La mirada del salvaje

Lo primero que se ve es una mujer a punto de ser violada, si no lo ha sido ya. Pero como la lengua es rica en eufemismos, y la imagen se encuadra en una sala de museo y muestra de arte bajo los presupuestos de “seducción” y “erotismo”, una mirada quizá entrenada, capacitada en el control de la reacción sensorial automática, podrá destacar allí otra cosa, otros cuerpos y objetos. Los presupuestos son, como mínimo, incómodos o destinados a incomodar. Consentirlos implica algún tipo de complicidad intelectual con algo que en otro momento y lugar podría ser considerado un crimen. ¿Por qué, cuándo y en qué condiciones el rapto de una mujer puede ser erótico? ¿Y para quién? Continuar leyendo «La mirada del salvaje»
Haikus a la Parca
La idea de escribir unas palabras de despedida que pudieran ser recibidas como “poema” es una tradición china que llegaría a cierto refinamiento en Japón. Nobles y guerreros a punto de ser ejecutados, monjes budistas que mantenían una aguda conciencia de la finitud, y poetas consagrados o desconocidos escribieron “poemas a la muerte” de calidad variada a lo largo de la historia. Los primeros tendrían forma de tanka, un grupo de cinco versos con dos unidades rítmicas. Luego se adoptaría la más conocida y también abusada forma del haiku, con sus tres versos de 5, 7 y 5 sílabas, una convención que por suerte no respetan todos los traductores. Continuar leyendo «Haikus a la Parca»
Un sueño sober ano
Así dijo Osvaldo Lamborghini: «Yo, Arturo Carrera, escribí una vez, para un diario argentino, una crítica, un texto sobre Alexandra -sí, hay que llamarla Alexandra, no Alejandra; hay que terminar con esa jota imbécil-, Pizarnik: se llamaba «A las niñas mecánicas del templo». Alguien supuestamente con autoridad -porque sabemos que los diarios están llenos de sabios- cambió el título por: «El sueño soberano». Yo leí mi propia nota, y me quedé pensando. A veces pienso. Incluso en Pringles se piensa, aunque no hay diarios tan grandes como La Opinión, La Prensa, Razón, la mar en coche. Pensé que al fin y al cabo como siempre le pegaban en la tecla de al lado. Se equivocaban; el título era, en verdad: «A las niñas mecánicas del templo». Lo cambiaron por: «El sueño soberano». Lo que nunca hubieran podido decir era eso: «El sueño sobre el ano».
La cumbre invertida
Créase o no, en la provincia argentina de Córdoba hay una montaña que se sube hacia abajo. Es leyenda, pero también hay experiencia y testimonio. Subí al cerro llamado Uritorco dos veces: una acompañado, otra solo. La primera vez con mi novia, con quien no pudimos llegar a la cima porque tuvo un accidente en el Valle de los Espíritus. La idea era tomarnos unos ácidos para un ascenso doble, en cuerpo y alma, pero ella resbaló, casi se fractura el coxis y tuvimos que volver penosamente a la base del cerro, en ambulancia hasta Capilla del Monte y en coche-cama hasta Buenos Aires. Dos meses de inmovilidad para que se recupere a medias demoraron mi intención de regresar, la segunda vez a solas, para un encuentro directo con el mito: la montaña sagrada, una ciudad oculta, un portal de acceso secreto, naves del espacio que entran y salen de un agujero negro en las rocas guiadas por tres espejos, uno de lapislázuli, otro de oro y otro de material desconocido en el planeta; en este último se reflejaría el cerro invertido, como al borde de un lago, con la cumbre hacia abajo.
