
Gabriela Adamo analiza la colección de cuentos Indiada y la novela Correrías de un infiel en este artículo publicado en una revista del Centro de Estudios de Teoría y Crítica Literaria de la Universidad Nacional de Rosario:
Por un mundo más próximo: mapas alterados en la obra de Osvaldo Baigorria
Por Gabriela Adamo (1)
El lugar de la enunciación
El mundo en crisis que nos rodea nos compele a buscar, con urgencia, otras formas de habitarlo. Como lo han hecho siempre, las artes nos ofrecen la posibilidad de cuestionar, experimentar y alterar los modos en los que vemos el contexto en el que estamos inmersos. En ese sentido, propongo indagar la forma en que la escritura de Osvaldo Baigorria pone en juego cuerpos, espacios y recorridos para crear, en y a través de sus textos, otras topografías. O, como lo expresa Irene DePetris Chauvin, tratar de “dilucidar la producción de nuevos imaginarios geográficos partiendo de la literatura” (Geografías Afectivas16). Para pensar este mundo en crisis, en su ensayo Towards a cosmopolitanism of loss, Mariano Siskind recurre una sensación que atraviesa las primeras décadas del siglo XX: “la sensación abrumadora (…) de que estamos viviendo el fin del mundo”. Esta percepción, sostiene, se debe al derrumbe de la estructura simbólica común sobre la cual se construyó el proyecto modernista (un determinado “territorio geo-esférico cultural y político” en el que campeaba, entre otras fuerzas rectoras, la ilusión de progreso). A este derrumbe –compuesto por una larga lista de catástrofes, que van desde el calentamiento global hasta millones de refugiados pasando por la inestabilidad política y “las guerras perpetuas de pequeña y gran escala”– el autor lo llama “the unworlding of the world” (206).2
Con distintos matices, la idea de un mundo que ya no es el que era –para el que ya no hay definiciones uniformes– acompaña gran parte de las reflexiones sobre la literatura latinoamericana contemporánea. Por ejemplo, en La experiencia opaca. Literatura y desencanto, Florencia Garramuño analiza un conjunto de obras producidas en Argentina y Brasil en los años ’80, atravesadas por la desilusión causada, en parte, por los fracasos de proyectos que prometían cambios histórico-sociales en el siglo XX (52-56). Se trata de obras de escritores y artistas que buscan la forma de seguir trabajando, precisamente, en un mundo que se quedó “sin futuro” y que, además, se volvió “opaco”, es decir, que ya no estamos en condiciones de aprehender y en el que el conocimiento se vuelve imposible: “La experiencia aparece como devenir que no cesa, cuyo acceso es siempre fracturado, dudoso, pero no por eso menos abrumador” (42). Fermín Rodríguez también se refiere al mundo en crisis, en el que las referencias se pierden y se desmoronan “frente a fuerzas demasiado violentas para ser asimiladas por un sujeto expuesto en su vulnerabilidad a las intensidades de un mundo que se presenta como apocalíptico” (Señales de vida17). En todos los casos, la crítica presenta una idea en común: frente a tanta devastación perdimos, sobre todo, la condición de enunciación, el espacio desde donde poder articular una ilusión de emancipación universal. Lejos de pretender encontrar un lugar de enunciación nuevo, con el riesgo que implicaría en cuanto a la repetición de esquemas únicos, cerrados y reductores, me interesa explorar en Baigorria la multiplicidad de alternativas que se abren cuando nos encontramos con lo que Rodríguez denomina “señales de vida”: cuerpos y textos “de los que no dejan de surgir nuevos mundos ficcionales, nuevas posibilidades de vida y pragmáticas vitales que en nombre de lo común interrumpen los cálculos del capital” (Señales de vida20).
En busca de lo inestable Osvaldo Baigorria ha hecho un largo recorrido como periodista –publicó en medios célebres como Crisis, Cerdos y Peces y El Porteño, entre otros– y es autor de una obra diversa compuesta por ensayos, crónicas, una biografía, un epistolario, tres novelas y un libro de cuentos. En estas reflexiones me concentraré en la novela Correrías de un infiel –publicada originalmente en el 2005 y reeditada quince años después– y la breve colección de cuentos Indiada, publicada en el 2018. Me interesa particularmente el modo en que ambos textos se enlazan y permiten rastrear, en una lectura encadenada, la emergencia de una geografía cada vez menos firme y más “alterada” para los parámetros convencionales. En Correrías, el protagonista –un alter ego del autor que tiene en su haber largos recorridos alrededor del mundo– viaja a un monasterio en el corazón de la pampa para rastrear información sobre sus orígenes. Trece años después, restos de ese texto, fragmentos que no entraron en la versión final y quedaron “en latencia, borrador y archivo” (Indiada 8), se reconfiguran para dar lugar a la publicación de un libro de “tres cuentos y un bonus track”, que narra la circulación de tribus indoamericanas a través de espacios que combinan el pasado con el futuro y lo real con lo imaginado. Entre ambos libros se establece una continuidad, un encabalgamiento que potencia y refuerza su planteo: lo que comienza como una pregunta por la identidad, se convierte pronto en la necesidad de desestabilizar el lugar del individuo para, desde allí, redoblar la apuesta por una imaginación liberada que permita ensayar otras relaciones entre lo humano, las materialidades que nos rodean y el planeta que habitamos.
