La cumbre invertida

osvaldo baigorria cronicas

Créase o no, en la provincia argentina de Córdoba hay una montaña que se sube hacia abajo. Es leyenda, pero también hay experiencia y testimonio. Subí al cerro llamado Uritorco dos veces: una acompañado, otra solo. La primera vez con mi novia, con quien no pudimos llegar a la cima porque tuvo un accidente en el Valle de los Espíritus. La idea era tomarnos unos ácidos para un ascenso doble, en cuerpo y alma, pero ella resbaló, casi se fractura el coxis y tuvimos que volver penosamente a la base del cerro, en ambulancia hasta Capilla del Monte y en coche-cama hasta Buenos Aires. Dos meses de inmovilidad para que se recupere a medias demoraron mi intención de regresar, la segunda vez a solas, para un encuentro directo con el mito: la montaña sagrada, una ciudad oculta, un portal de acceso secreto, naves del espacio que entran y salen de un agujero negro en las rocas guiadas por tres espejos, uno de lapislázuli, otro de oro y otro de material desconocido en el planeta; en este último se reflejaría el cerro invertido, como al borde de un lago, con la cumbre hacia abajo.

Claro que el Uritorco tiene otros atractivos, más tangibles y a simple vista: casi dos mil metros de altura, el rio Calabalumba, el mejor panorama de esta zona del centro de Argentina, un cielo donde  la mirada se extravía detrás de objetos lumínicos rojos y azules que se mueven, suben, bajan, se acercan, se detienen y desaparecen. Al que le gusta la sierra sin ser montañista, el Uritorco presenta además el desafío de un trekking fatigoso pero no inabordable, con suficiente riesgo de caída para calificar como semi aventura, y –en días de semana y temporada baja- esa presencia de la soledad que es como un ser de la montaña, que a veces parece que observara al caminante detrás o al lado del camino y que puede hacer rodar una piedra para advertir que justo allí se encuentra el abismo.

En temporada alta y fines de semana esta soledad se empobrece. Hay más de mil visitantes argentinos y extranjeros, según los cuidadores de automóviles en la base del cerro, y un promedio de quinientos, según la Secretaria de Turismo y Deportes de la Municipalidad de Capilla del Monte, ciudad visible para la cual el “recurso ovni” ha sido alta fuente de ingresos desde fines de los 80. Ahora ya es folklore, la población se acostumbró y el turismo new age no está tan de moda o todos se volvieron new age. Escucho fragmentos de diálogo en el ómnibus, en la calle, en los cafés. Circulan como noticias de prensa las historias de hombres de negro que aparecen de pronto entre las rocas para despistar a los curiosos y alejar a los escépticos, hombrecitos verdes que bajan de naves de luz desde el cielo si uno aprende a cantar el mantra Michiguana Punga (“Encuentro a un hermano”) en idioma irdin, la lengua cósmica. Que así suena: “Guana Imanuak, Guana Igikuna, Guana cuanti, Manuana iku, Naguana y mu, Maiuma guana, Ene gu naiuk, Guana iguaikuana”. No es “marihuana”, no es invento hippie argentino, es anterior, dicen los creyentes, y significa algo como “convocados por la luz de los amados hermanos, aquí vamos”.

Y allá van, entre esos miles de peregrinos, los consumidores de merchandising  ET, de tours guiados para ver las estrellas, de cursos acelerados de irdin, de folletos publicitarios sobre la invisible ERKS (siglas para Encuentro de Remanentes Siderales Cósmicos, con K). El nombre de la ciudad intraterrena, popularizado en 1989 por un libro del espiritualista brasileño Trigueirinho (dedicado en esos años a la preparación de fieles para el día en que los extraterrestres vinieran a rescatarlos y llevarlos lejos del planeta Tierra), se atribuye a un médico de origen griego, Ángel Cristo Acoglanis, quien vivía entre Capilla del Monte y el barrio porteño de Recoleta en los 80, atendiendo a sus pacientes y guiando curiosos en vías de iniciación. Acoglanis decía que canalizaba la voz de una entidad de nombre Sarumah, quien le habría revelado datos de la ciudad oculta en el Uritorco. En ceremonias nocturnas, mientras Acoglanis cantaba sus mantras y contaba sus historias, muchos presenciaron las luces suspendidas sobre los cerros en el área de Los Terrones, a catorce kilómetros de Capilla. Otros pegaban el oído a tierra en la ladera del Uritorco y escuchaban un rumor a engranajes, como de pesadas compuertas que se abren y cierran (para las naves que entran y salen), o martillos neumáticos, o fábricas en funcionamiento: ERKS como ciudad industrial del espacio exterior sumergida entre las bucólicas sierras cordobesas.

