Semen indio

amore

Cuando terminé de escribir la primera versión de mi autobiografía Secretos de una estrella porno-indigenista me puse a revisar los fragmentos que había desechado y rotulado como “descartes” en una carpeta de la computadora a ver si alguno podía ser tardíamente incorporado al texto. Rescaté la transcripción de una leyenda oral que había grabado en una charla de fogón en Agua Corriente cierta noche de aquellas en las que recorría las antiguas rastrilladas en busca de datos sobre mis ancestros nativos. Leyenda es aquí una expresión peyorativa; mejor decir que se trata de la historia de amor entre un cacique manosanta y una cautiva voluntaria de nacionalidad holandesa, quienes habrían desarrollado en los alrededores de Trenque Lauquen, entre 1860-70, métodos de vanguardia para las operaciones de cambio de sexo y la reproducción transgénero. Pero me pareció que romperían con excesiva violencia el pacto de lectura del libro. Aun así, a esos fragmentos los “pasé en limpio” (expresión equívoca incluso después de ponerle comillas, porque da a entender que hubo suciedad, manchas, residuos y que ahora no los hay). Y aquí están. Pueden ser considerados como el mito de origen de una tribu ancestral, una utopía erótico-política en las pampas del siglo XIX; en fin, un mundo.

Ese mundo no podría eludir la Historia, esa con mayúscula, que lo amenazaba, lo rodeaba por la cintura, por delante y por detrás, o sea que también lo penetraba. Todo empezó entre 1859 y 1861, cuando las sucesivas derrotas y victorias militares de Buenos Aires en las batallas de Cepeda y Pavón facilitaron un período de transición y vacío de poder en las fronteras. Años en los que manzaneros, ranqueles, salineros, vorogas y otros pueblos relativamente jóvenes, como los airos, formados por migración, anexión y fusión entre sí y con pobladores cristianos, se desplazaron cada vez más lejos hacia el Este. En esos tiempos, las relaciones políticas y comerciales florecieron, hubo más intercambio de cautivas, más acuerdos de entrega periódica de ganado, mayor circulación de refugiados, prófugos, libertos y colonos, desde y hacia las tolderías. Las nuevas identidades tribales, en constante mutación, se volvieron provisorias y circunscriptas a lugares de destino más que de origen. De allí que en las cercanías de Trenque Lauquen pudiera establecerse a mediados de los ‘60 una tribu proveniente de la región de Agua Corriente (también llamada Leuvucó o Leubucó) que, por radicarse a orillas de la laguna Cuero de Zorro, recibió el nombre de “los zorros”, aunque entre sí prefirieran honrar no tanto al nombre winka o huinca sino al original del lugar: Laguna Redonda. Así es que se denominaron “los redondos”, en referencia a esa circularidad lacustre casi perfecta que acaso fue delirada durante la travesía por la Pampa. Más tarde tales nombres terminarían cambiando una y otra vez de género, refiriendo alternativamente a “las zorras” y “las redondas”.

La nueva tribu fue conducida a su tierra prometida por un líder adecuado a esos años de relativa paz y abundancia. Una suerte de capitanejo bi-flexible y benévolo, emocionalmente inestable, de llanto fácil y ojos pintados, que solía vestir polleras a lunares “como una china”, al decir de los gauchos fronterizos. Llamado Baigorrión, había sido criado como machi -curandera, médica o hechicera- y fue considerado desde su más temprana niñez como un tercer sexo o ambidiestro a quien se le permitía vestir y vivir cuantas veces quisiera en modos de varón o de mujer.

Elegido como longko o cabecilla por el consejo de ancianos que aprobó el traslado de esa fracción ranquel de quinientos pobladores hasta la laguna, Baigorrión adoptaría por provocación el rótulo criollo de “cabecita”. De costumbres liberales en el sentido que esta palabra tenía en el siglo XIX, sin embargo resistió la tentación de convertirse en “indio amigo” de los cristianos. Pero tampoco se dedicó a malonear en forma imprudente. Durante su cacicazgo impulsó la renovación de las relaciones inter-pampeanas. Abolió el cargo de toki o ministro de guerra. Patrocinó el fin de los conflictos entre hermanos che y otras naciones. Procuró acordar con los cristianos un comercio estable de productos cárnicos, vegetales y artesanales. Sobre todo, intentó educar a su tribu en los principios de la paz y el amor como antídotos contra los virus de la disputa territorial y doctrinaria, contra el afán desmedido de riquezas y el odio. Para esto habría tenido como aliada central a la holandesa Annika Van Der Veen, pronto conocida en las tolderías como la rubia Spermatik (la última letra debía pronunciarse “ka” igual que Annika, según ella misma insistía).  

Presentada ante el cacique como una cautiva voluntaria, anarquista, bisexual y partidaria del amor libre (esto último un agregado innecesario según el pensamiento del cacique, porque sería difícil mantener la bisexualidad sin algún grado de libertad en los amoríos), Annika hablaba siete idiomas y escribía en cuatro. Había vivido en Francia, había viajado como prostituta en un barco portugués y, al llegar a América, para huir de sus proxenetas, se casó por conveniencia con un almacenero vasco a quien luego decapitaron durante un malón en Venado Tuerto, hecho durante el cual ella terminó cautivada por un indio que la trató bien. Más tarde fue rescatada y violada por soldados cristianos hasta derivar como refugiada en una familia porteña que por suerte la protegió de los abusos y le dio un lugar como profesora de los niños de la casa, un puesto que al final abandonó para fugarse al oasis de Laguna Redonda.

