El idioma de las argentinas

Y ahora que se ha vuelto políticamente correcto decir “argentinos y argentinas” (CFK) o “periodismo para todos y todas” (Lanata), y que en el suplemento Soy de Página 12 se escriben vocales con x y en otros lugares con * y @, mientras la Real Academia de la Lengua Española contraataca frente a la ofensiva de las guías de lenguaje no sexista en ámbitos universitarios, gremiales y municipales de la Madre Patria o del Padre Matria, y en tanto se siga discutiendo cómo trasladar la neutralidad de signos como la arroba o el asterisco al lenguaje oral, creo que puede haber llegado el momento, la oportunidad de dar un paso más, de experimentar con la incorrección, de probar con la inversión del genérico en la conversación pública de este país, al menos.

Porque con una ayudita de la anárquica letra A, todos seríamos argentinas.

Porque si las palabras con x, @ o * son impronunciables también es incómodo para el hablante nombrar a cada uno y cada una o separar con barra as/os y las/los cada vez que se refiere o dirije en plural ante una clase o grupo compuesto por varones y mujeres.

Porque la eficacia de un genérico es insustituible en el discurso (“el hombre”, “el ser humano”, “los estudiantes”, “los trabajadores”) y siempre ganará en economía y contundencia retórica a los desdoblamientos de género e incluso a los rótulos que no marquen el género (“el alumnado”, “el profesorado”, “la humanidad”). Y porque sería agotador  y quizá inoperante referir todo el tiempo a “escritoras y escritores”, “funcionarios y funcionarias”, “empresarios y empresarias”, etc, etc, etc.

Porque en algo acierta don Ignacio Bosque, el catedrático de la Complutense y especialista de la RAE que preparó a principios de este año su ponencia sobre “Sexismo lingüístico y visibilidad de la mujer”: si se aplicaran en términos estrictos las propuestas de muchas guías no sexistas casi no se podría hablar (en vez de “los futbolistas” se diría “quienes juegan al fútbol”; deberían buscarse sinónimos para “juntos”, “contentos ” o “cansados”; no se podría decir “los padres” ni “el progenitor” sino “los padres y las madres”, “el progenitor y la progenitora”…y el orden de aparición tampoco sería inocente, en la medida en que no sea alfabético).

Y porque si se reemplaza toda vocal con marca genérica en un artículo o sustantivo por la x, la arroba o el asterisco, aun así el lenguaje no sexista quedaría circunscripto al texto en tanto discurso público, lo cual separaría a la palabra escrita de la oral y al discurso público del privado y coloquial, sin terminar de resolver la cuestión central: que el uso genérico del masculino en el habla invisibiliza a las mujeres (y a las personas trans, entre otras), según lo perciben hoy muchas (o unas cuantas, no sé) hablantes de lengua madre.

Porque el español, en tanto lengua romance, divide en géneros gramaticales femenino y masculino aquello que en otras lenguas no tiene esa marca, y las lenguas cambian, aunque no por imposición sino por uso y costumbre, y los usos y costumbres tienen su principio y tienen su fin.

Porque en español el género neutro tiene funciones restringidas (señalar conceptos abstractos, demostrar, cuantificar, sustantivar, etc) y, además, el género en el que concuerdan los adjetivos con los pronombres nunca difiere del masculino; el género gramatical de “ciudadano” o de “vecino” jamás es neutro porque supone la inclusión de las mujeres (sin nombrarlas) mientras que cuando se dice “las ciudadanas” o “las vecinas” se supone la exclusión de los varones (por no haberlos nombrado).

Porque el género gramatical es un sistema arbitrario que no guarda o no tiene por qué guardar relación directa con el género sexual, pero también sabemos que ha sido desarrollado como ley de la lengua dentro de relaciones históricas de dominio que determinan al habla o al discurso, que condicionan al sujeto que habla, apenas empieza  a hablar, para que naturalice esas inclusiones/exclusiones, para que todo sea definido como “femenino” o “masculino”.

Porque invisibilizar a una persona de sexo masculino dentro de una multitud nombrada en femenino sería un gesto compensatorio trivial pero algo justo en relación a los siglos de negación de derechos civiles, laborales, culturales en el sistema patriarcal (He dicho. Y continúo.)

Porque si el género gramatical es arbitrario o una convención cualquiera daría lo mismo que varones y mujeres fueran designados como “ellas” en el caso de la tercera persona del plural, o “nosotras” en la primera persona (si esa pluralidad se compone, lógicamente, de varones y de mujeres). Más violento puede resultar el genérico “La alumna debe asistir puntualmente a clase” para referirse a todas y a todos los y las estudiantes de un curso, o “La profesora debe dar el ejemplo en materia de puntualidad” para referir a todas y a todos los y las docentes de una institución (contraviolencia de género: al sustantivo masculino lo tenemos naturalizado).

Porque una arbitrariedad puede ser reemplazada por otra arbitrariedad (usar el femenino inclusivo para los y las, pero ¿decir “las madres” para referirse a mamá y papá?) siempre y cuando ese gesto no sea entendido como una coerción, un mandamiento del discurso, una regla, ley o edicto de policía del lenguaje; usar el femenino cuando uno (yo) o una (otra) quiera, cuando pueda, cuando le salga, cuando balbucee su inconformidad con las normas de la lengua impuestas sobre el habla.

Porque “nosotras”, “las” y “todas”, al contrario de nosotrxs, l@s y tod*s, no significa “ni lo uno ni lo otro”: Roland Barthes observaba que lo neutro gramatical es to oudéteron (ni lo uno ni lo otro) aunque en el discurso tiende a la oscilación, a lo heteróclito, a lo que se inclina de un lado y del otro: “lo Neutro aquí invocado no está del lado del mesos (del medio, del ni-ni) sino del heteróklytos, de lo irregular, de lo imprevisible, de la alternancia en desorden”. O sea: a veces seremos nosotras y a veces nosotros.

Porque puedo sostener la x, la arroba o alguna otra forma en este blog, en cualquier texto, en el lenguaje escrito en general, pero si después no puedo trasladar esa indeterminación al lenguaje oral, si lo primero que sale al hablar es el masculino genérico o su corrección inmediata (a veces hipócrita) con el agregado del ”as” (como el conferenciante cómico que empezaba su alocución diciendo “Damas y caballeros… y por qué no niños o niñas”), entonces es preferible una opción radical, autoimpuesta, de balbucear y tartamudear lo que tenga que decir en femenino cuando me refiera a un grupo de ambos sexos.

Porque todxs somos de ambos sexos.

Porque no se trata de legislar la mutación del habla y de que el árbol deje de ser nombrado en masculino y la planta, en femenino (el sol/la luna, etc.) ni que a los perros se les llame perras y a los gatos, gatas, si uno, una no quiere, no puede, no le gusta. Pero sí se podría probar, oficialmente, desde ahora, la incomodidad, la ruptura, la perturbación del discurso cada vez que se intenta designar verbalmente a un colectivo con el genérico femenino. Las madres, las alumnas, las profesoras, las trabajadoras, las funcionarias, las periodistas, las escritoras y las lectoras. Y en el caso de este país: las argentinas.