Pero esto viene de más atrás, afirman (los creyentes). Las historias más fabulosas refieren a la creación de la ciudad secreta hace 21.000 años por la Hermandad Blanca y los Ángeles Solares, otras por los Atlantes del reino de Mu hace 12.000 años y otras por los esenios hace un par de milenios. Así, en etapas sucesivas, se habría formado el reino de Agartha, en contacto con la ciudad secreta de Shangri-La en Tíbet a través de túneles en la corteza terrestre. Por su parte, la tradición oral cordobesa indica que los indígenas de la zona veían hombres que surgían y desaparecían entre las piedras de este cerro también llamado Macho, que no perdona al que le pierde el respeto (es fácil caer, la pedrería está suelta y el pie resbala, la cuesta es empinada y los abismos, profundos). El monte debe su nombre a la leyenda del guerrero comechingón que raptó a la princesa Calabalumba, una unión ilícita que fue condenada por un brujo a la eterna frustración. Por ese delito, Uritorco fue convertido en cerro de piedra y Calabalumba en río. Una historia triste: él tuvo que permanecer inmóvil a contemplar cómo brotaban de su pecho las lágrimas de ella convertidas en agua que corre cuesta abajo para siempre.

Un detalle: se atribuye barba, ojos claros y altura europea a esos comechingones ya extintos, que no dejaron registro en imágenes pero que incitaron a la fantasía de lazos ancestrales con visitantes del Viejo Continente, incluida la imaginería nazi de una raza superior oculta bajo tierra. Algunos dicen que los vikingos llegaron a esta zona mucho antes de que Colón conociera al mar Caribe y otros que los caballeros templarios viajaron a América entre los siglos XIII y XIV para guardar el Santo Grial y la cruz papal de tres travesaños junto al Bastón de Mando comechingón en una cueva. Este bastón de un metro de largo es una pieza de basalto pulido, de color negro, que quedó en manos de otro contactado por Sarumah, el profesor Guillermo Terrera, de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la Universidad de Córdoba, hasta su muerte, en 1998. Hoy el paradero del bastón es desconocido (hay fotos en internet).

En realidad, hoy circulan fotos de casi todo: desde mediados de los 80, las huellas de grandes quemazones sobre las laderas de algunos cerros, manchas calóricas de diez a más de cien metros de diámetro, coincidentes con testimonios de vecinos que habrían visto luces o naves en los cielos de esas noches serranas. De un incendio en el 87 que quemó veinte kilómetros de montaña y sin embargo dejó intactos los 122 metros de la célebre huella del monte Pajarillo. Y anécdotas sin registro de imagen: las flotillas de platos voladores que pasan rasantes o aterrizan, los automóviles detenidos de repente cuesta arriba y traccionados hacia atrás como por fuerza magnética, los hombrecitos con traje brillante como de plástico adherido al cuerpo que aparecen ante los contactados. A algunos se les apareció Sarumah como anciano de barba blanca, a otros como mujer negra de ojos celestes, a otros como una voz sin cuerpo físico.

