De perr@s y gatxs

A partir de la publicación de una reseña de los libros Cuentos con gatos y Cuentos con perros para la revista Ñ, me surgió la inquietud de ver cómo quedaría el texto si lo corrigiese con genéricos neutros o femeninos. En este caso, para no quedarme solo con la hegemónica “x” que suele aparecer en el habitualmente llamado “lenguaje inclusivo”, sometí mis primeros dos párrafos a una corrección que atendió en muchos casos a la pronunciación de la  vocal, en otros a evitar una reiteración, en otros simplemente al sonido de la frase, usando todos las variantes: x, @, e, a/o y el ya casi marginado asterisco: *.

(Reitero que esto va solo en los primeros dos párrafos. El resto se lee tal como fue publicado en la revista, con su título original):

Mejores amigos y eternos enemigos

La escisión entre partidarixs de perr@s y de gat@s no ha dado lugar a debates profundos ni a peleas a mordiscos y arañazos pero sigue allí, dividiendo a les humanes en dos bandos,

excepto para es@s rar@s especímenes que dicen tener igual preferencia por ambxs. La mayoría se inclina hacia un lado u otro, muchas veces por motivos laborales. Se sabe que para escritorxs de oficio les gates suelen ser mejor compañía, por silenciosa y poco demandante. No hay que sacarl@s de paseo a la calle, tampoco ladran. Y si bien a un perre se le puede enseñar a no ladrar, según la raza, alguien podrá decir que un perre que no ladra no sirve para nada. Sin embargo, esa idea del guardián es ya un arcaísmo en edificios urbanos donde hay cada vez más perres, y est@s son cada vez más pequeños y ladran a solas en diminutos departamentos donde quedan encerrados durante horas por dueñas/os que olvidaron que sus criaturas aprecian estar siempre en compañía y al servicio del humane, al revés del gate que suele ser más orgullose y estoic* en soledad.

En Cuentos con gates y Cuentos con perres se han seleccionado relatos fantásticos y realistas sobre estxs seres imaginari@s y tangibles, silvestres y hogareñ@s, de autoras/es consagrad@s o no, que en algunos casos abrevan en los mitos de la historia compartida, con el perre como primer asistente de cazador@s y pastor@s, y el gate como símbolo del animal selvático que solo puede ser domesticad* hasta cierto punto. “Más independiente” dirán las del partido felino. “Menos compañere” dirán las del bando perruno.

Los más interesantes serán aquellos que ignoran o evaden los lugares comunes de esa dicotomía. Entre ellos, “El perro que vio a Dios” de Dino Buzzati, en traducción de J.R. Wilcock, en el que las supersticiones de un pueblo de campesinos dan lugar a un juego de apariciones y desapariciones de un misterioso can al que todos reverencian y temen “por lo que pueda pensar de ellos”.

También están los clásicos relatos que aluden a la muerte como personaje mítico asociado al reino animal: “El gato dorado” de Germán Rozenmacher, “La insolación” de Horacio Quiroga, y “El emisario” de Ray Bradbury, este último en traducción del genial Paco Porrúa bajo el seudónimo de Francisco Abelenda.

La tensión entre lo salvaje y lo civilizado reaparece como tópico que Ítalo Calvino resuelve en “La ciudad de los gatos obstinados” con las enredadas peripecias de su personaje Marcovaldo, testigo y víctima de la resistencia felina al avance urbano sobre la naturaleza. Más previsibles son las fábulas morales que construyen Émile Zola y Rudyard Kipling sobre la base de  esa misma tensión.

Es mérito de estas ediciones la cruza de cuentos como  “Katchanka” de Chéjov sobre un perro que por azar cae en una convivencia con otros animales de circo, con textos híbridos menos conocidos pero más contemporáneos y de un ritmo atrapante como “Te veo, Bianca” de Maeve Brennan con su reflexión sobre la mirada entre una gata y su dueño en la ciudad de Nueva York.

Otro lugar común dice que cada persona se parece a su mascota, y a partir de allí podría especularse con que cada mascota produce un diferente tipo de escritor. Así se explicarían las diferencias entre Jack London y Saki, por poner dos ejemplos en la misma lengua: el primero con su incurable romanticismo por los perros de la nieve que son casi lobos, y el segundo con su flemático gato Tobermory que no sólo ha aprendido a hablar como un caballero inglés sino que habla de lo que no se debe y se pone a criticar con humor corrosivo las costumbres de sus huéspedes y anfitriones a la hora del té. O entre Hebe Uhart y Daniel Moyano, la primera en su retrato en detalle del temperamento de un gato doméstico y el segundo con su melancólica historia de crecimiento y pérdida de un perro de campo a lo largo de “esa cosa improbable y lejana” que se llama tiempo.

Pero no debería llevarse esa hipótesis al extremo, y los cuentos publicados en estas antologías son pruebas de variedad temática y estilística aun dentro del más estricto binarismo, además de mostrar que hay autores que se mueven con absoluta solvencia en uno y otro lado de la grieta. Como Patricia Highsmith, con sus relatos de un perro y un gato atrapados en conflictos con hombres dominantes que los maltratan hasta el día en que sale del armario el asesino que hay dentro de cada mascota. O la hermosa historia de la relación entre tres gatos, madre, nodriza y crío, que Colette presenta con lenguaje y sensibilidad fuera de serie. Alguien que sacara la conclusión de que Colette fue una “felinófila” podría consultar si sus datos biográficos así lo corroboran, porque tal preferencia no se podría inferir de su otro cuento “La Toutouque” sobre una adorable perrita doméstica que también sabe ser, cada tanto, una bestia feroz.

Otra auténtica anfibia sería Doris Lessing, que con la historia de sus perros desobedientes y asilvestrados en tierras africanas, por un lado, y con la del gato compañero inseparable de una gitana vagabunda en Londres, por el otro, desmonta algunos estereotipos de la relación animal-humana. Aunque más placentera puede resultar la lectura de Charles D. G. Roberts, poeta canadiense con una extensa producción de relatos con animales, en su cuento “El gato que jugó a ser Robinson Crusoe”, que también podría haber sido traducido como “La gata… “ ya que trata precisamente de una gata que quedó abandonada involuntariamente en una isla despoblada en la que tiene que aprender, paso a paso, cada método de cacería y de supervivencia a lo largo de las cuatro estaciones de un año.

De modo que en muchos de estos relatos podrán encontrarse anzuelos no solo para lectores que gusten de los perros o de los gatos sino para también para aquellos a quienes esas preferencias o aversiones les son indiferentes. En los meandros de esa divisoria de aguas debe estar al acecho el triunfo secreto de la literatura cada vez que nos ofrece sus mejores puntos de escape hacia mundos poblados por seres comunes y extraordinarios.

Publicado en revista Ñ del 30/06/18. Puede leerse in situ por acá.