Historias de la muerte joven

La reciente publicación de Cuentos completos de Andrés Caicedo por Alfaguara es un nuevo aporte para la construcción del mito de este autor como artista adolescente. Aquí se reúnen relatos ya publicados en ediciones separadas, a excepción del inédito “El ideal”, escrito cuando Caicedo tenía menos de 15 años y  reproducido en edición facsimilar. El resto son en su mayoría conocidos incluso por lectores argentinos, incluidos Calicalabozo y Angelitos empantanados (o historias para jovencitos), dos de las series de cuentos de este nuevo paquete que se cierra con una última parte que reproduce la nouvelle “El atravesado”, publicada en 1998 en Bogotá por Editorial Norma. Leer más “Historias de la muerte joven”

Confesiones de una dama de compañía

“La visita de un amante es lo más delicioso que hay en el mundo”  escribió Sei Shonagon cerca del año 1000 d.C. en su diario. Pero ese visitante también podía llegar a avergonzarla, como aquella vez en que el Capitán Medio de la División de los Guardias de la Izquierda se quedó a dormir en casa de esta escritora sobre una estera de paja en la cual ella había dejado olvidado su cuaderno personal. Al levantarse por la mañana, el oficial lo sustrajo y así habría comenzado a circular lo que pronto sería conocido como El libro de la almohada, según relata la última anécdota de este clásico de la literatura japonesa, tal vez como un guiño de auto ficción para dar a entender que la autora no quería difundir sus confesiones. Leer más “Confesiones de una dama de compañía”

La enfermedad como destino

A algunos les crecerá desde el omóplato un miembro largo como un antebrazo o una doble fila de dientes. Algunas mujeres serán tan fértiles que podrán dar a luz a un niño tras otro después del primero sin volver a tener relaciones sexuales hasta caer exhaustas tras múltiples embarazos. Y algunos infantes padecerán la “maldición de Sísifo” que a los dos años de vida les hará perder todas las habilidades adquiridas desde su nacimiento, obligándolos a reaprender todo de nuevo por dos años más hasta detenerse en otra regresión, y así hasta morir con una mente de bebé en un cuerpo de adulto. Leer más “La enfermedad como destino”

La generación extraviada

Los llamaron “beatniks” como contraseña para el escándalo en tiempos de intolerancia. No era una autodefinición. Quedó el mito y se perdió la obra, pero en Argentina Beat. Derivas literarias de los grupos Opium y Sunda (1963-1969) hoy se recuperan los textos, fotos, portadas de fanzines, poemas, manifiestos y semblanzas de la parte más marginal de esa bohemia porteña que en aquellos años rondaba la “manzana loca” (M.T. de Alvear, Alem, Córdoba y Maipú, con su Instituto Di Tella, Bar Moderno, etc.), antes de su dispersión por el mundo y el autoexilio interior.

caja negra argentina beat

 

Reynaldo Mariani, Ruy Rodríguez, Isidoro Laufer y Sergio Mulet (modelo, actor y guionista de la película Tiro de gracia  que terminó acuchillado por su esposa rumana en un pueblito de Transilvania), eran las cabezas de Opium, grupo al que puede añadirse el enigmático Marcelo Fox, autor de Invitación a la masacre. En Sunda estuvieron, entre otros, Gregorio Kohon, psicoanalista autodidacta que se fue a Londres donde todavía vive, Leandro Katz, artista plástico y cineasta que difundió por primera vez Aullido de Ginsberg en castellano y se fue a vivir cuarenta años a Nueva York, y el legendario Hugo Tabachnik, más tarde referente del Expreso Imaginario. Leer más “La generación extraviada”

Carne

virgilio piñera la carne de rene

Poeta, narrador, crítico y dramaturgo pionero en el teatro del absurdo, además de colaborador lateral con la literatura argentina, Virgilio Piñera nació en Cuba en 1912 pero fue un apátrida y un exiliado interior en su país de origen. Su rehabilitación y apropiación por el Estado cubano, símbolo de un lento deshielo, permitió en los últimos años la reedición oficial de varios de sus libros como parte de una “revisión de errores” en la política cultural. Vigilancia, detenciones, allanamientos, secuestro de originales y prohibición de dar conferencias o salir del país fueron los llamados “errores”.   Leer más “Carne”

