Para recordar a la Fundación de Alergia al Trabajo

2 de mayo de 1995: primera manifestación del Día Internacional del Ocio en Argentina

Todo empezó con la fotocopia de un volante de cierta Fundacao Nacional para a Alergia ao Trabalho, proveniente de la librería Utopia, en la ciudad de Porto, que Christian Ferrer consiguió no sé dónde y que me pasó como curiosidad. De inmediato nos autoconvocamos en un grupo formado por Ferrer, Cutral –seudónimo de Carlos Gioiosa-, Guido Indij y el que escribe. Así surgió la Fundación de Alergia al Trabajo Regional Argentina, un grupo de agitación y propaganda que ofreció entrevistas a los medios, produjo prendedores para ropa y organizó una marcha a desgano para el 2 de mayo, autoproclamado «Día Internacional del Ocio»…

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Un cuento de Ambrose Bierce

Un grupo de ex estudiantes de Comunicación me invitaron a leer y grabaron en podcast para su página «Recital» a partir de la idea de que un escritor elija un cuento de otro. Participaron hasta ahora Ezequiel Alemian, Virginia Cosin, Pablo Katchadjian y Ricardo Strafacce. Yo elegí «Una conflagración imperfecta» de Ambrose Bierce. Se escucha por acá:

http://www.ivoox.com/osvaldo-baigorria-lee-una-conflagracion-imperfecta-ambrose-audios-mp3_rf_4257366_1.html

ambrose bierceSobre las huellas que dejó Bierce antes de desaparecer en México, puede leerse algo por acá.

La cita apócrifa de una nota suicida

Se supone que en la nota que alguien deja antes de suicidarse se encontrarán los motivos o indicios para ese acto final. Pero ese texto también puede ser tergiversado o mal citado. Así ocurrió con Virginia Woolf (1882-1941), quien dejó no una sino tres notas, dos a su marido y otra a su hermana, antes de salir a escondidas de su casa para sumergirse en el río cercano. En ellas decía que se “estaba volviendo loca de nuevo”, que había vuelto a escuchar voces “como antes” y que ya no podría recuperarse de ese “horror” y esa “locura”. También expresaba gratitud por Leonard Woolf, a quien conocía desde hacía treinta años, sosteniendo que no podía seguir “arruinándole la vida con su terrible enfermedad”.

El problema es que esto ocurría a fines de marzo de 1941, el peor momento de la guerra para Gran Bretaña, bajo constante ataque de bombarderos alemanes. Unos meses antes las bombas habían destrozado los dos departamentos que los Woolf tenían en Londres, incluida su imprenta Hogarth Press, obligándolos a quedarse de modo permanente en su casa de fin de semana en Rodmell, al sudeste de Inglaterra, desde donde podían divisar a los aviones germanos en vuelo hacia sus objetivos. Fue como anillo al dedo para quienes buscaron una razón política coyuntural para el suicidio. Una cita apócrifa del Sunday Times, reproducida por un cable de Associated Press, indujo a suponer que Virginia se había suicidado porque no podía soportar más la presión de la guerra. Continuar leyendo «La cita apócrifa de una nota suicida»

24 de marzo: «Se equivocaban de departamento»

Por Osvaldo Lamborghini, rescatado en digital por Golosina caníbal:

El 24 de marzo (1976), los militares argentinos, y dale, tomaron el poder, o así, al menos: o así al menos -para decirlo todo- ellos lo creyeron. La verdad es que el poder lo tomaron los banqueros, los que, ¿los que?, como es tradicional en la Argentina, se pasan la vida rompiéndoles el (los) culos a los militares argentinos. Y gozan con ello: los militares argentinos y los banqueros (que se los cojen). Los militares. Argentinos, y los banqueros. Argentinos, y de cualquier otra nacionalidad, si es que existe -Dud, lo dudo- otra nacionalidad.

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El Hombre de la Vaca

Hace unos setenta años llegaba de Córdoba a la ciudad de Buenos Aires un morocho corpulento de 1.84 metros de estatura y 114 kilos de peso, ataviado con un fez violeta que le cubría la cabeza y una camisa rusa con condecoraciones que le cubrían el pecho, dispuesto a desafiar a las instituciones y a las costumbres porteñas con discursos proferidos a la orejas de una vaca lechera que pasearía por la calle Florida, la Costanera, el Congreso de la Nación, la Academia Argentina de Letras, la redacción del diario La Prensa y el Luna Park, entre otros lugares. Continuar leyendo «El Hombre de la Vaca»

