Correrías en la prensa

Un par de reseñas y notas en torno a la publicación de Correrías de un infiel. La primera fue de Gabriel Lerman en Radar Libros, la siguiente una inédita de María Pía López (originalmente para la revista Ñ aunque no llegó a tiempo y fue reemplazada allí por el comentario de Pablo Chacón,  inhallable en formato digital) y otra en forma de reportaje por Pipo Lernoud para La Mano:
Radar Libros, domingo 10 de abril de 2005

UNA BRILLANTE NOUVELLE DE BORDES Y FRONTERAS.

Correrías de un Baigorria

“Puedo olfatear a un indio a una milla de distancia. ¡Ja, ja! –reía mientras me agarraba los testículos como si estuviera pesándolos–. Todo esto es indígena, no me cabe duda. Huevos de patagón, quizá de ona.” Estas palabras se las dice a este Baigorria –Osvaldo– una india de la tribu nootka, en las Montañas Rocosas, alguna noche de los ‘70. Se llama Dos Caminos, usa vincha, pelo negro partido al medio, un aro en el ombligo, la cruz pacifista en una nalga y una voz cascada que enronquece al soltar carcajadas. Dos Caminos, que se jacta de ser fiel a tres maridos, a nueve concubinos y a veinticuatro amantes, pasa con Baigorria y su amigo, un anarquista canadiense anglófono, un fin de semana. “Quiero suponer que el nombre no tenía nada que ver con su utilización del cuerpo en la ménage à trois. Porque estuvimos de fiesta día y noche.” Es tan luego cuando le dice que en esos testículos hay algo indio. Revelación que al hombre lo perseguirá por años, otros exilios, idas y vueltas mediante, hasta llegar a esta búsqueda que ahora, en el presente de la novela, hace tránsito a lo más profundo de la cultura criolla, pampa y húmeda, o a los bordes donde todo vuelve a tocarse: indios, frontera, cautivas, el abismo y la fricción, la calentura en y por los otros. Aquéllos eran los tiempos de la contracultura, de California a Vancouver, de Finisterre a Kyoto; de Kerouac a Calcuta o Buda. Estos son los tiempos del sida, de la monogamia por razones ecológicas y/o por Beatriz, nombre caro a la poesía, médica ella, aspirante al amor romántico de este Baigorria.

Baigorria busca aquí y ahora, pero en el pasado. Porque Baigorria transporta un enigma: el enigma del huinca unitario, el coronel Manuel Baigorria, que escapa de la mazorca rosista y se hunde en las tolderías, y se pierde en campo abierto, apeado a orillas de un lago, muchas mujeres en noches orgiásticas, quizás algún varón, hasta que llegan los tiempos de Caseros y cae, se lo tragan los pliegues de la historia moderna, léase exterminio, solución final con el indio, reparto manu militari de tierras. De modo que la novela se clava en tres épocas simultáneas, magníficamente evocadas y con un juego de dobles sentidos extraordinario. Los mapuches, el ácido lisérgico y la nootka, y un presente de anarquista gruñón, memorioso de grandes ligas, a punto de rendirse ante las ligas de su novia Beatriz.

Si bien Baigorria cita La lengua del malón de Guillermo Saccomanno, su nouvelle remite mejor –por lo seco, lo vital, lo rebelde– a Situación de peligro, aquella nouvelle de Saccomanno afincada en Mataderos, la sufrida vida familiar, el viejo y la nona y ta’ que los tiró. Hay aquí resonancias claras de Fogwill y Rivera: Baigorria produce una cruza virtuosa entre la herejía de Ejércitos imaginarios y la contrición de La sierva y En esta dulce tierra. Pero hay más. Esta no es una novela así como así: es una autobiografía falseada, un ensayo; es borde, frontera. Allí aparece un Mansilla leído por Viñas, y Baigorria pasa el trapo mostrándose hábil y conocedor en territorios también visitados por Perlongher; vidas de crotos, linyeras y trashumantes que ya nos escribió en un libro anterior.