Ya el intento de definir el género de ambos textos introduce la inestabilidad. La “novela” podría ser considerada también una crónica, un diario íntimo o un intento de autobiografía. Los cuentos abrevan en la narrativa histórica tanto como en la erótica y en la ciencia ficción. El estatuto ficcional se escapa: “Nada era del todo cierto ni del todo falso” (Correrías 23). La hibridación de géneros es una característica de la escritura de Baigorria, que en su compilación de crónicas Cerdos & porteños señala su interés explícito por “forzar, expandir las fronteras todo lo posible” (12). También a través del contenido ambos libros instalan la vacilación desde las primeras líneas: “Soy ranquel –gracias a una cristiana. O medio. O un cuarto. O un octavo. Las partes son imprecisas…” (Correrías 5). Y leemos el eco de esa frase en el inicio de Indiada: “Entrada en materia: o introducción, penetración, ingreso en el tema. La indecisión me gobierna.” (7) Sin embargo, dentro de ese esquema, Correrías mantiene una estructura más tradicional. El narrador en primera persona va anudando distintas tramas: la búsqueda del origen de su apellido, Baigorria, lo lleva a investigar la vida del cacique Manuel Baigorria y un período clave en la historia de la construcción del estado argentino; a narrar la historia de su familia, atravesada por otros momentos históricos; y a contar episodios de su vida personal, como sus viajes por América y Europa en la década del 70 y sus diversas aventuras amorosas. Todo esto enmarcado en un viaje en auto hasta un monasterio trapense cerca de la ciudad de Azul, acompañado por una mujer que acaba de conocer. El tono de la narración es más bien documental, explicativo, pero se ve interrumpido una y otra vez por digresiones narrativas que permiten el ingreso de otras voces: conjugan, por ejemplo, escenas exuberantes en las vidas del cacique y sus coetáneos, o encuentros oníricos del protagonista con seres de otras épocas y galaxias. La crónica y la reflexión están siempre al borde de deslizarse hacia otro tipo de relato, más delirante, caótico y vital, y es en esa coexistencia, en esa transformación permanente de una forma en otra, donde radica toda la potencia de Correrías. El texto se despliega en ese equilibrio inestable. Por otro lado, en la novela el espacio es lineal, extensivo: las regiones y los continentes citados mantienen sus coordenadas habituales; los personajes se desplazan de un lugar a otro en busca de libertad o apremiados por la pobreza y regresan con nostalgia, con fracasos o con gloria. El protagonista sigue el derrotero de los últimos años del movimiento hippie hacia la costa oeste de los Estados Unidos y luego a Alaska; viaja a Europa; decide volver cuando llega a Finisterre, en España. También el cacique Baigorria, los indios, los conquistadores, las cautivas –que a veces aparecen como víctimas y otras, como sujetos con una poderosa capacidad de agencia– se mueven sin cesar. Incluso el monasterio, a donde viaja el narrador para consultar a esos “monjes especialistas en pampas y ranqueles” (Correrías 23), está atravesado por las distancias que definen al espacio lineal: se presenta como un punto de reunión para hombres que llegaron de Suiza, Estados Unidos y quién sabe cuántos otros lugares del mundo. En paralelo, como en tantas novelas clásicas, se da el “viaje interior” del protagonista, el del autoconocimiento. Hasta que, de pronto, se produce la crisis: un día, mientras oye los cantos gregorianos y respira el incienso del monasterio, el narrador siente que todo “se desbarranca y precipita (…). Hay algo que pide a gritos otra forma de estructurarse, de erguirse, de pararse frente al mundo” (Correrías 160). La alteración no sucederá en la novela, que se esfuerza por continuar los hilos del relato hasta el final, aunque va quedando a la vista la inestabilidad de los mundos que trata de describir.
