Viajeros horizontales

Una entrevista de Valeria Tentoni para el blog de Eterna Cadencia  que, entre otros interrogantes, me pregunta:

¿Cómo te acercaste a los libros, cómo se generó esa fascinación en vos?

—Mi papá, que no había terminado ni el tercer grado de la primaria para dedicarse a trabajar desde chico, era un gran lector y me incentivó el placer de leer libros. Salgari y Julio Verne, pero también Stevenson, Alejandro Dumas, Dostoievsky, a quienes él leía en sus días de franco, cuando trabajaba como obrero panadero, y después me los pasaba a mí desde que pude empezar a entenderlos. Tenía una hermosa biblioteca de autodidacta en ese hogar paterno que siempre cambiaba de ubicación, porque había que mudarse contantemente por problemas para pagar el alquiler, así que muchos libros se fueron perdiendo. Leer más “Viajeros horizontales”

Hacer el amor y no la guerra

Por Mercedes Halfon:

Llévatela amigo, por el bien de los tres arranca con un protagonista que reflexiona sobre los modos de mantener el calor en la pareja: su paisaje imaginario es la estepa y el objetivo poblar el iglú para pasar el invierno. Lo fundamental es evitar quedarse solo, o solo de a dos, que es lo mismo pero peor. El protagonista está construyendo un territorio simbólico para comenzar su relato de aventuras sobre una pareja abierta, su pareja, sostenida durante veinte años, hasta su inevitable descenso y meditada caída. La novela es una estampa húmeda sobre el amor tal y como lo entendían ciertos grupos de libertarios de los años sesenta y setenta, entre los que sin dudas estaba el autor del relato…

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El narrador escribe desde el final y rememora. Escribe desde un departamento a metros del parque Centenario mientras observa ese ritual extraño de las novias radiantes y rígidas como merengues que van a fotografiarse a orillas del lago artificial. “Nada de esto existía antes”, escribe. “El parque era un baldío salvaje. Las parejas venían a coger entre los matorrales, no hacían falta autos, no había novias de blanco. Cada domingo se juntaban por aquí los rockeros de entonces, a guitarrear, cantar o escuchar los versos de algún poeta intoxicado o los sermones de los místicos o las consignas de los bolcheviques psicodélicos que intentaban formar grupos de estudio, o imprimir boletines a mimeógrafo, o pintar en las paredes vecinas cosas como: “todo espacio es tu cuerpo/ vivan los combatientes/ muera la muerte/ hoy una pared, mañana el mundo”.

Tan lejos y tan cerca de hoy. Llévatela amigo, por el bien de los tres está nuevamente en librerías reeditado por Caja Negra, en un volumen que mantiene el texto original al que le suma una posdata del autor en la que recontextualiza y resume algunos comentarios sobre el libro publicados en su momento de edición. Publicada en 1989, la primera novela de Osvaldo Baigorria estaba a la fecha casi inhallable. Estaríamos ahora entonces, en un tercer tiempo de ese parque Centenario nocturno que tanto aparece en el libro, ese interregno donde el protagonista –Eduardo– va a observar otros modos del amor, mientras lanza frases como proyectiles encendidos y que encienden. Ese mismo parque hoy enrejado, intransitable en la noche, como muchos otros espacios públicos que dejan de serlo. Ese mismo parque que hace poco fue lugar de encuentro y de fiesta al pedido de Más amor, junto a otras consignas.

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Un sueño sober ano

plaza de la lenguaAsí dijo Osvaldo Lamborghini: “Yo, Arturo Carrera, escribí una vez, para un diario argentino, una crítica, un texto sobre Alexandra -sí, hay que llamarla Alexandra, no Alejandra; hay que terminar con esa jota imbécil-, Pizarnik: se llamaba “A las niñas mecánicas del templo”. Alguien supuestamente con autoridad -porque sabemos que los diarios están llenos de sabios- cambió el título por: “El sueño soberano”. Yo leí mi propia nota, y me quedé pensando. A veces pienso. Incluso en Pringles se piensa, aunque no hay diarios tan grandes como La Opinión, La Prensa, Razón, la mar en coche. Pensé que al fin y al cabo como siempre le pegaban en la tecla de al lado. Se equivocaban; el título era, en verdad: “A las niñas mecánicas del templo”. Lo cambiaron por: “El sueño soberano”. Lo que nunca hubieran podido decir era eso: “El sueño sobre el ano”.

Se acabó la épica: la potencia de una frase en el arte del no

Comienzo pidiendo disculpas porque hace un par de meses, cuando recién había enviado el título de esta ponencia por email a Silvana López, tuve una caída de una escalerita que uso para buscar libros en un estante alto, un tonto accidente doméstico que me fracturó la rótula. Lo cual me obligó a suspender todas mis tareas, entre ellas la de empezar a escribir el texto que ahora finalmente puedo leer aquí, y a tener que portar constantemente una férula, bota o inmovilizador de rodilla que me mantuvo no solo con una pierna estirada por seis semanas sino con prácticamente todo el cuerpo inmovilizado, ya que lo único que podía hacer era quedarme en la cama o andar de pie con un bastón, rengueando con esa pierna rígida que arrastraba de un lado al otro. O sea, era imposible estar sentado, porque una de mis rodillas no podía ser doblada y por lo tanto no lograba sentarme más de cinco minutos, sea al escritorio o a la mesa, en una posición incómoda con las nalgas al borde de la silla (ni hablar de lo incómodo que es sentarse al inodoro sin doblar una rodilla).

Al principio creí que al menos iba a tener tiempo para leer, pero tampoco; aunque probé leer en la cama tuve que abandonar a los pocos días, ya que con una pierna rígida todo el cuerpo estaba fuera de eje y me atacaron todos los dolores pertinentes: de espalda, de cuello, de cervicales. Así que también renuncié a leer, excepto alguno u otro diario en forma digital, con un Ipad que podía sostener sobre mi cabeza. Escuché bastante música, clásicos del rock y del jazz. Miré mucho tiempo al techo, también llamado cielorraso.

Recién en la última semana de este mes y medio largo, con el hueso de la rótula en lenta recuperación, pude empezar a sentarme al escritorio y ocuparme de la frase “me quedé sin épica” o “se me acabó la épica”, que Néstor Sánchez solía usar como explicación de por qué había dejado de escribir en sus últimos años. Leer más “Se acabó la épica: la potencia de una frase en el arte del no”

Sobre Sánchez en Puán

Puan 3Con Miguel Vitagliano en Puán, Teoría Literaria III, en un amable encuentro con 60 estudiantes y otros miembros de la cátedra (entre ellos la encantadora Laura Estrín, y Florencia Angilletta, creo, allí en primera fila): me sentí cómodo pese a esa cara de fastidio que aquí aparece por tener que estar más de una hora con una pierna levantada y en postura corporal desajustada sobre el asiento.

Miguel Vittagliano

Sobre Sánchez: las preguntas giraron en torno a las relaciones y los límites entre el discurso de la crítica y el de la ficción. Algunas mostraron una lectura tan atenta que casi me averguenzan: sabían sobre lo que yo había escrito muchísimo más que yo (obvio). Leer más “Sobre Sánchez en Puán”