Si todo va bien es evidente que faltó revisar algo

Sobran razones para ser pesimistas. Estaba por iniciar esa frase con “hoy” o “actualmente” pero tal vez siempre ha sido así. Eugene Thacker, músico experimental y filósofo, rastrea cómo irrumpe el pesimismo históricamente en la filosofía, la literatura, la religión, en su libro Resignación infinita, donde revisa vida y obra de autores como Schopenhauer, Kierekgaard, Dostoievsky, Camus, Kafka, Montaigne, entre otros. Verdad es que en esta época “somos capaces de producir más malas noticias que en cualquier otra época”, dice Thacker. Se ve en los fracasos de los distintos proyectos de vida en común, en el colapso ecológico en ciernes, en la guerra y en la posibilidad hasta hoy nunca imaginada de la total extinción humana, del borramiento de nuestra especie de la faz de un planeta agotado. También en los datos de la ciencia que examina desde hace tiempo la irrupción arbitraria de la vida en la Tierra y que afirma que todo tiene fecha de vencimiento.

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Héroes y traidores

No hay heroísmo sin traición. Y a veces esos sustantivos coinciden en un mismo nombre, sea por calumnia, por error propio o ajeno, por desliz u omisión. El asesinato del poeta salvadoreño Roque Dalton hace cincuenta años, en mayo de 1975, a manos de sus propios compañeros, es una de esas paradojas trágicas. En Roque Dalton: correspondencia clandestina y otros ensayos, el escritor Horacio Castellanos Moya revisó las cartas que el célebre poeta enviara a su esposa y las respuestas de ella antes de que él cayera bajo la doble e inverosímil acusación de ser tanto un agente de la CIA como un “payaso” infiltrado en la guerrilla salvadoreña por los servicios de inteligencia cubanos. En realidad, fue víctima de una conspiración en los comienzos de la guerra civil que asoló a El Salvador por más de una década.

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La épica de un escritor vagabundo

A mediados de abril de 2003 Néstor Sánchez emprendía su retirada de la vida quince años después de haber publicado su último libro y de desertar de todo impulso a hacer una carrera “literaria”, una ambición que siempre le había parecido sospechosa. Ya había desertado otras veces, la más larga entre 1974 y 1988. Irrumpió en 1966 con la publicación de la novela Nosotros dos en editorial Sudamericana por recomendación de Cortázar. Le siguieron Siberia blues, El amhor, los orsinis y la muerte y Cómico de la lengua, en las que desplegó su propuesta de una “escritura poemática” en colisión con las tradiciones consagradas del género novela.  Elogiado por alguna crítica de la época como gran promesa literaria junto a Manuel Puig, a principios de los 70 fue publicado en España por Seix Barral y traducido por Gallimard en Francia: su agente fue la célebre Carmen Balcells. Pero a mediados de esa misma década abandona la literatura, la traducción, sus vínculos de familia, trabajo y amistades para entregarse a una experiencia trashumante y de búsqueda corpoespiritual tras las enseñanzas del místico armenio Gurdjieff.  Su rastro se pierde y recién se lo encuentra en los años 80, cuando Claudio Sánchez se entera que su padre dormía en una playa de estacionamiento de Los Ángeles, en esa California a la que había llegado por tierra desde la Costa Este como siguiendo la huella de Kerouac y otros vagabundos del dharma. Había deambulado por Paris, Roma, Barcelona, Nueva York, entre otros lugares del hemisferio norte, a veces como un linyera: parte de esa experiencia está ilustrada en detalle en su “Diario de Manhattan”, aunque también se la encuentra, narrada elípticamente, en otros textos. Cuando volvió a la Argentina tras dieciocho años de ausencia, según testimonio de su hijo Claudio, traía solo un bolsito con un pijama y sus documentos. En mi libro Sobre Sánchez intenté dar cuenta de esos años a la intemperie en los que creo se cifra el enigma de toda una vida.

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Plegarias por un duelo compartido

El día en que Israel rompió la tregua con Hamas con un bombardeo a Gaza que mató a cientos de personas, entre ellas ciento treinta niños que dormían con sus familias en refugios precarios, terminé de leer Oreja madre. Mi cuestión judía, de Dani Zelko, un diario-ensayo-testimonio de la búsqueda identitaria del autor a través de ghettos y campos de concentración en Polonia y Lituania, documentos de su tatarabuelo traductor de literatura al hebreo en el siglo XIX, conversaciones con su madre y otros familiares en Argentina e Israel y recuerdos de su infancia en Buenos Aires, en el Club Hacoaj, allí donde -subraya Zelko- se cruzan las calles Palestina y Estado de Israel.

