Carne

virgilio piñera la carne de rene

Poeta, narrador, crítico y dramaturgo pionero en el teatro del absurdo, además de colaborador lateral con la literatura argentina, Virgilio Piñera nació en Cuba en 1912 pero fue un apátrida y un exiliado interior en su país de origen. Su rehabilitación y apropiación por el Estado cubano, símbolo de un lento deshielo, permitió en los últimos años la reedición oficial de varios de sus libros como parte de una “revisión de errores” en la política cultural. Vigilancia, detenciones, allanamientos, secuestro de originales y prohibición de dar conferencias o salir del país fueron los llamados “errores”.  

Asi, su primera novela La carne de René, publicada en Buenos Aires en 1952 por Editorial Siglo XX, pudo ser reeditada este año por Blatt & Ríos mediante la compra de derechos a la Agencia Literaria Latinoamericana, institución asociada al Instituto Cubano del Libro que maneja la difusión de este autor con nombre de poeta latino y de guía de Dante en su descenso al infierno.  Un descenso que acompaña y persigue sin tregua a René, el personaje central de esta novela de peripecias kafkianas, insensatas, absurdas, hilarantes y terroríficas. Un personaje casi adolescente, frágil, sensible, buen mozo, carne de primera para el placer y también para el dolor, que es encerrado en una escuela de iniciación en el culto de la carne, donde los novicios son vejados con bozales de perro, olfateados, lamidos por lenguas babeantes para “ablandar la carne”, torturados con descargas eléctricas y marcados como ganado con hierro candente en las nalgas.

René, un rebelde asustadizo, un resistente involuntario, vivirá en fuga de esa pesadilla así como de todas las otras esferas de encierro y emboscadas que le tiende la Causa, una sociedad secreta organizada por un Partido que propone la revolución mundial, dirigida por un “jefe de los perseguidos que persiguen a los que nos persiguen”. Y se enrederá con personajes entre sensuales y repulsivos, acosado por un padre que lo condena a una repetición asfixiante, a un juego de dobles que lo aterrorizan sin respiro.

En el prólogo a esta edición, Ariel Schettini enumera las posibilidades semánticas de esa carne que en la novela es al mismo tiempo martirio, sexo, cuerpo de Cristo, animalidad, alimento y “parte constitutiva del sistema de producción de Argentina y de su producción simbólica en la literatura (el matadero)”. Porque si nunca se sabe con precisión en qué lugares del mundo se desarrolla, lo cierto es que esta novela anómala y desterritorializada se terminó de escribir en Argentina, donde Piñera vivió en forma intermitente entre 1946 y 1958. Aquí escribió para las revistas Sur y Anales de Buenos Aires, se relacionó con Borges y Macedonio Fernandez  y sobre todo con Witold Gombrowicz, quien lo designó presidente del Comité de Traducción de Ferdydurke en el café Rex de los años 40. Piñera también llevó el libro de su amigo a editoriales hasta dar con Argos. Gombrowicz le escribió en su dedicatoria: “tú me has descubierto en Argentina”.

Luego de su primera novela, aquí también publicó por editorial Losada la antología de relatos Cuentos fríos, donde se encuentra “La carne”,  ese relato antropofágico de una población que sufre la falta de alimentos cárnicos y que es antecedente directo de La carne de René. Y tras haber co-dirigido en Cuba la revista Orígenes junto a Lezama Lima, desde Argentina también impulsó la transgresora revista Ciclón, que en plena dictadura de Batista publicó Las ciento veinte jornadas de Sodoma y Gomorra de Sade.

Tras su regreso definitivo a la isla, Piñera atravesó y fue atravesado fatalmente por la épica revolucionaria de principios de los 60. Al principio se entusiasmó y adhirió como muchos artistas e intelectuales. Incluso tuvo una columna fija en el periódico Revolución y colaboró con la revista cultural Lunes de Revolución, pero en medio de la creciente campaña de persecución a homosexuales fue llevado preso al castillo del Morro, de donde pudo salir gracias a ser una celebridad literaria. Pronto fue empujado al ostracismo. Sus relaciones con jóvenes negros a los que invitaba con frecuencia a su casa lo condenaron tanto como sus críticas a la censura. En un encuentro donde expuso sus ideas sobre la libertad y la literatura ante Fidel Castro, este le respondió con el célebre “dentro de la Revolución todo, fuera de la Revolución nada”. En 1967, la publicación de su novela Presiones y diamantes fue el principio del fin. Según Reinaldo Arenas, cayó en total desgracia ante el gobierno porque allí narraba la historia de un supuesto diamante llamado Delfi (Fidel al revés), cuya falsedad es descubierta y termina arrojado al inodoro.

Virgilio Piñera pasó los últimos diez años de su vida en una “muerte civil”, según sus propias palabras, hostigado por la policía que vigilaba las tertulias que hacía en su casa, irrumpía por sorpresa y se llevaba todos sus manuscritos. En 1979 se lo descubrió muerto por infarto. Una pequeña multitud de fans, en patines y bicicletas, acompañó al auto oficial que llevó a enterrar ese cuerpo que fue víctima de la causa de la revolución y que dedicó toda su vida a la causa de la literatura. Hoy está de vuelta entre nosotros.

Publicada en Ñ del 11 de junio 2016 bajo el título de “Costumbres de la carne joven”. El títul0 original con que lo había enviado era “El regreso de Virgilio” y creo que esta vez, al contrario de otras, la edición mejoró notablemente el título final. De todas maneras, quise evocar a la película de Armando Bó con Isabel Sarli titulando esta entrada con ese vocablo sustantivo firme y polisémico. Como la propia novela de Virgilio Piñero a la que aquí se refiere.