El mito cobró fuerza luego de la muerte violenta de Ángel Cristo Acoglanis en abril de 1988, cuando su mejor amigo, Rubén Antonio, hermano del financista argentino y aliado de Perón, Jorge Antonio, le disparó cinco tiros al médico-chamán dentro del consultorio que este tenía en Buenos Aires. Se supone que el detonante fueron los celos, dado que la esposa del homicida sería por aquella época la secretaria de Acoglanis y una discípula de sus enseñanzas. El homicida, sin embargo, declaró al entregarse ante la policía que el griego era un brujo y que él creía que “había que matar a los brujos”. Quizá a causa de sus influencias fue declarado demente; pasó tres años preso y al salir se suicidó arrojándose desde una terraza. Versiones más desconfiadas sugieren que Cristo Acoglanis y su asesino fueron eliminados porque “sabían demasiado”. De los extraterrestres, de la base intraterrena para ovnis en el Uritorco, de los hombres de negro que se supone objetos de investigación de los servicios de inteligencia militar en casi todo el mundo.

Así que allá van (los creyentes), con sus cámaras en mano o en la mochila, porque el culto al Uritorco prescribe la foto como práctica de rigor. Captar el plato volador, el enanito verde, la entrada a las grutas de la ciudad subterránea: anhelos del turismo esotérico que quiere llevar el souvenir de vuelta para persuadir a los incrédulos. Se espera una aparición, un haz de luz en el cuadro. Hay pruebas, dicen: ese objeto plateado al costado de la foto, el aura en torno a aquel guía, aquella luz sobre la montaña…

Los creyentes tienen más o menos educación, origen urbano, ingresos medios. Entre ellos, dos de mis estudiantes de la Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de Buenos Aires, que encuentro en mi segundo viaje por azar (otros dirían que el azar no existe),  asustadas frente a la visión de una estrella fugaz que se pierde en la noche serrana. Una de ellas enciende una linterna y apunta al cielo; la otra se aferra a mi brazo: tiembla. Les aseguro que no pasa nada, aunque tampoco puedo explicar ni siquiera en mi carácter de profesor qué es aquella otra luz que parece el lucero del alba, pero que no lo es, por la hora, porque está demasiado baja para ser un planeta y demasiado alta para ser la punta de una antena, y además allí tampoco hay ninguna antena.

Avistar esa luz inexplicable fue un “contacto del primer tipo”, me previene el dueño del camping Witcoin, cerca de la base del cerro, donde instalé mi carpa. Los contactos de segundo y tercer tipo son los cruciales, pero estos sólo ocurren a los que están entrenados. Y el entrenamiento te lo dan servido en el camping, con instructor incluido. El camping tiene una cocina en cuyas paredes se han inscripto nombres de comandantes de naves, en un lenguaje mixto de voces egipcias y del rock argentino: Horus, Moris, Hurgenta… Miguel, un porteño de alrededor de cincuenta, se describe a sí mismo como un contactado que en los 80 vino a este lugar con su mujer, quien tenía un pronóstico de seis meses de vida a causa de un cáncer:

–Y entre esos árboles, cerca de donde vos pusiste tu carpa, tuvimos un hecho.

Su relato aquí se detiene, el silencio le agrega peso a la frase, me ubica en mi lugar de no iniciado, de persona a quien no se le puede contar todo. Hay que tirar de la lengua. El “hecho” es un contacto, no sólo con naves, sino con seres. ¿Hablaron?, pregunto. Hay un sí leve como única respuesta, pero el relato sigue un camino sinuoso. A partir de ese momento, dice Miguel, su vida cambió por completo. La mujer se curó, aun vive, él se compró el camping y siguió teniendo contactos, sobre todo telepáticos.

Ah bueno, entonces no es obligatorio verlos, deduzco. Falso. Puede y debe tenerse una experiencia visual directa, afirma Miguel. Y me presenta a Javier, pelilargo de menos de treinta, como “investigador” que estudia el tema desde hace varios años para que me guíe a un avistamiento. Las comillas van porque la mayoría de los llamados expertos por aquí no cumplen con mínimos requisitos de investigación, sobre todo la verificación o refutación de hipótesis, la suficiencia del trabajo de campo, la validación de autoridades reconocidas, pero en fin, quizá todo esto no sea asunto para la ciencia sino para el arte y después de todo, quién es uno para decir qué es verdad y qué no. Por las dudas, como dicen los gallegos, “no creo en las meigas (brujas) pero haberlas, haylas”. Así que retiro las comillas en torno al investigador y accedo a encontrarme con él a las 9 de la noche en un mirador ad hoc, cerca del campamento, a esperar que comience el show detrás del cerro. Voy limpio, sin fumar ni tomar nada para ver lo que se hay que ver.

