Un canto de cisne a la heroína

alexander trocchi

En la época en la que inyectarse un opiáceo en las venas estaba de moda entre los refractarios al sistema, el escocés Alexander Trocchi (1925-1984) se destacó por escribir un clásico sobre la adicción a la heroína, según lo calificó William Burroughs, que algo sabía del tema.  Luego de haber editado la revista literaria Merlin en París en los ’50, Trocchi escribió varias novelitas eróticas, algunas por encargo y con seudónimo, como Helen and Desire, School for Wives y Young Adam, esta última llevada al cine. Pero El libro de Caín fue su obra última y fundamental,  la más subversiva, prohibida y  literalmente incinerada en Gran Bretaña. Continuar leyendo «Un canto de cisne a la heroína»

Putos y faloperos

nestor perlongher

El “peronismo” de Néstor Perlongher duró exactamente cuatro meses, de marzo a julio de 1973. Uno de los mayores disparates con los que se intentó construir su leyenda nac & pop estos últimos años fue sostener que para la asunción de Cámpora fue a la plaza con un cartel que decía “los putos con Perón”. Según mi propio recuerdo personal y documentos de época, el 25 de mayo de aquel año Perlongher estuvo al frente de unos cincuenta miembros del Frente de Liberación Homosexual con dos carteles, “Vivir y amar libremente en un país liberado” y otro cuya consigna había sido tomada de la marcha peronista: “Para que reine en el pueblo el amor y la igualdad”. Con las mismas banderas marcharon a Ezeiza el 20 de junio, detrás de la columna Oeste de la JP, donde fueron recibidos con frialdad. Continuar leyendo «Putos y faloperos»

Confieso que he bebido

debord situacionistas

La despedida de Guy Debord (1931-1994) tuvo algo de esas “situaciones construidas” que impulsó la Internacional Situacionista, grupo que entre fin de los ´50 y principios de los ´70 propuso la superación del arte en tanto esfera separada de la vida dentro de una revolución que Debord seguía llamando, sin concesiones, “proletaria”. Continuar leyendo «Confieso que he bebido»

La utopía del poliamor

«Desarmar la monogamia» es el título de una reseña de Llévatela, amigo, por el bien de los tres en Revista Paco. Escrita por Thomas Rifé, dice: «Celos y Deseo parecen ser las claves por dónde pasan las limitaciones de la monogamia y las zonas por donde la responsabilidad del compromiso entra en tensión con el afuera…. Los celos y el deseo operan en direcciones opuestas dentro de la pareja. Los celos son la forma en la que se expresa la incomodidad que sentimos por el deseo de los de afuera, que percibimos como enemigos que buscan dinamitar nuestra pareja, hacia nuestro objeto de amor, nuestro compañero/a. Mientras que el deseo hacia los otros apunta en dirección opuesta, hacia afuera, hacia los otros; ¿cómo manejamos en un hábitat de exclusividad sexual el deseo que sentimos por los cuerpos que están fuera?»

Se lee completa por acá.

 

Poetas lunáticos zen

jack kerouac lucien carr allen ginsberg

La fórmula “generación beat” surgió, según Allen Ginsberg (1), de una ocurrencia de Kerouac en un bar en 1948 cuando, en una discusión sobre lo generacional, el periodista John Clellon Holmes mencionó a la Generación Perdida (Dos Passos, Fitzgerald, Faulkner, Hemingway, entre otros). Kerouac respondió: ”Ah, pero la nuestra es sólo una generación beat”. Es decir, golpeada, abatida, en la lona, pobre, sin dinero ni fuerzas después de una noche de juerga, dada vuelta y en vela, tal como se solía decir en el Times Square y en el Village: “Man, I´m beat”. Años después Kerouac procuró darle un sentido más espiritual y trascendente a ese término, contra su uso despectivo luego de que Holmes lo difundiera en un artículo del New York Times Magazine en 1952 y sobre todo cuando el periodista Herb Caen le agregó el sufijo “nik” en su columna del San Francisco Chronicle a poco de que la URSS lanzara el satélite Sputnik.