No es común hallar una buena novela por estas tierras, pero cuando sucede, sucede. A tomar nota: Correrías de un infiel, de Osvaldo Baigorria.

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Gabriel D. Lerman

Nomadismo y conversión

Comentario de Correrías de un infiel, de Osvaldo Baigorria, Catálogos, Buenos Aires, 2005.

“Todo lo profundo ama la máscara”. F. Nietzsche

Correrías de un infiel fue publicado en la colección “Aquí me pongo a cantar”. Cita poco secreta de aquel lamento en el que culminó la literatura gauchesca. En el libro de Osvaldo Baigorria leemos, sin embargo, que hay que pasar de la gauchesca al lo indio y lo tribal. Desplazamiento de la contratapa al interior, de la colección al título, que inaugura el complejo juego de conversiones que se encarnan en Correrías. Muchos modos habría de leer este libro frondoso, risueño y escurridizo respecto de los géneros. Elijo dos cuestiones que son casi la misma: el nomadismo y la conversión. Temas que ya respiraban en la novela Llevatela, amigo, por el bien de los tres, y en el ensayo En pampa y la vía, del mismo autor.

Correrías de un infiel es un título lleno de dobleces. Correrías proviene de atravesar, correr; pero también resuena en travesuras o aventuras; y se enlaza con el correrse del orgasmo. Infiel se puede leer como situación en una relación de parejas pero también como no-cristiano, no perteneciente a la religión impuesta después de la Conquista. Esos dobleces no son juegos de palabras: el trato insinúa, más bien, el modo en que será entendida la conversión, como mutación interna, torsión de toda experiencia y de toda identidad. Si conversión suele llamarse al pasaje entre una forma del ser y otra, con la dimensión de renuncia o privación consecuente; aquí, por el contrario, el pasaje afirma y no renuncia, continúa y no cesa. Por eso en este libro no hay melancolía, sino una jocosa alegría.

El dilema está cantado desde la primer página. O desde la palabra inaugural: Soy. Con ella comienza la narración de una travesía al origen: el recorrido por napas de aquello que se identificaría con el ser, pero también por los cambios que casi nunca pueden ser elegidos, o por el arribo a puntos sin retorno -¿qué es una conversión sino un arribar a un punto que borra el camino de ida, la posibilidad de transitar la vuelta?-.

La travesía hacia las fuentes -¿quién soy?- se empieza a resolver con la búsqueda de un antepasado. Elegir un antepasado es señalar a quien heredar y a quien continuar de alguna manera, frente a quien se marcan parecidos y antagonismos. El narrador elige al coronel Baigorria, hombre de fronteras que transita del mundo blanco al indio, para luego emprender la vuelta. Y si bien no desdeñó, para fugarse, la apelación a la ropa femenina; el militar unitario no lleva su conversión al final: no tanto por el retorno a la tierra defendida por fortines, sino porque reniega de su vida india en la escritura. “Sus memorias tienen el tono de la disculpa…”: piden perdón por haber sido hombre de fronteras, hombre del malón, jefe de indios. En las palabras se sacude del polvo de Tierra Adentro. En esta novela se decide qué heredar y qué no heredar de Baigorria. Y decide no heredar el tono de disculpa. Correrías puede pensarse como unas memorias -de todas las experiencias vitales atravesadas por el narrador: sean las de la multiplicidad de la vida sexual en el mundo de la contracultura, sea la del ritual de la comunión en un convento- que no pretenden disculpas.

La pregunta por el soy es también origen de la errancia nómade. Si en la tragedia griega errar era ir en busca de un destino o de escapar a él; en esta novela es buscar el accidente fortuito, el encuentro con el azar. Buscar la identidad sería, entonces, no tanto enlazar datos que reafirmen una serie, un ingenuo “buscarse a sí mismo” sino precisamente buscar ese momento azaroso que “nos exija vivir algo único”: la experiencia del amor, la experiencia de una religión, la experiencia de una cultura, la experiencia de una política.