Allí, junto a otros acampantes que rodean al investigador sentado con las piernas cruzadas sobre un tronco de árbol, llevo la cabeza hacia atrás para escrutar el cielo. Pasa el tiempo, hace frío, el cuello se endurece, los hombros se tensan, los ojos se fatigan al descartar, uno tras otro, los astros fijos en busca de los móviles, aunque después de un rato de clavar la vista en lo alto todo parece moverse un poco. Hay estelas de luz que siguen la mirada cuando uno escanea la bóveda negra de un costado al otro, en zig zag, en diagonal, en círculos. De pronto, pasa un satélite. Su trayecto es típico, estable, firme en su ruta lineal para nosotros aquí abajo, con su inconfundible pequeña luz de satélite, sin parpadeos.

–¿Ven?– dice el investigador–. Sí, es un satélite. Pero estén atentos, porque no todos esos son satélites.

Hay varios escépticos entre los curiosos. Entre ellos, Matías Conti, voz y percusión del raro grupo de salsa y rumba argentina Las Sabrosas Zarigüellas (raro en un país sin salsa ni rumba y donde a las zarigüellas se las llama comadrejas).

–¿Cómo se sabe si son o no son satélites?–pregunta. El investigador responde:

— Cuando circulan muchos, son naves. ¿Cómo va a haber tantos satélites allá arriba?

Yo me callo, escucho, también soy escéptico pero siento curiosidad, ganas de aprender, de dilatar mi mirada.

Las estudiantes de Ciencias Sociales no quisieron venir, por una razón u otra; me invitaron a fumar unas flores, les dije que después. Pienso en ellas. Menos mal que no están, los muchachos del grupo salsero son varios y hacen chistes que no recuerdo, se burlan de los creyentes. Uno de sus temas conocidos en los 90 era “El muerto se fue de rumba”. Decía: “Caballero, caballero/ esto me tumba y me tumba/ apenas sintió la conga/ el muerto se fue de rumba”. Para mí que las creencias deben ser respetadas e incluso admiradas si revelan una imaginación fértil, las chanzas de las Zarigüellas no me hacen gracia.

Una hora más tarde, uno de aquellos objetos de claridad minúscula que pasa por el cielo se enciende, destella. Es extraño: ahora es como una estrella grande o más cercana, de brillo intenso, pero se sigue moviendo en su trayecto fijo. La vista dura apenas unos segundos, la luminosidad se reduce y poco después vuelve a su tamaño anterior, básico, diminuto, apenas perceptible en la noche sobrepoblada del cosmos.

–¿Ven?– vuelve a decir el investigador–. Saben que los estamos mirando y, como dudábamos de su existencia, nos mandaron una señal.

El cantante rumbero lo increpa de nuevo:

–Pero con los millones de personas que hay de Ecuador a Tierra del Fuego, ¿cómo van a saber de nosotros justo aquí abajo en Capilla?

–Saben– responde el investigador con una sonrisita, como si los sobrara de lejos–. Ellos siempre saben.

Pero eso es todo para el show de esta noche. Los chicos de la banda salsera se van a beber y proponen hacer algún batuque en la ladera del cerro; yo quiero acostarme temprano, al día siguiente pretendo subir a la cima. Y más que nada, quiero terminar la noche como finalmente la termino, en la carpa de las dos estudiantes y futuras cientistas sociales, fumándonos unos porros de flor de María local que resultó ser bastante buena. Ahorro detalles. Me costó levantarme y por un momento olvidé el dinero en mi carpa, de modo que volví a buscarlo, porque paradójicamente para subir al cerro hay que pagar entrada a una empresa de nombre pretencioso: “Administración Bio-Reserva Cerro Uritorco”. La montaña fue privatizada durante el gobierno de Menem, vendida en sus 300 hectáreas a Sonia Beatriz Anchorena de Crotto, de familia tradicional agraria, y aunque hubo un intento de la Municipalidad para expropiarla y declararla de uso protegido, un juez dictaminó que la medida era inconstitucional, de modo que finalmente el medio ambiente natural, sagrado e incluso cósmico del Uritorco quedó en manos privadas. Se accede a menos de diez dólares la entrada.

