La cita apócrifa de una nota suicida

Se supone que en la nota que alguien deja antes de suicidarse se encontrarán los motivos o indicios para ese acto final. Pero ese texto también puede ser tergiversado o mal citado. Así ocurrió con Virginia Woolf (1882-1941), quien dejó no una sino tres notas, dos a su marido y otra a su hermana, antes de salir a escondidas de su casa para sumergirse en el río cercano. En ellas decía que se “estaba volviendo loca de nuevo”, que había vuelto a escuchar voces “como antes” y que ya no podría recuperarse de ese “horror” y esa “locura”. También expresaba gratitud por Leonard Woolf, a quien conocía desde hacía treinta años, sosteniendo que no podía seguir “arruinándole la vida con su terrible enfermedad”.

El problema es que esto ocurría a fines de marzo de 1941, el peor momento de la guerra para Gran Bretaña, bajo constante ataque de bombarderos alemanes. Unos meses antes las bombas habían destrozado los dos departamentos que los Woolf tenían en Londres, incluida su imprenta Hogarth Press, obligándolos a quedarse de modo permanente en su casa de fin de semana en Rodmell, al sudeste de Inglaterra, desde donde podían divisar a los aviones germanos en vuelo hacia sus objetivos. Fue como anillo al dedo para quienes buscaron una razón política coyuntural para el suicidio. Una cita apócrifa del Sunday Times, reproducida por un cable de Associated Press, indujo a suponer que Virginia se había suicidado porque no podía soportar más la presión de la guerra. Continuar leyendo «La cita apócrifa de una nota suicida»

El cigarrillo asesino

Si la vida de un autor pudiese ser explicada a través de su obra, y viceversa, los comentaristas y biógrafos no harían más que repetirse, cosa que hacen demasiado a menudo. En el caso de Saki (Hector Hugh Munro, 1870-1916) también suelen incluir a sus legendarias últimas palabras como parte involuntaria de su obra, una especie de punch line o remate de algún chiste de humor british de un personaje de sus cuentos. Porque fue una noche de niebla de la primera guerra mundial cuando un francotirador alemán oculto en su trinchera habrá visto encenderse un cigarrillo en la línea británica y, antes de que los soldados empezaran a pasarse la colilla delatora entre sí, escuchó aquella exclamación que le indicó el lugar preciso donde apuntar y meter una bala: el cráneo de Saki. Las palabras fueron “¡apaguen ese maldito cigarrillo!”. Continuar leyendo «El cigarrillo asesino»

La última voluntad de un teórico de la pereza

Paul Lafargue y Laura Marx

«Sano de cuerpo y de espíritu, me mato antes que la implacable vejez, que me va quitando uno tras otro los placeres y las alegrías de la existencia, y me va despojando de mis fuerzas físicas e intelectuales, paralice mi energía y acabe con mi voluntad, convirtiéndome en una carga para mí mismo y para los demás”. Con esta carta se despedía Paul Lafargue (1842-1911), autor de El derecho a la pereza y un tipo de intelectual marxista excéntrico aunque también “de familia”: fue yerno de Marx por casamiento con la segunda hija de éste, Laura.

Nacido en Cuba cuando era colonia española, de padre francés y madre indígena, Lafargue fue criado en un hogar de plantadores de café, pudiendo iniciar sus estudios en la isla y terminarlos en París, donde se instaló finalmente para estudiar medicina. Allí comenzó a comprometerse con la agitación revolucionaria y a escribir contra el régimen de Napoleón III, lo cual provocó su expulsión de Francia en 1865. Exiliado en Londres, conoció a Karl Marx y frecuentó la casa donde éste vivía con su esposa y dos hijas. Se enamoró de Laura, con quien se casaría en 1868, pese a los reparos iniciales del suegro por los escasos recursos del pretendiente, reacio a todo trabajo para ganarse el pan. De hecho, la pareja se instaló a vivir casi diez años con el matrimonio Marx. Como dice el historiador Eduardo Sartelli, Paul Lafargue “bebió el marxismo de fuente directa, más directa que ningún otro”.