En cambio, sí podemos leer Indiada como una respuesta a ese “pedido a gritos”. Como si, con el primer texto, el autor se dedicara a reunir y evaluar el material con el que está construido el mundo, a hacer un estado de situación, y luego se alimentara de la inestabilidad que encuentra para, en los cuentos, dar rienda suelta a la imaginación y dispararse hacia un futuro con esa “otra estructura”, esa “otra forma de pararse frente al mundo”. Lo vemos, por ejemplo, a través de una de las imágenes más productivas que propone el narrador: la rebelión de las tribus indígenas en pleno SXIX que, ante al avance de los blancos, quieren crear la Confederación de Salinas Grandes, no con guerras o tratados, sino con una orgía monumental. Aparece como embrión narrativo en Correrías, pero se despliega con toda su potencia en Indiada, donde se convierte en el motor narrativo del cuento más largo de la colección, “Montar en pelo”. Acá, los personajes históricos del primer libro son reemplazados por figuras hiperbólicas como los príncipes gemelos de padres diferentes, las “cautivas voluntarias” con superpoderes sexuales, un cacique que practica cambios de género por imposición de manos y un extraño profesor de apellido Baigorria que se va encarnando en distintas formas, desde un anarquista italiano que sin querer arruina la revolución hasta el gurú decadente de una comuna newage en el norte de América. Se trata de personajes exagerados que se escapan de todas las convenciones y están en constante movimiento; aparecen, desaparecen, recorren trayectos muy extensos y se sienten cómodos en todas partes. Ponen en práctica un movimiento que irradia una multiplicidad de direcciones geográficas y temporales: todo se condensa y se superpone, el pasado coexiste con el futuro y lo real con lo imaginado. A través de estas formas no tradicionales de ocupar el espacio, habilitan la posibilidad de imaginar distancias que se estructuren de maneras novedosas. En Correrías, una amalgama de geografías –una proliferación de orígenes, destinos, tránsitos e identidades– se concentra nada menos que en el monasterio, esa “edificacion cristiana sobre territorio que alguna vez fue de infieles”, donde el narrador siente “las voces de Coliqueo, Reumay, Cayonao, Quelepay, Caniupan, Melideo (…)” y que hoy está a cargo del “padre Ulrico, suizo del cantón de Luzern, enviado en 1960 por la abadía trapense de Our Lady Of Gethsemani, desde Kentucky” (Correrías 33); convento en el que, además, se guardan papeles “que atraviesan la historia de la diáspora europea, ranquel, afromaericana” (Correrías 169).
El narrador está atravesado, a la vez, por la necesidad y por la dificultad para lidiar con semejante cantidad de destinos desplazados y tiempos superpuestos. Las historias, las vidas, se desbordan por todos lados, pero ¿es posible registrarlas, volverlas visibles, en una geografía organizada en torno una institución con tanta carga simbólica preceptiva como un monasterio? En Indiada, el monasterio ya no se menciona, pero sí reaparece la figura de Nakasuk, una ex actriz porno de Alaska devenida directora de cine y teórica del sexo, en cuyo cuerpo parece conjugarse el continente entero. Apenas parte de un sueño en la novela, vuelve como protagonista plena en la introducción de Indiada, donde plantea la necesidad de desfasar –mezclar, confundir– las coordenadas del mundo: Faltaba construir en la literatura y el cine un mundo aborigen perfecto y completo en su incompletud, decía Nakasuk. ¿Dónde residiría lo incompleto? Una pornóloga de origen esquimal y ciudadanía canadiense que había estudiado Letras en Buenos Aires y podía imaginarse y producir una película erótica en la que entrarían en acción ranqueles, wichí, guaraníes, tehuelches o el resto de los originarios (Indiada 12). Lo que aparece como una intuición, como una pregunta, en la novela, se confirma y se abre a nuevas exploraciones en los cuentos: ya no es posible describir al mundo con las coordenadas únicas, estables y normalizadas de los siglos que nos preceden. Urge buscar otros modos de ver, otras “películas” que admitan en su seno la contradicción de ser, a la vez, completas e incompletas. O, como lo entiende Rodríguez, “nuevas formas de territorialización que son al mismo tiempo nuevas posibilidades de vida, abriéndose paso entre los posibles y los imposibles del poder” (Señales de vida20).