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Qué hacer antes del apocalipsis

Esta no es una nota de autoayuda. El grupo de científicos atómicos que estableció el reloj del fin del mundo en 1947 dice que estamos más cerca que nunca de la estación terminal, a solo 89 segundos del holocausto nuclear. Podrá argumentarse y con razón que siempre hubo fantasías de extinción, creencias de que todo se destruiría y sin embargo la humanidad siguió sobreviviendo, después de sufrir algunos millones de muertos más o menos a causa de guerras, pandemias, limpiezas étnicas y otros siniestros. El siglo XX fue ejemplar en ese sentido. Pero el orden mundial establecido después de 1945 ha terminado.

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De Traslasierra a la Antártida

Cerca de fin de año, una performance en San Javier, Córdoba, me hizo pensar en la Antártida de principios del siglo XX. Dentro de una librería próxima a la plaza del pueblo, la directora y curadora Vivi Tellas, asistida por Rita Pauls, convocó a una docena de personas para que escribieran y leyeran textos en base a fotos de familia proyectadas en una pantalla. Fue una performance colectiva, llamada “Pochi-Pochi” y definida como “ejercicio melodramático”, donde se evocaron recuerdos de niñez, de ancestros, de relaciones familiares. Entre los participantes estaba el actor y sociólogo Manuel Hermelo, uno de los fundadores y directores de la mítica Organización Negra, que aportó la fotografía en blanco y negro de un antiguo barco con tres mástiles inclinado sobre un lado, como si se estuviera hundiendo, rodeado de un blanco mar de hielo.

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Una carta perdida en el Riachuelo

Querida Incógnita:

Me gustaría contarte un viajecito por ese río chico al que llaman Riachuelo. Se trata de un río de escaso caudal al que le agregaron “chuelo”, o sea que no es un “riacho”, un río cualquiera. Tal vez fue llamado así porque “cho” suena peyorativo, o porque “chuelo” le da al breve río un lugar de polluelo, de pichoncito, algo más tierno y más chiquito. Hay otros lugares con ese nombre en regiones vecinas: un par de arroyos en Corrientes, Uruguay, Brasil, pero este no es un arroyo, es un río en serio y su nombre completo, oficial, es Matanza-Riachuelo. Casi como la matanza del Riachuelo: dicen que es uno de los diez lugares más contaminados del mundo.

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Para qué sirven los recitales de poesía

¿Para qué sirven los recitales de poesía? Juntan quizá veinte o treinta personas, la mitad conocidas o familiares de quienes leen, recitan o declaman y la otra mitad, poetas aspirantes a algún reconocimiento, a la espera de que por lo menos los inviten a leer en una próxima fecha. Digo recitales y en realidad son lecturas, a veces a los ponchazos, sin destreza en la proyección de la voz o sin considerar al ruido ambiente o a la atención de la audiencia. Pero aun así esas escenas me parecen simpáticas. Van a contracorriente de un mundo dominado por el mercado financiero. Y cada vez que voy a una, encuentro o redescubro a alguien que me estimula y me recuerda alguna verdad poética olvidada.

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Fiesta negra

En la última marcha del Orgullo flameó de nuevo ese cartel que diseñó Néstor Perlongher en los años 70 para las primeras irrupciones públicas del Frente de Liberación Homosexual: “Para que reine en el pueblo el amor y la igualdad”, consigna tomada de la marcha peronista. En este mes de noviembre también se abrió la tercera temporada de la obra “Pena negra”, armada en base al triple relato Evita vive y algunos poemas perlongherianos. Por estas y otras razones podría estar justificada la leyenda “nacional y popular” de que su autor habría adherido al peronismo en aquellos años. Pero la operación del poeta y provocador nacido en Avellaneda que también fue mi amigo era otra.

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Cien años no es nada

Hace justo un siglo llegaba a Lhasa, capital del Tibet y ciudad prohibida para extranjeros, la primera mujer occidental que logró residir en esa población construida a 3650 metros de altura en la región de los Himalayas: Alexandra David-Neel. Nacida el 24 de octubre de 1868 en Saint-Mandé, Francia, tuvo vocación de exploradora desde los quince años, cuando intentó embarcarse sin permiso hacia Gran Bretaña para escándalo de su familia. Logró viajar a solas a la India y a Túnez antes de cumplir los veinticinco. Amiga del geógrafo anarquista Elisée Reclus, consiguió que este le publicara y prologara su primer libro cuando apenas tenía veinte años, en 1898: Pour la vie, conocido en español como Elogio a la vida. Leo en ese libro: “La obediencia es la muerte. Cada instante en que uno se somete a una voluntad extraña es un instante arrancado a su propia vida”. Feminista pero también anarca, la autora discutía con las sufragistas que luchaban por el derecho al voto de la mujer porque este le parecía -como todo voto- una renuncia a ser dueña de sí misma para someterse a la voluntad de los individuos elegidos.

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