Mientras hago la cuenta de lo que ingresa en esa caja cada día, allá voy a solas o mejor dicho entre decenas de peregrinos en una mañana de cielo abierto sin nubes. Vienen de Belgrano, Palermo, Núñez, Caballito, aunque también de Brasil, España y Alemania, sin agua suficiente (lo mínimo recomendable son dos litros por persona) ni gorro para el sol, algunos con ojotas o sandalias, sin la menor idea de cómo es la subida. En la base, junto al mostrador donde se cobra la entrada, hay unos pequeños carteles que recomiendan llevar “calzado apropiado (zapatillas, borceguíes)”. Pero quién los lee, quién se fija en la suela, la goma, el agarre con que se van a pisar las piedras sueltas del camino. Además, todos están apurados, apenas si se detienen en la letra chica de los anuncios, esa que dice que la administración no se responsabiliza de accidentes, etc. Todos tienen ganas de llegar, creen que es fácil. Algunos, en buen estado, dirán que se puede estar en la cumbre en dos horas. Grave error. Yo tardé cuatro horas en llegar al Valle de los Espíritus cuando fui con mi novia y tres cuando fui a solas. Y eso que tengo (o más bien, tenía) algún training, subí alturas menores por trabajos del Servicio Forestal de Canadá y también por gusto cuando vivía en aquel país. Así que siempre pensé que el Uritorco, con sus 1949 metros, no tendría por qué ser un obstáculo.

Lo cierto es que la cuesta es empinada, aunque solo en algunos tramos se precisa la ayuda de pies y manos, sin necesidad de cuerdas ni otros elementos de montañismo a menos que uno se desvíe del camino. En general, con un bastón alcanza, pero si uno quiere quedarse a acampar debe cargar alimentos, carpa, bolsa de dormir y la subida será entonces más lenta; la otra opción es ir liviano y regresar antes del anochecer, por lo cual el descenso debe comenzar apenas se arriba. Además, en el apuro por llegar puede faltar el aire; hay menos oxígeno, aquí uno también se apuna. Mejor caminar lento, como de paseo, sin forzar los límites, sin deseo de alcanzar la foto propia en la cúspide. En ciertos lugares se pone difícil. Un pequeño desliz puede desbarrancar al despistado. Y algunos se han caído. Uno por año, tal vez dos o tres. De eso no se habla, pero se sabe.

Otros se han extraviado. Casi siempre los encuentran, no más de un par de días sin aparecer. Como a la entrada se registra con nombre y apellido a todos los que van y vienen, tarde o temprano se sabrá quién no ha vuelto, quién se quedó a ver el show de luces, quién intentó tomar un atajo suicida. Incluso se dio el caso de un homicidio seguido de violación hace unos años: un guía de la zona llevó a una joven pareja a la cumbre pero como los sorprendió una tormenta eléctrica tuvieron que guarecerse en el Valle de los Espíritus; los dos hombres salieron a buscar leña para hacer un fueguito, el guía golpeó con una piedra al turista y lo arrojó a un barranco; más tarde volvió a decirle a la chica que su novio se había extraviado y la violó. Ella presentó la denuncia al día siguiente, el cuerpo fue encontrado, el guía fue arrestado.