Identidades en movimiento
La orgía –imagen contundente que insiste en ambos libros– hace realidad la gran mezcla, “aquella múltiple posesión de cuerpos que no puedo discernir”, el momento en “que los órganos se conectan entre sí, que los flujos circulan sin límites entre los cuerpos”, la “fusión de seres que se entremezclan, se confunden, se penetran y se pierden unos en otros” (Correrías 7- 47). Para usar la terminología de Gabriel Giorgi en Formas comunes. Animalidad, cultura, biopolítica, estamos frente a “biologías abiertas”: corporalidades cuyo tener lugar mismo se vuelve instancia de interrogación, ilumina el encuentro con potencias orgánicas, con fuerzas opacas, que vuelven a trazar constantemente los contornos de los cuerpos y mapean sus campos de relación y de devenir (39). Además de alterar contornos y propiciar la fusión y la confusión, la orgía es un lugar de encuentro, un gran modo de alianza. En Indiada, esos cruces de cuerpos son el momento y el lugar en el que se traman planes, se cierran acuerdos, se refuerzan lazos de familiaridad fuera de la manera tradicional de crear alianzas. Aquí, las orgías incluyen todas las nacionalidades y todas las religiones: el narrador rejunta sin cuidado a esquimales con beduinos, a tehuelches con comanches, más allá de lo inverosímil que resulte la posibilidad de semejantes contactos físicos y culturales en pleno siglo XIX. Insistir en las diferencias –es decir, en las distancias– no sería más que adoptar “Prejuicios funcionales al genocidio. Los indios también fueron judíos, palestinos, afganos, africanos” (Correrías 37). O para decirlo de otro modo, interrumpir ese fluir entre los cuerpos, tratar de delimitar algún conjunto en particular, no importa cuál, sería convertirse en “nazis en sentido amplio, arquetípico, gente que cree que hay seres superiores y seres inferiores” (Indiada 66). Esta unión sin jerarquías se refleja también en la profusión de listas y enumeraciones que concatenan nacionalidades, alimentos, formas religiosas o manifestaciones sexuales, una y otra vez, a lo largo de ambos libros. Al enumerar, el ritmo de la escritura se vuelve vertiginoso y parece agotar hasta al mismo narrador: por ejemplo, cuando menciona una cantidad de pueblos originarios que van desde los selknam hasta los tlinglit pasando por mazatecas, yanomanis, sioux y ranqueles, se detiene y termina admitiendo que no puede completar la lista porque no le da el aliento (Indiada 58). A la vez, estos recuentos parecen obedecer a la necesidad ya mencionada de abarcarlo todo, de incluir las múltiples capas de vida, de no dejar afuera ninguna historia y, al mismo tiempo, de no imponer escalas de valoración. Desde lo estilístico, las enumeraciones se ven reforzadas por un uso marcado de las aliteraciones, que también logran el efecto de mezclar y amalgamar: “Al galope y en pelo, un palo del hueso equino en el perineo, dolor del suelo pélvico y goce del roce en el lomo, los flancos y el pescuezo de dos pieles, animal y humana” (Indiada 24).
Por supuesto, el término de unión preferido para estas operaciones es la “y”, esa conjunción en la que, según Deleuze y Guattari, “hay fuerza suficiente para sacudir y desenraizar el verbo ser. ¿A dónde vais? ¿De dónde partís? ¿A dónde queréis llegar? Todas estas preguntas son inútiles”. Esto es lo que reconoció el narrador de Correrías, que por eso, en Indiada, busca “otra manera de viajar y de moverse, partir en medio de, por el medio, entrar y salir, no empezar ni acabar” (Mil mesetas 29). El narrador se convierte cada vez más en un “yo disuelto”; un sujeto que ya no responde al “yo de una voluntad fundamental que actúa a partir de una conciencia clara” (McNamara “Filosofía del espacio” 42). Como vimos, los textos que estamos analizando parten de la búsqueda de un yo tradicional, cifrado nada menos que en el apellido del narrador (y del autor). Pero de inmediato, ya en el “Capítulo cero: El llamado de las erres”, el nombre queda vinculado con su aspecto más físico o “animal”, el sonido. El narrador cuenta las conversaciones que mantuvo con otras personas de apellido Baigorria y dice: “creo que a todos el rugido de esas consonantes nos fascina, nos agrupa, nos hace próximos, vecinos” (Correrías 8 subrayados propios). El intento es el de “construir un mito de origen a partir de esas consonantes dobles que alguna vez habrán cruzado el océano para depositarse en los hijos de una indígena americana y que luego habrían de ser contenidas, despacio, poco a poco, por todo un continente” (Correrías 13). La proliferación, la inclusión, el borramiento de límites y de fronteras insisten y resisten. Somos todos el resultado de mezclas: “puro cóctel de sangre transfundida” (Correrías 192). “Porque yo soy” –dice el narrador– “¿pero qué o quién dice yo?” (Correrías188). El “yo disuelto” de Deleuze y Guattari se expande en esta descripción de Giorgi: “la vida es irreductible a un yo, (…) lo íntimo es un pliegue desde el cual esa interioridad se abre a intensidades y afectos impersonales, comunes” ( Formas comunes 37).
Hay en Baigorria un tanteo de las distancias que se abren alrededor del viejo núcleo identitario personal; un recorrido de ese espacio que separa, pero a la vez une, al “yo” único e individual, heredado de la modernidad occidental, con otras formas de habitar en común que están queriendo hacerse oir (lo que, siguiendo el racconto que hace Julieta Yelin, hoy entedemos como “lo viviente” (“Crítica literaria y nuevos materialismos” 32)). El yo aparece claramente «como una zona de flujos y depasaje” (Giorgi 38) y el texto hace visible el espacio, el entramado, que se extiende entre el sujeto y la materia que lo rodea. Como dice la cita que abre este apartado, los cuerpos “mapean sus campos de relación y de devenir” (Giorgi 39). La pregunta por el apellido termina, nuevamente en Indiada, encarnada en el delirante personaje de Osvaldo Fangulo, que además de multiplicarse en figuras como el anarquista italiano, el profesor en Canadá y el gurú hippie, “descendía por parte de madre de un tal Baigorri” (61).3
Si Correrías se abre a la pregunta, Indiada elabora posibles respuestas: la identidad individual no existe; la búsqueda, en todo caso, es la de una construcción de identidades yuxtapuestas –mediante la conjunción “y”–, no exclusivas, francamente abiertas a todo tipo de cruces, mezclas e intercambios. Identidades atravesadas por las distancias que, además, habitan cartografías que también están en disolución, que ya no obedecen a las coordenadas tradicionales sobre las cuales se establecieron las identidades más fijas y cerradas que marcaron a los siglos que nos anteceden. Somos parte de un continuum de identidades en movimiento que, por eso mismo, nos da la opción de explorar otras formas de armar redes, es decir, de establecer distancias dentro de esa progresión.
