
Se mata o se paga por matar, cuando no somos capaces, a todo aquel que sepa hacerlo.
Se mata o se delega en carniceros, matarifes, pescadores y cocineros la ejecución y proceso de carne de aves, vacas, cerdos, ovejas, peces, mariscos.
Se mata o se encarga a alguien que mate por supervivencia, para comer o abrigarse. Al cazador le está vedado sentir empatía por su presa al momento de disparar la flecha o la bala, pero si sólo mata para comer, su falta será transitoria y hasta razonable.
Se mata por miedo, justificado o no, a un insecto venenoso, a una fiera que ataca y obliga a la defensa propia, a un enemigo real o imaginario: hay fieras humanas. Continuar leyendo «Mátase»


En la quinta de la familia Trabucco, donde vivió y trabajó en su taller del sótano el pintor fantasma o artista-espíritu Alberto Trabucco (1899-1990), talleres, lecturas y recitales organizados por Antolín, Juan Rux y Matías Duarte desde las 16 hasta que llegue la noche. Los organizadores recomiendan llevar repelente de insectos. Habrá pasto.
Todos los bares del mundo es un ciclo de lecturas (poesía, etc.) acompañado por muestras de arte visual que desde 2107 organizan Elisa Palacio y Jacqueline Golbert en cafés, bares, pizzerías porteñas. Estuve en la edición X en setiembre 2019 en el bar-pizzería Jaimito, de Boedo, donde leyeron Pablo Katchadjian, Mariano Blatt, Melina Alexia Varnavouglu y Juan Laxagueborde, además de una performer genial, cuyo nombre no retuve, que sacó a la mitad de los parroquianos de quicio. Muy aplaudida y muy repudiada: la grieta, realmente.
Postal de John Waters vía Caja Negra Editora: monstruos familiares
Con la cita o sobre-cita que reproduje en otros libros el diario La voz del interior titula esta reseña de
Cada tanto, dibujo. No recuerdo el momento en el que me puse a dibujar este que se ve aquí, en algún lugar de la década del 80. Supongo que fue en uno de esos ratos en los que tenía ninguna otra cosa que hacer: ocio pleno. Jamás dibujé con intención de mostrar, dejé todo en carpetas y blocs u hojas sueltas… hasta que en los últimos dos años empecé a mostrárselos a gente amiga, tímidamente, como para descubrir si tenían algún valor. Así fue como llegué a Santiago Villanueva, que me propuso exhibirlas por un día en