
Decía André Breton que hay libros para llevar de viaje y otros que te hacen viajar. Y a veces coinciden. Como me pasaba con los libros de Kerouac en otros tiempos. Pero el mundo ha cambiado.
Continuar leyendo «Modo catástrofe»
Decía André Breton que hay libros para llevar de viaje y otros que te hacen viajar. Y a veces coinciden. Como me pasaba con los libros de Kerouac en otros tiempos. Pero el mundo ha cambiado.
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En tiempos de crisis e incertidumbre cada cual tendrá que conseguir su remedio para atravesar la noche. A mí cada tanto me basta con tomar refugio en un poema, que es como decir en el canto, la plegaria, el mantra, la oración. Y Dylan Thomas (ese poeta de Gales cuyo nombre de pila inmortalizó Robert Zimmerman) creó versos que son como bunkers fabricados con palabras. Nació un 27 de octubre de 1914 y murió en Nueva York poco después de cumplir treinta y nueve años, un 7 de noviembre de 1953. ¿Qué es la muerte de un poeta? Nada. Son las fuerzas que motivaron sus palabras lo que permanecen, en una lengua u otra. Para el mito, quedó aquella legendaria frase que pronunció una madrugada, cuando se levantó de la cama de su habitación de hotel con la excusa de que necesitaba aire fresco y se dirigió a una taberna cercana, de la que volvió un rato más tarde para decirle a su joven asistente Liz Reitell, quien también se había convertido en su amante: “me tomé 18 whiskies; creo que es todo un récord”. Y se fue a dormir o, mejor dicho, se derrumbó en su cama. Literalmente, dijo “18 straight whiskies”, lo que significa que entraron puros al buche, sin hielo ni gaseosas.
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Soy de la raza que lee libros en la sala de espera de un consultorio. La raza mayoritaria se entretiene con su celular pero a mí un libro me acompaña mejor cuando la consulta se demora una eternidad, lo que es frecuente, como si los médicos te hicieran esperar a propósito, por goce sádico. Ya sé que tienen mucha gente para ver, que alguien los explota o se auto explotan. La cuestión es que médicos y pacientes son polos opuestos (y no necesariamente complementarios) que a veces terminan siendo enemigos.
Mi viejo los llamaba “matasanos”. Pero hay que comprender al enemigo, con todo lo que este tiene que enfrentar: hay pacientes o impacientes que son de temer. Una obra de teatro que vi el año pasado se llamaba “Adversarios” y era una adaptación del cuento “Enemigos” de Chejov. Un médico abrumado por la muerte súbita de su único hijo recibe, cinco minutos después, la visita de un terrateniente que reclama que lo acompañe urgente a atender a su esposa enferma. El médico al principio se niega, su hijo acaba de morir y en ese momento terrible necesitaba quedarse junto a su propia esposa, pero la insistencia del visitante y quizá el juramento hipocrático lo llevan a cumplir con su deber aun en medio de la conmoción por su tragedia. Sin arruinar el desenlace, diré que la mujer a atender no estaba tan enferma, es más, estaba demasiado sana. Y que la indignación del médico por haberse sentido burlado, por el capricho o la ignorancia de un necio, finalmente explota. “Los desgraciados son egoístas, malévolos, injustos, crueles, y menos capaces de comprenderse mutuamente que los imbéciles” escribió Chejov, que también era médico. “La desgracia no une a las gentes, sino que las separa”.
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Un thriller con pastillas nazis y algún remedio antifascista
Leí las primeras cuarenta páginas de Píldora roja de un tirón, sin siquiera consultar la contratapa. A partir de las páginas 40-50 la lectura se hizo más lenta, candidata a pasar a la mesita de luz donde los libros a veces me duermen. Pero este no me soltó hasta el final. Aquí hay misterio, vigilancia, extremas derechas y cercanía con la historia de la solución final nazi. Con toda la maquinaria del thriller, Hari Kunzru, escritor y periodista británico de padre nacido en la India, construye un narrador en primera persona que me cae simpático de entrada, entre otras razones, por el siguiente párrafo: “La única proclama política que me conmovía era ‘Ne travaillez jamais’ (´Trabajar, jamás’ de Guy Debord). Mis intentos de vivir bajo esa consigna se encontraron con todos los obstáculos esperables. El asunto es que no hay lugar donde escapar, no hay lugar donde los desencantados puedan refugiarse. La renuncia es significativa solo si es masiva, pero la mayoría de las personas solo quiere un lugar al lado de cualquiera con un poquito de poder para acurrucarse”.