Cuerpos próximos
¿Qué mapas arman estos movimientos y estas coordenadas alteradas? ¿Qué tipo de mundo construye esta circulación que nunca cesa, que atraviesa cartografías que van perdiendo sus formas conocidas? A partir del SXV y hasta nuestros días, se impuso un concepto de geografía –en tanto saber dedicado a organizar territorios– que entiende al espacio como algo inamovible y absoluto, que se basa en medidas estandardizadas, mapeos catastrales, geometría euclidiana y la mecánica de Newton. Pero en las últimas décadas, como señala Diana Sorensen, la disciplina ha estado “forcejeando” con estas nociones, haciendo cada vez más lugar para la ideade un espacio relativo, asociado a la geometría no euclidiana, que presta atención a los procesos, los movimientos y las relaciones entre las partes. Se trata de una nueva conciencia geográfica, de una mirada distinta que, de a poco, comienza a generar «mapeos diferentes organizados en torno a discontinuidades espaciales y conexiones inesperadas” (Territories 13 20 traducción propia).
Deleuze y Guattari desarrollaron ampliamente la posibilidad de estos “mapeos diferentes” en relación con su sistema o modo de ver el mundo: un sistema definido por los principios de conexión, heterogeneidad y multiplicidad, que se desentiende de las unidades de medida y se presenta como “anillos abiertos” atravesados por un movimiento constante e intenso. Un sistema que busca “hacer mapas”, no en el sentido de calcar o reproducir esquemas, sino como “una experimentación que actúa sobre lo real”, como un plano “abierto, conectable en todas sus dimensiones, desmontable, alterable, susceptible de recibir constantemente modificaciones” y que cuenta, además, con múltiples entradas que permiten que fluya “toda la fuerza de su deseo” (Mil mesetas 17 18). Los viajes de Correrías son, aún, viajes “tradicionales”: el tipo de desplazamiento “metódico, pedagógico, iniciático, simbólico” que Mil Mesetas entiende bajo viaje clásico y romántico (29). Incluyen los recorridos de las diversas migraciones históricas en y hacia América del Sur, del narrador desde Buenos Aires hasta el monasterio, y las largas derivas previas que lo llevaron desde Sudamérica hasta Alaska, luego a Europa y finalmente de vuelta a la Argentina; recorridos que unen un punto con otro atravesando una extensión dada, una distancia física “medible”. Pero en Indiada esas trayectorias estallan o, para seguir con los términos deleuzianos, hacen rizoma: se abren, rompen, varían y expanden la geografía. El proyecto de Nakasuk –que, como ya mencionamos, quiere reunir a todas las etnias del continente en un mismo espacio para crear ese mundo “perfecto y completo en su incompletud”– es un primer acercamiento a estas nuevas formas de hacer mapas. Que la propuesta sea “imaginar y producir” nada menos que una película erótica es una forma de simbolizar todo lo que se puede conectar y hacer fluir a través del deseo. Y el deseo más fuerte que parece expresarse a través de imágenes como esta es, precisamente, el de la
coexistencia, el de poder estar todos juntos, no importa la distancia –o la diferencia–. Este primer mapa es seguido por otro, que viaja en el tiempo para alterar el espacio en un sentido distinto: propone imaginar formas diferentes de organización política para el Cono Sur. La nueva coalición tendría puerto de salida al Atlántico y al Pacífico, sin límites que no sean naturales hacia el sur y fronteras amigables con el Alto Perú, una región que también podría integrarse o con la que podemos tener tratos. (…) Una confederación de confederaciones. Una recontraconfederación (…). Un espacio gigantesco, con un montón de gente que habla diferentes idiomas (Indiada 33).4