“La identidad es variable”, se dice. Porque lo es, tiene sentido correr por el mundo buscando el accidente. Es variable, pero no efecto del libre arbitrio de la conciencia: “pero no puedo ponerme y sacarme máscaras a voluntad. ¿De quién será entonces esa voluntad que pone y saca las máscaras?” Esa es la pregunta fundamental. Si no soy yo, ¿quién es? Si no soy yo, ¿qué es lo que decide en cada momento la transformación de una identidad, la conversión?

La misma pregunta -“¿de quién es la voluntad que se pone y saca las máscaras?”- organiza la escritura misma del libro, ya no el tema, sino la forma. El trato con las palabras, su disposición, viene también del vínculo entre máscaras y voluntad. Por un lado, lo más estridente del libro, el lenguaje crudo en la narración de las fantasías sexuales, su proliferación, opera como máscara: las escenas eróticas son alivios frente a la densidad de la experiencia amorosa. Lo que puede aparecer en primer plano como nivel escandaloso del libro, es lo que permite al lector entrar en algo que es prácticamente inenarrable, la singularidad del enamoramiento. Por otro, la preocupación por las máscaras aparece como tema del relato, en la preocupación permanente por los alias, que son interrogados desde un estructuralismo picaresco, para que revelen una identidad de tintes desdorosos o que proviene de las correrías.

Decía: junto al juego de máscaras, está la asunción de la voluntad y la interrogación sobre su contenido. Interrogación a la que se responde el deseo. En el libro quien escribe y juega con las máscaras no es otra cosa que un yo tratando de reconocerse en el deseo, de reconocer su deseo. Pero el deseo no se mira nunca cara a cara. Tampoco se escribe directamente. Por eso se dice en un juego de referencias, citas y fantasías: el harén, Tierra Adentro, Beatriz.

La asunción de la voluntad organiza la escritura de este libro tan heterogéneo dentro de sí: por momentos narración de memorias, por otros novela que exige un pacto ficcional, en ciertos instantes es crítica literaria. El collage entre géneros distintos es equivalente a las máscaras que se ponen y se sacan. Esos pasajes de la crítica a la ficción y de la ficción a elementos que podrían reconocerse como autobiográficos son los velos que un escritor puede ponerse para asumir una voluntad escrituraria. Es decir, para asumir, ahora sí en otro terreno, el deseo que significa la propia escritura.

Cuando se mira el pasado histórico, al principio del libro, lo indio y lo cristiano aparecen claramente contrapuestos: se denuncia la “mentira del carapálida” o la “fantasía del huinca”, y se elige “yo soy ranquel”. En los tramos finales, esos polos aparecen estallados en sí mismos, y  ser indio o ser cristiano no son negaciones excluyentes. ¿Cómo entenderlo? Una explicación es la que se propone en Correrías: este narrador es, antes que nada, un ex. Como tal, sabe que no hay ninguna certeza que se mantenga mucho tiempo y que ninguna identidad es persistente. Este argumento coloca al libro como síntoma de una época de relativismo, en el que la tolerancia proviene del saber común de que ninguna identidad puede llevar a la muerte del otro, porque todas son efímeras. Que no hay pureza ni sentido de defenderla.

Otra lectura es posible: lo indio y lo cristiano dejan de ser privaciones mutuas cuando la conversión es pensada y narrada como la aceptación de un tembladeral. Pero un tembladeral que no es producido por la caída de identidades fuertes, poderosas y persistentes, sino el tembladeral que significa vivir una experiencia única. Si la experiencia es tal, se suspenden los códigos. Y si se suspenden los códigos, mientras se vive la experiencia no se puede decir soy “cristiano” o “indio” o “monogámico” o “contracultural”. Sus formas serán propias y singulares, no provistas por una clasificación previa.

