Se acabó la épica: la potencia de una frase en el arte del no

Comienzo pidiendo disculpas porque hace un par de meses, cuando recién había enviado el título de esta ponencia por email a Silvana López, tuve una caída de una escalerita que uso para buscar libros en un estante alto, un tonto accidente doméstico que me fracturó la rótula. Lo cual me obligó a suspender todas mis tareas, entre ellas la de empezar a escribir el texto que ahora finalmente puedo leer aquí, y a tener que portar constantemente una férula, bota o inmovilizador de rodilla que me mantuvo no solo con una pierna estirada por seis semanas sino con prácticamente todo el cuerpo inmovilizado, ya que lo único que podía hacer era quedarme en la cama o andar de pie con un bastón, rengueando con esa pierna rígida que arrastraba de un lado al otro. O sea, era imposible estar sentado, porque una de mis rodillas no podía ser doblada y por lo tanto no lograba sentarme más de cinco minutos, sea al escritorio o a la mesa, en una posición incómoda con las nalgas al borde de la silla (ni hablar de lo incómodo que es sentarse al inodoro sin doblar una rodilla).

Al principio creí que al menos iba a tener tiempo para leer, pero tampoco; aunque probé leer en la cama tuve que abandonar a los pocos días, ya que con una pierna rígida todo el cuerpo estaba fuera de eje y me atacaron todos los dolores pertinentes: de espalda, de cuello, de cervicales. Así que también renuncié a leer, excepto alguno u otro diario en forma digital, con un Ipad que podía sostener sobre mi cabeza. Escuché bastante música, clásicos del rock y del jazz. Miré mucho tiempo al techo, también llamado cielorraso.

Recién en la última semana de este mes y medio largo, con el hueso de la rótula en lenta recuperación, pude empezar a sentarme al escritorio y ocuparme de la frase “me quedé sin épica” o “se me acabó la épica”, que Néstor Sánchez solía usar como explicación de por qué había dejado de escribir en sus últimos años.

Las disculpas aquí van porque este enunciado, sus condiciones de producción, los contextos en los que se dio a conocer, como réplica o respuesta a la pregunta “por qué no escribe” o “por qué dejó de escribir”, merecerían un mejor análisis. Pero al menos en esas seis semanas en las que me pasé la mayor parte del tiempo en la cama, algo me pareció entender sobre el significado de no poder sentarme a escribir o incluso a leer. Porque en esta temporada de encierro e inmovilidad, me vi forzado a conectarme con el límite, con la imposibilidad (y la discapacidad, aun transitoria). Con el límite del cuerpo, los huesos, los músculos, el sistema circulatorio.

Por suerte en una de esas semanas se publicó un artículo de Enrique Vila-Matas en ADN de La Nación, con motivo de la visita de este autor al FILBA en esta ciudad, titulado “Intensa sed de venganza”. Allí se ponía en cuestión, nuevamente, la disyuntiva entre escribir y no escribir, o escribir y vivir. A modo de desafío planteaba: “de admitir que vivir y escribir son actividades distintas, me gustaría que alguien me explicara qué nos perdemos al escribir. ¿Cazar elefantes como Hemingway, o quizás una apasionante vida abisinia a lo Rimbaud?”

Como ustedes saben, Vila-Matas se ocupó en Bartleby y compañía de aquellos llamados “escritores del no”, los escritores que habían optado por no escribir, por el silencio, una constelación de autores entre los que incluyó a Holderling, Walser, Rimbaud, entre otros históricos (y varios ficcionales, entre ellos una María Lima Mendes como personaje probablemente inspirado en Raúl Escari), aunque en aquel libro del año 2000 no figura Néstor Sánchez, probablemente porque en el momento en que Vila-Matas escribió sobre este tema no lo conocía o no lo había leído.

Lo cierto es que para el que pide o demanda algo (por ejemplo, que otro escriba) es difícil enfrentarse a la respuesta “preferiría no hacerlo”, tal como lo propuso Melville en Bartleby el escribiente; pero se me ocurre que puede ser más difícil todavía vérselas con la frase “yo me quedé sin épica”.

Durante la investigación que me llevó a escribir mi libro Sobre Sánchez, me encontré una y otra vez con esa alusión al fin de la épica, formulada con ligeras variaciones.

