De ilusión también se vive

El último gesto de Henry Miller (1891-1980) fue enamorarse a los 84 de una mujer de veinte años. Brenda Venus (no un seudónimo, dijo ella, nacida en Mississippi con el agregado de un segundo nombre, Gabrielle, de madre indígena y padre italiano) sedujo de manera terminal al eterno seductor en la casa de dos pisos que él tenía en Pacific Palisades, espléndido barrio de Los Ángeles. Fue en 1976, cuando Miller solo podía caminar con la ayuda de su andador y casi siempre vestía en bata y pantuflas, incluso si iba a dar una conferencia o a almorzar con un amigo. En ese momento apenas contaba con una secretaria y un enfermero que lo visitaba regularmente para ejercitar sus piernas. Según la biógrafa Mary Dearborne, autora de The Happiest Man Alive, publicado por Simon & Schuster, la salud del escritor se había desmoronado completamente después de pasar por tres operaciones fallidas para que le inserten una prótesis arterial del cuello a la ingle y así tener circulación en su pierna derecha; la última, que duró diez horas, terminó con un coágulo de sangre en el nervio óptico que le quitó la visión de su ojo derecho.

De todas maneras, Miller siguió escribiendo y publicando (los tres volúmenes de El libro de mis amigos, donde reveló sus tempranas experiencias sexuales con varones) y, sobre todo, enamorándose. Después de separarse de su esposa japonesa se enamoró de una china con quien mantuvo solo una relación epistolar, llegando a escribirle más de doscientas cartas en menos de un año. Pero la que batió todos los records fue Brenda Venus, la sensual actriz que se había mudado a Los Ángeles para hacer carrera y, al poco tiempo, para animar la última etapa vital de Miller, con quien tenía una diferencia de edad de apenas sesenta y pico de años.

Se conocieron luego de que Brenda consiguiera su dirección dentro de un libro antiguo, en una casa de remates. Ella le escribió, le pasó su número de teléfono y añadió en el sobre algunas fotos suyas “de actriz”. Ni lerdo ni perezoso, Miller la llamó el mismo día en que recibió esa primera carta. Se vieron en persona y, a partir de ese momento, él le escribió más de mil quinientas cartas, varias de las cuales fueron publicadas por ella tras la muerte del autor en el libro Querida Brenda. Hoy en el sitio oficial de Brenda Venus, ya conocida por algunas series y películas y también por haber posado para Playboy, se venden coleccionables de Miller, como una carta manuscrita original a $3500 dólares y la propia bata azul del escritor a $9.900.

Lo cierto es que esa relación mejoró radicalmente la salud del viejo conquistador y no fue solo epistolar sino bastante física, aunque no se sabe con seguridad hasta qué punto. En entrevistas, Brenda ha insistido que fue una historia de amor “sin contacto sexual”, en parte por miedo de él a que el corazón le fallara durante el “acto”. Se escribían todos los días, incluso hasta tres o cuatro cartas diarias. No eran necesariamente piezas de alto valor literario pero sí de altísimo contenido erótico, con abundantes escenas fantaseadas, en las que Brenda se ofrecería semidesnuda para que él le arrancara las ropas, hundiera una mano en su húmeda entrepierna, la penetrara suave y lentamente, o le hiciera el amor “como los perros”. En esas fantasías ella sería insaciable, según Miller: “Te conozco desde hace siglos, es decir de encarnaciones anteriores. Hemos sido amantes muchas veces. Eras prostituta del templo, en India, en Egipto…Siempre una mujer para el placer, pero siempre religiosa. Tu religión del sexo…” etc.

En 1978, Henry le pidió que le concediese el privilegio de acariciarla, aun cuando “entendía qué repugnante debe ser para una joven criatura que se le pida hacer el amor con un hombre de casi noventa años”. Aun así, le solicitó amablemente cierta reciprocidad. Brenda respondió presentándose en persona en su casa, sin ropa interior, vestida solo con un vestido blanco que dejó caer a sus pies frente a la cama. Esa desnudez habría durado apenas unos minutos. Luego volvió a cubrirse. Nada más pasó entre ellos, según Brenda, pero esa visión –que no llegó a provocar un infarto- debe haberse impreso en el único ojo sano y en toda la memoria de Miller hasta sus últimos días.

Por dos años más vivieron su romance como novios o amantes, cenando juntos todos los jueves y reuniéndose a comer y beber con amigos que, pese a las sospechas de que ella fuese solo una arribista que quería triunfar en Hollywood, también advirtieron que su compañía le había devuelto la vitalidad y la alegría a Miller, y que tal vez logró prolongarle la vida entre dos y cuatro años, como un remedio menos artificial que la prótesis que le habían instalado en el cuello dentro del quirófano.

Convencido de haber sido amado hasta sus últimos días, incluso cuando Brenda le confesó que tenía novio y que pensaba casarse, Henry Miller se fue despidiendo de todos antes de cumplir los 90. Murió de insuficiencia cardíaca el 7 de junio de 1980, luego de escribir en carta a sus amigos, entre ellos Lawrence Durrell y Alfred Perlès: “Estoy dejando definitivamente el planeta”. Dicen que sonreía.

Publicado en Perfil Cultura del 16/08/2015 con erratas y errores (algunos propios, otros de edición) que aquí son enmendados. Brenda Venus no publicó la totalidad de las cartas, aunque sí muchas de ellas; el nombre de pila de Perlès era Alfred y no “Robert”; es de Miller y no de este cronista la frase “qué repugnante debe ser para una joven criatura que se le pida hacer el amor con un hombre de casi noventa años” y por eso debe ir entre comillas.