O sea, más necesidad de Estado y de centralización. Una pandemia como esta pone en cuestión la vida urbana masiva y la existencia misma de la gran ciudad: no hay vida nocturna, no hay fiesta, no hay bares. Qué sentido tiene esa tendencia a amontonarse en un solo lugar en vez de buscar espacios abiertos, con mayor relación con lo silvestre, con las otras especies, no para explotarlas y manipularlas en granjas y mercados de carne animal para que después contagien a poblaciones enteras con nuevos virus mutantes, sino para aprender a vivir en pequeña escala, con respeto y a ritmo más lento.

  • Los cuerpos de cierta manera se han transformado en representación del peligro, de riesgo y enfermedad ¿Estás de acuerdo? ¿Cómo ves que esta pandemia ha afectado nuestra percepción de nuestro cuerpo y el de otros?

Es evidente que el cuerpo ajeno cae cada vez más bajo sospecha y se lo ve como enemigo. Ya venía ocurriendo antes con el miedo a la circulación de los más pobres, de los delincuentes en potencia, de los asociales.

  • El deseo de fuga es algo que aparece en tus novelas Llévatela amigo, por el bien de los tres y Postales de la contracultura, también lo mencionas en el texto de Caja Negra. En tiempos de pandemia, encierro, distancia social y fronteras cerradas, la fuga parece un deseo sin salida. Y el mundo virtual parece el único espacio de escape. ¿Cómo ves todo esto? ¿Adónde nos fugamos? ¿Adónde te fugas?

El mundo virtual no es un espacio de escape sino de vigilancia, de control, de geolocalización. Por supuesto que el cierre de fronteras aumenta la sensación de encierro, aunque el encierro no es tal para quienes tienen cuentas bancarias internacionales y hacen enormes transacciones financieras digitales, sino para las poblaciones más empobrecidas. El distanciamiento corporal ya venía siendo recetado por los mercaderes monopólicos on line y los heraldos del teletrabajo que siempre será trabajo para pocos y desempleo para muchos. Ese mundo virtual de fantasía no es diferente a las ficciones, al mundo onírico al que un preso puede recurrir para olvidar sus condiciones de reclusión. Las verdaderas fugas siempre fueron otras, más físicas, más reales, y pueden ser absolutamente antisociales, como esas fiestas clandestinas en la que a nadie le importa contagiarse y contagiar al resto. Como una pulsión de muerte o pulsión de auto-abolición. No es lo que recomiendo, por supuesto. Pero el deseo de fuga siempre está, es inevitable. Hasta en las personas en confinamiento solitario en el fondo de un pozo o una mazmorra ese deseo  puede estar vivo.

  • Parece el peor escenario para los personajes de tus novelas. Sin viajes o exploraciones o revoluciones sexuales, o contracultura. Hasta da la sensación que nos quedamos sin historia, más que la dicta la pandemia…

La pandemia va a terminar como terminaron otras, en algunos lugares ya se está controlando pero lo difícil va a ser la pospandemia, por los millones de personas sin trabajo, por la creciente militarización de las sociedades y por las amenazas de guerra, que suenan cada vez más fuertes. La historia continuará, con su reguero de masacres y rebeliones, de opresión y emancipaciones, como lo ha hecho siempre, en la medida en que exista este planeta. Hoy más que nunca habría que plantearse que si no hay suficiente trabajo para todo el mundo, debería garantizarse un ingreso universal básico, recortando esas enormes fortunas y rentas financieras con los impuestos que sean necesarios. Pero claro, hay quienes prefieren recluir en barriadas y ghettos o directamente en la cárcel a todas las poblaciones consideradas sobrantes. Eso, si no viene algún delirante a imponer una solución final de tipo nazi para eliminar excedentes.

  • ¿A qué futuro crees que nos encaminamos? ¿Tendrá que adaptarse nuestra cultura occidental a las exigencias de la pandemia y tomar costumbres de la oriental donde, por ejemplo, el contacto físico es menor?

Ojalá pudiera decir algo sobre el futuro. No sé qué mundo será el que viene, pero seguro que al igual que en otras pandemias, se verá, ya se está viendo, que estas crisis sólo agigantan los problemas que ya teníamos. Lo único bueno que ese ve por ahora es que una paralización provisoria, de algunos meses, ya regeneró los ecosistemas en regiones en las que se limpió el aire, las aguas, las tierras y hasta regresaron especies nativas desplazadas. Esa parálisis no se podrá mantener por mucho tiempo a causa la voracidad de los más poderosos y la ignorancia de los subordinados, pero podría ser un buen punto de partida para cuestionar nuestros modos de existencia, para no llamarlos de vida.

Hay un tema cultural que nos diferencia del mundo oriental, por ejemplo, en cómo asumimos este nuevo orden de los cuerpos, no?

No sé, el filósofo Byung-Chul Han dice que los orientales son más obedientes y que ahí es más fácil instalar ese tipo de prácticas. Nosotros, la verdad, preferimos más el bar que el barbijo. Preferimos el encuentro con beso en la mejilla. Y en algunos lugares es un beso en una mejilla, en otros un beso en las dos y en otros hasta tres besos. Evidentemente, con el coronavirus se pone fin a todo eso. Y esperemos que no se mantenga, porque hay tradiciones que es importante conservar, otras que es importante destruir y otras que es importante construir.

¿Por qué es importante un beso en la mejilla?

¿Te preguntas eso realmente? ¿Y por qué es importante un beso en un acto físico entre dos personas que se desean, por ejemplo? No sé cómo hacen en Chile, pero ¿por qué dos personas que se desean no pasan directo a tocarse los genitales, a darse vuelta y a garchar, como decimos por acá? Si hay deseo, hay beso: creo que es importante y útil para obtener información, no de esa que está en las historias biomédicas de las personas, sino otro tipo de información, más sensorial, más física, más directa. El acercamiento de los cuerpos, en un saludo, es como un reconocimiento del estado físico sensorial del otro cuerpo. Y esto es lo que estamos perdiendo desde hace un tiempo, no solo por el coronavirus…

Publicada en Viernes, la revista de La Segunda nro.306, Santiago de Chile, 15 de mayo de 2020 , pp. 12-13. La ilustración es de Marco Valdés Paillaqueo.