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“¿Qué pasa en el interior de los pueblos cuando estos son llevados a seguir a un partido o líder diametralmente opuesto a sus propios intereses? ¿Y por qué razón millones de personas habrían de respaldar su propia represión?”. Las preguntas formuladas por Wilhelm Reich cuando surgió el nazifascismo en Europa -de absoluta actualidad noventa años más tarde- fueron arrojadas a un incinerador en medio de seis toneladas de libros, periódicos y manuscritos de su autoría destruidos por orden judicial en Nueva York en 1954. En Estados Unidos, las llamas del macartismo no serían tan altas como las hogueras nazis que dos décadas antes habían quemado algunos de esos mismos libros, pero el gesto era prácticamente el mismo. Y parecía darle la razón a Reich, pese a que había indicios de que éste podría haberla perdido por completo.
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Dos espléndidos libros ilustrados y en tapa dura de la editorial Adriana Hidalgo nos acercan a los mundos paralelos, uno por domesticable y el otro por silvestre, de cerdos y búhos. El cerdo se nos parece, escribe el filósofo Thomas Macho, aunque lo devoramos sin remordimiento, salvo por la observancia de tabúes religiosos y a pesar de la asociación de sus hábitos con la suciedad. En español sabemos o intuimos que la palabra porquería deriva de puerco. Y aunque algunos estudios han mostrado que tiene una inteligencia comparable a la de primates y delfines, el improperio “cerdo”, que en inglés (pig) ha sido históricamente destinado a la policía, es insuperable; ningún otro nombre de animal podría competir con ese insulto.
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La portada del libro No matar. Sobre la responsabilidad, de Oscar Del Barco y otros, publicado en 2007 por la Universidad Nacional de Córdoba y Ediciones del Cíclope, retorna a la memoria en estos días de guerra y exterminio en Medio Oriente. Aunque el libro habla de otra cosa -una carta que envió Del Barco a la revista cordobesa La intemperie cuando esta publicó extractos de una entrevista a Hector Jouvé y la polémica que desató en torno al homicidio, la lucha armada, el apoyo a las guerrillas y la responsabilidad de «no matar porque cada humano es sagrado y cada humano es toda la humanidad»- sin embargo también habla de esta otra cosa que vuelve y una otra vez: la guerra. Aquí el comentario completo que escribí para la revista Ñ en diciembre de 2007: Matar o no matar, esa es la cuestión
Continuar leyendo «Matar o no matar: esa es la cuestión»Momento de recordar esta nota que escribí para la revista Cerdos & Peces en los años 80 (nota al pie: las personas que se infectaban, se enfermaban y se morían en esos tiempos eran minorías activas; ahora son pasivas, viejas, débiles o tienen enfermedades previas):

Como si fuese un ejercicio de autoconocimiento, Witold Gombrowicz empezó a hacer una recapitulación de su vida a partir de 1953 en Argentina, volviendo sobre sus pasos para anotar todo lo que le había sucedido desde mayo de 1922 hasta aquel momento y luego continuar hacia adelante, día más día menos, hasta mayo de 1969, poco antes de su muerte. Pero separó lo público y lo privado en dos textos. En la localidad cordobesa de Salsipuedes, donde estaba de vacaciones, habría leído el Diario de André Gide y se le ocurrió proponer al editor de la revista Kultura, de la emigración polaca en París, publicar su propio diario en forma periódica. Mas como este sería absolutamente público, escribió en paralelo otro más íntimo e imposible de sacar a la luz mientras el autor estuviese vivo, en parte por la exhibición de sus estados emocionales y de salud en general, pero sobre todo por sus relatos de actividad erótica que sería tan transgresora e incómoda para aquellos tiempos como quizá para los actuales. Continuar leyendo «Diario de un degenerado en el armario»
En los últimos días, mientras estaba revisando antiguos materiales perdidos en la computadora para este curso, di con un artículo que escribí en alguna fecha olvidada del año 2015 para el suplemento Cultura del diario Perfil dentro de la sección «Palabras finales». Creo que dejé esa sección mensual después de esta última colaboración porque me deprimía. Fue idea mía iniciarla, se la propuse a mi editor (Alejandro Bellotti) con entusiasmo pero tras unas 25 publicaciones en las que me puse a investigar los últimos momentos, gestos y palabras de diversos escritores clásicos y modernos terminé deprimido y con los pelos de punta por esos finales trágicos, patéticos y, en algunos pocos casos, hilarantes para quienes los leían aunque sin duda agobiantes para quien los escribía. El de Bataille fue escrito en ese clima, además de apuro y por compromiso, con un título que si mal no recuerdo fue «Batalla de neuronas en Bataille». Un clima diferente al que me había llevado a escribir el libro Georges Bataille y el erotismo aunque este título también había llegado por encargo (Juan Carlos Kreimer para la editorial Campo de Ideas, Madrid). Ahora digo que el libro debería ser reescrito porque el tiempo pasó y he cambiado un poco de ideas en torno a algunas miradas de Bataille sobre la violencia, la prohibición, la transgresión y lo sagrado… Pero no pudiendo ponerme a encarar esa reescritura mayor en estos momentos, al menos intentaré reescribir ese artículo de Perfil, al que hoy titularé: DAR BATALLA Continuar leyendo «Debería reescribir este libro»