Todo esto salió en los diarios pero en aquel momento me entero por lo que cuenta Juan Ochoa, otro guía nativo de Capilla que se crió en la estancia Minas, detrás del cerro, y que solía subir desde los nueve años con su abuela. Solo unos pocos turistas contratan guías para subir al Uritorco, dice; la mayoría va desprevenida, sin mapas ni folletos descriptivos. No saben qué encontrarán arriba. Qué tipo de fauna, por ejemplo. Vacas sueltas, aunque parezca mentira, que pueden asustar al más valiente (la visión de una vaca en la montaña debe ser alucinante). O animales más benignos, como el zorzal mirlo, algún cuis, alguna corzuela o cabra de monte; estas últimos son difíciles de ver, huyen de la mirada. Pero también serpiente cascabel. Que avisa con sonido inconfundible. Algunos aseguran haber visto coral, con su lomo rojo, blanco y negro, aunque es más raro. Todas las víboras le escapan al ruido, hay demasiado tránsito en el monte. Sin embargo, vaya uno a conseguir suero antiofídico aquí cerca.

¿Y los ovnis?

–Mirá, esto quiero que salga escrito tal cual te lo digo—subraya Ochoa–. Yo no quiero desmerecer a nadie, pero hay mucho curro y estafa en todo eso. Algunos ven satélites, otros miran las estrellas y como en la noche hay un rocío que humedece el aire, entre la misma vista de uno, que se empaña, por las propias lágrimas del cuerpo, uno ve que la luminosidad de la estrella se mueve, como si la estrella bajara, digamos: es ilusión óptica. Y después, están los efectos de las drogas y los problemas mentales de muchos de los que vienen por acá. No es por criticar a nadie,  pero muchos de los que se dicen expertos no han visto cosas verdaderas. Que sí ocurren cada tanto.

Quiero saber: ¿qué cosas ocurren?

–Luces redondas que parecen salir de adentro de la montaña. Yo hablé con muchos científicos que vinieron a estudiarlas, y les hice de guía; ellos dicen que son emanaciones de gases por la cantidad de minerales, cuarzo, wolframio, mica, que hay en la sierra. Se ven cosas raras, pero como decía mi abuela, si en ochenta años se llegan a ver cinco cosas verdaderas, ya es mucho. Yo te aseguro que cuando se ve algo de verdad… se detiene el tiempo, se detiene el pasto, nada se mueve, ni el viento, ni el aire.

Insisto. Reacio al principio, al final Ochoa afloja:

–Tenía yo unos doce años y estaba con mi abuela detrás del casco de la estancia, un atardecer de invierno. Y apareció un artefacto raro, a 150 o 200 metros de alto. Era redondo. No era helicóptero ni avión. Y te aseguro que me dio escalofrío. Anduve mal mucho tiempo, no quería contarle ni a mi madre, por el cagaso que tenía, con perdón de la palabra, de que me tomaran por loco. Mi abuela no supo explicar qué era, más allá de decir que debían ser espíritus de indios que habían quedado arraigados, almas en pena en el lugar. Pero bueno, son cosas que se ven cuando menos te lo esperás. Y son como el terremoto: nunca avisan. Son como una venganza del paisaje.

¿Una venganza contra qué? Contra el hombre que no respeta a la tierra, a la montaña, al río. Es lo que cree Ochoa. Que esas apariciones son parte del paisaje, en el cual incluye lo visible y lo invisible.

El resbalón de mi novia también vino sin avisar  en una bajada del Valle de los Espíritus, esta planicie de unos veinticinco metros cuadrados de pasto corto poco antes de la cima. Un lugar de tierra plana, sin abismo cerca (por suerte), donde una piedra se soltó del paisaje, ella se resbaló y cayó sentada sobre otra piedra casi le  rompió el coxis (no el culo, también por suerte): esto último se supo por radiografía posterior; en aquel momento, todo fue dolor y frustración. Bajar con una herida que se abre a cada paso en el cuerpo es una de las peores cosas que a uno le pueden pasar en descenso por la montaña; la bajada ideal es a tranco rápido y largo, dejándose caer, aprovechando la gravedad, desplazando el peso de una pierna a otra, ubicando los pies medio de costado y jamás de punta. Las piedras se mueven cuando uno las pisa, todas parecen sueltas, hay que mantener las nalgas lo más cerca posible del suelo. Pero todo esto es inmanejable después de un accidente. No podía cargarla porque nos íbamos a desbarrancar los dos. Hubo que bajar lento, parando a descansar con frecuencia pese a que el dolor crecía con las horas; creo que fueron cinco en total, el tiempo no pasaba. Yo estaba frustrado por no haber completado la subida, por el mal trip del ácido, por el retorno precipitado a la ciudad. Ella lloraba.