Esta fantasía fracasa, como veremos más adelante, pero el hecho de pensar en una comunidad en la que “se pueda transitar y comerciar libremente” y que esto se plantee en el transcurso de una fiesta en la que se pueda “ofrecer música, espectáculos y proponer un gran acuerdo hacia el futuro” (Indiada 58) es parte de una geografía nómade que está en sintonía con la desterritorialización y las líneas de fuga de las que hablan Deleuze y Guattari. Por otro lado, la geografía de Indiada se articula en torno al eje sur-norte –en las narraciones, los movimientos se marcan siempre desde el sur hacia al norte, nunca al revés–, que da lugar a una serie de vacilaciones. En una escena del cuento “Montar en pelo”, la princesa pampa Mamul interviene en una salida de caza donde los “machos competían a lo bestia, por supuesto”; además de hacer de esa salida otro gran encuentro sexual –la princesa accede a los pedidos de los guerreros porque los “mayores tabúes de la tribu eran el desamor y el desprecio” (45)–, a ella tampoco le tiembla el pulso a la hora de pasar un animal a degüello. Pero antes de hacerlo, le dice “al oído una oración secreta para que reencarnase en una persona luchadora por los derechos animales”. De a poco, las mujeres se van sumando a las cacerías y, así, estas se hacen “más cálidas” y, sobre todo, hay menos despilfarro y mejor aprovechamiento de las presas (42-45): parecerían estar dadas las condiciones para una convivencia cada vez menos violenta, es decir, para un acercamiento entre los humanos y entre las especies en general.5
En cambio, en el cuento que sigue, “Papa aborigen”, la situación se invierte: la crisis climática acecha la región del norte en la que se estableció una comunidad hippie, sus miembros abandonan el vegetarianismo y las mujeres deben salir a cazar “animales que deambulaban cada vez más hambrientos a causa de la sequía: ciervos, zorros, coyotes, osos, perros salvajes y hasta domésticos” (Indiada 72). En el primer cuento, anclado en el sur, las relaciones de los humanos entre sí y con su entorno se disparan hacia un futuro más pleno de derechos; en el segundo, que transcurre en el norte, hay algún tipo de futuro que ya llegó y se está desmoronando: los vectores se cruzan, desarmando tanto las utopías del pasado como las del porvenir en la tierra. Los espacios se mezclan y se superponen, abarcando tanto la esperanza como la desilusión y profundizando, sobre todo, la sensación de confusión y desorientación: no hay mapas claros. Gracias a su poderosa capacidad de “síntesis caótica”, Baigorria cifra todos estos movimientos en un elemento tan prosaico como una papa: Tubérculos que habían cruzado de sur a norte, desde aquellos nacidos en Pampa Corral hasta las cepas modificadas genéticamente en laboratorios clandestinos. Papas precolombinas, papas poscoloniales, papas americanas que alimentaron a cinco o seis continentes sin contar la Atlántida (Indiada 64). Más allá de que los dos textos que estamos analizando se abran, en general, hacia hechos históricos, por un lado, o hacia derivas francamente fantásticas, por el otro, este tipo de recorridos geográficos inesperados nos devuelve plenamente al presente: una época histórica caracterizada por movimientos migratorios complejos, causados por guerras, hambre y, cada vez más, catástrofes ecológicas. Así, estas papas que trafican el sur hacia el norte recuerdan el análisis crítico de la “deriva continental” que realizan, entre otros, los teóricos Sandro Mezzadra y Brett Neilson. Se refieren a una reorganización del espacio político que acompañó la expansión del capital global, estructurada por la fuerza del poder económico central pero también por contracorrientes que encuentran sus espacios de resistencia y fuga. Así como hoy encontramos papas –originarias de las zonas que en la actualidad conocemos como el sur de Perú y el noroeste de Bolivia– en todos los rincones del mundo, también “encontramos a Marruecos en Finlandia y a Caracas en Washington” (73). En este contexto, comienza a imponerse la necesidad de encontrar otros espacios en donde vivir. Tal vez por eso el narrador de Correrías sueña que hace el amor con un extrarrestre, al que llama “enlazador de mundos”: “Como no ven mucho futuro para la vida en la Tierra, quieren que algún pedacito de humanidad sobreviva en otro lugar del cosmos” (93). O, en Indiada, tras el descalabro desatado en la comunidad hippie del norte, un biólogo del futuro rescata un óvulo congelado, fecundado por el Pope Ananda, que podría ser enviado a una de las estaciones espaciales donde “se fundarían mundos nuevos” (77). Se trata, una vez más, de escenas imaginativas y potentes que abren el juego a otros horizontes geográficos, a otras alternativas de mundo.