La frase está en los testimonios de Hugo Savino, en la entrevista personal que tuvimos y también en el retrato que Savino realizó para Visiones de Sánchez, publicado por La Comarca en base a la recopilación iniciada en este blog. Allí se habla de perder la épica. “(Néstor Sánchez) decía obstinado cuando yo le hablaba de su don: perdí la épica. Y se apartó. Vivió apartado”.

También aparece en reportaje del 23 de septiembre del 2000 en la revista Noticias, cuando el periodista Emilio Fernández Cicco le pregunta a Sánchez, “¿Qué lee?”. Sánchez responde “Casi nada… Joyce”. “Qué cosas le interesan? “Nada”. “¿Nada?”. “Estoy en una etapa de descrédito de todo”. “¿Y escribir?” “Está pendiente. Hay momentos en que tengo ganas, pero no sé qué ocurre, no sale”.

El No como réplica a una proposición o pregunta puede parecer fácil pero en realidad requiere cierto esfuerzo, energía, una energía negativa, ya que no es cómodo admitir sin excusas ni atenuantes la negativa a hacer o decir algo que uno no quiere porque no lo desea o porque cree que no le conviene, porque le teme, o simplemente porque “no le sale” A un escritor, la pregunta sobre qué está escribiendo en este momento, o cuál va a su próximo libro, etc. etc., epuede ponerlo en aprietos, según el caso. Esgrimir el derecho a sostener el No puede ser todo un arte (marcial, incluso). Melville puso en labios de su personaje Bartleby, que era un escribiente, la frase “preferiría no hacerlo”. Néstor Sánchez, que era un escritor, decía “me quedé sin épica”.

La frase aparece en otros testimonios, o crónicas de encuentro con Néstor Sánchez, como el inspirador texto de Mariano Fitzsman “Cabezón 2915”. En los años 90, ya aparecía la pregunta clásica y su respuesta negativa. “Escribe? Ya no. Estoy seco” decía Sánchez. “Antes tenía una épica, una épica de vida, y esa vida se volcaba a la literatura. ¿Ahora de qué voy a escribir?”

En otra entrevista, en Página 12, 28 de octubre de 2001, Sánchez aparece contándole a Lautaro Ortiz cómo era su vida en esa casa de la calle Cabezón 2915: “A veces por las tardes voy a un bar que está aquí cerca y me permito pensar por un momento en la escritura y es evidente que aparece una leve onda de sosiego, como si me fuera dado encontrar una épica en esta vida monótona que llevo. Es que nunca en mis libros inventé una historia. Todo ha sido en base a mi vida presente o pasada y esto ahora ya no puede ser: me quedé sin épica”.

La frase emerge también en recuerdos de otros que lo conocieron, como Liliana Heer. Según me contaba cuando yo estaba haciendo mi libro, ella discutía con Sánchez contra esa idea de la escritura como el resultado de una epopeya… Y le decía que uno podía escribir a partir de lecturas y otras impresiones…. Nada. Yo ya escribí, respondía Sánchez. Ya no tengo más nada que decir.

Y también aparece en testimonios como los de su hijo Claudio, y en apuntes sueltos, algunos escritos a pedido de su terapeuta en los últimos años de vida. Por ejemplo, la confesión: “Trabajar en algo me cuesta enormemente, apenas puedo escribir una carta breve muy cada tanto… Así, la idea de retomar la escritura se vuelve prácticamente imposible, sobre todo si se tiene en cuenta la sensación global de haber dicho ya todo”.

Esta negativa casi no tiene salida. Uno tiene o debería tener el derecho al No, a estar seco, a aburrirse, a vivir en la desdicha y en la depresión, si es necesario. Pero convengamos en que debió ser difícil para los demás encontrarse con esa pared.

¿Cómo se relaciona uno con alguien que dice “no escribo porque tengo más nada que contar”? Se puede insistir, explicar que seguramente sí debe haber algo, alguna cosa en esas pastillas que toma todos los días o noches para dormir o calmar la ansiedad, en esas conversaciones de bar de billares de barrio, en esos vasos de vino religiosos cada mediodía, en ese tedio incluso debería existir algo que pueda ser transformado, alquimizado en escritura. ¿Y acaso no está la imaginación, la fantasía? La insistencia es quizá porque angustia que el otro pueda expresar de tal manera extrema su contingencia y su situación de intemperie.