Un canto de cisne a la heroína

alexander trocchi

En la época en la que inyectarse un opiáceo en las venas estaba de moda entre los refractarios al sistema, el escocés Alexander Trocchi (1925-1984) se destacó por escribir un clásico sobre la adicción a la heroína, según lo calificó William Burroughs, que algo sabía del tema.  Luego de haber editado la revista literaria Merlin en París en los ’50, Trocchi escribió varias novelitas eróticas, algunas por encargo y con seudónimo, como Helen and Desire, School for Wives y Young Adam, esta última llevada al cine. Pero El libro de Caín fue su obra última y fundamental,  la más subversiva, prohibida y  literalmente incinerada en Gran Bretaña. Leer más “Un canto de cisne a la heroína”

Putos y faloperos

nestor perlongher

El “peronismo” de Néstor Perlongher duró exactamente cuatro meses, de marzo a julio de 1973. Uno de los mayores disparates con los que se intentó construir su leyenda nac & pop estos últimos años fue sostener que para la asunción de Cámpora fue a la plaza con un cartel que decía “los putos con Perón”. Según mi propio recuerdo personal y documentos de época, el 25 de mayo de aquel año Perlongher estuvo al frente de unos cincuenta miembros del Frente de Liberación Homosexual con dos carteles, “Vivir y amar libremente en un país liberado” y otro cuya consigna había sido tomada de la marcha peronista: “Para que reine en el pueblo el amor y la igualdad”. Con las mismas banderas marcharon a Ezeiza el 20 de junio, detrás de la columna Oeste de la JP, donde fueron recibidos con frialdad. Leer más “Putos y faloperos”

Así se divertía el proletariado

debord situacionistas

La despedida de Guy Debord (1931-1994) tuvo algo de esas “situaciones construidas” que impulsó la Internacional Situacionista, grupo que entre fin de los ´50 y principios de los ´70 propuso la superación del arte en tanto esfera separada de la vida dentro de una revolución que Debord seguía llamando, sin concesiones, “proletaria”. Leer más “Así se divertía el proletariado”

Poetas lunáticos zen

jack kerouac lucien carr allen ginsberg

La fórmula “generación beat” surgió, según Allen Ginsberg (1), de una ocurrencia de Kerouac en un bar en 1948 cuando, en una discusión sobre lo generacional, el periodista John Clellon Holmes mencionó a la Generación Perdida (Dos Passos, Fitzgerald, Faulkner, Hemingway, entre otros). Kerouac respondió: ”Ah, pero la nuestra es sólo una generación beat”. Es decir, golpeada, abatida, en la lona, pobre, sin dinero ni fuerzas después de una noche de juerga, dada vuelta y en vela, tal como se solía decir en el Times Square y en el Village: “Man, I´m beat”. Años después Kerouac procuró darle un sentido más espiritual y trascendente a ese término, contra su uso despectivo luego de que Holmes lo difundiera en un artículo del New York Times Magazine en 1952 y sobre todo cuando el periodista Herb Caen le agregó el sufijo “nik” en su columna del San Francisco Chronicle a poco de que la URSS lanzara el satélite Sputnik.

“Yo soy el Rey de los Beat, no un beatnik” habría dicho Kerouac en otro bar cuando surgió el tema. Y gracias a la fama que obtuvo con En el camino, pudo desarrollar sus respuestas en revistas como Esquire y Playboy, entre otras que le pidieron colaboraciones rentadas. Estas son las fuentes de la compilación de Donald Allen en 1993 que fue publicada por primera vez en español, con traducción de Pablo Gianera, bajo el título La filosofía de la generación beat y otros escritos por Caja Negra en 2015. Desde luego que el título suena pretencioso, pero es justamente el que escogió Kerouac para uno de esos artículos en los que describe a los “hipsters locos e iluminados” que se salieron de la maquinaria, esos “poetas lunáticos zen” enamorados del jazz que deambulaban “harapientos, beatificos, hermosos, de una fea belleza beat”. Leer más “Poetas lunáticos zen”

El Único y su mosquito

En un sitio web donde se registran “las muertes más perturbadoras del mundo” se incluye a Max Stirner (1806-1856) de quien se dice que murió de una infección tras ser picado por un insecto volador en el cuello. Otros dirán que fue una muerte absurda provocada por la picadura de un mosquito o mosca que le habría trasmitido el carbunclo, también conocido como antrax, infección que puede presentarse como lesión en la piel similar a la picadura de un insecto. De todas formas, lo que parece destacarse es que se trataría de una muerte paradójica, como si un pensador y escritor de la estatura de Stirner hubiera merecido morir de un modo más heroico o al menos previsible.