Baigorrión, el cacique del cuento “Semen indio” que tiene la habilidad de cambiar de sexo a gusto, queda sorpresivamente embarazadx y el narrador se pregunta: “¿Y qué tipo de criatura sería el vástago de esa unión de seres en estado experimental? ¿Un monstruo? ¿Un mesías? Quizás una nueva especie transhumana surgiría de la Pampa húmeda” (Indiada 100). Entre las cartografías propuestas se repite la idea de la pampa como “el punto central donde convergen todas las fronteras” (Indiada 31) y, a la vez, como “lugar de exilio político, económico, cultural, sexual” (Correrías 76). No hay dudas de que un mapa cuyo trazado parta de esta llanura –de ese “en medio” que es, a la vez, un lugar de exilio–, generaría una cartografía reconfigurada. La dirección sur-norte que marcamos más arriba no es ingenua, está cargada de potencia renovadora. Y así como el derrotero de las papas nos conduce hacia un análisis crítico de las migraciones del presente, estos mapas alterados, desfasados, abren el espacio, también, para otras imaginaciones políticas. En “Papa aborigen” nos enteramos de que el Pope Ananda llegó al “norte lejano” desde la Patagonia luego de haber viajado en busca de sus raíces hasta el sur profundo, más allá de la Patagonia, hacia la legendaria ciudad encantada de los Andes o la isla blanca de los mitos selknam, siguiendo al sol blanco y al fuego frío que arden en el Polo y explorando las cavernas, túneles y ríos subterráneos que comunican al planeta desde la Antártida hasta el Ártico, y en esas oscuridades tuvo la revelación de que había que emigrar a las zonas de frontera donde se había establecido la hegemonía blanca para infiltrarla en su propio terreno: el norte nuevoamericano, la Nueva América aborigen (Indiada 61).Siguen surgiendo formas de producir geografías que, primero, hacen vacilar las coordenadas tradicionales y, desde allí, aspiran a inventar nuevas. En este fragmento, el movimiento cuasi mítico del personaje se da a través de túneles secretos que atraviesan la tierra, y los topónimos que esperan al final del recorrido, en realidad, plantean preguntas: ¿qué es “el norte nuevoamericano, la Nueva América aborigen”? ¿Dónde terminan transcurriendo estas historias? No lo sabemos, pero sí percibimos que, a medida que los vectores geográficos clásicos –los puntos fijos, las fronteras, las direcciones habituales de movimiento, las velocidades– se hacen visibles, también se corren y se desfasan. Surgen mapas que no imponen un orden nuevo, pero que dejan huecos para que aparezcan otras propuestas, otras imaginaciones. Son nuevas intensidades, nuevas conciencias, que nos hacen recalcular las distancias: ¿cuánto se tarda en atravesar el hemisferio navegando “ríos subterráneos”? Y son estos mapas, estos textos, los que tal vez estén en condiciones de albergar al sujeto ya “no como un yo consciente y dominante, sino como una singularidad que expresa –de manera clara y confusa– algunas de las potencias del universo” (McNamara 55 subrayado propio). Una coda que no repite Giorgi habla de la necesidad de una “desestabilización de la distancia(…) y la indagación de una nueva proximidad que es a la vez una zona de interrogación ética y un horizonte de politización” (12 subrayados míos). Se refiere a lo que considera el “eje fundamental de la biopolítica: la distinción entre vidas a proteger y vidas a abandonar” (15), que podemos considerar también vidas que están adentro, incluidas, cerca, o afuera, excluidas, lejos. La biopolítica traza cesuras que aislan determinados tipos de vida y, en ese proceso, tiende a entender lo cercano como humano –es decir, valioso– y lo distante como menos humano, menos importante. Así, lo que me toca, lo que me afecta, se vuelve más humano, y por eso es la proximidad la que habilita el espacio de vacilación, cuestionamiento y, en última instancia, compasión. En ese sentido, los mapas de Correrías e Indiadas, que proponen otras geografías y, sobre todo, distancias más flexibles y maleables, dan lugar al “deslizamiento entre categorías”, a otros modos de ir “ordenando esos cuerpos” (Giorgi 15). Si selknam y navajos, criollos y españoles, prófugos y colonos, “pansexuales, multifieles, heterosexuados y homosexuantes” (Indiada 90) forman parte del mismo “cóctel de sangre transfundida” y comparten en un desorden productivo los distintos espacios del mundo, entonces la noción de proximidad –entendida como el espacio que habilita la pregunta ética y política– podría ser cada vez más inclusiva, abarcar cada vez más distancia.
