El niño perro y el escritor idiota

Pablo Farrés publicó El punto idiota dos años antes de Literatura argentina, ambos en Pánico el pánico. En aquella nouvelle se anticipaba una serie que incluiría “Memorias de un niño perro”, pre-texto que anima a esta última novela, a la que también me animo a calificar como la más importante de las novedades que he leído este año.

El devenir animal del escritor o su captura en un Aleph idiota, el rumor de la farsa en la máquina literaria, las conexiones ano-boca, mierda y discurso, memoria e invención, incesto y fertilización salvaje ya estaban en aquel primer librito y se completan “en teoría” en este libro único en su inteligencia y originalidad, al menos hasta donde puede entenderlo este crítico idiota. El niño perro no es humano ni animal así como el escritor idiota no es una cosa ni la otra. Son un”entre”, una alianza, un contagio que hace peste, es decir, hace ficción teórica o teoría-ficción.

Hay escritores comibles e incomibles, afirma el autor fantasma Daniel Bauer en Literatura argentina (y los nombra, de Aira a Puig y de Sánchez a Lamborghini): “Es el ansia de comer mierda lo que hace de un escritor un incomible”. Los libros de Farrés ya lo vuelven uno entre estos últimos, y quizá el mejor (como dijo Ricardo Strafacce, y no “el más serio”) de su generación (aunque para mí está más allá de una generación).

“¿Hasta dónde hoy nuestra literatura puede tartamudear lo suficiente como para poder preguntarse cómo era eso de hablar, qué palabra seguía a la anterior? Mi lectura de la literatura argentina es en términos de capacidades de devenir infancia. ¿De qué conexiones somos capaces? ¿Somos capaces de una infinita y dislocada masturbación? ¿Qué glosolalia nombrará nuestros mundos?”

Pueden leerse esos interrogantes y algunas respuestas en esta entrevista de la Ñ.