Nacido como Johann Kaspar Schmidt en la ciudad alemana de Bayreuth, el autor de ese libro único en todo sentido que fue El Unico y su propiedad estudió filosofía y filología y frecuentó al grupo de intelectuales hegelianos Die Freien (Los Libres), que hacían sus tertulias en las cervecerías berlinesas de la década de 1840. Conoció a Marx y a Engels, este último autor de una caricatura célebre de Stirner, quien llevó el método dialéctico mucho más allá de Hegel hasta un punto extremo, anómalo, desplegado en 1844 en ese libro cuya primera línea reproduce o más bien se apropia del verso de Goethe sin citar la fuente: “He fundado mi causa en nada”. Considerado por algunos como un eslabón perdido en la prehistoria del anarquismo, Stirner también superó el discurso libertario al dirigir su crítica no solo contra Dios y el Estado, sino contra todos los grandes ideales que pueden sustituir a esos absolutos, llámense Hombre, Humanidad, Patria, Sociedad, Revolución, incluso Libertad, en tanto estos serían solo fantasmas, abstracciones, creencias o representaciones: “Nada está por encima de mí”. Leer más “El Único y su mosquito”

Poemas de quirófano y espigón

hector viel temperley

El último libro de  Héctor Benjamín Viel Temperley  (1933-1987) es Hospital Británico, pero su poema final permanece inédito. Escrito pocos meses antes de su muerte, se titula Magenta y empieza diciendo: “Magenta es la barba de Cristo. Como rompiente de mar moja mi rostro: en mi nariz dibuja su nariz y en sus ojos cerrados pone mis ojos”.
La irrupción de un poeta místico cristiano dentro del campo o sistema literario argentino del siglo XX es tan atípica y desconcertante, dados los fuertes prejuicios racionalistas de la época, que  el destino quiso para Viel Temperley un lugar marginal, casi oculto o incluso ninguneado, pese al apoyo de Enrique Molina, Edgar Bayley y en especial de Fogwill, quien le dedicó un poema (Versiones sobre el mar) y ayudó a difundir su obra en vida. Si en sus nueve libros, casi todos costeados de su propio bolsillo, salvo El nadador, se insinúa cierto misticismo surrealista, la zambullida de cabeza en el testimonio de la fe cristiana se evidencia en los últimos dos. Crawl, dedicado y compuesto “en alabanza a Cristo Nuestro Señor” es el más conocido, donde se repite el inolvidable  “vengo de comulgar y estoy en éxtasis”. Pero Hospital Británico, donde Viel reunió fragmentos de libros anteriores junto a poemas escritos tras ser operado de una metástasis de cáncer de pulmón en el cerebro, funciona como antología de cierre que incluye “esquirlas proféticas”, versos de otros años que confluyen en la agonía del cuerpo terminal que yace con la cabeza vendada mientras se entera de la muerte de su madre.

Si para escribir Crawl el autor tuvo que aprender a rezar como si nadara, según declarase él mismo, convirtiendo cada estrofa en una respiración y en una brazada, ya en Hospital Británico –“el libro de un trepanado”, según sus palabras– el yo del poeta avanza hacia su cuerpo con una herida en la frente y la cabeza abierta y la mirada puesta en aquel Rostro con mayúsculas que lo espera en el trance de la muerte. La postal de ese “Christus Pantokrator en la mitad de un espigón larguísimo” que lo acompaña durante su internación y a lo largo del libro, según la tesis y reconstrucción biográfica que realizó Juan Martín Bregazzi, sobrino nieto del autor, fue trasladada junto a su máquina de escribir al departamento de su novia, Luisa Hansen, donde Viel pasó sus últimos meses.

Eximio nadador, ex publicista, leñador ocasional y siempre vitalista, aunque fumador empedernido, el poeta accedió en esos meses a la primera y única entrevista que dio en su vida: la de Sergio Bizzio para la revista Vuelta Sudamericana. En esa época le estaban dando rayos por aquel cáncer de pulmón que insistía en infiltrar su cerebro. Y allí cuenta cómo una vez se sentó frente al pabellón Rosetto del hospital y tuvo la revelación que daría el broche final a su obra: ante las mariposas y los eucaliptos que lo rodeaban se sintió “traspasado por una sensación de amor tan intensa que me arruinó la vida en el mundo”.

