Tola y Dragonetti

Carmen Dragonetti Fernando Tola

Un relato budista cuenta que dos monjes nacidos en la casta brahmánica se acercaron a Buda un día para sugerirle poner por escrito su doctrina en sánscrito, ya que hasta ese momento había sido propagada oralmente en magadhi, una de las numerosas lenguas prácritas o coloquiales de la India. Buda les dijo que eran tontos o necios, que su palabra debía ser trasmitida en los idiomas de todos los habitantes, fueran o no brahmanes, de cada región. Y cuatro siglos después de su muerte, la doctrina fue puesta por escrito en pali, el idioma de la región de Magadhi.

Acaso por la diversidad de lenguas de la India y también por su influencia sobre el resto de Oriente, la traducción ha sido uno los principales desafíos no sólo para el budismo sino para casi todas las religiones y filosofías clásicas de ese país. Conceptos como el de “apego” (upadana en pali),  “uno mismo” (atman en sánscrito, attan en pali), “vacío” o “vaciedad” (shunyata, suññata), junto a otros tan eufónicos y de múltiples sentidos que la costumbre ha preferido dejar sin traducir, como karma, nirvana o dharma, atravesaron siglos y continentes para ser conocidos aunque también distorsionados de muchas maneras hasta nuestros días, cuando la mayoría de las lecturas masivas de textos de la India provienen de segundas, terceras o cuartas traducciones del inglés, el francés y el alemán desde el chino, el japonés o el tibetano.

Como dos arqueólogos puestos a excavar y revisar documentos originales de aquel pasado remoto, en la misma época en que los flower children partian con mochilas a la espalda hacia los Himalayas y ponían de moda el viaje turístico-iniciático al Este, el peruano Fernando Tola y la argentina Carmen Dragonetti se instalaban en Nueva Delhi para abrirse camino en bibliotecas de antiguos volúmenes. Conocedores de unas catorce lenguas clásicas y modernas, se dedicaron full time a traducir los mayores clásicos budistas e hinduistas al castellano en forma directa y a realizar ediciones críticas y meditadas que permitan estudiar los antiguos textos sobre bases más sólidas. Una labor filológica difícil, lenta, que incluye el señalar los sentidos y formas en que los distintos términos han sido usados en los más diversos textos y lugares, realizada desde la convicción de que “no es posible una investigación seria en temas orientales basada en traducciones ajenas, sin estudiar uno mismo los originales”. Luego trasladaron su pasión a Buenos Aires, donde aun viven, trabajan y dirigen el Instituto de Estudios Budistas*

Noventa años no es nada

Hoy- al momento de escribir esta nota en 2009– Fernando Tola (94 años, sin error de tipeo) sale del ascensor a abrirme la puerta, corbata y sombrero oscuro, andar erguido, elegante, ligero, mientras Carmen Dragonetti (veintidós años menos) nos espera en su departamento amoblado por libros en casi todos los principales idiomas de Oriente y Occidente. Ambos hacen un diminuto lugar para que pueda sentarme y apoyar cuaderno y grabador en la esquina de la mesa donde se apilan sus últimos trabajos, entre ellos Filosofía de la India, de 736 páginas, que publicó Kairós en Barcelona a fines de 2008. Los libros de su autoría ocupan varios estantes de una pared vecina: son cerca de cuarenta, publicados en Gran Bretaña, EE UU, Alemania, Japón, Italia, México, España e incluso en la mismísima India, en inglés desde luego. Tola se sienta, se saca el sombrero y yo me lo saqué hace rato en mi fuero interno ante estos dos investigadores del Conicet y de toda la vida. Tengo la impresión de que ya no podré decir cómodamente “estoy haciendo una investigación” después de este encuentro.

“Saber idiomas ayuda mucho al conocimiento de los otros” sentencia Tola. “Conocer el griego y el latín me facilitó para aprender el sánscrito, porque son todos indoeuropeos. Y eso me ayudó después para aprender a leer persa antiguo, que pude empezar a traducir por mi conocimiento del sánscrito, un idioma sumamente elaborado, con una flexibilidad que permite expresar desde la poesía más refinada hasta los raciocinios más rigurosos”.

“En el comienzo existía tiniebla envuelta por tiniebla… Aquel Uno respiraba sin aire… aparte de él, nada más existía”, dice uno de los himnos del Rig Veda traducido por Tola y enviado desde la India en original escrito a mano para ser publicado por Francisco Porrúa en Editorial Sudamericana en 1968. De esa misma época datan las primeras versiones castellanas de los Yogasutras de Patanjali desde el sánscrito y del Dhammapada y el Udana de Buda desde el pali, estas últimas por Dragonetti. Tanto el Dhammapada como el Udana son sólo una pequeña parte del vasto Canon Pali de textos budistas, un conjunto de 41 volúmenes que terminó de establecerse por escrito alrededor del 50 a.C. En cuanto al Bhagavad-Gita, ese diálogo de 700 estrofas entre Krishna y Arjuna en el campo de batalla, también traducido por Tola del sánscrito y que expone doctrinas ante todo hinduistas pero también védicas, brahmánicas y yóguicas, es apenas un episodio del Mahabharata, la vasta epopeya india de 200.000 versos compuesta a lo largo de cinco siglos antes de nuestra era.

