Una voz contra la agonía de la luz

En tiempos de crisis e incertidumbre cada cual tendrá que conseguir su remedio para atravesar la noche. A mí cada tanto me basta con tomar refugio en un poema, que es como decir en el canto, la plegaria, el mantra, la oración. Y Dylan Thomas (ese poeta de Gales cuyo nombre de pila inmortalizó Robert Zimmerman) creó versos que son como bunkers fabricados con palabras. Nació un 27 de octubre de 1914 y murió en Nueva York poco después de cumplir treinta y nueve años, un 7 de noviembre de 1953. ¿Qué es la muerte de un poeta? Nada. Son las fuerzas que motivaron sus palabras lo que permanecen, en una lengua u otra. Para el mito, quedó aquella legendaria frase que pronunció una madrugada, cuando se levantó de la cama de su habitación de hotel con la excusa de que necesitaba aire fresco y se dirigió a una taberna cercana, de la que volvió un rato más tarde para decirle a su joven asistente Liz Reitell, quien también se había convertido en su amante: “me tomé 18 whiskies; creo que es todo un récord”. Y se fue a dormir o, mejor dicho, se derrumbó en su cama. Literalmente, dijo “18 straight whiskies”, lo que significa que entraron puros al buche, sin hielo ni gaseosas. 

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18 whiskies y un pico de morfina

En el mejor momento de su trayectoria, Dylan Thomas (1914-1953) tuvo la pésima idea de alardear que había bebido de más. O mejor dicho, más de lo que realmente había bebido.
A sus 39 años, ya era considerado por críticos de EE UU y Gran Bretaña como “el mejor poeta inglés contemporáneo”, un “creador de lenguajes y nuevas modalidades métricas” o simplemente “un genio”. Premiado a ambos lados del Atlántico, contaba con la flamante publicación de sus Poemas completos, que recopilaba casi toda su producción desde 1934, y además disfrutaba de su fama como hábil narrador en varios géneros, desde una biografía novelada de Joyce hasta cuentos y relatos radiofónicos, pasando por guiones cinematográficos y obras teatrales como Bajo el bosque lácteo, que entregó a la BBC poco antes de viajar a Nueva York para el que sería su último grand tour poético.
Hospedado en el legendario Chelsea, el “hotel de los artistas” del Greenwich Village, famoso por haber albergado a Mark Twain, Thomas Wolfe y Henry Miller, desde su arribo el galés se habría quejado de dolores en el pecho y de asfixia. No lo ayudó la contaminación ambiental de la ciudad, que entre octubre y noviembre de 1953 llegaría a niveles récord para la época. Ocurre que Dylan Thomas sufría de los bronquios, utilizaba un inhalador para ayudarse a respirar y en esos días probablemente ya estaba en desarrollo la neumonía que se le descubrió demasiado tarde en el hospital. Igual cumplió con sus compromisos: leyó Bajo el bosque lácteo al público en Cambridge, grabó la obra en Manhattan y se preparó para representarla en el prestigioso Poetry Center de Nueva York, cuyo director, Paul Brinnin, también era agente de ese tour literario por el cual cobraría un 25 % de las ganancias del escritor.

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