Cuando Marta Dillon me pidió que escribiera un texto sobre «lo trans» en relación a la trashumancia para un número especial de la revista Gazpacho del Centro Cultural de España en Buenos Aires, recordé que hace unos años, en una mesa redonda a la que fui invitado por el Área de Tecnologías del Género del Centro Cultural Ricardo Rojas, escuché por primera vez, asociada a la identidad trans, la palabra transumante (la escuché sin h). Como esta palabra no existe en castellano, pero su necesidad reaparece, no quise discutirla en aquel momento porque me hubiera llevado a pensar en voz alta, demasiado rápido y ante público, más allá de los límites que la lengua impone sobre el habla. Ya me lo había advertido el corrector de mi libro Anarquismo trashumante. Crónicas de crotos y linyeras: la Real Academia sólo admite que algunas palabras con el prefijo trans (“a través”, “al otro lado”) puedan escribirse en la forma tras. Puede haber trans o trasgresión, trans o traslación, pero sería inadmisible sacar la ene de transformar o ponerla en trasfondo, trasnoche o trascartón. En portugués sí existe transumânte, con acento circunflejo en la â, y en gallego también: se escribe con ene y sin hache.
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En el medio, una escapada desde Caballito hasta San Isidro el sábado 14 a las 17 a escuchar la mesa (se puede escuchar una mesa?) redonda sobre revistas digitales en Villa Ocampo (Elortondo 1837) y luego el domingo entre 16 y 17, en el mismo lugar, la mesa sobre hermanos en la literatura argentina a cargo de Malena Rey, Sebastián Hernáiz, Juan Mendoza, Mariano López Seoane y la conversación entre Ariel Idez y Luciano Lutereau de Pánico el pánico.