“Yo soy el Rey de los Beat, no un beatnik” habría dicho Kerouac en otro bar cuando surgió el tema. Y gracias a la fama que obtuvo con En el camino, pudo desarrollar sus respuestas en revistas como Esquire y Playboy, entre otras que le pidieron colaboraciones rentadas. Estas son las fuentes de la compilación de Donald Allen en 1993 que fue publicada por primera vez en español, con traducción de Pablo Gianera, bajo el título La filosofía de la generación beat y otros escritos por Caja Negra en 2015. Desde luego que el título suena pretencioso, pero es justamente el que escogió Kerouac para uno de esos artículos en los que describe a los “hipsters locos e iluminados” que se salieron de la maquinaria, esos “poetas lunáticos zen” enamorados del jazz que deambulaban “harapientos, beatificos, hermosos, de una fea belleza beat”. Continuar leyendo «Poetas lunáticos zen»

El Único y su mosquito

En un sitio web donde se registran “las muertes más perturbadoras del mundo” se incluye a Max Stirner (1806-1856) de quien se dice que murió de una infección tras ser picado por un insecto volador en el cuello. Otros dirán que fue una muerte absurda provocada por la picadura de un mosquito o mosca que le habría trasmitido el carbunclo, también conocido como antrax, infección que puede presentarse como lesión en la piel similar a la picadura de un insecto. De todas formas, lo que parece destacarse es que se trataría de una muerte paradójica, como si un pensador y escritor de la estatura de Stirner hubiera merecido morir de un modo más heroico o al menos previsible.

Nacido como Johann Kaspar Schmidt en la ciudad alemana de Bayreuth, el autor de ese libro único en todo sentido que fue El Unico y su propiedad estudió filosofía y filología y frecuentó al grupo de intelectuales hegelianos Die Freien (Los Libres), que hacían sus tertulias en las cervecerías berlinesas de la década de 1840. Conoció a Marx y a Engels, este último autor de una caricatura célebre de Stirner, quien llevó el método dialéctico mucho más allá de Hegel hasta un punto extremo, anómalo, desplegado en 1844 en ese libro cuya primera línea reproduce o más bien se apropia del verso de Goethe sin citar la fuente: “He fundado mi causa en nada”. Considerado por algunos como un eslabón perdido en la prehistoria del anarquismo, Stirner también superó el discurso libertario al dirigir su crítica no solo contra Dios y el Estado, sino contra todos los grandes ideales que pueden sustituir a esos absolutos, llámense Hombre, Humanidad, Patria, Sociedad, Revolución, incluso Libertad, en tanto estos serían solo fantasmas, abstracciones, creencias o representaciones: “Nada está por encima de mí”. Continuar leyendo «El Único y su mosquito»

Poemas de quirófano y espigón

hector viel temperley

El último libro de  Héctor Benjamín Viel Temperley  (1933-1987) es Hospital Británico, pero el último poema que escribió, pocos meses antes de su muerte, se titula Magenta. Empieza así: “Magenta es la barba de Cristo. Como rompiente de mar moja mi rostro: en mi nariz dibuja su nariz y en sus ojos cerrados pone mis ojos”.

La irrupción de un poeta cristiano dentro del campo o sistema literario argentino del siglo XX es tan atípica y desconcertante, dados los fuertes prejuicios racionalistas de la época, que  el destino quiso para Viel Temperley un lugar marginal, casi oculto o incluso ninguneado, pese al apoyo de Enrique Molina, Edgar Bayley y en especial de Fogwill, quien le dedicó un poema («Versiones sobre el mar») y ayudó a difundir su obra en vida. Si en sus nueve libros, casi todos costeados de su propio bolsillo, salvo El nadador, se insinúa cierto misticismo surrealista, la zambullida de cabeza en el testimonio de la fe cristiana se evidencia en los últimos dos. Crawl, dedicado y compuesto “en alabanza a Cristo Nuestro Señor” es el más conocido, donde se repite el inolvidable  “vengo de comulgar y estoy en éxtasis”. Pero Hospital Británico, donde Viel reunió fragmentos de libros anteriores junto a poemas escritos tras ser operado de una metástasis de cáncer de pulmón en el cerebro, funciona como antología de cierre que incluye “esquirlas proféticas”, versos de otros años que confluyen en la agonía del cuerpo terminal que yace con la cabeza vendada mientras se entera de la muerte de su madre.

