En la última Feria del Libro Usado compré El arrancacorazones, de Boris Vian, un viejo ejemplar impreso en 1979 por Ediciones de la Flor. Una de las escenas de esa novela fantástica que transcurre en una aldea llena de gente brutal e ignorante describe una Feria de los Viejos en la que venden y rematan personas ancianas y decrépitas para ser abusadas sexualmente, o golpeadas y ridiculizadas por niños crueles. Esas páginas me recordaron a una amiga que pasó la vida luchando contra la gerontofobia, el edadismo y la discriminación en todas sus variantes.
En la Feria de Editores de este año compré dos libros de la editorial chilena Alquimia, uno con extractos de entrevistas a Pedro Lemebel y otro con fragmentos de entrevistas a Elvira Hernández. Ambos títulos empiezan con la palabra “No”: el de Lemebel, No tengo amigos, tengo amores; y el de Hernández, No soy tan moderna. El procedimiento de componer textos solo en base a respuestas y sin incluir las preguntas es conocido en medios periodísticos, pero hay que saber armar con eso un libro y que funcione. En estos casos, las ediciones son impecables en su coherencia y diseño: el libro del cronista y performer Pedro Lemebel está ordenado como una autobiografía involuntaria que va del nacimiento hasta la muerte, y el de la poeta y ensayista Elvira Hernández como una serie de reflexiones sobre temas diversos, desde el oficio de escribir hasta la importancia política del poema, el feminismo y los efectos de las tecnologías en el lenguaje, entre otros.
Hace un par de meses la editorial Sigilo reeditó Arturo, la estrella más brillante, esa novela breve de Reinaldo Arenas sin puntos apartes ni seguidos en su frase única con subordinadas que se desencadenan a ritmo imparable de principio a fin. El realismo alucinatorio de Arenas, una de las cumbres estelares de la literatura hispanoamericana, invade con adornos neobarrocos el relato en primera persona de un joven internado en uno de esos campos de trabajo en los que el gobierno cubano encerraba a homosexuales y otros marginados para su “reeducación”. No es realismo “mágico” porque no está tentado por ninguna alegoría: los elefantes regios que irrumpen en estas páginas, entre otras figuras fantásticas, no representan otra cosa más que apariciones en la extensa llanura de una mente alucinante que se fuga, a través de una larga respiración discursiva, de la asfixia del campo de concentración. “Arturo” alucina climas y espacios, terrazas, bosques y palacios encantados, para recibir a un soñado y hermoso joven que llegaría como un dios radiante solo para él, mientras su cuerpo sufre las interminables jornadas de trabajo desde las cuatro de la mañana cortando caña al sol, empapado de sudor, vigilado por brutales soldados que lo humillan, le gritan “maricón”, lo provocan y cada tanto lo hacen adentrarse en el cañaveral para desahogar su sexo con violencia en ese cuerpo que ellos desprecian y al mismo tiempo desean.
Recuerdo tiempos en los que en las paredes argentinas se leía el grafiti “en este país la salida es Autopista Ricchieri, Ezeiza, su ruta”. Ahora no es tan fácil. ¿Adónde ir? Hay guerra en Europa del Este y Medio Oriente, olas de calor, migraciones masivas, odio, fanatismo, precarización. Hace poco estuve en un bar de Bolonia conversando con Franco Berardi, conocido como Bifo, acerca de su libro Desertemos. Su diagnóstico es implacable: hoy la subjetividad en Occidente oscila entre una epidemia depresiva y una psicosis agresiva de masas. El capital financiero funciona en automático gracias a las tecnologías digitales y se presenta como un sistema sin alternativas, que genera una publicidad invasiva y frenética, destruye la salud y la educación pública y solo crea trabajos precarios porque necesita cada vez menos mano de obra. Por todos lados hay sobrantes, excedentes humanos. Una oleada de pánico y depresión alcanza a las “generaciones precarizadas” mientras las democracias occidentales se revelan como payasadas cuando los ciudadanos solo pueden participar votando a sus representantes cada tantos años para descubrir que esos representantes -estén más a la derecha o más a la izquierda- no cambian sustancialmente las condiciones de existencia y sólo pueden obedecer, aun con matices, las leyes del mercado. La sensación de impotencia es absoluta. Ante esto, el filósofo y veterano activista de la autonomía obrera italiana plantea que la salida es la deserción.
Hay cadáveres. La genialidad de Néstor Perlongher centró en esa reiteración la cifra de una época que siempre amenaza con volver. Y no solo en Argentina. Para un reciente viaje a Italia llevé el libro Arboleda, de Esther Kinsky, publicado en alemán en 1918 y traducido al castellano en 2021. Me pareció que al viajar tendría tiempo de sobra para encarar un libro cuyo ritmo lento y sus largas descripciones de pueblos y cementerios italianos lo harían apto para acompañarme, pero en realidad lo terminé antes de llegar a destino. Luego comprendí mejor este relato del atípico periplo de alguien a quien recientemente se le ha muerto su pareja, designado solo con la inicial M., y que viaja a los lugares que planeaban recorrer juntos, lugares en los que además ella había estado también en la infancia junto a su padre, un hombre que tenía una afición por los vestigios y ruinas etruscas, sus ciudades mortuorias, sus ofrendas sepulcrales.
