Saqueos por Néstor Perlongher

Aquí está, gracias a Matías de Golosina Caníbal, el texto al que hacíamos referencia en esta entrada aunque se precisan un par de rectificaciones. Si bien alude a hechos ocurridos en Brasil en los 80, no fue escrito en esa década sino en 1992 y publicado en Página/30, cuando en la Argentina post-89 los saqueos ya no eran un “fenómeno extranjero”. Además, las diferencias y semejanzas entre los distintos contextos saltan a la vista: hay “hambre”, dice Perlongher, hay “jóvenes funks” entre los presuntos culpables del “ataque confiscatorio”, hay “militantes” en alianza con “masas desesperadas” pero estas no sólo roban alimentos sino también televisores, botellas de whisky, zapatos de taco alto y botellas de crema Hinds, entre otros cosméticos arrebatados de las perfumerías y a veces usados para producción in situ junto a las góndolas. Ahí entran en escena las noctilucas (luces de la noche, bichas de luz).  “Las variantes de la confiscación son numerosas” afirma Perlongher, invirtiendo la acepción estatal de “fisco” para desplazarla hacia una imagen de “lo público”, pero “ninguna es tan sugerente como la que prenuncia el titilar de los espejitos”.

SAQUEOS

Noctilucas enardecidas, el resplandor de los espejitos anuncia a lo lejos su avance nocturno. Suena en Sao Paulo y Rio de Janeiro, entre otros sitios menores, la hora del saqueo. Todo se saquea: su­permercados, almacenes, tiendas, camiones cargados de comida que sufren un accidente en la calle son desvalijados. Una vez, en el Nordeste, hubo un accidente con un tren cuyos vagones abalanza­ron para llevársela, originando un pavoroso incendio que destruyó toda la favela.

Éstas, las noctilucas, van provistas de un pequeño espejo de car­tera, de ésos que se usan para retocar el maquillaje, y entran a saco en las perfumerías. Para no ser sorprendidas con la mano en la cre­ma, delatando su avidez estática en el traslado de un lado a otro de los potes, prueba certera de su exceso, las cosmetologizadas se em­badurnan ahí mismo junto a la góndola. Pero la policía las descu­bre porque las ve excesivamente maquilladas, lo cual en el Brasil es una extravagancia. Si fuese en la Argentina, de cajón que no las des­cubrirían, entre tantas porteñas que le dan con todo al pancake y al pincelito (siempre me ha sorprendido que las chicas de Flores ama­nezcan pintadas, son —en versos de Arturo Carrera— “niñas que nacieron peinadas”).

Más allá de esa frívola boutade, las masas desesperadas acechan (hurgan, desean para ellas) las alacenas de los depósitos de alimen­tos de un imperio. Se sabe que Brasil sigue siendo un imperio: en las alturas la corte se devana en intrigas palaciegas (como la que ahora enfrenta al presidente Fernando Collor y a su hermano Pe­dro, quien recuerda las épocas juveniles cuando tomaban juntos marihuana y cocaína…), en los abismos de la miseria más cruel (crueldad acentuada por el efecto de contraste entre la opulencia de la elite y el fango en que medra la inmensa mayoría), intensifica­da gracias al desempleo de la crisis.

¿Qué es lo que se llevan los invasores? Arroz, aceite, jabón, poro­tos, cosas de primera necesidad, e, infaltable en las crónicas del la­trocinio, una botella de whisky.

¿Cómo proceden? Un pequeño grupo comienza a huevear en la vereda del supermercado cerrado. A partir de ahí la noticia se desparrama en el vecindario, que acude provisto de bolsas o, en el caso de las fanáticas de la belleza, de espejitos. Todos los pibes se engan­chan, también muchas mujeres. Una de 28 años, aparece en el dia­rio acusada de hurtar frascos de mayonesa, sopas instantáneas y lentejas. A su amiga, una tímida moza de 19, la han sorprendido con una botella de crema Hinds.

Obviamente, roban para comer. Pero, se interrogan las desbor­dadas autoridades, ¿quiénes conforman el grupito incitante al ata­que confiscatorio? Unos dicen que son los asaltantes, o los narcotraficantes, una potencia en Rio, aliados con los explotadores de la quiniela clandestina. Otros sospechan de los ruidosos jóvenes funks, que se amontonan en ruidosos bailes de salón que suelen acabar con feroces peleas entre los bandos, para terror de señoras y seño­res y despreciando incluso la presencia de militares disimulados (los milicos están enfurecidos por los bajos sueldos).

Ahora, el flujo del saqueo es incontrolable. Agravado por la re­cesión, los bajos salarios, el hambre objetiva que las masas pasan, es una explosión intempestiva que luego refluye, no deja nada, más que el televisor portátil que alguno aprovechó para birlarse o los zapatos de taco alto que mujeres ululantes arrebataban en manojos.

En el momento en que transcurre tiene algo de aterrorizante. Viví un multitudinario saqueo (quebra-quebra, o sea, rompe-rompe) en 1982. Esto ya fue algo de proporciones.

El chispazo surgió de casualidad. Hubo un error en un anuncio, ofreciendo empleo, en vez de pedir 3 pidió 3000 obreros, éstos acu­dieron en masa y se encontraron con la decepción, lívidos de bron­ca. Coincidió que en el lugar regularmente los militantes del Parti­do Comunista do Brasil (eran, increíblemente, proalbaneses, no sé con quién se habrán entongado ahora que Albania se ha vaciado como una media, enarbolaban la enseña imperial albanesa y su águila bicéfala y cantaban, vestidos con trajes típicos, el himno comunista albanés en albanés, todo eso en medio del suburbio o tam­bién en medio del Amazonas, para perplejidad de los patitiesos pobladores) realizaban un acto, una especie de “hablada”. La reso­nancia maoísta de la prédica insufló en los presentes el espíritu de la insurrección. De repente uno tiró una piedra contra la panadería y afanó una factura. Ahí nomás otro se llevó un saco sport de la vidriera. Poco después el estropicio era generalizado. La turba se en­caminó al Palacio de Gobierno, cuyas pesadas verjas arrancó, para consternación del gobernador Franco Montoro, de la oposición al agónico régimen militar que aún imperaba, que acabó llamando a las tropas. Simultáneamente a los disturbios en el palacio, hordas lúmpenes (hasta entonces había un clima más proletario) se lanza­ban aullantes sobre el centro de la ciudad, destruyendo y saquean­do negocios de todo tipo, incendiando cabinas de fotografías y artí­culos electrónicos.

A los dos o tres días el movimiento, saciado, refluyó. Quedaron algunos de sus efectos. En los barrios pobres del suburbio, los de­lincuentes de la favela.

Las variantes de la confiscación son numerosas. Pero quizás nin­guna tan sugerente como la que prenuncia el titilar de los espejitos.

[En Página/30, núm. 24, Buenos Aires, julio de 1992.]

 Perlongher, Néstor. Papeles insumisos, Buenos Aires, Santiago Arcos, pp. 140-142.