El cigarrillo asesino

Si la vida de un autor pudiese ser explicada a través de su obra, y viceversa, los comentaristas y biógrafos no harían más que repetirse, cosa que hacen demasiado a menudo. En el caso de Saki (Hector Hugh Munro, 1870-1916) también suelen incluir a sus legendarias últimas palabras como parte involuntaria de su obra, una especie de punch line o remate de algún chiste de humor british de un personaje de sus cuentos. Porque fue una noche de niebla de la primera guerra mundial cuando un francotirador alemán oculto en su trinchera habrá visto encenderse un cigarrillo en la línea británica y, antes de que los soldados empezaran a pasarse la colilla delatora entre sí, escuchó aquella exclamación que le indicó el lugar preciso donde apuntar y meter una bala: el cráneo de Saki. Las palabras fueron “¡apaguen ese maldito cigarrillo!”.

Para Graham Greene se trató de una cruel broma práctica a un autor con gusto para el cinismo y la sátira. También fue Greene uno de los primeros en postular que la sutil crueldad infantil en los cuentos de Saki fue consecuencia de la desdichada crianza del menor Munro a cargo de dos severas tías de moral victoriana en Inglaterra. Ethel Munro, la hermana mayor que destruyó casi todos los papeles personales del autor, contribuyó a esa impresión en la primera semblanza biográfica post-mortem. Otros siguieron esa línea, incluido el periodista A. J. Langguth, quien escribió una biografía completa con largas citas de la ficción de Saki.

Afortunadamente, las vidas y las obras nunca son tan fáciles de descifrar. H. H. Munro, nacido de familia escocesa en Birmania cuando esta era parte del Imperio Británico, hijo de un padre policía y de una madre que murió tras ser atropellada por una vaca, al parecer sintió de joven la inclinación por las armas y se enroló en la policía birmana, empleo que tuvo que abandonar a causa de la malaria. Luego de establecerse en Londres, inició su carrera como satirista político y social en la Westminster Gazette, escribió un libro sobre la historia del imperio ruso, fue enviado por The Morning Post como corresponsal a las guerras en los Balcanes y más tarde a Rusia, donde cubrió la insurrección de San Petersburgo en 1905 y sobrevivió a un tiroteo. Después de un tiempo en París, regresó a Londres y publicó la serie paródica Alicia en Westminster, además de dos novelas, tres obras teatrales y más de 140 relatos breves como Saki.

Pocas fotos se conservan de este dandi literario de la época eduardiana, pero una de las más famosas y en circulación en la web es apócrifa por un error de la editorial Penguin: el retrato de alguien bastante más joven que Munro, alrededor de 1913, aunque tomada por el mismo fotógrafo, según se advierte en el sitio Sakipedia (http://sakipedia.blogspot.com.ar/2009/11/saki-no-es-saki.html).

En realidad, al momento en que estalla la primera guerra mundial Munro ya tiene 43 años. Por su edad se le desaconseja ir al frente, incluso con ofertas de comisiones como traductor y periodista, pero él está ansioso por empuñar las armas contra la expansión del imperialismo alemán. En su última novela, When William came, había imaginado a Inglaterra debiendo adaptarse a vivir bajo ocupación germana después de un ataque sorpresivo por tierra y aire que anticipaba no tanto a la guerra del 14 sino a la blitzkrieg de 1940. En los hechos, como el gobierno liberal inglés se oponía al servicio militar por conscripción, que recién sería instituido en 1916, todos los que se alistaron en los primeros años serían voluntarios, muchos con tal entusiasmo que falsificarían su edad para ser reclutados. Munro consigue ingresar como “birmano” al flamante 22° Batallón de los Fusileros Reales, formado por trabajadores de cuello blanco, obreros portuarios y súbditos coloniales, como canadienses, sudafricanos, etc. Con ellos partiría, después de pocos meses de entrenamiento, hacia el frente occidental en Francia.

Allí participó en tres grandes batallas: Vimy Ridge, Delville y Ancre, esta última como parte final de la ofensiva del Somme. La primera fue terrible y la segunda peor, pero nadie se esperaba la carnicería de la tercera, donde murieron casi medio millón de británicos. Munro se distinguió por su valor y capacidad de coordinar tropas de distintas unidades, razón por la cual habría sido ascendido a cabo y se le daría una licencia en Londres. Además, habían vuelto los ataques de fiebre por su vieja malaria. Pero él quería volver al frente. Ethel lo despediría por última vez cuando se subió al tren militar en Waterloo gritándole desde el andén: “Matá a unos cuantos alemanes por mí”.

Y el soldado que era Munro mató a todos los que pudo pero finalmente también al escritor llamado Saki. En el pueblo de Beaumont-Hamel, en la oscura madrugada del 14 de noviembre de 1916, tuvo que refugiarse junto a otros hombres de su batallón en el pozo que había dejado un obús. Fue entonces donde alguien quiso fumar y él dio la orden que quizá le salvó la vida a algún otro: “put that bloody cigarette out!“. Seguro que no la pensó como un chiste. Seguro que no la pensó para nada.

Publicado bajo el título “La última voluntad del cigarrillo asesino” el 8 de febrero de 2015 en Perfil Cultura