La revolución sexual ha muerto, viva la revolución sexual

Viva la patria, la matria, la fratria (y la sororidad)! Repaso lo que escribí en mi diario el 25 de mayo de 1989, en casa de Milu, Victoria, frente al Estrecho de Juan de Fuca, isla de Vancouver: ella decía que no había tenido ninguna relación sexual desde hacía por lo menos un año. Tom Cooke tampoco; y sostenía que su hermano era célibe. Inger tampoco había tenido relaciones desde hacía años. El calvinismo ha triunfado sobre sus enemigos (la revolución sexual ha muerto, viva la revolución!). Por aquí siempre fueron puritanos, pero entre 1960-80, o en el medio de esas dos décadas uno tenía la impresión de que las cosas estaban cambiando (“for the times they are a-changing”). Habrá que sacarse el sombrero ante esta sociedad por su resistencia al cambio, por la profundidad y alcance de su represividad, por su capacidad de control mental en masa. La Moral se ha mantenido sólida –o mejor: se ha reconstruido- pese a tantos embates en su contra.

Tom dice que cogió mucho en otras épocas y que en los 80 es peligroso hacerlo. Lo cierto es que en América del Norte de estos años encontré una población aterrorizada de muerte ante el sexo. “You may get Aids by having sex or sharing a needle with someone who has the Aids virus. So don’t” rezaba el cartel en el subte de NY junto a la foto de una chica y un chico en un callejón oscuro. Todo se reducía al primer enunciado: “You may gets Aids by having sex”. Así que mejor no hacerlo. M. rechaza una invitación de alguien que le gusta por miedo. Inger sugiere que un resultado del test de HIV puede dar falso negativo, así que tampoco hay que confiarse. Todos somos parte de la correa de trasmisión de paranoia. Todos somos parte del complot contra el deseo.

La comunidad gay de teatro y danza de NY fue barrida por la plaga. Parece un asesinato en masa, un genocidio típico de república bananera. Paradójicamente, en Argentina a fines de los 80 ya se coge mucho más –al revés de lo que ocurría en los 60, 70.

No había internet en la década del 80, pero registro en mi diario: Nuestros funcionamientos parecen ser cada vez más en forma de redes, mengano sale con fulana que a su vez sale con perengano que a su vez… Todos nos compartimos (aunque a regañadientes). El sida es un mensaje re-edipizante dirigido a todas esas redes (no solo a los gays): la promiscuidad deberá terminar o quedaremos diezmados, barridos de la faz del planeta.

Más que un mensaje, es un arma biológica poderosa, suprema, tipo solución final. Pero  tampoco hay que pensar que “el Sistema” inventó un virus en el esquema paranoico de una conspiración médico-policial contra la promiscuidad. Más bien fue al revés: al sida lo inventamos los militantes de la llamada revolución sexual. El sida fue producido en ese inmenso laboratorio que fueron los intercambios orgiásticos de los años 60-70… Y como toda máquina de guerra, terminó siendo capturada por quienes tenían más (o el) poder.

Quizá es que la revolución sexual no fue lo suficientemente revolucionaria. Permitió que se abrieran todos los grifos, válvulas y mangueras para que pasaran los flujos orgánicos: semen en bocas y anos, pis y caca, sangre y saliva. Pero esto solo habría sido la avanzada de un gran dispositivo de sexualidad (Foucault), la intensificación del mecanismo capitalista de circulación de flujos (Deleuze) con un límite, una zona de captura: el sexo genital, la dictadura del orgasmo, la monarquía del falo (qué teórica feminista propuso esto? no recuerdo, revisar!).

Entonces, los revolucionarios sexuales, carne de cañón del despliegue de esos dispositivos, caímos como chorlitos: enarbolamos el pene y su semen, la genitalidad y sus orgasmos, como si fueran armas para perforar las instituciones del Sistema y hacer pasar los flujos. Y pasó, pero con los flujos pasó la peste. Hicimos peste juntos con el Sistema.

La guerra también es un intento extremo de los nuevos dispositivos de sexualidad de barrer esas instituciones-órganos (iglesias, moral feudal y otros arcaísmos) que ya no conectan con el deseo, para finalmente instaurar el dominio del Sexo Rey con todos sus órganos a la vista: pornografía, saunas, etc. En otras palabras, la revolución sexual se dejó cautivar por la pija, el orgasmo, la genitalidad. No fue lo bastante lejos. El liberacionismo gay y el destape heterosexual coincidieron en glorificar las pijas (fellatio, analidad). El discurso feminista apuntó a un destronamiento pero en su mayor parte se quedó en un reformismo legalista-economicista: se conformó con las migajas. Solo grupúsculos lésbicos radicalizados se mantuvieron al margen de la gran recuperación institucional de la revolución sexual. No hay que sorprenderse si las lesbianas se salvan del exterminio viral. La estrategia de las amazonas señala una opción: desgenitalizar, resensualizar el cuerpo, no identificar al sexo con los genitales. Quizá eso es lo que puede salvar a la promiscuidad de su auto-destrucción, lo que puede permitir que el deseo continúe nómade por el mayor tiempo posible. Quizá el sida vino a poner las cosas en su lugar. Creíamos que el sexo era lo más importante y de pronto nos dimos cuenta de que la muerte lo era más…o es lo más.