“Los indios dicen que todo lo que existe está en el Mahabharata, y lo que no existe, también” señala Tola. “Es la máxima pretensión o fantasía acerca de un estudio completo de la sociedad feudal, guerrera, de la antiguedad”.

Si la magnitud del corpus de textos religiosos y filosóficos de aquel pasado puede dejarlo a uno sin aliento, la heterogeneidad de las ideas y creencias que perduran en la India actual puede inducir tanto a la fascinación como al recelo. Dios como absoluto, supremo e impersonal pero también como amigo, parcial, personal, cochero de carros de combate, masculino o femenino, portador de varios nombres y atributos de los cuales ninguno es el definitivo. Buda como un hombre común y corriente que habría reencarnado para conducir a los humanos al fin de las reencarnaciones pero que negó la existencia del alma, de Dios y de toda sustancia. Filósofos errantes adorados como santos y como eruditos. Y en el medio, seguidores de muchos dioses considerados en un nivel inferior al ser humano, como eslabones en la cadena de reencarnaciones, porque sólo un humano podría obtener la liberación, nunca un dios. ¿Qué garantía habría de que un indólogo occidental proceda libre de todo prejuicio político o religioso, sea como creyente o como escéptico, o de que no esté influido por la seducción del objeto que estudia?

“Bueno, si hay alguna figura con la que podemos sentirnos más afín, es la de Buda, por su personalidad, su humanidad. Pero por honestidad intelectual, no somos ni nunca fuimos budistas. Octavio Paz decía que era budista aunque no creía en las reencarnaciones” recuerda Dragonetti, quien conoció al poeta mexicano cuando este era embajador en la India. “Con el debido respeto, eso no es ser budista. Es como si alguien se llamase católico apostólico romano y no creyera en Dios”.

“Nos pasa lo mismo con el hinduismo” añade Tola. “Hay una serie de elementos por los que sentimos una gran admiración y con los que tenemos afinidad pero hay otros que no podemos aceptar. Por ejemplo, las castas. Sentimos rechazo por esa organización social”.

La única garantía de objetividad estaría en el esfuerzo constante y la autoexigencia. Según la conferencia inaugural de Tola en el Instituto de Estudios Budistas en 1991, todo investigador en filosofías y religiones orientales debería adoptar una actitud de especialización, evitando “la versatilidad que dispersa y habitúa a la superficialidad” así como no permitir que “las propias creencias y preferencias religiosas, políticas  o filosóficas nos induzcan a deformar y distorsionar el hecho de la cultura ajena que hemos elegido como objeto de nuestro estudio”. Una cualidad que parece más difícil de obtener que ponerse a pensar en sánscrito sin conocer la lengua.

Tolerancia activa

Desde su “descubrimiento” por Europa, la India nunca estuvo a salvo de los prejuicios y dogmas de una tradición cultural habituada a caricaturizar y mitificar los puntos de vista ajenos. Según Tola y Dragonetti, atribuir a la historia de ese país un constante sometimiento a la religiosidad, a la irracionalidad y al fanatismo es expresión de un prejuicio eurocéntrico. El mismo prejuicio que llevó a afirmar que no existiría ninguna posibilidad de filosofía en la India o de que el pensamiento europeo habría tenido más libertad para desarrollarse frente a su religión dominante: el cristianismo.

En Filosofia de la India y en otros trabajos, Tola y Dragonetti comparan las coincidencias temáticas y metodológicas de las filosofías india y europea, así como el grado de vinculación o determinación que ambas tuvieron con sus respectivos sistemas religiosos hasta el siglo XVII. Revisan los más de veinte darshanas, puntos de vista o sistemas indios, desde los antiguos Vedas hasta el Vedanta, las escuelas Shamkya y Yoga, las Upanishads, la teoría del lenguaje de Bhartrihari, los maestros del Error, los materialistas, idealistas, dualistas, monistas, ateos, teistas y atomistas. Y en contraste con la intolerancia de la Europa cristiana hacia heréticos, apóstatas, judíos y paganos, destacan el respeto a la libertad de pensamiento promovido por las principales religiones indias, la aceptación por el hinduismo de sistemas ortodoxos con enormes diferencias entre sí y también la tolerancia hacia sistemas heterodoxos como el budismo.

La India antigua que presentan Tola y Dragonetti es una tierra de especulación filosófica y metafísica, donde la elite intelectual de los brahmanes fue entrenada durante siglos en el análisis y la sistematización conceptual, utilizando todos los recursos de la lógica y la dialéctica. Allí, pese a que el poder político fue casi siempre detentado por hinduistas, la violencia nunca habría sido utilizada contra adherentes de otros puntos de vista, al menos hasta el siglo XV. Los mismos tratados de derecho hindúes estipulaban que los soberanos debían proteger a todas las sectas religiosas, incluidas las que no respetaban al hinduismo ni a la casta de los brahmanes, tratándolas de acuerdo con las costumbres propias de cada una y hasta ocupándose activamente de que ellas pudiesen mantener sus costumbres.