Los inundados


Una ética menor
Un cruce entre Sobre Sánchez y Cerdos & Porteños en esta propuesta de lectura de Golosina caníbal, que titula y reivindica…
Una ética de la nota al pie
En Sobre Sánchez, el texto central mezcla géneros (biografía, crónica, novela, crítica literaria y más) para contar la vida y obra de Néstor Sánchez, ese escritor elusivo que en los últimos años comenzó a ser revisitado gracias a los esfuerzos de editoriales como Paradiso y La Comarca ediciones. Baigorria entrevista a gente cercana a Sánchez, lee sus novelas y artículos críticos, construye lecturas sobre la escritura poemática del autor de Siberia blues, cuenta los entretelones de su investigación pero también coloca notas al pie. La nota que abre la edición, “About”, lo explica claramente: el libro está compuesto por tres partes. La parte III, titulada “Notas al pie”, recupera las notas de las partes I y II. Justamente, una forma de leer Sobre Sánchez sería retomar cada una de las notas cuando son mencionadas (y así seguir el modo clásico, esperado); el otro modo, implícito en la numeración de las partes, sería leer el apartado de notas al pie como un relato autónomo aunque fragmentado, vinculado sí con los otros apartados. En la parte III, las notas proponen reflexiones y anécdotas de Osvaldo Baigorria, una puesta en juego de su subjetividad a través de sus experiencias lúmpenes, místicas y culturales, en claro diálogo con la subjetividad del escritor de La condición efímera. En Sobre Sánchez, Baigorria comienza a elaborar un uso alternativo de las notas al pie: las corre del lugar subsidiario que podrían tener, las usa como espacio de exploración interior y reflexión lingüístico-metafísica, las propone como punto de partida de una ética menor, fragmentaria.
Blues del funeral de Allen Ginsberg
La ilusión de convocar en torno al propio lecho de muerte a todos los amantes y amigos que uno tuvo a lo largo de su vida, ya reconciliados en el recuerdo, no es nueva ni fuera de lo común. Pero la extensión de esa fantasía a la escena del funeral es un deseo que Allen Ginsberg (1926-1997) expresó como nadie en el poema “Muerte y fama”, un mes antes de internarse en el hospital Beth Israel de Nueva York donde se le diagnosticó un inoperable cáncer de hígado que terminó con su vida en pocos días.
Ginsberg ya era consciente de que estaba más cerca del arpa que de la guitarra. Por lo menos desde 1996, cuando una insuficiencia cardíaca congestiva, unida a cierta incontinencia y dificultad para caminar a causa de una probable polineuritis diabética, le inspiraron poemas de despedida, de agradecimiento y de exhibición de su cuerpo bajo ataque: “Excremento”, “Canción del intestino”, “Me sangra la nariz”, casi siempre a ritmo y rima: “me sangra la nariz/ te sangra la nariz/ todos sangran encima de mí”. Este registro se intensificó en cada internación hacia un final terrible, nada romántico: “máquina de cagar, máquina de mear/ soy una increíble máquina de cagar”. Continuar leyendo «Blues del funeral de Allen Ginsberg»
Se acabó la épica: la potencia de una frase en el arte del no
Comienzo pidiendo disculpas porque hace un par de meses, cuando recién había enviado el título de esta ponencia por email a Silvana López, tuve una caída de una escalerita que uso para buscar libros en un estante alto, un tonto accidente doméstico que me fracturó la rótula. Lo cual me obligó a suspender todas mis tareas, entre ellas la de empezar a escribir el texto que ahora finalmente puedo leer aquí, y a tener que portar constantemente una férula, bota o inmovilizador de rodilla que me mantuvo no solo con una pierna estirada por seis semanas sino con prácticamente todo el cuerpo inmovilizado, ya que lo único que podía hacer era quedarme en la cama o andar de pie con un bastón, rengueando con esa pierna rígida que arrastraba de un lado al otro. O sea, era imposible estar sentado, porque una de mis rodillas no podía ser doblada y por lo tanto no lograba sentarme más de cinco minutos, sea al escritorio o a la mesa, en una posición incómoda con las nalgas al borde de la silla (ni hablar de lo incómodo que es sentarse al inodoro sin doblar una rodilla).
Al principio creí que al menos iba a tener tiempo para leer, pero tampoco; aunque probé leer en la cama tuve que abandonar a los pocos días, ya que con una pierna rígida todo el cuerpo estaba fuera de eje y me atacaron todos los dolores pertinentes: de espalda, de cuello, de cervicales. Así que también renuncié a leer, excepto alguno u otro diario en forma digital, con un Ipad que podía sostener sobre mi cabeza. Escuché bastante música, clásicos del rock y del jazz. Miré mucho tiempo al techo, también llamado cielorraso.
Recién en la última semana de este mes y medio largo, con el hueso de la rótula en lenta recuperación, pude empezar a sentarme al escritorio y ocuparme de la frase “me quedé sin épica” o “se me acabó la épica”, que Néstor Sánchez solía usar como explicación de por qué había dejado de escribir en sus últimos años. Continuar leyendo «Se acabó la épica: la potencia de una frase en el arte del no»