El cigarrillo asesino

Si la vida de un autor pudiese ser explicada a través de su obra, y viceversa, los comentaristas y biógrafos no harían más que repetirse, cosa que hacen demasiado a menudo. En el caso de Saki (Hector Hugh Munro, 1870-1916) también suelen incluir a sus legendarias últimas palabras como parte involuntaria de su obra, una especie de punch line o remate de algún chiste de humor british de un personaje de sus cuentos. Porque fue una noche de niebla de la primera guerra mundial cuando un francotirador alemán oculto en su trinchera habrá visto encenderse un cigarrillo en la línea británica y, antes de que los soldados empezaran a pasarse la colilla delatora entre sí, escuchó aquella exclamación que le indicó el lugar preciso donde apuntar y meter una bala: el cráneo de Saki. Las palabras fueron “¡apaguen ese maldito cigarrillo!”. Continuar leyendo «El cigarrillo asesino»

La última voluntad de un teórico de la pereza

Paul Lafargue y Laura Marx

«Sano de cuerpo y de espíritu, me mato antes que la implacable vejez, que me va quitando uno tras otro los placeres y las alegrías de la existencia, y me va despojando de mis fuerzas físicas e intelectuales, paralice mi energía y acabe con mi voluntad, convirtiéndome en una carga para mí mismo y para los demás”. Con esta carta se despedía Paul Lafargue (1842-1911), autor de El derecho a la pereza y un tipo de intelectual marxista excéntrico aunque también “de familia”: fue yerno de Marx por casamiento con la segunda hija de éste, Laura.

Nacido en Cuba cuando era colonia española, de padre francés y madre indígena, Lafargue fue criado en un hogar de plantadores de café, pudiendo iniciar sus estudios en la isla y terminarlos en París, donde se instaló finalmente para estudiar medicina. Allí comenzó a comprometerse con la agitación revolucionaria y a escribir contra el régimen de Napoleón III, lo cual provocó su expulsión de Francia en 1865. Exiliado en Londres, conoció a Karl Marx y frecuentó la casa donde éste vivía con su esposa y dos hijas. Se enamoró de Laura, con quien se casaría en 1868, pese a los reparos iniciales del suegro por los escasos recursos del pretendiente, reacio a todo trabajo para ganarse el pan. De hecho, la pareja se instaló a vivir casi diez años con el matrimonio Marx. Como dice el historiador Eduardo Sartelli, Paul Lafargue “bebió el marxismo de fuente directa, más directa que ningún otro”.

Asistido económicamente por Engels, Lafargue nunca fue un perezoso para la militancia: participó en la Primera Internacional y en la Comuna de París, conoció cárceles y exilios, organizó sindicatos en España, asistió a la fundación de la Segunda Internacional y del Partido Obrero francés, siendo elegido diputado en 1891. Sobre todo, se destacó como articulista polémico y divulgador de la teoría marxista, a la que en 1880 aportó su aguda crítica a la alienación del trabajo en El derecho a la pereza. En este ensayo argumentó que con la socialización de los medios de producción y el desarrollo tecnológico podrían distribuirse los beneficios de la riqueza material entre todos los seres humanos, al punto en que una futura sociedad comunista estaría en condiciones de reducir la jornada laboral hasta que “nadie trabajase más de tres horas por día”.

Lafargue desarrolló su estilo irónico y políticamente incorrecto para la época entre críticas al “dogma religioso” y a la “manía” del trabajo. Con burlas a los socialistas y republicanos que reivindicaban el derecho a trabajar, entre otros derechos humanos, llamó a la clase obrera a liberarse de la esclavitud laboral. Por supuesto que nunca llegó a ver en el poder a la burocracia soviética, que incrementó la penuria y los trabajos forzados en nombre de ese futuro comunismo, porque de haberlo visto se hubiese suicidado por segunda vez pero de horror y vergüenza.

Hacia 1911, Paul y Laura vivían en una casa de 35 habitaciones, comprada gracias a parte de la herencia de Engels, en la localidad de Draveil, a unos 20 kilómetros de París. Con 69 años y más de treinta títulos publicados, ya era todo un referente para la Internacional Socialista, conocido en persona por Lenin y otros dirigentes. Nadie, excepto su mujer, sospechaba lo que se traía entre manos. En su última carta lo explicaría en detalle: “Desde hace años me he prometido no pasar de los 70; he fijado la época del año para mi partida de esta vida y he preparado el modo de ejecutar mi decisión: una inyección hipodérmica de ácido cianhídrico. Muero con la suprema alegría de tener la certeza de que muy pronto triunfará la causa a la que me he entregado desde hace cuarenta y cinco años”.

Llamó la atención que la carta estuviese escrita en primera persona pero que el suicidio fuese doble. Nadie pudo develar el misterio, aunque la causa de muerte fue la misma para ambos. Laura tenía 63 años, siete menos que Paul, lejos de la edad límite que éste se había fijado. Quizá ella tomó su decisión a último momento. Quizá no pudo tolerar el fin de su compañero de cuatro décadas. Según testimonio del jardinero Ernest Doucet, la pareja pasó su última tarde en el cine en París, además de conversar con serenidad y alegría con varios conocidos, sin dar indicios de lo que sobrevendría. En la noche del 26 de noviembre, Paul se inyectó el ácido cianhídrico, también llamado cianuro. Junto a su nota de despedida, dejaba un certificado y una carta para el jardinero, fechadas el 28 de septiembre y el 18 de octubre respectivamente, o sea que el suicido estaba en preparación desde hacía al menos dos meses.