La conversión repone, así, otra forma de nomadismo, más secreto y menos obvio. Gilles Deleuze decía que el nómade “no es necesariamente alguien que se mueve: hay viajes inmóviles, viajes en intensidad, y hasta históricamente los nómadas no se mueven como emigrantes sino que son, al revés, los que no se mueven, lo que se nomadizan para quedarse en el mismo sitio y escapar de los códigos”. Porque hay nomadismos en el lugar, es que se puede leer en esta novela la idea de un viaje persistente, de una conversión nunca definitiva, de un camino sinuoso que no se puede abandonar.

María Pía López

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Revista La Mano

Los nuevos vagabundos del dharma

Hoy Osvaldo Baigorria enseña escritura y periodismo en la universidad, pero antes de llegar al aula dió la vuelta al mundo. Hace poco salió su último libro Correrías de un infiel una poderosa novela que mezcla la experiencia hippie de libertad sexual con las violentas aventuras en las tolderías indigenas de la pampa en el siglo XIX. Y eso es nada más que la punta del iceberg.

Apenas salido de la adolescencia, Baigorria partío a conocer el mundo “por la ruta 9, que se convierte en la Panamericana y recorre todo el continente. Llegaba a dedo a alguna ciudad de latinoamérica, paraba allí un tiempo, trabajaba en algo, juntaba plata y volvía a salir, tal vez tomando un omnibus o un tren, siempre hacia el norte”. En los tres años y pico que duró el viaje, tuvo todo tipo de experiencias y conocío toda clase de culturas. No se ahorró nada. Desde llegar caminando a Machu Picchu hasta meterse en la selva amazónica, cruzar centroamérica visitando los más diversos pueblos indígenas, cruzar Estados Unidos por California y la Costa Oeste, todavía hirviendo de experiencias hippies y culturas alternativas, hasta llegar al oeste de Canadá, en la Columbia Británica, en donde echó raices en una “comunidad”

Baigorria recuerda: “La comunidad estaba compuesta de gente muy diversa, gente que fue llegando en distintas etapas a lo largo del siglo XX. Después de la 2 Guerra Mundial, los primeros que llegaron fueron los Cuaqueros pacifistas escapando de la guerra de Corea y después llegaron los refugiados de la guerra de Vietnam. En los años ´80 fueron llegando los refugiados latinoamericanos, huyendo de los conflictos políticos de Centroamerica y otros lugares, y por supuesto todo mezclado con el hippismo de la época.  Las personas que iban llegando se instalaban en diferentes zonas de la comuna.  Por ejemplo, yo era parte de un grupo más pequeño dentro de la comunidad, en el que compartíamos huerto, árboles frutales. Nos reuníamos una vez a la semana todos a comer y cada uno traía algo que había preparado y ahí hablábamos las cosas de la comunidad. Teníamos un sistema que era el Día de Trabajo: un día a la semana todo el mundo iba a ayudar a alguien, a una familia que necesitaba algo. Arreglar la casa, la cerca, el huerto, el gallinero… Fuera de eso no había muchas reglas. No había gobierno, había sólo unos pocos acuerdos básicos para funcionar. Y lo único del mundo exterior que había allí era una oficinita del correo estatal -que llegaba dos veces por semana- donde había un empleado, que era alguien de la comunidad que había conseguido el trabajo, y abría la oficinita en una cabaña que llamabamos Centro Rural, donde haciamos reuniones, bailes y fiestas.”

“La comunidad, originalmente fundada por los cuaqueros, tenía tambie´n una escuela a la que familias cuaqueras de EEUU y Canada mandaban sus hijos para educarse y vivir la experiencia de trabajar la tierra, desplumar gallinas, salir un poco del mundo suburbano.