Asistido económicamente por Engels, Lafargue nunca fue un perezoso para la militancia: participó en la Primera Internacional y en la Comuna de París, conoció cárceles y exilios, organizó sindicatos en España, asistió a la fundación de la Segunda Internacional y del Partido Obrero francés, siendo elegido diputado en 1891. Sobre todo, se destacó como articulista polémico y divulgador de la teoría marxista, a la que en 1880 aportó su aguda crítica a la alienación del trabajo en El derecho a la pereza. En este ensayo argumentó que con la socialización de los medios de producción y el desarrollo tecnológico podrían distribuirse los beneficios de la riqueza material entre todos los seres humanos, al punto en que una futura sociedad comunista estaría en condiciones de reducir la jornada laboral hasta que “nadie trabajase más de tres horas por día”.

Lafargue desarrolló su estilo irónico y políticamente incorrecto para la época entre críticas al “dogma religioso” y a la “manía” del trabajo. Con burlas a los socialistas y republicanos que reivindicaban el derecho a trabajar, entre otros derechos humanos, llamó a la clase obrera a liberarse de la esclavitud laboral. Por supuesto que nunca llegó a ver en el poder a la burocracia soviética, que incrementó la penuria y los trabajos forzados en nombre de ese futuro comunismo, porque de haberlo visto se hubiese suicidado por segunda vez pero de horror y vergüenza.

Hacia 1911, Paul y Laura vivían en una casa de 35 habitaciones, comprada gracias a parte de la herencia de Engels, en la localidad de Draveil, a unos 20 kilómetros de París. Con 69 años y más de treinta títulos publicados, ya era todo un referente para la Internacional Socialista, conocido en persona por Lenin y otros dirigentes. Nadie, excepto su mujer, sospechaba lo que se traía entre manos. En su última carta lo explicaría en detalle: “Desde hace años me he prometido no pasar de los 70; he fijado la época del año para mi partida de esta vida y he preparado el modo de ejecutar mi decisión: una inyección hipodérmica de ácido cianhídrico. Muero con la suprema alegría de tener la certeza de que muy pronto triunfará la causa a la que me he entregado desde hace cuarenta y cinco años”.

Llamó la atención que la carta estuviese escrita en primera persona pero que el suicidio fuese doble. Nadie pudo develar el misterio, aunque la causa de muerte fue la misma para ambos. Laura tenía 63 años, siete menos que Paul, lejos de la edad límite que éste se había fijado. Quizá ella tomó su decisión a último momento. Quizá no pudo tolerar el fin de su compañero de cuatro décadas. Según testimonio del jardinero Ernest Doucet, la pareja pasó su última tarde en el cine en París, además de conversar con serenidad y alegría con varios conocidos, sin dar indicios de lo que sobrevendría. En la noche del 26 de noviembre, Paul se inyectó el ácido cianhídrico, también llamado cianuro. Junto a su nota de despedida, dejaba un certificado y una carta para el jardinero, fechadas el 28 de septiembre y el 18 de octubre respectivamente, o sea que el suicido estaba en preparación desde hacía al menos dos meses.

El jardinero Doucet fue por la mañana, como siempre, al predio. Se extrañó de que ninguno de los dos estuviese despierto, como era habitual, y pronto encontró a Paul acostado en su cama, completamente vestido. En la habitación contigua halló a Laura, sentada en un sillón. No había ninguna señal de desorden; todo estaba en su lugar, salvo esas palabras finales de Lafargue en su escritorio, de algún modo coherentes con una vida dedicada de principio a fin a esquivar el trabajo.

Publicado el 17/01/2015 en el suplemento cultural del diario Perfil.

Haikus a la Parca

La idea de escribir unas palabras de despedida que pudieran ser recibidas como “poema” es una tradición china que llegaría a cierto refinamiento en Japón. Nobles y guerreros a punto de ser ejecutados, monjes budistas que mantenían una aguda conciencia de la finitud, y poetas consagrados o desconocidos escribieron “poemas a la muerte” de calidad variada a lo largo de la historia. Los primeros tendrían forma de tanka, un grupo de cinco versos con dos unidades rítmicas. Luego se adoptaría la más conocida y también abusada forma del haiku, con sus tres versos de 5, 7 y 5 sílabas, una convención que por suerte no respetan todos los traductores. Continuar leyendo «Haikus a la Parca»

Blues del funeral de Allen Ginsberg

La ilusión de convocar en torno al propio lecho de muerte a todos los amantes y amigos que uno tuvo a lo largo de su vida, ya reconciliados en el recuerdo, no es nueva ni fuera de lo común. Pero la extensión de esa fantasía a la escena del funeral es un deseo que Allen Ginsberg (1926-1997) expresó como nadie en el poema “Muerte y fama”, un mes antes de internarse en el hospital Beth Israel de Nueva York donde se le diagnosticó un inoperable cáncer de hígado que terminó con su vida en pocos días.

