Lucí in the Skay with Sánchez

“Skay Beilinson siempre habla de la libertad: la musical y la otra…” escribe Mariano del Mazo en Radar de este domingo.”Uno de los últimos libros que lo atraparon del cuello y no lo soltaron hasta el final es Sobre Sánchez, la notable biografía escrita por Osvaldo Baigorria que, en su propia telaraña, fue también angustiosa autobiografía. El libro intenta enlazar la increíble y errática vida de Néstor Sánchez, el escritor de Siberia blues y Cómico de la lengua, que pintaba para gran revelación literaria argentina, pero que se perdió en una vida peregrina, alucinada, extrema. Entre el jazz y la devoción por el Cuarto Camino de Gurdjieff, Néstor Sánchez se deslizó en un delirio místico que surcó la década del 60. El libro, finalmente, habla de la libertad radicalizada, abismal. No cuesta entender por qué a Skay le gustó tanto Sobre SánchezLeer más “Lucí in the Skay with Sánchez”

El vagabundo de las estrellas

Kerouac construyó su leyenda de escritor vagabundo a partir de las notas que solía tomar en sus viajes y que luego tipeaba en casa de su madre, a la que siempre volvía luego de sus andanzas. De esas notas salieron sus novelas y también artículos que empezó a publicar a fines de los ‘50, cuando revistas como Playboy, Esquire y Holiday, entre otras, llegaron a pagarle hasta dos mil dólares por colaboración (una fortuna para la época). Viajero solitario es una recopilación de varios de estos últimos, seguramente reescritos y con algún título cambiado, y de otras notas inéditas.

El resultado es un libro-rizoma, al que se puede entrar y salir desde múltiples puntos y donde la velocidad de fuga se intensifica y dispara las conexiones hacia escenas de la noche beat de Nueva York, desde Ginsberg, Corso y Coltrane hasta los linyeras roñosos que toman la sopa sin hablar con nadie. Revelaciones en la montaña después de ver excrementos de oso alrededor de la cabaña y de sesenta y tres ocasos desde un puesto de guardabosques. Viajes en tren, a dedo y a pie por Francia y hacia Tánger en un carguero yugoeslavo que salía del puerto de Brooklin. Una sangrienta corrida de toros en México, historias de fogoneros y guardafrenos del ferrocarril en California, personajes de otros tiempos en los que era posible mandar por correo un revólver oculto dentro de un libro que había sido cortado, ahuecado y envuelto herméticamente en papel madera. La aventura y el sufrimiento, la ilusión y el desencanto del peregrino católico-budista, el santo bebedor que sigue siempre su camino.

¿Hay que viajar (vivir) para contarlo? Sí, pero viajar tiene sentido porque habrá invención de una lengua que lo cuente. Dice Kerouac al mirar las estrellas cada noche en la cima de esa montaña en la revelación que lo llevaría luego a Los vagabundos del Dharma: “Las estrellas son palabras”, y agrega que así sucede en todo el mundo, y poco importa si uno está en una pieza colmada de ideas o en una Vía Láctea infinita de montañas y estrellas.

O sea: Kerouac puede presentar su vida como un “deambular sin dirección”, pero el rumbo se mantendría firme bajo esa estrella que lo guiaba en su lucha por convertirse en escritor. Convencido de que su deambular recibiría recompensa, reconocimiento, protección social, aspiraba no solo vivir de sus textos, sino a ser recordado por su renovación en las letras gracias a esa “prosa espontánea”, que en verdad era espontánea en la primera versión, pero que demandaba reescritura. Una prosa cuya meta sería la poesía, la “descripción natural”. Algo que acontece más allá de la díada ficción-no ficción. Hasta la enumeración caótica, figura de cronista, aquí es llevada al punto de cruce entre información y poesía, como poesía-crónica, captada con maestría por la traducción de Pablo Gianera al castellano rioplatense, sin exageración.

Pero despístese quien pretenda leer claves de la vida real de un tal Jean-Louis Lebris de Kerouac dentro de la “Presentación del autor” en la introducción del libro. Dice que a los 18 años “leyó la vida de Jack London” (¿puede leerse una vida?) y resolvió volverse un aventurero como ese vagabundo de las estrellas de quien tomó su pen name de pila: Jack. ¿Casado? “Naa” (pero lo estuvo tres veces, dos de ellas antes de escribir esto mismo). ¿Hijos? “No” (pero en su segundo matrimonio, que duró seis meses, sí tuvo una hija no deseada, Jan, a quien sólo pudo reconocer tras un examen de ADN). También reitera que escribió En el camino en tres semanas de tipeo en aquel legendario rollo de papel de teletipo, pero esa versión fue la tercera. No importa. Viajero solitario es uno de los mejores libros de Kerouac, entre Los subterráneos y En el camino. Quien lo lea no podrá dudar de la verdad que encierra su frase: “Siempre entendi que la escritura era mi deber en la tierra”.

Versión en borrador de lo que terminaría siendo la reseña de Viajero solitario (Caja Negra), publicada en Los inrockuptibles de noviembre y que puede leerse por acá.

