Poéticas de la ayahuasca

Un artículo sobre la disposición poética y barroca del rito de la ayahuasca según la perspectiva de Perlongher aparece en la revista Laboratorio de la Universidad Diego Portales de México. Su autor, Enrique Flores, del Instituto Filológico de la UNAM, revisa las relaciones entre chamanes y travestis, las poéticas del trance y las tensiones entre la fuerza y la forma, el cuerpo y la expresión, lo apolíneo y lo dionisíaco que llevarían al sujeto/poeta del rito chamánico al éxtasis, al desapego o desasimiento de los místicos y a la aniquilación del yo. Se titula “Chamanismo y neobarroso: poética de la ayahuasca” y en su introducción dice: Leer más “Poéticas de la ayahuasca”

En torno al prefijo trans

Cuando Marta Dillon me pidió que escribiera un texto sobre “lo trans” en relación a la trashumancia para un número especial de la revista Gazpacho, recordé que hace unos años, en una mesa redonda a la que fui invitado por el Área de Tecnologías del Género del Centro Cultural Ricardo Rojas, escuché por primera vez, asociada a la identidad trans, la palabra transumante (la escuché sin h). Como esta palabra no existe en castellano, pero su necesidad reaparece, no quise discutirla en aquel momento porque me hubiera llevado a pensar en voz alta, demasiado rápido y ante público, más allá de los límites que la lengua impone sobre el habla. Ya me lo había advertido el corrector de mi libro Anarquismo trashumante. Crónicas de crotos y linyeras: la Real Academia sólo admite  que algunas palabras con el prefijo trans (“a través”, “al otro lado”) puedan escribirse en la forma tras. Puede haber trans o trasgresión, trans o traslación, pero sería inadmisible sacar la ene de transformar o ponerla en trasfondo, trasnoche o trascartón. En portugués sí existe transumânte,  con acento circunflejo en la â, y en gallego también: se escribe con ene y sin hache.

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Un regalito errorista para navidad

El gobierno de la República Argentina nos hizo el mejor regalito sorpresa de navidad a pedido del Financial Action Task Force (literal: grupo de tareas de acción financiera… contra el lavado de dinero y el terrorismo internacional): sancionada por la mayoría de diputados y senadores que la mayoría de los argentinos votamos, una nueva ley reintrodujo ayer como delito el ambiguo concepto que fue utilizado por los nazis para etiquetar a las resistencias europeas en la Segunda Guerra Mundial, por el colonialismo inglés para condenar a los guerrilleros israelíes de fin de los 40,  por las dictaduras latinoamericanas para eliminar la disidencia armada o no armada, violenta o no violenta de los años 60-80 y por el establishment militar-finaciero global para combatir hoy a todos los enemigos del imperio. No acostumbro comentar en estas páginas sobre cuestiones de coyuntura política, pero esta no la puedo dejar pasar: los funcionarios y legisladores argentinos que defienden la ley parecen voceros de Lanusse, de Onganía, de Troccoli o de Bush, salvando las distancias y con perdón si alguien se ofende. ¿Ya se olvidaron que “terroristas ” también fueron los desparecidos de su misma generación? En fin, que en otro tiempo a esto se le llamaría una bajada de pantalones o de bombacha para tener “relaciones carnales”, un chiste de la  internacional errorista o un verdadero regalo de (t)error.

