Retratos para un bestiario

Dos espléndidos libros ilustrados y en tapa dura de la editorial Adriana Hidalgo nos acercan a los mundos paralelos, uno por domesticable y el otro por silvestre, de cerdos y búhos. El cerdo se nos parece, escribe el filósofo Thomas Macho, aunque lo devoramos sin remordimiento, salvo por la observancia de tabúes religiosos y a pesar de la asociación de sus hábitos con la suciedad. En español sabemos o intuimos que la palabra porquería deriva de puerco. Y aunque algunos estudios han mostrado que tiene una inteligencia comparable a la de primates y delfines, el improperio “cerdo”, que en inglés (pig) ha sido históricamente destinado a la policía, es insuperable; ningún otro nombre de animal podría competir con ese insulto.

Domesticado desde hace unos ocho mil años, al no ser útil como bestia de tiro ni de carga, el cerdo fue destinado al consumo, dada su adaptabilidad, su alta capacidad de reproducción y de veloz engorde, además de cierta mansedumbre que puede convertirlo en mascota. Hay islas del Pacífico donde los nativos tienen costumbre de vivir con cerdos en sus hogares, llevarlos atados como a perros, cargarlos en brazos como a bebés y en ocasiones darles de mamar como madres a los lechones. Fotos de un criador japonés que se reproducen en el libro de Macho muestran al hombre leyendo el diario rodeado de cerdos amistosos que se dejan acariciar y que lo acompañan a dormir, incluso con un lechón subido sobre su panza, como testimonios de que es posible una crianza sin crueldad y una relación amable entre puercos y humanos. E incluso erótica. Tradicionalmente se ha aludido a ciertas prácticas sexuales como “chanchadas” y a los sujetos sexuados como “cochinos”. Y un grabado de Félicien Rops en 1878 muestra la dame ou cochon, una mujer desnuda que lleva a un cerdo atado a una soga.

La prohibición de comer cerdos en las tradiciones de judíos y musulmanes podría ser explicada por esa relación del erotismo con lo porcino, pero hay otras explicaciones. Para el antropólogo materialista Marvin Harris, el tabú proviene de una estrategia ecológica y económica acertada para los antiguos hebreos, que como pastores nómades no podían permitirse criar cerdos en las áridas regiones bíblicas, a causa de las necesidades alimentarias y térmicas de estos animales, amantes de todo lo que crece en los bosques y en las riberas umbrosas de los ríos. Al aumentar la población humana sedentaria y con ello la deforestación, la sombra y el agua se volvieron escasas y en esas regiones se habrían necesitado cada vez más recursos para la cría de cerdos.

Más completo y detallado en el estudio de su objeto, Búhos se ocupa de estos otros animales que el zoólogo y pintor Desmond Morris examina en sus aspectos simbólicos, históricos y prehistóricos, en sus representaciones literarias y pictóricas, en su variada etología y en la exhaustiva clasificación de sus familias. A partir de una traumática experiencia adolescente de tener que dar muerte compasiva a un búho que encontró malherido en el campo, el autor de El mono desnudo se acerca con absoluta empatía a este predador nocturno cuya amplia y redonda cabeza de forma humana y sus ojos frontales nos interpelan mucho más que las aves de rostro agudo.  

Pocas personas se han encontrado con un búho en presencia física pero todas podrían evocarlo, dada su forma fácilmente representable en retratos y dibujos, animados o fijos, observa Morris: “Debe haber más pinturas de búhos que de cualquier otra ave”. El Bosco, Durero, Goya, Miguel Ángel, Lear, Picasso, Magritte, entre otros artistas, han hecho uso del “regalo visual” que el aspecto de este ser mítico ofrece a los humanos.

Criatura de pesadilla, monstruo de la oscuridad, ave de sabiduría, pájaro de “mal agüero”, vehículo de los dioses, amuleto protector o espíritu maligno, el búho se ha posado sobre innumerables páginas de la historia, las costumbres, los mitos y la literatura de todas las épocas. Lady Macbeth, Julio César, Enrique VI y hasta Puck refieren en la obra de Shakespeare al búho como signo fatal de la muerte. Por otra parte, su aspecto solemne y respetable lo ha hecho merecedor de un papel protagónico en muchas fábulas, como las de La Fontaine, John Gay o Edward Lear. La búho hembra de Harry Potter que imaginó Joanne Rowling para su serie de libros y luego filmes es una de las tantas criaturas de este grupo de aves que aparece en la ficción.

Menos conocido en el mundo de habla hispana es el búho Winnie the Pooh de Alan Milne, un sabio animal que se consulta para resolver asuntos complicados, como si fuera descendiente del búho sagrado de Atenea, representado en cerámicas e incluso en monedas atenienses durante siglos, con la imagen de la diosa en una cara y la del ave en otra. Incluso la actual moneda griega de un euro sería copia de la de cuatro dracmas de Atenas del siglo V a.C., conservando esa tradición de animal totémico y de buena suerte que tenía el búho para los antiguos atenienses. La leyenda sugiere que los generales griegos llevaban un ejemplar oculto en una jaula para liberarlo antes de la batalla e infundir ánimo en sus soldados. “Ahí va un búho” habría sido expresión de aquellos griegos para significar que estaban a la vista los signos de la victoria.

Si es o no superior al cerdo dentro del reino animal, no compete a nosotros dilucidarlo. El búho tuvo la suerte de no ser una presa en nuestra cadena alimentaria. El cerdo, en cambio, cayó en desgracia. Se nos parece también por ese lugar común que dice: somos lo que comemos.

Publicado en la revista Ñ del 2 de octubre de 2021. En papel, salió impreso de modo defectuoso, con un aumento del texto por el añadido de frases que no son de mi autoría ni reflejan mi pensamiento, tanto en el párrafo que refiere a la domesticación del cerdo como en aquel otro que alude a la prohibición de carne porcina en las tradiciones judías y musulmanas. Incluso se añadió una última oración que nunca hubiera escrito ni formulado de esta manera: “Hoy los cerdos donan a los humanos su corazón para trasplantes de válvulas cardíacas”. Mal podrían “donar” los cerdos partes de su cuerpo si son víctimas sacrificiales de los mataderos humanos. Por suerte, una vez advertido de esta animalada el editor de la sección, pudo subirse el texto original al sitio web de la publicación y ahora también puede leerse in situ por aquí.