De hecho, el amor –físico, material, sensual, concreto– está en toda su obra, en ese misticismo que fue siempre una experiencia corporal: el nadador, el hombre que nada, le habla a la “cloaca a cielo abierto” que es su iglesia, al tajo finito de una muchacha con olor a sexo, a la sangre muy oscura en un plato de tropa, al cuerpo que entra en el alma –y no al revés– con aves que son “como bisturíes en la frente”. También está en los salmos que ayudó a componer en sus retiros frecuentes al monasterio benedictino de Los Toldos, donde los monjes aún cantan en sus oraciones matinales esos versos anónimos que parecen llevar la firma oculta de Viel: “Tu mano acerca el fuego a la tierra sombría/ el rostro de las cosas se alegra en Tu presencia/ silabeas el alba como una palabra/ y pronuncias el mar como una sentencia”.

Y también está en las cartas a sus siete hijos, cariñosas pero siempre literarias, a quienes les escribía –a veces firmando como Etomín, contracción de Héctor Benjamín– cuando no los sacaba a pasear al campo o a la playa, luego de separarse de su primera mujer, mientras él vivía solo en un pequeño departamento de Retiro, casi siempre con las persianas bajas “para concentrarse”.

Luisa Hansen recuerda en la inédita biografía de Juan Martín Bregazzi el momento en el que Viel pareció llegar a la culminación de su desbordante vitalidad. Estaban en el campo, él se había puesto a hachar un tronco grande y de repente se quedó inmóvil, sin poder hablar. Se comunicó por señas, volvieron a Buenos Aires y lo internaron de urgencia para descubrir que tenía una segunda metástasis. Ya no volvió al quirófano. Pasó los últimos diez días en el sanatorio San José y murió un 26 de junio frente a su primera hija, María Victoria, luego de sentarse en la cama prácticamente a noventa grados, de apretar fuerte esa mano femenina y de volver a acostarse para no abrir los párpados.

Hacía dos o tres meses que había compuesto Magenta, que termina diciendo: “Soy un hombre sobre otro, una boca sobre otra, un beso/ para Dios pero en la tierra, donde nadie ve al hombre./ Soy antes y después de El, magenta; de sus labios es imposible despegar los míos”.

Publicado en Perfil Cultura del 13/02/2016

 

Un rebelde con varias causas

Disidente político y sexual, libertario, marginal y siempre al borde del precipicio, Reinaldo Arenas atravesó la revolución cubana bajo el estigma de “inmoral”, “antisocial” y “gusano”, siendo perseguido y encarcelado varias veces mientras la mayoría de sus libros, prohibidos en su país, se agotaban en el extranjero.Veinticinco años después de su suicidio, Tusquets reeditó en 2015 la inhallable Pentagonía (“cinco agonías”), que incluye El color del verano, El palacio de las blanquísimas mofetas, Otra vez el mar, Celestino antes del alba y El asalto. Y para 2016 la misma editorial reeditaría Termina el desfile/Adiós mamá, El portero y El mundo alucinante.

Reinaldo Arenas

Nacido en una familia campesina de Aguas Claras, provincia cubana de Oriente, en 1943, de niño Arenas conoció la miseria y la libertad de la intemperie, comiendo tierra, trepándose a los árboles, rodeado de animales de corral y del monte, con una madre abandonada por su marido, una abuela que orinaba de pie y hablaba con Dios. Como él mismo ha contado en su novela autobiográfica Antes que anochezca, entre los siete y diez años desarrolló una precoz voracidad sexual con yeguas, gallinas, cerdos y perros, algo habitual entre chicos campesinos, si bien Reinaldo sería uno de los más impetuosos, llegando a tener sexo hasta con árboles de tallo blando, a los que les abría un hueco en la corteza para introducir el pene. Leer más “Un rebelde con varias causas”

La vacilación del kamikaze

El prolífico novelista y dramaturgo de éxito Yukio Mishima (1925-1970) dejó tantas palabras sueltas antes del espectáculo público de abrirse el vientre con un puñal que muchas de ellas pueden ser consideradas sus últimas. El discurso que pronunció frente a las tropas sería el mejor candidato para su canto de cisne pero en realidad fue escrito con anticipación a la mañana del 25 de noviembre de 1970. Las declaraciones de unos días antes a un reportero al que le dijo “ya verá lo que voy a hacer” se acercan pero no califican del todo. Tampoco los retoques finales que hizo la noche anterior y en la misma madrugada a su manuscrito de La corrupción de un ángel, cuarto libro de la tetralogía El mar de la fertilidad, que dejó listo y firmado en un sobre para que al día siguiente viniera a buscarlo su editor. Ni el poema de despedida que decía “a los dioses clamo en mis últimas horas de vida en este mundo” sería exactamente lo último. Tal vez sí aquel pedazo de papel que dejó escrito en su despacho: “la vida es breve/pero a mí/ me gustaría vivir para siempre” y que según Marguerite Yourcenar podría traducirse como “la vida es breve pero yo querría vivir siempre”. Leer más “La vacilación del kamikaze”