Ahora bien, estos rodeos sobre el no escribir o dejar de escribir ya se esbozaban en el pensamiento de Néstor Sánchez a principios de los 70. En un artículo publicado en Lima en 1971, “Sobre otro monólogo” Sánchez planteaba la posibilidad de una fuerza de decantación en la escritura, que llevaría a un “rechazo paulatino a todo aquello que no debe hacerse”: por ejemplo, “no contar historias, porque en última instancia ya están contadas”; también “no ficcionar por ilustrar una tesis o por ficcionar en sí” ya que una persona recurre a la ficción, decía Sánchez, sentado solo frente a una máquina, cuando su propia vida no puede convertirse en materia estética; y sin duda, “no admitir la puerilidad del compromiso (militante)”, de la propaganda o la información al servicio de una idea, o sea de todo aquello que nos aleja de la poesía.

En otro artículo, “En relación a la novela como proceso o ciclo de vida” publicado primero en EEUU en la Revista Iberoamericana en 1971 y recién conocido en Argentina al publicarse en la revista La Ballena Blanca, en diciembre de 1997, Néstor Sánchez plantea un punto límite en ese proceso de decantación. De plano rechaza la figura del “escriba”, del escritor profesional, aquel que piensa una novela “donde sucedan cosas interesantes”, donde “ambulen personajes que a su vez digan cosas interesantes” y donde se pretenda eludir la pesadez y el drama de la vida humana mediante la imaginación, la ficción, la invención de una historia y de “personajes consecuentes” que realizan acciones que “irán fatalmente a cumplirse”. En contra de este esquema, Sánchez propone “una escritura que nada más pueda iniciarse cuando muchas de las cosas que todavía creíamos ya no nos alcanzan para vivir, y apenas para simular vivir”. Y hace una observación, sobre el final de ese artículo, sobre la posibilidad de que alguien se sienta condenado a repetir “viejas palabras organizadas para la derrota. Pero cabe la decisión de no volver a escribir”.

Alguien con más tiempo podría intentar hacer una arqueología de estas indicaciones, señales, signos de Sánchez en relación a ese No radical, extremo, a esa renuncia a escribir. A mi alcance en este momento solo están unas pocas referencias, significativas sin embargo, porque de alguna manera pueden ser asociadas con la potencia del No, del arte de decir que No.

En el ensayo de Giorgo Agamben, “Bartleby o de la contingencia”, se alude a la fórmula de Melville (“preferiría no hacerlo”) como a una potencia. Y una contingencia: la construcción de una experiencia de lo posible, de aquello que podría ser pero también no ser. Por su parte, Deleuze, que también se ocupó del tema en “Bartleby o la fórmula” nos recuerda que la frase original, en inglés, es “I would prefer not to, que literalmente sería algo así como “preferiría no”.

Esta fórmula tendría en su interior Esta fórmula mantendría una atracción, una fascinación a lo largo de los siglos (Bartleby el escribiente fue publicado por primera vez en 1853) porque en su interior se encuentra toda la potencia que podría llevar a decir que Sí. Sería una preferencia; uno preferiría no hacerlo, porque tiene la libertad de elegir: podría preferir hacerlo.

Y se puede llegar a admirar en secreto o en público la libertad de elegir por el No, pero sin olvidar que esa libertad también tiene un precio, y Bartleby el escribiente lo paga bien caro. Es cierto que Melville escribió este libro cuando a los 34 años sintió que había fracasado, como “el antídoto a su depresión”, según observa Vila-Matas, antes de dejar paulatinamente de escribir y de luchar por el reconocimiento mientras se sumergía en un “claro movimiento de rechazo al mundo que lo había rechazado”.

Sin embargo, lo que permanece, lo que siempre recordamos es la fórmula: “Preferiría no hacerlo” que, siguiendo a Agamben, nos presenta al “ser en potencia”: la potencia de hacer y de no hacer (en última instancia; la potencia de ser y de no ser): “Un ser que puede ser y, al mismo tiempo, no ser, recibe en la filosofía primera el nombre de contingente”… “Quien se aventura en ese experimento no arriesga tanto la verdad de sus enunciados como su propio modo de existir”.

