
Escribe Damián Tabarovsky en su columna de opinión para Perfil: En la primera línea de En Pampa y la vía, de Osvaldo Baigorria, se lee la palabra “subcultura”. La frase entera dice así: “Desde principios del siglo XX, una subcultura de trashumantes se ha dedicado a recorrer las vías y caminos de Argentina en fuga del hogar sedentario, el trabajo permanente, la propiedad, el patrón y la ley”. Pero “subcultura”, en Baigorria (en este, como en casi todos sus libros) significa, en realidad, “contracultura”*. De hecho, la palabra ya aparece en la página 35: “Los crotos de aquellos años fueron una especie de elite de los márgenes, una contracultura itinerante que quería sentirse libre, fluida, inasible frente al poder, el patrón, la policía”. Y “contracultura”, para Baigorria, significa cultura anarquista, ética libertaria: “Libertaria por esencia. ¿Cuál sería la esencia libertaria? Nada ni nadie está por encima de nadie; nada ni nadie estaría autorizado a someter, mandar, ordenar o dirigir a nadie. Ni Dios ni el Estado ni el Capital” (inmediatamente Baigorria hace una aclaración necesaria: “Aún no había surgido ese libertarismo (…) asociado a las sectas de ultraderecha conservadora, esas que a partir de la década de 1970 empezaron a apropiarse del término ‘libertario’ para impulsar políticas antiestatales en el marco de un capitalismo extremo y salvaje”).
En Pampa y la vía es, entre otras cosas, un combate por preservar y defender esos añejos y nobles términos de su apropiación fascista y neoliberal. ¿Y qué otra cosa es En Pampa y la vía? Una gran historia de los crotos. Primero una definición: “Croto no era lo mismo que ciruja (…) Croto fue un término más político (…) El croto en sus orígenes no era un simple ‘sin techo’ sino alguien que parece haber seguido voluntariamente el rastro que lo llevó a un lugar de no-pertenencia. El croto no se definía por la carencia que implica la preposición ‘sin’. Su estilo fue más la renuncia que el despido. Y más el abandono del hogar que la pérdida de la vivienda”.
Crónica estructurada a partir de entrevistas a viejos crotos y vagabundos, que andan de tren en tren, de pueblo en pueblo, de encuentro en encuentro, de nomadismo en nomadismo; salpicada de recuerdos autobiográficos (su propio padre fue un excroto), la escritura de Baigorria siempre tiene conciencia de la dimensión política del texto: “Una aclaración: la huella del vagabundo no es idéntica a la de quienes más tarde recibieron el epíteto de homeless, una etiqueta luego reemplazada por la corrección política del término ‘personas en situación de calle’”. Entretanto, las entrevistas funcionan como viñetas, como retratos de vidas, o de decisiones de vida: la búsqueda de una vida libre. Incluso en un clima, el del presente, que por momentos se vuelve tan melancólico como hostil: “Desplazado por la figura del homeless urbano dentro del imaginario del cambio de siglo, el croto clásico se refugia en la memoria, una memoria acuciada por el proceso de extinción de la sensibilidad que sustentaba su deambular, aquella que les daba sentido, rumbo, dirección. No es que hayan desaparecido los discursos sobre la libertad, al contrario: proliferan de maneras banales, en lugares comunes. Lo que ha retrocedido es el clima y el razonamiento político que ponía en el horizonte una sociedad libertaria entre iguales”.
—Damián Tabarovsky
* Una aclaración: «contracultura» no es para mí sinónimo de «subcultura» y aquí debe ser leída solo como una expresión que utiliza Tabarovsky para elaborar su generosa columna de opinión sobre mi libro. En realidad, muchos crotos de la primera mitad del siglo XX en Argentina eran admiradores de la cultura letrada dominante en su época y algunos hasta podían ser voraces lectores de filosofía y literatura. Por eso es discutible que pudiesen ser descritos acertadamente mediante un concepto inexistente en aquella época y que recién en los años 60 empezó a designar fenómenos sociales diferentes. «Subcultura» sería más preciso, salvo por el problema de que este último término surgió para designar sobre todo a grupos juveniles urbanos que se identificaban con músicas y estilos de vida e indumentaria, desde pandillas delincuentes hasta mods, skinheads, metaleros, punks, raperos, etc. En el caso de los crotos, «contracultura» fue dentro de mi libro un término que sonaba bien en la frase en la que apareció (¿una»licencia poética» quizá?) y no un concepto preciso (para más precisiones, acá). Frases, fraseos, poética y conceptos: después de todo, contracultura también es solo una palabra.
–La columna de Damián Tabarovsky fue publicada en el diario Perfil el 1 de septiembre de 2024 bajo el título de «Una contracultura». Se lee in situ por aquí.