Poesía en Plaza de la Lengua

Diana Bellesi Martin GambarottaAyer escuchamos a Diana Bellesi, Martín Gambarotta, Florencia Abadi y Paz Busquet en un anochecer de lujo en la placita Boris Spivakow, Austria y Las Heras: plaza y luna llenas, calor de verano, espectadores ilustres, Fabián Casas, Alejandro Rubio, Ricardo Strafacce con un paraguas en anticipación de una lluvia que nunca vino, vino (tinto) y amistad. Finalmente, la tormenta llegó a la madrugada, pero nos encontró a todos bajo techo.

Cartografías de la alucinación

¿Se droga uno para escribir o para no escribir? Un poco de vino desinhibe, suelta la lengua, desata el discurso, aunque si bebo de más (lo que creo que está de más), me voy de mambo y ya no sé lo que digo (lo que escribo). Por otra parte, la marihuana me puede inspirar alguna frase, que tendré que corregir más tarde, pero mejor no escribo.

Será cuestión de calidad y cantidad, de historia personal, de géneros, actitudes o procedimientos de escritura. Para Deleuze, que no veía diferencias entre el alcohol y otras sustancias psicoactivas legales o ilegales, habría un aspecto sacrificial en el beber o drogarse. En la entrevista-abecedario de Claire Parnet, al llegar a la letra “b” de “bebida”, Deleuze dice que “la única justificación posible para la droga es que te ayude a trabajar, aunque después haya que pagarlo con el propio cuerpo”. Pero “cuando la droga se convierte en una forma de no trabajar, uno está ante un peligro absoluto”.

En cambio, para Néstor Perlongher había en el uso de sustancias un deseo de éxtasis, de salir de sí, de transformarse en otro distinto a lo que uno es. De allí que el trance alucinógeno pudiera cruzarse con el trance poético: la poesía como éxtasis, como fuga y ruptura con la propia identidad.

Ese viaje no sería comunicable: el poeta, el poseído o “tocado por la palabra poética” hace “versos que no se entienden”, se va del otro lado, ya no está aquí, se vuelve otro.

En el plano de los cuerpos, los efectos de estas sustancias (“excitadoras del inconsciente” las llama Levrero, quien en un librito sobre parapsicología no aconseja tomarlas para afinar la percepción extrasensorial) han sido clasificados y estudiados a fondo. Pero en el plano de la expresión, los viajes pueden variar como los temperamentos y las artes. Perlongher, que escribió su libro Aguas aéreas inspirado en los ritos amazónicos de la ayahuasca dentro de la iglesia del Santo Daime, ubicó dos direcciones en el mapa del éxtasis: una ascendente y otra descendente. Y advirtió que se precisa una forma para contener la fuerza con que el trance proyecta al sujeto fuera de sí.

Cuando no hay forma (poética, teatral, ceremonial, incluso doctrinal), el viaje se desbarranca, cae en la autodisolución y el reviente: el peligro del agujero negro, allí donde la sangre no se transmuta en nueva energía.

“¿Y por qué uno ofrece su propio cuerpo en sacrificio?”, se preguntaba Deleuze. “Será que hay algo demasiado fuerte, muy potente en la vida, y al beber, o drogarse, uno supone que está alcanzando el nivel de aquello tan fuerte o potente que hay en la vida”.

Columna publicada junto a la nota de tapa del suplemento Perfil Cultura del 10/11/13: “Drogas y literatura: La creación inducida”, por Rubén H. Ríos. Se lee por entero desde acá.

Sobre Sánchez, Perlongher, la isla, los cuáqueros, Plaza de la Lengua y Cerdos & Peces

osvaldo baigorriaMariano Vespa me interrogó sobre (casi) todo en la entrevista que salió el domingo 3 de noviembre de 2013 en el suplemento Ni a palos del diario Argentine Times. Ahí va:

La primera lectura respecto a Sobre Sánchez es que se trata de una doble biografía ¿Cómo lo interpretaste vos? ¿Ese trabajo del “Sobre Sánchez” al “Con Sánchez” fue revelador en algún sentido?

Diría que no es realmente una biografía, ni doble ni simple, sino un agenciamiento de géneros que, adaptando un término de Héctor Libertella, podría llamarse autotransbiografía. Para escribirla, me sometí a la regla de no ficcionalizar, no inventar nada en relación a la vida de Néstor Sánchez. Pero sí crucé su historia de vida con mis memorias de las peripecias de algunas personas, no “personajes”, aunque aparezcan a veces con nombres cambiados, que encontré en mis viajes por América del Norte y que estaban en búsquedas espirituales similares a las de Sánchez. Sobre ese híbrido solté o dejé caer, en “Notas al pie”, mi novela isleña, en la voz de un narrador que escribe la crónica de una investigación y una inquietud personal encerrado en una isla del delta del Paraná. Esa inquietud tiene que ver con las preguntas “¿por qué un escritor como Sánchez deja de escribir?” y también “¿por qué, para qué escribir?”. La experiencia fue reveladora en el sentido de que sólo pude encontrar la forma y la fuerza para escribir este libro en el momento en que decidí dejar de escribirlo.

¿Cómo es la vida en la isla? Para un viajero como vos, me da la sensación de que hay cierta detención en el tiempo ¿Se deja de ser nómade o es algo que te acompaña siempre? Leer más “Sobre Sánchez, Perlongher, la isla, los cuáqueros, Plaza de la Lengua y Cerdos & Peces”