Alguna veces me pregunto por qué la disyuntiva de escribir o no escribir parece una cuestión tan fuerte como la de ser o no ser. Ha de haber algo en la relación del escritor con su instrumento, que es la palabra escrita, que hace que dejar de escribir, o no poder hacerlo, se perciba como catástrofe. Quizá tenga que ver con una idea religiosa, hipostasiada de la literatura, de la religión de la literatura, de la literatura como religión o de la palabra como instrumento sagrado.

Lo cierto es que cuando el No es extremo, cuando implica una renuncia tajante a cierta configuración de la vida social, puede constituirse en un acto de increíble libertad. Nuestra cultura occidental tiene una ideología hegemónica, que es la ideología de la dominación, de la voluntad, del querer asir, aferrar, capturar, dominar, decía Roland Barthes en sus seminarios de los años 70 publicados en libros como Lo neutro y La preparación de la novela.   Lo contrario de esa ideología dominante sería el deseo de no luchar, no competir, abstenerse o retirarse del conflicto, o sea: el deseo de no hacer. El wu-wei oriental, según la traducción (literal) que prefirió Barthes, quien observaba que la renuncia a escribir suele llamar la atención de un escritor cada vez que siente a la escritura como un deseo que fue llevado a la violencia por la manipulación: “Viene entonces la tentación de suspender toda obra como si fuera… una empresa, una ofensiva, una dominación; viene el deseo de ya no hablar, de anular toda ambición…” O a veces es simplemente que a uno lo roza “el ala de no escribir” (un “ala negra de la desdicha” o un “ala dulce de la sabiduría”). Un ángel te roza con su ala, pero ¿es el ángel de la inspiración? ¿O es el que te inspira a no escribir? Y si fuera este último, ¿quizá te roza por una inclinación particular al ocio? Pero no a un ocio pleno u ocio creativo, que todavía tiene un tono a éxito, a glamour, sino a algo más profundo, que puede rozar la derrota, la desgracia.

En La preparación de la novela, Barthes dedica algunas páginas a la posibilidad de llegar a una cesación del escribir en tanto trabajo, vinculada a una cesación voluntaria del deseo. Allí se refiere al al ocio como “vía iniciática”, como sistema de vida. Y se detallan ciertos niveles, o grados, que puede asumir esa vía.

Por ejemplo, el “saber”. Esta sería la forma más integrada del ocio a la sociedad, el “ocio filosófico”): incluye el estudio, la lectura en sí misma, sin ningún beneficio transformable en utilidad. Un ocio que se despliega como actividad intelectual, un “tener tiempo para leer”, por placer o por “pura sed de conocimiento”, como les ocurre a muchos que fantasean sobre la vida en algún lugar retirado del mundo o en tiempo de vacaciones.

Después, el “ocio pleno” (en el sentido de lleno, ocupado). No es un ocio vacío, tampoco es el ocio en tanto actividad intelectual, con eje en la lectura, sino un bricolaje de actividades físicas, manuales, grandes o pequeñas, de deportes y exploraciones de la naturaleza, pescar, cazar, jardinería.

Luego, el ocio contemplativo. Estar quieto, moviendo un rosario con la mano, o unas bolitas chinas, mirando el río que sube o que baja.

Y finalmente el wu-wei: no hacer. Fantasear esa experiencia que de hecho se parece a lo nulo. Y por tanto, a lo Neutro. Tal como lo expresa ese haiku que tanto le gustaba a Barthes: “Sentado apaciblemente sin hacer nada/ la primavera llega y la hierba crece por sí misma”.

A mí me gusta el de Allen Ginsberg: “Sentado sobre la raíz de un árbol con una taza de té/ El sol cae detrás de las montañas/ Nada que hacer”.

Un estudio más profundo podría, debería relacionar estas formas de retirada, de inmovilidad voluntaria con la negativa de Néstor Sánchez a escribir en sus últimos años. Rastrear las maneras en que este autor fue respondiendo a la demanda social de escritura, de productividad, desde los principios de su carrera hasta su retiro final. Aquí yo solo quiero señalar estas pistas, estas huellas de un gesto que me parece ha acompañado la obra de Sánchez (desde luego, si incluimos en su obra tanto los artículos como las entrevistas concedidas) from the very beginning.