Los gestos perdidos

Caer de rodillas, alzar la vista al cielo, concebir un poema con la cabeza en el horno, pensar una hipótesis antes de cerrar los ojos para siempre, dejar sobre la mesa una novela cuyas hojas se llevará el viento: de los gestos o pasos últimos sólo pueden tener certeza los protagonistas o, si los hay, testigos directos. Pero pueden ser rescatados por esa figura suspendida entre la literatura y la ciencia que es la conjetura.

En su libro reciente, M Train, Patti Smith rememora sueños, viajes, lecturas y escenas imaginarias alrededor de Sylvia Plath, Ryunosuke Akutagawa, Osamu Dazai, Jean Genet, Bruno Schulz y Alfred Wegener, entre otros. Con una vida atravesada por las pérdidas, desde las muertes tempranas de su amor de adolescencia, Robert Mapplethorpe, y de su marido el guitarrista Fred “Sonic” Smith, Patricia Lee Smith toma cafés en un barcito del West Village que también está por desaparecer y recuerda las tumbas famosas que visitó en sus viajes. Algunas de ellas le inspiran relatos; otras, silencio.

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Viajera de cien años

“La obediencia es la muerte” escribía Alexandra David-Neel (1868-1969) en su primer libro, A la vida,  publicado por el geógrafo anarquista Eliseo Reclus en 1898. “Y la mejor fuente de la juventud está en la actividad intelectual y en los viajes” reiteró hasta su partida final un mes antes de cumplir los 101, ya conocida como la mayor experta europea en budismo tibetano y haber viajado durante décadas por el continente asiático sobre rutas desconocidas para Occidente, llegando a la inaccesible ciudad de Lhasa cuando estaba estrictamente prohibido el ingreso de extranjeros.

Nacida en París, criada en Bélgica desde los cuatro años, residente en Londres en su juventud, cantante de ópera en Indochina, amiga de círculos libertarios, existencialistas, teosóficos y feministas, Alexandra tuvo la suerte de encontrar un marido como Philip David-Neel, ingeniero de cuantiosos recursos que no solo aceptó que su mujer partiera a solas en 1911, siete años después de casarse, sino que financió buena parte de sus periplos a través de regiones habitadas por bandidos, tigres, lobos, leopardos y refugiados del hambre y de la peste. Pacifista, ella siempre llevaba un revolver escondido entre sus ropas, por las dudas. Leer más “Viajera de cien años”

Batalla de neuronas en Bataille

En julio de 1962, Diana Kotchoubey de Beauharnais viajó por unos días a Inglaterra dejando a su esposo Georges Bataille (1897-1962) a solas en su departamento de París, aparentemente intentando escribir un guión para una potencial película basada en su primera novela, Historia del ojo, de 1928. No volvió a verlo con vida. En la noche del 7 de julio, luego de una cena con Jacques Pimpaneau y otros amigos, el escritor, cansado, se retiró a dormir y durante su sueño entró en coma. Lo llevaron al hospital pero falleció a la mañana siguiente.

Entre muchos diarios y borradores se encontró un manuscrito de más de 90 folios titulado Mi madre, como tercera parte de un proyecto inconcluso de cuatro relatos iniciado con Madame Edwarda en 1937. El manuscrito estaba corregido y listo para ir a imprenta pero, según el editor Jean-Jacques Pauvert, los últimos textos eran tan confusos y con tantas versiones de un mismo fragmento que para la edición póstuma se tuvieron que resumir las páginas menos legibles.