La lectura de El alma de las colinas, primera novela de Derian Passaglia, me reactivó el deseo de volver a leer a Juan L. Ortiz, conocido por su apodo Juanele. Dos muchachos y una chica se lanzan a la búsqueda del viejo sabio retirado en el paisaje de montes acuáticos del Paraná. La visita mítica de poetas principiantes al maestro se convierte en un viaje de aventuras cuando descubren que una alianza de norteamericanos y franceses conspira para robar el talento de Ortiz y provocarle una rara enfermedad, utilizando a su supuesto amigo Juanjo (Juan José Saer), un robot programado para hablar y escribir en forma automática en largas frases interrumpidas por muchas comas y muchos verbos para hacer durar la atención y así distraer a los lectores de modo que estos no se den cuenta de que su literatura se perfecciona cada vez más a costa de la poesía de Juanele. Llevan a este en viaje en bote hacia el confín de las islas, en busca del jacarandá eterno que podría curarlo y salvarlo. Los movilizan las palabras del poeta que cantaba:
“Deja las letras y deja la ciudad…
Vamos a buscar, amigo, a la virgen del aire…
Yo sé que nos espera tras de aquellas colinas”
De hecho, Juan Laurentino Ortiz fue un caso atípico en la literatura argentina, un poeta que prefirió el retiro en sus paisajes de provincia antes que la vida mundana de los escritores que publican todo el tiempo, como si hubiese elegido una vida taoísta en su inmersión y fusión contemplativa en la naturaleza. Nacido en 1896 en un pequeño pueblo de Entre Ríos, parece haber sentido siempre una necesidad de regreso a entornos que le recordaran su infancia. Luego de terminar el secundario se trasladó a Buenos Aires para cursar la carrera de filosofía, pero no duró más que dos o tres años en esta ciudad, y volvió a su provincia, casi sin salir al exterior. Un único viaje a China en los años 50 le reafirmó su compromiso con los pueblos primitivos anteriores a la división del trabajo que habrían vivido en estado de comunión con la naturaleza, y su fascinación con una ética de “inactividad activa” frente a las demandas productivistas de la cultura occidental. La mayor parte de su obra la publicó cuando ya estaba jubilado de su empleo en el Registro Civil de Paraná.
Un big bang paradojal: en su vientre crecía la vida al mismo tiempo que alrededor crecía la muerte, escribió años más tarde. Ese día no sabía qué hacer, su hijo nacería en un mundo literalmente de terror. Ni ella ni su compañero tenían indicios ciertos de que los estuvieran buscando, pero muchos periodistas estaban siendo asesinados o secuestrados. Ella trabajaba en la editorial Abril, en un suplemento especial de la revista Claudia Belleza. Y le resultaba inconcebible parir a su primer hijo lejos de su obstetra, en algún país extranjero. De modo que se quedaron todo aquel año en una Buenos Aires atravesada por las balas y los aullidos de las sirenas policiales, encerrados cada fin de semana cuando sus trabajos no los obligaban a salir, jugando obsesivamente un campeonato de TEG, el juego de mesa de moda en la época, hasta que nació ese hijo en diciembre del 76. Un mes más tarde, ella supo que era hora de partir. Su destino fue México, país al que llegarían entre ocho mil y diez mil argentinos y en el que “uno podía salir a la calle sin documentos”, según se sorprendería Carlos Ulanovsky, uno de los argenmex más célebres, cuyo libro Seamos felices mientras estamos aquí retrata ese exilio que en buena medida se instaló en Villa Olímpica, barrio del México DF construido para atletas y que luego fue hogar de exiliados del Cono Sur en los años ‘70.
–La nota, publicada en el DiarioAR el 22 de marzo de 2024 bajo el título «La amistad es un magnetismo de las almas», se lee completa por aquí.
Me dijeron no te metas con esto, hay gente que te va a saltar a la yugular como una fiera. La autocensura funciona: el género diatriba en este caso iba a ser dirigido “contra las mascotas” pero ese título sería impropio o precisaría una extensa aclaración que superaría los límites de esta columna. Porque no tengo nada contra los llamados animales de compañía, esos seres maravillosos de otras especies de los que podemos aprender muchísimo, incluida la capacidad de amar y cuidar. Lo cuestionable es el mascotismo, la práctica de retener animales silvestres en un domicilio particular y que como concepto aquí voy a extender a todos los animales, incluso los que atravesaron procesos de domesticación por milenios.
Tengo en mi mesa de luz tres libros que parecen escritos con absoluta libertad formal y expresiva, en una actitud realmente libertaria que se encuentra a años luz de quienes hoy balbucean la palabra libertad sin saber de qué se trata: Ningún lugar adónde ir, Cuadernos de los Sesenta y Destellos de belleza, de Jonas Mekas, de cuya muerte se cumplieron cuatro años el pasado 23 de enero. Mekas fue desde su infancia y adolescencia un prolífico diarista, reportero y cronista antes de volverse el documentalista experimental dedicado a registrar en sus películas-diario todo lo que ocurría a su alrededor. Confieso que sus textos me resultan más fascinantes que algunos de esos documentales que pueden requerir horas o días de labor para verlos, no digamos hasta el final porque a veces con un fragmento es suficiente, sino incluso en parte. Hay en ellos una defensa sin atenuantes del arte aficionado, no-profesional y espontáneo: “El diario en el arte es el formato más personal y democrático” escribía Mekas. “Quien elige llevar un diario en el mundo del arte es alguien abierto a todas las posibilidades, que no descarta nada, porque todo eventualmente encuentra su uso”.
Pocas cosas son más detestables que la obligación al festejo cuando se siente que no hay nada para festejar. Una fiesta obligatoria no es una fiesta. Quizá lo era en la antigüedad, cuando las festividades eran el tiempo-espacio en el que además de observarse los rituales religiosos se permitían transgresiones a las actividades habituales para la supervivencia. El crítico Roger Caillois, que vivió en la casa de Victoria Ocampo a partir de 1939, publicó ese año su ensayo El hombre y lo sagrado en el que postulaba que la humanidad siempre repartió su vida entre lo profano y lo sagrado: el primero sería el horario común, ordinario, de la labor diaria y del respeto a las normas; el segundo, la hora del derroche.