Habia una autosuficiencia parcial, cada uno sembraba su propia comida, juntaba su propia leña, con todo este sistema de ayuda mutua, pero para conseguir plata había que salir a hacer alguna otra cosa. Yo iba a sembrar árboles cuando llegaba la primavera, y también trabajaba como bombero en el verano en los incendios forestales. Nos llevaban en helicoptero al lugar donde el incendio se había declarado.

“Tambien iba cosechar manzanas, peras, frutas en general durante la temporada. Trabajaba poco por dinero y la mayor parte del año la pasaba sin trabajar, especialmente durante el invierno, que alla dura 6 meses.

“A pesar de que originalmente la comuna había sido religosa y bastante conservadora, cuando yo estuve ya hacía mucho que los cuaqueros dejaban a cada uno vivr como quisiera, y sólo le molestaba un poco que muchos plantaran marihuana. Había todo tipo de configuraciones sexuales (parejas heterosexuales, parejas homosexuales, un poco de poligamia). Había muchos animales salvajes en esa zona boscosa de Canadá, bastante alejada de las rutas y las ciudades. Había ciervos, coyotes, osos.

Una vez, cuando volvimos con mi pareja de trabajar en el Norte sembrando árboles, nos encontramos que un oso negro había estado comiendose nuestras gallinas. Se había cebado y volvía cada noche. Entonces lo esperé con una escopeta con la idea de ahuyentarlo y disparé al aire, pero el tipo siguió avanzando, asi que disparé más cerca de la cabeza, y siguío avanzando como para correrme, así que le disparé y lo maté. Esa noche comimos oso, toda la comunidad reunida. El oso hay que cocinarlo mucho, porque es una carne dura y salvaje, y también por temor a la triquinosis, ya que ha habido casos.  Tiene un gusto dulzón. Le agradecimos al oso su sacrificio, como hacían los cazadores primitivos. Eso lo hice con cada una de las gallinas que maté y hoy todavía lo hago cuando como carne.

A su regreso Baigorria escribió su primer novela, muy impactado por sus experiencias de intercambio sexual y pareja abierta. La novela se llama Llévatela amigo por el bien de los tres. No quiso escandalizar ni proponer la poligamia, quiso contar lo que le había pasado: “Trata  de una pareja de los años ´70, una pareja abierta que va teniendo distintas situaciones de intercambio conyugal, de encuentros colectivos. Es una pareja de “ex”: ex militantes, ex hippies. A mi me gusta la experiencia del “ex”, la persona que atravesó por la experiencia. Porque una cosa es el que dice “ah no, yo estoy en contra de la izquierda” pero nunca fue de izquierda, y otra cosa es haber atravesado la izquierda y después llegar a tus propias conclusiones. Lo mismo con las drogas, con la religion, con todo”.

Vagabundo inveterado, después de recorrer América durante años y explorar sociedades diversas por arriba y por abajo, Baigorria se profesionalizó periodista. Había empezado con el periodismo en la comunidad en Canadá, durante los setenta, haciendo una revistita en ingles que se llamaba The Small Holder (El pequeño propietario) que se distribuía por suscripción a toda gente de la zona, y estaba basada en las cartas que mandaban los lectores informando sobre sus vidas y trabajos en el campo. “No era periodismo profesional” dice ahora, “recién me empezé a ganar la vida como periodista en los ochenta, colaborando con Crisis, El Periodista, El Porteño. Al mismo tiempo enseñaba inglés, hacía traducciónes, mil cosas para sobrevivir. Después entré de Secretario de Redacción de Cerdos y Peces, que fue una experiencia inolvidable, trabajar con Enrique Symms y su pandilla”. Cuando Cerdos desapareció, pasó a la misma función pero en una revista totalmente diferente, Uno Mismo.