El cerebro de este pensador de paradojas había empezado a dar signos de deterioro en la misma década en la que comenzaba ser reconocido y a publicar sus libros más célebres, entre ellos El erotismo (1957). Leer más “Batalla de neuronas en Bataille”

Memorias de un exilio sexual

Reinaldo ArenasQue la bandera de Estados Unidos volviera a flamear sobre La Habana y los capitalistas norteamericanos pudieran hacer negocios con los comunistas cubanos no habría sido ningún motivo de celebración para Reinaldo Arenas (1943-1990) si con ello se tejiese un manto de olvido sobre los crímenes contra homosexuales, prostitutas, bohemios y otros réprobos, según él mismo denunció en los años más duros de la revolución. Un chiste cubano que le gustaba parafrasear en su exilio en Nueva York dice que la diferencia entre un país capitalista y uno comunista es que en ambos te dan una patada en el culo pero “en el primero puedes gritar y en el segundo tienes que aplaudir”. Otra ironía popular asegura que “el socialismo cubano es la fase de transición más prolongada entre el capitalismo… y el capitalismo”.

En las memorias que tituló Antes que anochezca, iniciadas en libretas sueltas en la década del 70, cuando vivía oculto de la policía en un bosque, Arenas relata su crecimiento como hijo de campesinos y su temprana voracidad sexual entre hombres, yeguas, gallinas, cerdos y perros, así como sus primeros acercamientos a los rebeldes en la sierra contra la dictadura de Batista y su posterior desencanto cuando la triunfante revolución pasó de fusilar a colaboradores del antiguo régimen a encerrar marginales y disidentes sexuales. Leer más “Memorias de un exilio sexual”

De ilusión también se vive

El último gesto de Henry Miller (1891-1980) fue enamorarse a los 84 de una mujer de veinte años. Brenda Venus (no un seudónimo, dijo ella, nacida en Mississippi con el agregado de un segundo nombre, Gabrielle, de madre indígena y padre italiano) sedujo de manera terminal al eterno seductor en la casa de dos pisos que él tenía en Pacific Palisades, espléndido barrio de Los Ángeles. Fue en 1976, cuando Miller solo podía caminar con la ayuda de su andador y casi siempre vestía en bata y pantuflas, incluso si iba a dar una conferencia o a almorzar con un amigo. En ese momento apenas contaba con una secretaria y un enfermero que lo visitaba regularmente para ejercitar sus piernas. Según la biógrafa Mary Dearborne, autora de The Happiest Man Alive, publicado por Simon & Schuster, la salud del escritor se había desmoronado completamente después de pasar por tres operaciones fallidas para que le inserten una prótesis arterial del cuello a la ingle y así tener circulación en su pierna derecha; la última, que duró diez horas, terminó con un coágulo de sangre en el nervio óptico que le quitó la visión de su ojo derecho. Leer más “De ilusión también se vive”

El enigma del traductor fantasma

Si uno guglea o, quizá mejor dicho, tipea “el último poema de Borges” en la barra de Google, las primeras tres o cuatro páginas mostrarán como resultado más de diez sitios de internet y algunos videos en Youtube donde se reitera que fue “Instantes”, aquel que empieza diciendo “Si pudiera vivir nuevamente mi vida/ en la próxima trataría de cometer más errores”. Solo dos o tres sitios, incluido Wikipedia, advertirán que esa atribución es falsa, si bien en algún caso incluirán al poema completo justificando su publicación “por las numerosas búsquedas del mismo”. Cuántas personas seguirán creyendo que lo escribió Jorge Luis Borges (1899-1986) es algo imposible de calcular, sobre todo si cada tanto reaparece alguien que vuelve a enviarlo por mail o mostrarlo en una fotocopia. O si todavía se reeditan libros de ensayos como Borges y México, que debió ser retirado del mercado en 2012 porque contenía un texto de Elena Poniatowska en donde se insistía en la autoría borgiana de ese verso. Leer más “El enigma del traductor fantasma”

Muerte accidental de un poeta

Morir en circunstancias opacas y algo absurdas fue lo que le tocó en suerte a Thomas Merton (1915-1968), poeta y monje de clausura, pacifista y propulsor de la confluencia entre budismo y cristianismo durante un año decisivo de la Guerra de Vietnam, entre la ofensiva del Tet y el aumento de la oposición antimilitarista en Estados Unidos.
Nacido en Francia de padres anglófonos, Merton estudió en Cambridge y terminó su doctorado en Literatura en Columbia antes de convertirse al catolicismo en 1938. Gracias a su abundante producción autobiográfica, se sabe que sus días universitarios fueron especialmente movidos, de borracheras en pubs, fiestas de estudiantes y relaciones con chicas, con una de las cuales tuvo un hijo, esto último un detalle eliminado por los censores eclesiásticos de la primera versión de su libro más conocido, La montaña de los siete círculos, que vendió medio millón de ejemplares en su primera edición en 1948.

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