
En 2005, en la presentación de Mar paraguayo de Wilson Bueno y Centralasia de Roberto Echavarren, ediciones tsé tsé, Estación Alógena. De izquierda a derecha: Echavarren, Reynaldo Jiménez, Gabriela Giusti, Nákar Eliff-se, Adrián Cangi, Tamara Kamenszain, Wilson Bueno et moi (foto cortesía de Reynaldo). Esa noche lo conocí a Wilson en persona: me dijo que a Néstor Perlongher lo había tratado sólo por teléfono pero en conversaciones tan largas que parecía que se conocían de toda la vida. Bueno era bueno como su apellido, y quizá algo ingenuo; fue asesinado cinco años más tarde en su casa de Curitiba de una cuchillada por la espalda, sentado frente a su computadora, en un crimen que pudo tener tanto un componente de homofobia como de tentativa de robo (se dice que estaba por recibir una herencia del padre). Mi recuerdo en esta imagen.




En la quinta de la familia Trabucco, donde vivió y trabajó en su taller del sótano el pintor fantasma o artista-espíritu Alberto Trabucco (1899-1990), talleres, lecturas y recitales organizados por Antolín, Juan Rux y Matías Duarte desde las 16 hasta que llegue la noche. Los organizadores recomiendan llevar repelente de insectos. Habrá pasto.
Todos los bares del mundo es un ciclo de lecturas (poesía, etc.) acompañado por muestras de arte visual que desde 2107 organizan Elisa Palacio y Jacqueline Golbert en cafés, bares, pizzerías porteñas. Estuve en la edición X en setiembre 2019 en el bar-pizzería Jaimito, de Boedo, donde leyeron Pablo Katchadjian, Mariano Blatt, Melina Alexia Varnavouglu y Juan Laxagueborde, además de una performer genial, cuyo nombre no retuve, que sacó a la mitad de los parroquianos de quicio. Muy aplaudida y muy repudiada: la grieta, realmente.