
A primera vista, una sala de museo a la que se debe entrar descalzo. Ese contacto directo con el suelo, sin el filtro de cuero, goma o plástico del calzado, llevará a otra sensación de la fuerza gravitatoria: una atención dirigida hacia abajo. Es imposible no sentir la planta de los pies en el momento en que uno se descalza. Puede que el apoyo se incline más hacia el talón o los dedos, que la bóveda de cada pie esté más o menos equilibrada entre uno y otro lado, que haya o no armonía entre tarso, metatarso y falanges de esas partes que por anatomía se llaman “inferiores” aunque soportan todo el peso de los cuerpos bípedos. Pero seguro que se notará el contacto. Antes de ver lo que hay alrededor, la percepción caída al piso. Como en toda entrada a los sitios más íntimos que se encuentran bajo techo: cama, camilla, pileta, ducha, bañera, tatami, dojo o todo templo donde se celebre el culto de la diosa transitoria o simplemente una sala de estar y escuchar música, fumar y relajarse. En patas. Si se entrara en alpargatas, botas o tacos altos, seguro se vería algo distinto. Así como la posición del cuerpo –de pie, sentado, acostado, cabeza abajo- modifica el punto de vista o el punto de encaje, el gesto de descalzarse es la primera performance para la construcción de atmósfera que propone Nicolás Mastracchio~. Continuar leyendo «Pendientes de los pies»
Abierta y dispuesta al escrutinio mediático aunque desconfiara y no le gustasen las preguntas armadas desde el prejuicio, esa loca que nunca salió del closet porque siempre estuvo afuera, según decía, ya que no tenía ni un armario en su casa proletaria del Zanjón de la Aguada, ahora despliega sus alas con gracia en Lemebel oral, libro de 40 entrevistas compiladas y anotadas por Gonzalo León, además de un posfacio escrito por Alejandro Modarelli que traza un conmovedor perfil del “coliza cetrino, izquierdista y de pobla” que fue Lemebel hasta sus últimos días de 2014 cuando el cáncer había convertido a su garganta en una “gruta expuesta a las miradas”.

Hechizos indígenas en México, persecuciones en Irlanda, influencias tenebrosas y posesiones mágicas en los asilos franceses eran argumentos de la denuncia antisocial que Antonin Artaud se había dispuesto a presentar en el Teatro de Veiux-Colombier de París el 13 de enero de 1947. Pero la mayor parte de esa conferencia nunca terminó de ser leída en público.