Mencionaba al principio ese artículo de Vila-Matas en La Nación que pude leer (creo que fue en digital mediante un Ipad), mientras me encontraba con mi rodilla inmovilizada, en la cama, a causa de la fractura de rótula. Vila-Matas allí ponía de nuevo en juego la tensión entre “escribir o vivir” preguntando, retóricamente, “si acaso al escribir no vivimos”; y pedía que alguien le explicara “qué nos perdemos al escribir”, como si uno se perdiera algo especial de la vida por ponerse a escribir o a trabajar de escritor. Su respuesta era naturalmente que no nos perdemos nada, porque bueno, Vila-Matas ha escrito sobre escritores del No pero él no es un escritor del No, es un escritor muy prolífico, muy profesional, y en este artículo volvía a decir que al escribir uno ya está viviendo y por lo tanto la aparente contradicción entre vida y escritura, en última instancia, carecería de sentido: “escribir sería una forma de vivir y de estar en el mundo”.

Dado que esta es una respuesta subjetiva a la pregunta que se hizo a sí mismo Vila-Matas, no voy a discutirla y mucho menos poniendo a Nestor Sanchez como cita de autoridad pero sí quisiera decir que, después de leer esto en el Ipad, y volver a dejar caer la cabeza sobre la almohada, para continuar en la cama mirando al techo con la pierna estirada, como hice durante esas semanas, encendiendo la radio o la tele para escuchar una estación o canal de jazz o de clásicos del rock, pensé en que la pregunta “qué nos perdemos al escribir” podía ser respondida de muchas maneras. Por ejemplo: nos perdemos la música. Hay otras respuestas, claro: si tenemos la opción, nos perdemos la oportunidad de salir a la calle, caminar, hacer ejercicio, bajar la pancita o enderezar la espalda, incluso de salir a bailar o nadar, pero claro en mi condición de pierna inmovilizada por la férula, esas opciones estaban fuera de lugar. Pero en principio: nos perdemos todo lo que tiene ver con el cuerpo. Nos perdemos el cuerpo, pensaba, y también nos perdemos, o podemos perder, la música. Eso pensaba mientras con el pie de mi pierna sana marcaba el ritmo  cuando sonaba Charles Mingus o Billy Holiday, por poner ejemplos del mundo del jazz.

Al escribir podemos perdernos la música y sobre todo el ritmo. El ritmo del cuerpo. El latido. El paso. Sobre todo, cuando escribimos “por trabajo”, profesionalmente,  y tal vez sin eso que Néstor Sánchez llamaría “el estado de gracia”. Porque uno puede escribir por muchas razones, todas válidas: para publicar un libro u otro libro, para entrar o seguir en circulación, para ganar un premio, para cobrar un anticipo, para publicar artículos en suplementos culturales, para dar entrevistas a esos mismos suplementos. Para mantener una imagen, un rostro, una postura. Cada uno es responsable de su propia cara y además, “estamos en los tiempos del éxito” como decía Mansilla en el siglo XIX. Ya está naturalizado que todo el mundo admire a los exitosos, a los ganadores, a los que triunfan en la escena pública.

Creo que Néstor Sánchez, con su punto final, su abandono de la escritura, puso en cuestionamiento todas esas razones. Y me parece que lo hizo con una desnudez total, sin intento de mantener ninguna imagen heroica de sí mismo, al menos en esa etapa final de su vida: al contrario, dejó de escribir porque se había quedado sin épica.

Ese abandono, esa deserción de Néstor Sánchez tiene algo de gran gesto de artista. Es cierto que el No en este caso asumió formas de la debilidad o de la impotencia en su enunciación (quedarse sin, carecer de algo crucial) pero se sostuvo sobre una potencia incontestable: la que proviene de la experiencia de vida de un autor que en algún momento llegó a sentir la escritura como deseo que puede ser llevado a la violencia por la manipulación y la demanda social. O sea, un deseo propio que puede ser expropiado y manipulado por otros. Y un deseo que vuelve en forma de imposición sobre el escritor. Esa violencia que debe ser resistida de una manera contundente, que en algún caso (Melville) será con un suave “preferiría no escribir”, en otros (Sánchez) con un demoledor “se me acabó la épica”. Son estrategias, procedimientos posibles hacia un arte del No, del decir que No, del No decir. Porque cuando no hay nada más que decir, creo que lo mejor es no decir.

Leído en la mesa de apertura de las Jornadas Néstor Sánchez-Jorge Di Paola, Malba, 22 de octubre de 2014