Recuerdo todo esto al llegar de nuevo al Valle. Sí, es un lugar ideal para una violación o un homicidio en temporada baja, sin otra gente alrededor. Aquella vez estábamos solo mi novia y yo. Ahora hay un grupo de acampantes tocando una guitarra, y una chica de pollera larga que se lava las piernas en un arroyito de montaña. Esta es la parada obligada para el envión final. De allí a la cima puede haber media hora o más, según el peso y el cansancio que se traiga: son menos de quinientos metros, en algunos tramos con pies y manos. Mientras subo y subo, el recuerdo deja paso a la visión: un mundo invertido de lo alto a lo bajo, donde sacerdotisas negras de otro planeta gobiernan un reino de paz y amor libre, en alianza con indios blancos y sabios vikingos, robots verdes que hacen todo el trabajo necesario mientras la humanidad y la transhumanidad se dedican al ocio, al arte, a la contemplación. Y mientras imagino, llego al lugar más alto, aquel donde ocurre el milagro de la vista circular, la que suprime toda distancia entre afuera y adentro, la que abarca el río, el dique El Cajón, la ciudad de Capilla, la piedra de El Zapato, el horizonte que conecta con el infinito. La cumbre, ese lugar donde la distancia entre dioses y humanos se aminora. Donde se encuentran indicios de un mundo mejor, superior, elevado, esa promesa que sedujo a los antiguos buscadores de la Ciudad de Dios, el ombligo del mundo, el centro del universo.

¿Será por eso que a uno le gusta, pese al esfuerzo, subir a cierta altura? Llegar hasta ahí donde aparece la conclusión más pedestre. Todo está aquí y ahora y siempre lo supimos. La ciudad de los espejos, el mundo subterráneo, la utopía intraterrena, el reino al revés, donde todavía pueden haber héroes y dragones, espectros y apariciones, secretos y tesoros que deben ser ocultados de los servicios de inteligencia, conspiraciones para emigrar del planeta o refugios contra los desastres ecológicos: todos los elementos vivos de una imaginación creadora de relato oral que puede convertirse en cine o literatura pero que no necesita legitimarse ante la ciencia ni producir efectos de verdad indemostrable. Porque como han dicho los místicos de todas las épocas, el paso estrecho que lleva al valle secreto está en el interior y el viaje verdadero siempre se hace en búsqueda de aquello que uno ya tenía de principio. Subir una montaña para encontrar lo obvio, la experiencia que no está afuera ni adentro, sino en el medio, en una alianza entre el afuera y el adentro. En esa cumbre o pico al que uno accede cuando el viento le vuela la cabeza y la deja tirada a la altura de los pies. Qué paradoja: tenía que llegar hasta ahí para entender que ni siquiera tenía que llegar hasta ahí.

Pero solo así pude volver sobre mis pasos, a la base de la montaña, a desmontar mi carpa del camping, a tomar el ómnibus a Capilla del Monte y luego a Buenos Aires, a acompañar  a mi novia que aun estaba reponiéndose de su golpe de coxis y a registrar en un cuaderno todo lo que había sentido e imaginado para este relato de viaje al Uritorco que primero tuvo como título “La montaña mágica” y que después fue reescrito como “La cumbre invertida”.

Aquí se completa con una historia anexa.

Publicado en papel en el 2008 por Proyecto Jardín Interior, Medellín, Colombia, como plaquette con tapa de cartón comprado a recicladores en la vía pública, pintada y encuadernada a mano, gracias a los editores, Francisco Garamona y Javier Barilaro.