La colección que conforma Indiada incluye un último cuento o coda, como le dice el autor en la introducción, en referencia a las cadencias finales de una obra musical que repiten lo mejor de la pieza. Pero en este caso, el relato no repite, al contrario, se escapa del registro de los textos anteriores. Es más breve, transcurre en un presente más cercano y sus protagonistas son el anciano Ñancul y una muchacha que éste mantiene encerrada: una ambigua mujer-serpiente. Ambos viven en condiciones muy precarias y podrían ser descendientes de aquellos príncipes ranqueles que habían intentado “la unión de los sexos y los pueblos originarios y migrantes del siglo XIX” (111). Tras una serie de peripecias muy violentas (también a manos de mujeres), llega un final desconcertante: la joven es liberada por un par de muchachos más bien insulsos, todos “se pusieron de novios” y terminaron viviendo juntos en la choza, que refaccionaron “hasta convertirla en un hermoso castillo, museo indígena y restaurant étnico” en el que reciben a turistas y les va muy bien.Sin embargo, leímos que el narrador no cree en los finales felices (“El final no sería feliz, por supuesto; ninguno lo es”, dice en “Semen indio” (Indiada 101)). Por eso no sabemos si esta especie de cierre “con idilio capitalista” (la pequeña empresa familiar y exitosa) es una burla, una claudicación o el intento desesperado por reformular una vez más la pregunta fundamental que atraviesa ambos libros: ante la suma de injusticias que componen el mundo que habitamos, ¿qué modos de resistencia hay? ¿Existe una salida? Desde ya –parecen decir los textos–, no hay otra respuesta que el intento de seguir imaginando mapas. Mapas que se construyen en alianza a través del encuentro de los cuerpos y del impulso que otorgan el deseo y el afecto. Mapas que no reproducen esquemas recibidos, sino que ponen en juego la experimentación y la fantasía, que se esfuerzan por desarmar matrices y se animan a atravesar formas y estados cambiantes, vacilantes. Mapas que abandonan las distinciones normativas y se dejan guiar por “líneas de continuidad, contigüidad, pasaje y ambivalencia” (Giorgi 29). Mapas que nunca se cierran ni se proponen como únicos, pero que tienden hacia un estado de proximidad en el que lo viviente puede ser pensado de otra manera. Es precisamente la mujer-serpiente la que condensa y potencia muchas de las imágenes que se van construyendo a través de Correrías e Indiadas, y la que nos recuerda lo que sostiene Giorgi: “bios no es ni puramente natural ni histórico, es más bien el umbral de excedencia, de opacidad donde lo natural no coincide consigo mismo… y donde la historia se abre a devenires, a líneas de fuga que desarreglan el orden de lo socializado y sus construcciones” (21). La geografía es una de las construcciones fundantes que necesita ser “desarreglada”. Y el proceso –la excedencia, el desacomodo, las líneas de fuga– se puede leer en el recorrido que lleva de Correrías a Indiada, en esa materia viva que el autor parece tener entre manos, que no se deja incluir en la narración más lineal que busca la novela, que la sobrepasa y queda “en latencia” hasta que logra “abrirse a los devenires” desordenados, proliferantes y plenos de imaginación que plantea el libro de cuentos.
Así, ambos libros se potencian entre sí y hacen estallar lo que entendemos por distancia, un movimiento que resulta clave para vislumbrar otras formas de vida y de relación entre vidas. Nos llevan desde la desestabilización de la identidad individual y la cartografía dada hasta posibles reconfiguraciones de la geografía y, así, a la alteración de las relaciones de los humanos entre sí y con otras fuerzas vivientes que los rodean. Se permiten soñar con un caos feliz en el que todo vale, en el que todos compartimos vida y disfrute, en el que no hay seres más valiosos que otros. Y esta narración profundamente gozosa, que nace del deseo más vital, resulta aún más potente porque en ningún momento clausura o deja fuera la carga de dolor e injusticia que, inevitablemente, nos atraviesa. Leídos en conjunto, Correrías de un infiel e Indiada proponen un mundo que pierde su estabilidad, que se altera y se desfasa; en ese mundo, también las identidades se mueven, se vuelven inestables e inasibles. Cabe la esperanza de que estos desplazamientos generen una nueva proximidad, en la que crezcan y se nutran las preguntas por la ética y la compasión.
1 Gabriela Adamo cursa el doctorado en Literatura Latinoamericana y Crítica Cultural en la Universidad de San Andrés (Buenos Aires). Fue editora en las casas Sudamericana y Paidós. Creó el Área de Letras de la Fundación TyPA. Fue directora ejecutiva de la Fundación El Libro (responsable de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires) y de la Fundación Filba (Festival Internacional de Literatura de Buenos Aires). Es traductora del alemán y del inglés y publicó, entre otros, la compilación La traducción literaria en América latina (Paidós, 2014).
2 Todas las traducciones del texto de Siskind son propias. Dejo esta cita en el original porque considero que ninguno de los neologismos a mano –desmundialización o desmundiación– son del todo adecuados y se trata de un concepto fundamental del autor.
3 Iba a utilizar la conjunción “o”, pero fiel al texto, creo que corresponde “y”: el narrador es todos esos personajes al mismo tiempo, y otros también.
4 La cuestión de la lengua está presente en múltiples dimensiones a lo largo de estos textos. La pampa es también una gran zona de traducción, en donde las distintas hablas indígenas se topan con lenguas europeas y, también, el habla de otras especies. Son sobre todo las mujeres las que hacen de “lenguaraces”, las que hablan con los animales e intercambian libremente sus lenguas, desde el italiano hasta el holandés pasando por el inuit y, por supuesto, el mapudungun.
5 Enlazo estas escenas con una reflexión importante que aparece en Formas comunes: «no hay sociedades ni, probablemente, subjetividades que no tengan que enfrentar en algún momento esa decisión sobre el vivir y el morir, propio o ajeno” (Giorgi, 25). La cuestión gira, sobre todo, en torno a cómo enfrentarlas.
Bibliografía
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—Publicado en Badebec, Revista del Centro de Estudios y Teoría Critica de la UNR, VOL. 13 N° 25, septiembre 2023. Se lee in situ por acá.