“La salida de Uno Mismo fue muy positiva, ya que era una revista que recuperaba las tradiciones espirituales indoamericanas, por otro lado incorporaba saberes de Oriente, al mismo tiempo difundía disciplinas modernas de cuidado de sí  como el yoga o el tai chi y promovía las medicinas alternativas, etc. En ese sentido el tabajo de Juan Carlos Kreimer fue pionero y muy efectivo. Fue la llegada de la “New Age” a la Argentina. Pero en una sociedad capitalista casi todas las experiencias se convierten rápidamente en productos para un mercado, y hoy la New Age vende cualquier chuchería y cualquier teoría con la escusa de “lo espiritual”. Y  la verdad es que me molesta la mercantilización de saberes que son muy profundos y ancestrales.”

A fines de los noventa, Baigorria escribío “En Pampa y la vía” un libro sobre los crotos, los linyeras, los vagabundos. Hoy dice: “El libro habla de esa especie de contracultura rural que tuvimos en los años ´30 y ´40 en la Argentina, formada por inmigrantes y tambien algunos criollos, que se largaron con la bolsa al hombro a subir en trenes de carga a trabajar en las cosechas y a deambular por los campos, totalmente fuera de la sociedad. A mi me apasiona esa fuga de lo establecido y sedentario, por eso hablo de la errancia y de la transformancia. Al vagabundear uno se transforma. Errancia no es sólo la voluntad de andar errando, como los crotos, los beatniks o los hippies. Errancia es también la posibilidad de abrirse a cometer errores, a ir al encuentro de la experiencia. La experiencia puede ser la experiencia del amor, la experiencia de la muerte, la experiencia de Dios, y cuando vos vas al encuentro de la experiencia te alejas del dogma, te alejas del fundamentalismo. Uno tiene la capacidad de cruzar la frontera, de ir hacia esa otra forma de vida, de salir de lo que uno es en la sociedad convencional para ir al encuentro de eso otro, de esa otra forma de vida”.

“En literatura o en periodismo me gusta ver la superficie de contacto que hay entre la narrativa, la argumentación, la información, la explicación. Siempre estoy buscando esos “entre lugares”: Entonces, lo que hice en mi última novela “Correrías de un infiel” es buscar ese lugar, en la pampa en la frontera del siglo XIX, en donde ya no hay cristianos por un lado, infieles por el otro, ya no hay la cautiva y el indio malo, ya no está por un lado el gaucho y por el otro el ranquel o el mapuche; etc. Están esas zonas de convergencia, de coexistencia, donde se da la máxima diversidad, donde se dan las negras cuarteleras que están con los caciques de la Pampa, las niñas de estancieros con los soldados de fortín…Ese lugar en el que se da esa heterogeneidad de elementos que hace que la vida sea rica, y que en definitiva es la raiz de este país.”

“Me empece a meter en este tema cuando volví a la Argentina después de vivir en Europa. Fui a San Luis, a Córdoba, hable con historiadores, visite las bibliotecas, las hemerotecas que habia que visitar, fui hasta el monasterio en Los Toldos, reuni toda la información que había que reunir. Pero de esa investigación historica salío una novela muy personal, con mucha ficción. A partir de lo que hizo el coronel Baigorria, un blanco que se fue a vivir entre los indios, fue cacique ranquel, combatió contra Rosas, tuvo 7 esposas, etc. Hay mucho de realidad y mucho de ficción en esa historia, es un personaje muy legendario, pero por eso me gustó meterme ahí, me gustó la cruza.

“Yo no me situo allí sólo desde el punto de vista  de un ranquel, de ser un probable descendiente de aquel Coronel Baigorria con una mujer india.  También me situo desde el punto de vista de un italiano porque  por mi madre soy italiano, siciliano, y me puedo situar desde el punto de vista de un negro o un zambo, porque tuve un bisabuelo que era negro. Son esos lugares fronterizos los que te permiten ver que  la identidad es algo que se elige, que es una opción política: vos podés elegir tus ancestros, elegir lo que querés ser”.

Pipo Lernoud

 

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