Ginsberg ya era consciente de que estaba más cerca del arpa que de la guitarra. Por lo menos desde 1996, cuando una insuficiencia cardíaca congestiva, unida a cierta incontinencia y dificultad para caminar a causa de una probable polineuritis diabética, le inspiraron poemas de despedida, de agradecimiento y de exhibición de su cuerpo bajo ataque: “Excremento”, “Canción del intestino”, “Me sangra la nariz”, casi siempre a ritmo y rima: “me sangra la nariz/ te sangra la nariz/ todos sangran encima de mí”. Este registro se intensificó en cada internación hacia un final terrible, nada romántico: “máquina de cagar, máquina de mear/ soy una increíble máquina de cagar”. Continuar leyendo «Blues del funeral de Allen Ginsberg»

Crónica de una desaparición anunciada

ambrose bierceEl último gesto de Ambrose Bierce (1842-1914 aprox.) fue como un chiste de humor negro, una incitación a imaginar su muerte en detalle. Antes de cruzar la frontera hacia México, en plena insurgencia de Pancho Villa, dejó en sus cartas unas pocas pistas para que se construyera su leyenda y luego se esfumó definitivamente. Pese a los esfuerzos de biógrafos y otros investigadores puestos a descubrir su fecha y lugar de defunción, la ya centenaria y “misteriosa desaparición de un creador de misterios”, al decir de Rodolfo Walsh, continúa viva como uno de los más potentes mitos de auto-ficción construidos por un escritor. Continuar leyendo «Crónica de una desaparición anunciada»

El último suspiro de Timothy Leary

Hay escritores que saben que están por morir y se van en silencio como elefantes a su retiro privado, ocultos de la mirada pública. Otros, en cambio, lo dicen todo: hablan y escriben sobre el asunto hasta por los codos, dedican poemas y ensayos a la muerte, hacen de su propia agonía un show de despedida gratuito y abierto. Timothy Leary (1920-1996) fue probablemente el más radical de estos últimos. El llamado “profeta del ácido” anunció su muerte inminente como el viaje más completo de toda su vida. Una vez que, a través de “dos simpáticos doctores” de Los Ángeles, se enteró que ya no tendría chances de sobrevivir porque su próstata se había transformado en “el anfitrión de un cáncer sano, robusto y ambicioso”, se dedicó a diseñar su propia muerte, o desanimación, como prefería llamarla. Una muerte de diseño que incluyó los mensajes a difundir antes, durante y después del paso al más allá.

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La posibilidad de unas islas

Reseña del último libro de Beatriz Sarlo, Viajes: De la Amazonia a las Malvinas, con título y texto original. Salió publicada en Perfil Cultura el 10/08/14 bajo el titulo «Enlaces intensos por la América ignota». Una ocasión, quizá, para recordar esas otras voces que se alzaron contra la guerra, como la de Néstor Perlongher en estos ensayos breves de 1982, y también para poner en perspectiva a la utopía como ficción aplicada, o las islas como utopía). 

La recuperación de periplos de juventud mediante la descripción de fotos de época y la reposición de datos complementarios a través de investigaciones realizadas medio siglo después son los métodos privilegiados en Viajes… Pero sus páginas más conmovedoras y polémicas tal vez sean las del capítulo final del libro, “Una extranjera en las islas”. Es en esta crónica extensa de la visita a Malvinas, en marzo de 2013, cuando Beatriz Sarlo fue enviada por el diario La Nación a cubrir el referéndum isleño, donde los otros relatos de viaje brillarán en todo sentido y al mismo tiempo comenzarán a eclipsarse como los territorios ideológicos y las islas perdidas de la utopía de décadas pasadas.

