De votos, chantas y fanáticos

La manera descarada con la que se manipula el voto, se utiliza el valor simbólico de los porcentajes y se engaña a los votantes sería razón suficiente para dejar de votar. Esto siempre lo supieron los anarquistas pero, pese a provenir de una tradición familiar ácrata, de todas maneras puse mi voto en la urna en varias ocasiones que me parecieron bisagras significativas en la historia argentina.

La primera vez que voté lo hice por Héctor Cámpora, en quien muchos -aun sin ser peronistas- depositamos la esperanza de dejar atrás los golpes militares, respetar la voluntad popular, incluído el derecho al regreso de Perón, y sobre todo-como creíamos algunos menos- el derecho a vivir en una democracia en la que podría avanzar el proceso revolucionario, la liberación nacional y social y viceversa. Cuatro meses después de esa votación estaba instalada en el gobierno la ultraderecha, con Perón flanqueado por López Rega y el aparato de la futura Triple A.

De los preparativos de esa operación ni nos enteramos: casi no se difundió el hecho de que a tres semanas del 11 de marzo del 73 y menos de dos meses antes de asumir, el presidente electo mantuvo una larga reunión, de contenido secreto, con Perón, López Rega y el dictador Francisco Franco en el Palacio del Prado de Madrid: la noticia pasó»desapercibida» (desaparecida) en tiempos de entusiasmo por la primavera camporista. ¿Qué habrán hablado estos que iban a decidir nuestros destinos con aquel asesino que en esos mismos años ordenaba la ejecución de disidentes mediante la tortura del garrote vil?

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Llevatelá

Publicada a fines de una época, hoy se reedita justo a fines de otra. Recién salida del horno, Llévatela, amigo, por el bien de los tres viene con una posdata que intenta reponer contexto y captar la mirada de un autor que ya no es el mismo de 1989. Repensar la década del 80, el apogeo y el fin del underground, la apertura democrática inicial y el retorno de la peor pesadilla (una alianza del peronismo de derecha con el neoliberalismo más desvergonzado) pueden ser gestos que inspire este libro aunque su propósito no sea explicar ni documentar nada más allá del «placer de contar un relato», según Luis Chitarroni. Este relato también puede inspirar otros placeres, solitarios o compartidos, en tanto «viaje al erotismo digno de ser recordado» al decir de Alberto Laiseca. Gracias a la eficaz edición de Malena Rey, Ezequiel Fanego y Diego Esteras de Caja Negra, más el impecable diseño de Juan Ventura, puedo anunciar que la semana próxima estará en librerías mi primera novela reeditada. Un capítulo (bajo el enlace de «Material extra») y el texto de contratapa escrito por Martin Hendler pueden encontrarse por aquí.

Batalla de neuronas en Bataille

En julio de 1962, Diana Kotchoubey de Beauharnais viajó por unos días a Inglaterra dejando a su esposo Georges Bataille (1897-1962) a solas en su departamento de París, aparentemente intentando escribir un guión para una potencial película basada en su primera novela, Historia del ojo, de 1928. No volvió a verlo con vida. En la noche del 7 de julio, luego de una cena con Jacques Pimpaneau y otros amigos, el escritor, cansado, se retiró a dormir y durante su sueño entró en coma. Lo llevaron al hospital pero falleció a la mañana siguiente.

Entre muchos diarios y borradores se encontró un manuscrito de más de 90 folios titulado Mi madre, como tercera parte de un proyecto inconcluso de cuatro relatos iniciado con Madame Edwarda en 1937. El manuscrito estaba corregido y listo para ir a imprenta pero, según el editor Jean-Jacques Pauvert, los últimos textos eran tan confusos y con tantas versiones de un mismo fragmento que para la edición póstuma se tuvieron que resumir las páginas menos legibles.

El cerebro de este pensador de paradojas había empezado a dar signos de deterioro en la misma década en la que comenzaba ser reconocido y a publicar sus libros más célebres, entre ellos El erotismo (1957). Continuar leyendo «Batalla de neuronas en Bataille»

Memorias de un exilio sexual

Reinaldo ArenasQue la bandera de Estados Unidos volviera a flamear sobre La Habana y los capitalistas norteamericanos pudieran hacer negocios con los comunistas cubanos no habría sido ningún motivo de celebración para Reinaldo Arenas (1943-1990) si con ello se tejiese un manto de olvido sobre los crímenes contra homosexuales, prostitutas, bohemios y otros réprobos, según él mismo denunció en los años más duros de la revolución. Un chiste cubano que le gustaba parafrasear en su exilio en Nueva York dice que la diferencia entre un país capitalista y uno comunista es que en ambos te dan una patada en el culo pero “en el primero puedes gritar y en el segundo tienes que aplaudir”. Otra ironía popular asegura que “el socialismo cubano es la fase de transición más prolongada entre el capitalismo… y el capitalismo”.