Si para escribir Crawl el autor tuvo que aprender a rezar como si nadara, según declarase él mismo, convirtiendo cada estrofa en una respiración y en una brazada, ya en Hospital Británico –“el libro de un trepanado”, según sus palabras– el yo del poeta avanza hacia su cuerpo con una herida en la frente y la cabeza abierta y la mirada puesta en aquel Rostro con mayúsculas que lo espera en el trance de la muerte. La postal de ese “Christus Pantokrator en la mitad de un espigón larguísimo” que lo acompaña durante su internación y a lo largo del libro, según la tesis y reconstrucción biográfica que realizó Juan Martín Bregazzi, sobrino nieto del autor, fue trasladada junto a su máquina de escribir al departamento de su novia, Luisa Hansen, donde Viel pasó sus últimos meses.

Eximio nadador, ex publicista, leñador ocasional y siempre vitalista, aunque fumador empedernido, el poeta accedió en esos meses a la primera y única entrevista que dio en su vida: la de Sergio Bizzio para la revista Vuelta Sudamericana. En esa época le estaban dando rayos por aquel cáncer de pulmón que insistía en infiltrar su cerebro. Y cuenta cómo una vez se sentó frente al pabellón Rosetto del hospital y tuvo la revelación que daría el broche final a su obra: ante las mariposas y los eucaliptos que lo rodeaban se sintió “traspasado por una sensación de amor tan intensa que me arruinó la vida en el mundo”.

De hecho, el amor –físico, material, sensual, concreto– está en toda su obra, en ese misticismo que fue siempre una experiencia corporal: el nadador, el hombre que nada, le habla a la “cloaca a cielo abierto” que es su iglesia, al tajo finito de una muchacha con olor a sexo, a la sangre muy oscura en un plato de tropa, al cuerpo que entra en el alma –y no al revés– con aves que son “como bisturíes en la frente”. También está en los salmos que ayudó a componer en sus retiros frecuentes al monasterio benedictino de Los Toldos, donde los monjes aún cantan en sus oraciones matinales esos versos anónimos que parecen llevar la firma oculta de Viel: “Tu mano acerca el fuego a la tierra sombría/ el rostro de las cosas se alegra en Tu presencia/ silabeas el alba como una palabra/ y pronuncias el mar como una sentencia”.

Y también está en las cartas a sus siete hijos, cariñosas pero siempre literarias, a quienes les escribía –a veces firmando como Etomín, contracción de Héctor Benjamín– cuando no los sacaba a pasear al campo o a la playa, luego de separarse de su primera mujer, mientras él vivía solo en un pequeño departamento de Retiro, casi siempre con las persianas bajas “para concentrarse”.

Luisa Hansen recuerda en la inédita biografía de Juan Martín Bregazzi el momento en el que Viel pareció llegar a la culminación de su desbordante vitalidad. Estaban en el campo, él se había puesto a hachar un tronco grande y de repente se quedó inmóvil, sin poder hablar. Se comunicó por señas, volvieron a Buenos Aires y lo internaron de urgencia para descubrir que tenía una segunda metástasis. Ya no volvió al quirófano. Pasó los últimos diez días en el sanatorio San José y murió un 26 de junio frente a su primera hija, María Victoria, luego de sentarse en la cama prácticamente a noventa grados, de apretar fuerte esa mano femenina y de volver a acostarse para no abrir los párpados.

Hacía dos o tres meses que había compuesto Magenta, que aquí se reproduce completo y tal como lo dejó tipeado en un papel viejo:

Magenta es la barba de Cristo. Como rompiente de mar

                  moja mi rostro: en mi nariz dibuja su nariz y

                  en sus ojos cerrados pone mis ojos. En mi cara

                  suda, su sangre corre por ella desde el pelo.

Así empapado estoy con Él, esperando su Resurrección.

Me duele su nariz, su cabeza, su barba, sus labios.

Soy más que un trapo suave, lleno de sueños, blanco de

                 nacimiento; y soy más que una máscara sobre nariz

                 partida, sobre barba arrancada.

Soy un hombre sobre otro, una boca sobre otra, un beso

                 para Dios pero en la tierra, donde nadie ve al

                 hombre.

Soy antes y después de Él, magenta; de sus labios es

                 imposible despegar los míos.