“La intolerancia entró en la India de la mano de los musulmanes” afirma Dragonetti, “primero por la invasión de turcos y afganos en 1206, y después por los mongoles en el 1526. Y más tarde, por los misioneros cristianos protestantes y católicos. Los portugueses bombardearon la zona Oeste de India y crearon en Goa la Inquisición más feroz en toda la historia de la Iglesia Católica. Una Inquisición que duró hasta fines del siglo XIX y que atacaba como herejes a los hindúes en la propia India”.

“En cambio, cuando en pleno siglo VI a. C. aparece Buda diciendo cosas mucho más fuertes que los heréticos del cristianismo, negando la división en castas y casi todos los fundamentos de la filosofía y la religión hinduísta, desde el alma individual a la idea de Dios, no lo combaten” observa Tola. “Buda muere a los ochenta años en su casa rodeado de todos sus discípulos sin haber sido nunca perseguido”.

Esa tolerancia podría ser explicada por la ausencia de una autoridad única con capacidad de sancionar cuál es la verdad, un tipo de pensamiento excluyente, un sólo libro sagrado, un único dogma. También podría explicarse por la inclinación a sacralizar toda la realidad y respetar lo sagrado en los otros: fuesen devotos de Krishna, de Shiva o de diversos dioses, todos eran aceptados e incluidos. Pero la convivencia de distintos sistemas religiosos y filosóficos también puede deberse a cierta tendencia de la antigua India al perspectivismo y a la idea de que la razón humana es incapaz de llegar en forma total y definitiva a la verdad absoluta. Uno nunca podria ver a un objeto en su totalidad e integridad, desde todos sus lados y partes opuestas, por lo cual la captación de ese objeto dependerá siempre de la ubicación del sujeto en el momento de su percepción. Y cada sujeto sólo puede adoptar un darshana, un punto de vista parcial y dependiente de su perspectiva. Como decía el filósofo del lenguaje Bhartrihari, cerca del siglo V d. C. : “lo que es para algunos principal, es lo opuesto para otros” y también: “la misma persona ve al mismo objeto diferente cuando lo ve en otro momento”.

El perspectivismo implícito en la noción de darshana (sin tilde pero pronunciado con acento en la a), con sus características de relatividad y parcialidad, sería distinto a un relativismo del tipo “todo vale” o “nada es verdad ni mentira”. En vez de indiferencia propugnaría respeto por los puntos de vista ajenos e incluso la intención de estudiarlos y conocerlos para el propio desarrollo. Una actitud de apertura o tolerancia activa hacia lo diferente que es difícil de practicar tal como estamos, “aferrados a las tenazas de nuestra propia cultura”, en palabras de Tola. Y sin embargo, parece imprescindible. Ir más allá del prejuicio o de la rendición ante el misterio, consultar varias fuentes, comparar versiones, acercar lo exótico, correrse de lugar, aprender la lengua ajena. Todo el esfuerzo que hay que hacer para acceder a una vista nueva, o por lo menos a otro paisaje.

Fernando Tola Carmen Dragonetti

 

FERNANDO TOLA, Lima, 1915-2017

Cursó el secundario en Bruselas, donde aprendió inglés, alemán, francés, latín y griego. Se graduó en Letras en la Universidad de San Marcos, Lima, donde fundó el Instituto Superior de Lingüística y Filología. Gracias a una beca de la Unesco, se instaló en la India en 1964. Fue profesor titular de Sánscrito y Filosofía de la India en la Facultad de Filosofía de la UBA en los años 70 y director de la Revista de Estudios Budistas, publicada en México, en los 90. Es hoy uno de los más reconocidos indólogos del mundo occidental.

 

CARMEN DRAGONETTI, Buenos Aires, 1937

Doctora en Filosofía por la Universidad de San Marcos, trabajó en el Departamento de Estudios Budistas de la Universidad de Delhi, tradujo y publicó numerosos libros y artículos, a solas y en colaboración con Tola, entre los cuales se cuentan Dhammapada, Udana, El sutra del Loto, Filosofía de la India, The Yogasutras of Patanjali, Buddhist Positiveness, Filosofía Yoga, Nagarjuna’s refutation of Logic, Tres aspectos de la vaciedad y otros en editoriales especializadas de EE UU, Europa, India y Japón. En 2004 recibió la beca Guggenheim. Es investigadora superior del Conicet.

–Publicado en revista Ñ del 12 de septiembre 2009, pp.24-25, bajo el título “Pensar en sánscrito (y traducirlo)”

*En homenaje a Fernando Tola, querido maestro investigador, va esta publicación digital de un artículo que quedó perdido en la mencionada edición en papel de la revista. El “aun viven” debe entenderse en el contexto de esa fecha y también en el sentido de una presencia fuerte y permanente de los trabajos de ambos en el campo de la indología y los estudios budistas.

Para otros comentarios de sus libros, ver en este mismo sitio “Todo depende” y “Delitos de lesa inteligencia“.