En las memorias que tituló Antes que anochezca, iniciadas en libretas sueltas en la década del 70, cuando vivía oculto de la policía en un bosque, Arenas relata su crecimiento como hijo de campesinos y su temprana voracidad sexual entre hombres, yeguas, gallinas, cerdos y perros, así como sus primeros acercamientos a los rebeldes en la sierra contra la dictadura de Batista y su posterior desencanto cuando la triunfante revolución pasó de fusilar a colaboradores del antiguo régimen a encerrar marginales y disidentes sexuales. Continuar leyendo «Memorias de un exilio sexual»

Lamborghini en Barcelona

osvaldo lamborghini

Desde Berlin, Jorge Locane escribe un comentario sobre la reedición de El Fiord por Ediciones Sin Fin en Barcelona, recogiendo el guante de las discusiones generadas por la lectura del libro en Argentina, luego de haberle prestado a Ricardo Strafacce el ejemplar que me hiciera llegar Ana María Chagra. Los artículos de Echevarría y de Strafacce a los que hace referencia el texto fueron publicados en Perfil Cultura y pueden leerse por aquí:
http://www.perfil.com/cultura/La-flor-en-el-fango-20150131-0973.html
http://www.perfil.com/cultura/Tango-del-viudo-20150215-0007.html Continuar leyendo «Lamborghini en Barcelona»

De ilusión también se vive

El último gesto de Henry Miller (1891-1980) fue enamorarse a los 84 de una mujer de veinte años. Brenda Venus (no un seudónimo, dijo ella, nacida en Mississippi con el agregado de un segundo nombre, Gabrielle, de madre indígena y padre italiano) sedujo de manera terminal al eterno seductor en la casa de dos pisos que él tenía en Pacific Palisades, espléndido barrio de Los Ángeles. Fue en 1976, cuando Miller solo podía caminar con la ayuda de su andador y casi siempre vestía en bata y pantuflas, incluso si iba a dar una conferencia o a almorzar con un amigo. En ese momento apenas contaba con una secretaria y un enfermero que lo visitaba regularmente para ejercitar sus piernas. Según la biógrafa Mary Dearborne, autora de The Happiest Man Alive, publicado por Simon & Schuster, la salud del escritor se había desmoronado completamente después de pasar por tres operaciones fallidas para que le inserten una prótesis arterial del cuello a la ingle y así tener circulación en su pierna derecha; la última, que duró diez horas, terminó con un coágulo de sangre en el nervio óptico que le quitó la visión de su ojo derecho. Continuar leyendo «De ilusión también se vive»

El enigma del traductor fantasma

Si uno guglea o, quizá mejor dicho, tipea “el último poema de Borges” en la barra de Google, las primeras tres o cuatro páginas mostrarán como resultado más de diez sitios de internet y algunos videos en Youtube donde se reitera que fue “Instantes”, aquel que empieza diciendo “Si pudiera vivir nuevamente mi vida/ en la próxima trataría de cometer más errores”. Solo dos o tres sitios, incluido Wikipedia, advertirán que esa atribución es falsa, si bien en algún caso incluirán al poema completo justificando su publicación “por las numerosas búsquedas del mismo”. Cuántas personas seguirán creyendo que lo escribió Jorge Luis Borges (1899-1986) es algo imposible de calcular, sobre todo si cada tanto reaparece alguien que vuelve a enviarlo por mail o mostrarlo en una fotocopia. O si todavía se reeditan libros de ensayos como Borges y México, que debió ser retirado del mercado en 2012 porque contenía un texto de Elena Poniatowska en donde se insistía en la autoría borgiana de ese verso. Continuar leyendo «El enigma del traductor fantasma»

Muerte accidental de un poeta

Morir en circunstancias opacas y algo absurdas fue lo que le tocó en suerte a Thomas Merton (1915-1968), poeta y monje de clausura, pacifista y propulsor de la confluencia entre budismo y cristianismo durante un año decisivo de la Guerra de Vietnam, entre la ofensiva del Tet y el aumento de la oposición antimilitarista en Estados Unidos.
Nacido en Francia de padres anglófonos, Merton estudió en Cambridge y terminó su doctorado en Literatura en Columbia antes de convertirse al catolicismo en 1938. Gracias a su abundante producción autobiográfica, se sabe que sus días universitarios fueron especialmente movidos, de borracheras en pubs, fiestas de estudiantes y relaciones con chicas, con una de las cuales tuvo un hijo, esto último un detalle eliminado por los censores eclesiásticos de la primera versión de su libro más conocido, La montaña de los siete círculos, que vendió medio millón de ejemplares en su primera edición en 1948.

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Todo lo que necesitas es un buen analgésico

Un día después de escribir la última palabra de su vida, William Seward Burroughs (1914-1997) sufrió un ataque al corazón y este dejó de latir para siempre dos días más tarde en el Lawrence Memorial Hospital de Kansas. La palabrita en cuestión, escrita con todas las letras mayúsculas en la última página de su diario personal, era “LOVE”. Una broma o una decepción para muchos fans ingenuos del mito del escritor maldito, pansexual, politoxicómano, disidente paranoico, amante de las armas de fuego y lo bastante loco como para matar a su mujer involuntariamente mientras jugaban borrachos a Guillermo Tell con un revólver calibre .38 y un vaso en la cabeza de ella (al parecer, él quería demostrarle que tenía una excelente puntería). “Nada es verdad, todo está permitido”, palabras finales atribuidas a Hassan Sabbah, líder de la secta medieval Los Asesinos, que el autor consignó, también con mayúsculas, en la introducción de su novela Ciudades de la noche roja, hubiese sido un mejor cierre para el mito. Continuar leyendo «Todo lo que necesitas es un buen analgésico»