La nota fue publicada (sin el poema) en Perfil Cultura del 13/02/2016 Continuar leyendo «Poemas de quirófano y espigón»

Un rebelde con varias causas

Disidente político y sexual, amante de la libertad y siempre al borde del precipicio, Reinaldo Arenas atravesó la revolución cubana bajo el estigma de “inmoral”, “antisocial” y “gusano”, siendo perseguido y encarcelado varias veces mientras la mayoría de sus libros, prohibidos en su país, se agotaban en el extranjero.Veinticinco años después de su suicidio, Tusquets reeditó en 2015 la inhallable Pentagonía (“cinco agonías”), que incluye El color del verano, El palacio de las blanquísimas mofetas, Otra vez el mar, Celestino antes del alba y El asalto. Y para 2016 la misma editorial reeditaría Termina el desfile/Adiós mamá, El portero y El mundo alucinante.

Reinaldo Arenas

Nacido en una familia campesina de Aguas Claras, provincia cubana de Oriente, en 1943, de niño Arenas conoció la miseria y la libertad de la intemperie, comiendo tierra, trepándose a los árboles, rodeado de animales de corral y del monte, con una madre abandonada por su marido, una abuela que orinaba de pie y hablaba con Dios. Como él mismo ha contado en su novela autobiográfica Antes que anochezca, entre los siete y diez años desarrolló una precoz voracidad sexual con yeguas, gallinas, cerdos y perros, algo habitual entre chicos campesinos, si bien Reinaldo sería uno de los más impetuosos, llegando a tener sexo hasta con árboles de tallo blando, a los que les abría un hueco en la corteza para introducir el pene. Continuar leyendo «Un rebelde con varias causas»

De la infidelidad como una de las bellas artes

En Revista Ñ, la entrevista que me hizo Ezequiel Alemian a propósito de Llévatela, amigo, por el bien de los tres, publicada bajo este título seductor (y engañoso, como buen seductor). Aquí van sus preguntas y mis respuestas:

El libro está dedicado a los amantes del bolero. ¿Escuchás o escuchabas boleros? ¿Qué sentimientos te transmite el bolero? ¿Hay alguna relación entre el bolero y el amor libre?

–No escuchaba boleros, sólo rock en inglés. Pero en esos años tenía una amiga muy querida que, estando casada, había mantenido por años una relación secreta con otro hombre que a su vez también estaba casado. Ella era una amante del bolero y mi dedicatoria fue un modo de referir elípticamente no solo a quienes amaban a esa música y sensibilidad sino a los amantes de las letras de boleros, esos seres trágicos que sufren bajo la norma de la monogamia compulsiva y el anatema de la infidelidad. Me pareció que “Llévatela” de Armando Manzanero, de donde tomé la frase que compone el titulo, trata con cierta gracia los clásicos temas de la traición, el abandono y el perdón. Le habla al amante de su mujer, a quien le pide que se la lleve: “olvidaba decirte que, si al decir tu nombre pronuncia el de otro hombre, igual le pasó conmigo”.

”El lenguaje local me resultaba extraño”, escribís. Es similar a : “lo local del lenguaje me resulta extraño”. En todos tus libros parece haber un mismo trabajo particular sobre el lenguaje: de retórica casi cero, sin teatralidad, como siguiendo un pensamiento que se va generando con el relato. Te quería preguntar ¿qué pensás sobre las frases, cómo las trabajás? ¿Cómo pensás el estilo en relación con tus proyectos de escritura? Continuar leyendo «De la infidelidad como una de las bellas artes»

La vacilación del kamikaze

El prolífico novelista y dramaturgo de éxito Yukio Mishima (1925-1970) dejó tantas palabras sueltas antes del espectáculo público de abrirse el vientre con un puñal que muchas de ellas pueden ser consideradas sus últimas. El discurso que pronunció frente a las tropas sería el mejor candidato para su canto de cisne pero en realidad fue escrito con anticipación a la mañana del 25 de noviembre de 1970. Las declaraciones de unos días antes a un reportero al que le dijo “ya verá lo que voy a hacer” se acercan pero no califican del todo. Tampoco los retoques finales que hizo la noche anterior y en la misma madrugada a su manuscrito de La corrupción de un ángel, cuarto libro de la tetralogía El mar de la fertilidad, que dejó listo y firmado en un sobre para que al día siguiente viniera a buscarlo su editor. Ni el poema de despedida que decía “a los dioses clamo en mis últimas horas de vida en este mundo” sería exactamente lo último. Tal vez sí aquel pedazo de papel que dejó escrito en su despacho: “la vida es breve/pero a mí/ me gustaría vivir para siempre” y que según Marguerite Yourcenar podría traducirse como “la vida es breve pero yo querría vivir siempre”. Continuar leyendo «La vacilación del kamikaze»