De las memorias de niñez de Sarlo, cuando en los ’40 iba de vacaciones con su familia a Deán Funes, Córdoba, y se encontraba con migrantes rurales europeos y criollos pobres que serán sus primeros “otros”, el libro pasa a los viajes mochileros, narrados por un “nosotros” que incluye por momentos a toda una generación y a veces a un grupo de cuatro jóvenes de las llamadas “capas medias” –otros dirán “pequeña burguesía”– que en los 60 salían de campamento a buscar la experiencia de vivir en zonas remotas de una fantaseada América Latina. En un grand tour latinoamericanista, estos jóvenes viajaban a la selva amazónica o a la Puna, o descendían a una mina para conocer de cerca a sus idealizados proletarios y campesinos y confirmar, a través del lente de lo que Sarlo llama “ideología optimista”,  los signos de un camino hacia la revolución que a corto plazo la historia se encargaría de desmentir. Una ideología sometida a crítica desde la propia teoría del viaje que aquí se propone, donde lo que importa son los  “saltos de programa”, los acontecimientos no previstos y que pueden convertir hasta las vacaciones más inofensivas en una experiencia en la que uno encontrará no aquello que fue a buscar sino todo lo contrario.
Esta teoría se apoya en ejemplos ligeros, en desplazamientos sutiles, no en cortes drásticos o intensos: se trata de saltos sin sobresaltos, sin un choque fatal, un secuestro, una deportación o una bala casi accidental, como aquella del film Babel de González Iñárritu. Pero tienen su nivel de riesgo, porque la candidez habría llevado a esos “viajeros ideológicos” a una aldea de la Amazonia peruana sin saber que se hallaban entre jíbaros o a entusiasmarse con una insurgencia boliviana que pronto terminaría derrotada. Las notas al final, y otros datos duros dentro del cuerpo del libro, amplían información sobre los lugares y los seres humanos encontrados en el camino, aunque algunas largas descripciones vuelven tediosa la lectura.

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Delitos de lesa inteligencia

Si uno se ha preguntado alguna vez sobre el origen de la fascinación que ejerció Oriente sobre los intelectuales nazis –una figura que, aunque lo parezca, no es precisamente un oxímoron–, podrá encontrar claves en el reciente “caso Frauwallner”, expuesto por un libro publicado este año en Argentina por la editorial Las Cuarenta, Ideología o filosofía. El nazismo: Erich Frauwallner y Martin Heidegger, de Fernando Tola y Carmen Dragonetti, dos altas autoridades en budismo e indología. Continuar leyendo «Delitos de lesa inteligencia»

Rodolfo Walsh entre cuentos extraños

Los fantasmas de Walsh

Una antología seleccionada, comentada y en parte traducida por Rodolfo Walsh en los años ‘50 es una oportunidad única para acercarse a las lecturas e intereses intelectuales de un joven escritor extraño, remoto, diferente a la figura posterior del mito militante, esa figura cincelada por el periodismo y los libros de non-fiction y consolidada por su participación en la lucha armada y su caída en una emboscada de un grupo de tareas de la ESMA en 1977.
Claro que el título encierra alguna trampa. ¿Qué significa que un cuento o un autor sea “extraño”? ¿Y para quién? Estos cuarenta y nueve relatos, seleccionados poco antes del inicio de la pesquisa de Walsh sobre los fusilamientos de José León Suárez y publicados por Hachette en 1956, presentan historias de fantasmas, “sobrenaturales” o “de terror” de autores consagrados o en camino, desde Edgard Allan Poe hasta H.G. Wells, pasando por Lawrence, Conrad, Kafka, Apollinaire, Gerard de Nerval, Miguel Angel Asturias y varios otros entre los que se cuentan los precursores Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo.
Esta tríada fue justamente la que compiló una pionera Antología de la literatura fantástica para la flamante editorial Sudamericana en 1940. Pero a diferencia de Borges y compañía–como observa Daniel Link en el prólogo a esta edición-, Walsh nunca cultivó ninguna literatura fantástica y, además, en 1956 se encontraba refugiado quizá por última vez en los mundos imaginarios de estos cuentos que, recordando una etiqueta más tradicional en las selecciones de lengua inglesa, refieren a lo que solía llamarse queer: extraño, insólito, anormal, fuera de lo común. Continuar leyendo «Rodolfo Walsh entre cuentos extraños»