La noche que descubrí a Jorge Álvarez en la terraza de Mardulce

Una mesa redonda sobre edición independiente el miércoles 23 de noviembre a la noche: Josefina Ludmer, Leonora Djament, Miguel Balaguer y Ecequiel Leder Kremer, todo coordinado por Damián Tabarovsky, bebidas, palitos y ganas de servirme otro vaso que me llevaron a destapar un vino con tanta torpeza que terminé tirando una botella de cerveza con el codo, un estrépito que interrumpe por un momento la charla pública y me conduce a refugiarme avergonzado en una esquina de esa terraza donde Juan José Mendoza señala a Jorge Álvarez en un rincón en las sombras. Me pareció un despropósito mayor que esta presencia pasara desapercibida: levanté la mano justo cuando llegaba la hora de la última pregunta y pedí el micrófono para introducir al más célebre editor y productor discográfico de vanguardia de la Argentina de los años 60 y 70. Una semana después se publicó  esta entrevista en la Ñ de Ariel Idez y Juan J. Mendoza que llama la atención sobre su retorno a Argentina y lo retrata de modo impecable como editor independiente. Una nota muy anterior, que le hice en Madrid a principios de los 90 para la revista La Caja, y cuyos párrafos principales se reproducen a continuación, se centraba en su mirada sobre el campo cultural de los 60/70 en su carácter de operador pionero del rock argentino a través de los sellos Mandioca y Talent: los pedazos que faltan para completar un perfil.

Ladies and gentlemen, con ustedes… Jorge Álvarez Editor y Productor: http://www.youtube.com/user/baltasarcullen#p/u/0/6Nk3w9UQ2b8

-¿Cómo era tu relación con los primeros músicos de rock?

“Para hace honor a la verdad, los músicos de rock no son demasiado maravillosos. Son bastante inmorales”.

-Está la idea o mito de que el rock de los orígenes no era tan cínico e individualista como cuando empieza a mover mucho dinero y se convierte en big business, en algún momento de los 80. ¿Cómo ves esa diferencia?

“Las diferencias entre los 60, 70 y 80 no existen. Simplemente en los 60 había algunas ilusiones que en los 70 se fueron desgastando y en los 80 se terminaron olvidando. Pero la relación esencial de los músicos con la realidad, con el sistema y entre sí mismos, fue siempre la misma. Siempre fueron de lo peor. Lo que pasa es que esto uno no lo puede decir. Sí, eran distintos, pero no esencialmente. Pensaban lo mismo que ahora, sólo que no se animaban a decirlo”. Leer más “La noche que descubrí a Jorge Álvarez en la terraza de Mardulce”

Perdóneme por escribir demasiado pero le amo y no puedo dejar de hacerlo

La frase es de Giséle Lestrange en su correspondencia con Paul Celan, publicada por Siruela, según esta nota de Juan Fernando García que habla de las cartas de escritores como “huellas arqueológicas de un tiempo de las comunicaciones alejadas de cualquier inmediatez” y como “hilos que sostienen la red que toda biografía deglute en prosa ajena. Y cuando ese relato –ya sea casual, esnob, comprometido, digresivo, sufriente– tiene el brillo de sus obras, esas raras piezas culturales son un abono preciado de los versos y las prosas amadas. Se cuentan de a miles. Hay perlas imperecederas: las que se cruzan Néstor Perlongher y Osvaldo Baigorria; las brillantes epístolas de Mary McCarthy y Hannah Arendt; el triángulo del verano del ’26 entre Ajmátova, Rilke y Pasternak. Leer más “Perdóneme por escribir demasiado pero le amo y no puedo dejar de hacerlo”

Once

La mejor historia que escuché sobre el Uritorco dice que en ese cerro no se oculta la ciudad al tiempo subterránea y extraterrestre de Erks, sino otra montaña. Es decir que desde la entrada de la supuesta ciudad, en una profunda grieta que habría en la cima, se vería otro cerro gemelo, otro valle, otro cielo. Y si uno, al llegar a la primera cima, descubre esa rajadura y se introduce por entero en ella, se insertará en un campo de fuerzas donde ocurrirá un cambio de centro de gravedad. Y podrá comenzar a ascender en vez de descender ese Uritorco gemelo de nuevo hacia su propia cumbre. No se repetirán exactamente todos los pasos, ni uno se cruzará con las mismas aves, pero el monte será idéntico aunque no análogo en el sentido de René Daumal. Leer más “Once”