Pendientes de los pies

pulso mamba

A primera vista, una sala de museo a la que se debe entrar descalzo. Ese contacto directo con el suelo, sin el filtro de cuero, goma o plástico del calzado, llevará a otra sensación de la fuerza gravitatoria: una atención dirigida hacia abajo. Es imposible no sentir la planta de los pies en el momento en que uno se descalza. Puede que el apoyo se incline más hacia el talón o los dedos, que la bóveda de cada pie esté más o menos equilibrada entre uno y otro lado, que haya o no armonía entre tarso, metatarso y falanges de esas partes que por anatomía se llaman “inferiores” aunque soportan todo el peso de los cuerpos bípedos. Pero seguro que se notará el contacto. Antes de ver lo que hay alrededor, la percepción caída al piso. Como en toda entrada a los sitios más íntimos que se encuentran bajo techo: cama, camilla, pileta, ducha, bañera, tatami, dojo o todo templo donde se celebre el culto de la diosa transitoria o simplemente una sala de estar y escuchar música, fumar y relajarse. En patas. Si se entrara en alpargatas, botas o tacos altos, seguro se vería algo distinto. Así como la posición del cuerpo –de pie, sentado, acostado, cabeza abajo- modifica el punto de vista o el punto de encaje, el gesto de descalzarse es la primera performance para la construcción de atmósfera que propone Nicolás Mastracchio~.

A partir de ese momento se podrá ver un espacio con objetos fijos y móviles que cuelgan, penden y dependen de un hilo de tanza o de un clavo en la pared que a su vez dependen de otros objetos: luz, sombra, sonidos, respiración de cuerpos que atraviesan la sala y arrastran sus pies sobre la alfombra. Cada cosa – sea piedra, cartulina, fruta, plástico, metal, pluma o almohadón- podrá ser vista a ese nivel como parte de una composición de ambiente de apariencia irregular, abierta y sutilmente inacabada pero a otro nivel de observación –digamos, en plano microscópico- también será una serie de moléculas y átomos que luego a nivel subatómico se convertirá en un conjunto de protones, neutrones, electrones y fuerzas y partículas quizá irrelevantes para los primeros niveles de percepción aunque dependerán de esos componentes variables y divisibles para su existencia. Si se modifica o desaparece uno solo de esos componentes, cada cosa –la sala, el catálogo, esta misma página- dejará de ser lo que era.

¿Se puede disfrutar de esa certeza de impermanencia? ¿Contemplar con alegría lo que es tan breve y frágil? ¿Celebrar sin melancolía aquello que es fugaz, que es huidizo?  Parece que sí, que la misma fugacidad convocaría al festejo del instante, de lo delicado e irrepetible, como el momento en el que se rompe un huevo para el nacimiento de un ave que luego volará sin dejar huellas tras su paso. En ese instante se hace presente sunyata, el vacío lleno de cosas pendientes que descubrió hace más de dos mil años un ex príncipe en devenir mendigo cuando se sentó con las piernas cruzadas al borde de un abismo abierto hacia la nada. Una nada que no es falta de sentido sino plenitud de elementos que cambian cada vez que irrumpe algo nuevo o algo viejo se deshace. Una combinación, una fórmula. Una contingencia por la que nadie ni nada tendrá ser propio y en sí mismo, ya que todo será siempre dependiente de otras cosas también compuestas por partes variables que pueden cambiar y dividirse ad infinitum. Pero primero hay que sacarse los zapatos.

El pie desnudo o apenas cubierto por una media que se despoja de lo que trae de afuera, de la coraza del calzado, del material más denso que acumula el peso, el sudor y el olor de la calle es el gesto inicial para abrirse al “entre”, al espacio vacío que hay entre medio y en cada cosa. Sentarse, tenderse, acostarse, contemplar desde distintos ángulos lo pendiente de un hilo, de un alambre. Así de frágil. Como aquella hormiga que avanzaba sobre el piso de cerámica buscando su camino que aún vivirá en el recuerdo  y como toda otra combinación de cosas y de seres que van viviendo y muriendo para componer cierto tiempo en un lugar que percibimos como “ahora”. O “presente”.  Eso que está siempre sin terminar y que una y otra vez se nos escapa, aunque en realidad es lo único que hay.

Algo de aquel Oriente tan imaginario como real –ya que la imaginación opera dentro de la percepción- sopla entre las hojas orgánicas e inorgánicas, en la alianza de plástico y materia vital, de cáscara y fotografía que en trazos tenues y cámara lenta se fragua en este refugio de la levedad. Está en el clima, en la hoja que cae o parece caer y se deteriora sin vuelta, en la relación entre objetos que giran o parecen girar alrededor de un centro inexistente.

En El elogio de la sombra, Tanizaki preguntaba a sus lectores si, al entrar en ciertas habitaciones donde por magia de la luz se encierra una calma algo inquietante, no habían sentido nunca esa “aprensión ante la eternidad” que se tiene cuando uno ha perdido la noción del tiempo hasta el punto en que quizá, al salir, los cabellos podrían haberse sembrado de canas.  Esa interrupción es también un juego de ilusiones y de percepciones de lo que llamamos “real”. Rastros de carmín sobre un fondo inestable, un relámpago calmo, un brote de primavera o de otoño, un agua clara y ahí tal vez saltará el haiku de la rana a la que cantó Basho y cuyo contrapunto fue el del payador Ryokan con otro haiku: No hay sonido, no hay rana, no hay agua ni nada a qué aferrarse. Ningún yo alrededor del cual giran los objetos en el espacio y se modifican en el tiempo.  Ni siquiera la práctica de sentarse y fijar la atención (“dirigir la mente”) hacia un punto u objeto determinado será garantía de permanencia o tierra sólida en la que apoyarse. Todo está en suspenso y en proceso, incluso las paredes, el techo, las columnas y los cimientos de un museo en una ciudad flotante sobre un planeta que gira en torno a un sol que también gira y flota se transforma entre las cosas que van y que vienen. Solo el instante que ya pasó y en el que sucedió lo que sucede.

Que el canto al instante pueda recibir el aplauso de una sola mano – no hacen falta dos, pero ¿cómo es el sonido del aplauso de una sola mano? era el acertijo que planteaba un antiguo koan– ya  basta para el triunfo de este y de todos los refugios donde se celebre el arte de vivir mientras se vive en arte. Pero todo dependerá, en última instancia, del apoyo de cada cuerpo sobre sus dos pies.

Texto para el libro/catálogo de la muestra Pulso de Nicolás Mastracchio en el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires, noviembre 2018/ Javier Villa;Osvaldo Baigorria/ISBN 978-9871358-56-4. Foto: Guido Limardo