El enigma del traductor fantasma

Si uno guglea o, quizá mejor dicho, tipea “el último poema de Borges” en la barra de Google, las primeras tres o cuatro páginas mostrarán como resultado más de diez sitios de internet y algunos videos en Youtube donde se reitera que fue “Instantes”, aquel que empieza diciendo “Si pudiera vivir nuevamente mi vida/ en la próxima trataría de cometer más errores”. Solo dos o tres sitios, incluido Wikipedia, advertirán que esa atribución es falsa, si bien en algún caso incluirán al poema completo justificando su publicación “por las numerosas búsquedas del mismo”. Cuántas personas seguirán creyendo que lo escribió Jorge Luis Borges (1899-1986) es algo imposible de calcular, sobre todo si cada tanto reaparece alguien que vuelve a enviarlo por mail o mostrarlo en una fotocopia. O si todavía se reeditan libros de ensayos como Borges y México, que debió ser retirado del mercado en 2012 porque contenía un texto de Elena Poniatowska en donde se insistía en la autoría borgiana de ese verso. Continuar leyendo «El enigma del traductor fantasma»

Muerte accidental de un poeta

Morir en circunstancias opacas y algo absurdas fue lo que le tocó en suerte a Thomas Merton (1915-1968), poeta y monje de clausura, pacifista y propulsor de la confluencia entre budismo y cristianismo durante un año decisivo de la Guerra de Vietnam, entre la ofensiva del Tet y el aumento de la oposición antimilitarista en Estados Unidos.
Nacido en Francia de padres anglófonos, Merton estudió en Cambridge y terminó su doctorado en Literatura en Columbia antes de convertirse al catolicismo en 1938. Gracias a su abundante producción autobiográfica, se sabe que sus días universitarios fueron especialmente movidos, de borracheras en pubs, fiestas de estudiantes y relaciones con chicas, con una de las cuales tuvo un hijo, esto último un detalle eliminado por los censores eclesiásticos de la primera versión de su libro más conocido, La montaña de los siete círculos, que vendió medio millón de ejemplares en su primera edición en 1948.

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Todo lo que necesitas es un buen analgésico

Un día después de escribir la última palabra de su vida, William Seward Burroughs (1914-1997) sufrió un ataque al corazón y este dejó de latir para siempre dos días más tarde en el Lawrence Memorial Hospital de Kansas. La palabrita en cuestión, escrita con todas las letras mayúsculas en la última página de su diario personal, era “LOVE”. Una broma o una decepción para muchos fans ingenuos del mito del escritor maldito, pansexual, politoxicómano, disidente paranoico, amante de las armas de fuego y lo bastante loco como para matar a su mujer involuntariamente mientras jugaban borrachos a Guillermo Tell con un revólver calibre .38 y un vaso en la cabeza de ella (al parecer, él quería demostrarle que tenía una excelente puntería). “Nada es verdad, todo está permitido”, palabras finales atribuidas a Hassan Sabbah, líder de la secta medieval Los Asesinos, que el autor consignó, también con mayúsculas, en la introducción de su novela Ciudades de la noche roja, hubiese sido un mejor cierre para el mito. Continuar leyendo «Todo lo que necesitas es un buen analgésico»

Para recordar a la Fundación de Alergia al Trabajo

2 de mayo de 1995: primera manifestación del Día Internacional del Ocio en Argentina

Todo empezó con la fotocopia de un volante de cierta Fundacao Nacional para a Alergia ao Trabalho, proveniente de la librería Utopia, en la ciudad de Porto, que Christian Ferrer consiguió no sé dónde y que me pasó como curiosidad. De inmediato nos autoconvocamos en un grupo formado por Ferrer, Cutral –seudónimo de Carlos Gioiosa-, Guido Indij y el que escribe. Así surgió la Fundación de Alergia al Trabajo Regional Argentina, un grupo de agitación y propaganda que ofreció entrevistas a los medios, produjo prendedores para ropa y organizó una marcha a desgano para el 2 de mayo, autoproclamado «Día Internacional del Ocio»…

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Un cuento de Ambrose Bierce

Un grupo de ex estudiantes de Comunicación me invitaron a leer y grabaron en podcast para su página «Recital» a partir de la idea de que un escritor elija un cuento de otro. Participaron hasta ahora Ezequiel Alemian, Virginia Cosin, Pablo Katchadjian y Ricardo Strafacce. Yo elegí «Una conflagración imperfecta» de Ambrose Bierce. Se escucha por acá:

http://www.ivoox.com/osvaldo-baigorria-lee-una-conflagracion-imperfecta-ambrose-audios-mp3_rf_4257366_1.html

ambrose bierceSobre las huellas que dejó Bierce antes de desaparecer en México, puede leerse algo por acá.

La cita apócrifa de una nota suicida

Se supone que en la nota que alguien deja antes de suicidarse se encontrarán los motivos o indicios para ese acto final. Pero ese texto también puede ser tergiversado o mal citado. Así ocurrió con Virginia Woolf (1882-1941), quien dejó no una sino tres notas, dos a su marido y otra a su hermana, antes de salir a escondidas de su casa para sumergirse en el río cercano. En ellas decía que se “estaba volviendo loca de nuevo”, que había vuelto a escuchar voces “como antes” y que ya no podría recuperarse de ese “horror” y esa “locura”. También expresaba gratitud por Leonard Woolf, a quien conocía desde hacía treinta años, sosteniendo que no podía seguir “arruinándole la vida con su terrible enfermedad”.

El problema es que esto ocurría a fines de marzo de 1941, el peor momento de la guerra para Gran Bretaña, bajo constante ataque de bombarderos alemanes. Unos meses antes las bombas habían destrozado los dos departamentos que los Woolf tenían en Londres, incluida su imprenta Hogarth Press, obligándolos a quedarse de modo permanente en su casa de fin de semana en Rodmell, al sudeste de Inglaterra, desde donde podían divisar a los aviones germanos en vuelo hacia sus objetivos. Fue como anillo al dedo para quienes buscaron una razón política coyuntural para el suicidio. Una cita apócrifa del Sunday Times, reproducida por un cable de Associated Press, indujo a suponer que Virginia se había suicidado porque no podía soportar más la presión de la guerra. Continuar leyendo «La cita apócrifa de una nota suicida»

24 de marzo: «Se equivocaban de departamento»

Por Osvaldo Lamborghini, rescatado en digital por Golosina caníbal:

El 24 de marzo (1976), los militares argentinos, y dale, tomaron el poder, o así, al menos: o así al menos -para decirlo todo- ellos lo creyeron. La verdad es que el poder lo tomaron los banqueros, los que, ¿los que?, como es tradicional en la Argentina, se pasan la vida rompiéndoles el (los) culos a los militares argentinos. Y gozan con ello: los militares argentinos y los banqueros (que se los cojen). Los militares. Argentinos, y los banqueros. Argentinos, y de cualquier otra nacionalidad, si es que existe -Dud, lo dudo- otra nacionalidad.

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El Hombre de la Vaca

Hace unos setenta años llegaba de Córdoba a la ciudad de Buenos Aires un morocho corpulento de 1.84 metros de estatura y 114 kilos de peso, ataviado con un fez violeta que le cubría la cabeza y una camisa rusa con condecoraciones que le cubrían el pecho, dispuesto a desafiar a las instituciones y a las costumbres porteñas con discursos proferidos a la orejas de una vaca lechera que pasearía por la calle Florida, la Costanera, el Congreso de la Nación, la Academia Argentina de Letras, la redacción del diario La Prensa y el Luna Park, entre otros lugares. Continuar leyendo «El Hombre de la Vaca»