El jardinero Doucet fue por la mañana, como siempre, al predio. Se extrañó de que ninguno de los dos estuviese despierto, como era habitual, y pronto encontró a Paul acostado en su cama, completamente vestido. En la habitación contigua halló a Laura, sentada en un sillón. No había ninguna señal de desorden; todo estaba en su lugar, salvo esas palabras finales de Lafargue en su escritorio, de algún modo coherentes con una vida dedicada de principio a fin a esquivar el trabajo.

Publicado el 17/01/2015 en el suplemento cultural del diario Perfil.

Una escritura posgenérica

Florencia Angilletta escribe acerca de Sobre Sánchez: «Artefacto de yuxtaposición, escritura posgenérica, corroe los supuestos y entendidos de la “autoficción”… Da cuenta, así, de la recepción que tuvo el libro en la cátedra de Teoría Literaria III en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA y de la entrevista con alumnos y profesores de esa cátedra a la que fui invitado en setiembre del 2014:

«Inmerso en la manía argentina de una tradición esquiva a las biografías de escritores, Sobre Sánchez emerge, ante todo, como un libro extraño. Un libro que dialoga con Sobre Giannuzzi, de Sergio Chefjec –ya desde su propio título– y con la monumental biografía de Osvaldo Lamborghini escrita por Ricardo Strafacce. Un libro que dialoga aunque toma otro rumbo, rema de otro modo. En palabras del propio Baigorria: “No podía hacer crítica literaria sobre una obra como la de Sánchez. Su biografía también era imposible porque había un núcleo al que yo no podía llegar. ¿Cómo hacer? Ponerme a acompañar su camino y sobre-escribir. No como imitar su estilo sino hacer otra cosa: partir de mi propia experiencia frente a la lectura de sus textos y de mi investigación”».

Así habría surgido una textualidad que se maneja con «la persistencia del río como ritmo brumoso y expansivo»: “Si nos quedamos en el pensamiento mas dicotómico que separa lo que es ficción de lo que no lo es, estamos siempre trabados. Pero si miramos líneas de fuga de las esferas nos movemos en un lugar de más libertad con respecto a la escritura”…»Para poder decir alguna verdad sobre Sánchez, Baigorria recurre a la autoficción en un juego de dobles agentes que concluye con una última línea paradojal: “El Néstor Sánchez sobre el que puede escribirse no es el verdadero Néstor Sánchez”. No es simplemente la biografía del biografiado y la biografía del biógrafo. Las tres partes de Sobre Sánchez, en un procedimiento que se enlaza con el célebre cuento de otro gran escritor argentino –“Nota al pie”, de Rodolfo Walsh–, conforman un diálogo entre sí; se ofician mutuamente de guardaespaldas, de brújula inconclusa, de fractal estallado».

El texto de Angilletta puede leerse completo en Escritores del mundo.

 

18 whiskies y un pico de morfina

En el mejor momento de su trayectoria, Dylan Thomas (1914-1953) tuvo la pésima idea de alardear que había bebido de más. O mejor dicho, más de lo que realmente había bebido.
A sus 39 años, ya era considerado por críticos de EE UU y Gran Bretaña como “el mejor poeta inglés contemporáneo”, un “creador de lenguajes y nuevas modalidades métricas” o simplemente “un genio”. Premiado a ambos lados del Atlántico, contaba con la flamante publicación de sus Poemas completos, que recopilaba casi toda su producción desde 1934, y además disfrutaba de su fama como hábil narrador en varios géneros, desde una biografía novelada de Joyce hasta cuentos y relatos radiofónicos, pasando por guiones cinematográficos y obras teatrales como Bajo el bosque lácteo, que entregó a la BBC poco antes de viajar a Nueva York para el que sería su último grand tour poético.
Hospedado en el legendario Chelsea, el “hotel de los artistas” del Greenwich Village, famoso por haber albergado a Mark Twain, Thomas Wolfe y Henry Miller, desde su arribo el galés se habría quejado de dolores en el pecho y de asfixia. No lo ayudó la contaminación ambiental de la ciudad, que entre octubre y noviembre de 1953 llegaría a niveles récord para la época. Ocurre que Dylan Thomas sufría de los bronquios, utilizaba un inhalador para ayudarse a respirar y en esos días probablemente ya estaba en desarrollo la neumonía que se le descubrió demasiado tarde en el hospital. Igual cumplió con sus compromisos: leyó Bajo el bosque lácteo al público en Cambridge, grabó la obra en Manhattan y se preparó para representarla en el prestigioso Poetry Center de Nueva York, cuyo director, Paul Brinnin, también era agente de ese tour literario por el cual cobraría un 25 % de las ganancias del escritor.

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