El término oasis es quizá apropiado aunque insuficiente para nombrar el paisaje encontrado por Annika Van Der Veen en ese territorio de escasa población y abundancia de fauna silvestre, además de yeguarizos y vacunos cimarrones, todo lo cual propiciaba la caza y la pesca, la recolección de hierbas y alguna agricultura familiar, con pocas bestias de corral para leche y huevos. Como en la mayoría de las tribus de raza aira (aquellas que habitaban ese espacio que un poeta llamaría “la gran llanura de los chistes”), en Laguna Redonda se trabajaba poco, en promedio unas dos horas por día, aunque sería difícil calcular porque a veces se ocupaba la jornada entera y en otras sólo había tiempo para descansar, contemplar, jugar, bailar y hacer el amor entre todxs: la “x” allí se justificaría porque generalmente no se podía prever quién haría de hombre y quién de mujer (la misma persona un día podía aparecer en forma femenina y al siguiente en forma masculina, un fenómeno originado por las operaciones de cambio de sexo practicadas en la toldería).

La fama de manosanta que tenía el cacique provocó desde el principio la afluencia de visitantes de distintas regiones a la tribu, que por ese medio también obtuvo otra fuente de ingresos: el turismo sanitario y sexual. Hacían cola, literalmente, para atenderse. Venían caciques de tribus vecinas, gauchos renegados, soldados desertores y mujeres de las colonias. Hasta de Chile venían a verlo. A veces se acercaban por consultas clásicas, alguna infección, heridas, pero la mayoría pedía operaciones de cambio de sexo mediante la imposición de manos. O sea, sin cuchillos ni agujas, ni siliconas u hormonas inexistentes en la época. Con la ayuda de tisanas y sahumerios de hierbas combinadas en recetas que sólo Baigorrión conocía, además de algún canto o invocación acompañado por el kultrun, bombo mapuche, el cacique calentaba sus manos restregándolas entre sí y ponía las palmas abiertas a escasos centímetros de la zona del cuerpo a intervenir. Hacía crecer tetas y levantaba culos, transformaba clítoris en penes y viceversa, plegaba y cerraba vaginas, reducía el tamaño de bolas, pies y narices a pedido. Todo con el poder de esas manos que operaban sobre la carne y el hueso.

La rubia Annika Van Der Veen de entrada lo consultó para hacerse un cambio de sexo porque, según dijo, quería “tener la experiencia de que le saliera semen de su propio cuerpo en grandes cantidades e inundar de esperma la llanura”. Algunos sugieren que el apodo de Spermatik surgió en esa consulta pero hay elementos para suponer que tuvo otro origen, como veremos luego. Lo cierto es que estuvieron días y hasta semanas encerrados dentro del toldo cacical, y parece que él finalmente le aconsejó que postergara esa operación más bien complicada, que requería modificar órganos internos. A partir de ese encuentro, Annika se convirtió en la primera dama de la tribu. Había ingresado al toldo del cacique como una flaquita algo escuálida, con las costillas casi a la vista, a causa de la privaciones y penurias que sufrió en sus fugas, y de ese mismo toldo salió convertida en una rubia voluptuosa, de tetas redondas y bien erguidas, nalgas duras y labios rojos -de los que a veces chorreaba un resto de semen- que paseaba su cuerpo desnudo a la vista agradecida de toda la toldería.

Baigorrión, en su función de machi, atendía en primavera y en verano, cuando más “prendían” las operaciones. El resto del tiempo hacía de cacique, una función masculina dentro de la cultura nativa. Pero tampoco era demasiado activo en ese rol. Contemplativo, a veces inseguro y otras obstinado, generoso y protector aunque también narcisista y manipulador cuando se empeñaba en seducir, por ejemplo, a un grupo de guerreros para pasar la noche, Baigorrión era un cacique de voluntad oscilante. Las decisiones capitales las tomaba por consenso con los ancianos de la tribu en la mejor tradición indoamericana y también mediante retiros a solas para meditar sobre el curso de acción apropiado. La mayor parte del tiempo la pasaba observando hierbas y hojas en el bosque, en busca de materiales para preparar catién, bebida afrodisíaca que solía suministrar para las fiestas, o encerrado en su toldo para abocarse a sus periódicas transformaciones, rodeado de pinturas, cremas, sahumerios, plumas de distintas aves, instrumentos musicales y otros objetos de poder. En esos momentos sagrados, la tribu entera sabía que no podía molestarlo.

El cacique cavilaba a solas sobre su mayor inquietud: cómo lograr que las operaciones de cambio de sexo fuesen permanentes. Porque eran reversibles. Este defecto tenía su lógica, dado que él mismo iba y venía entre géneros, sin ninguna permanencia o preferencia definitiva. El asunto es que no podía asegurar a nadie que la modificación fuese para siempre. Muchos tenían que volver en pocos meses y, en algunos casos, semanas o días. Las mamas o las vergas crecidas por imposición de manos duraban un tiempito y después empezaban a reducirse de modo más o menos rápido o lento, según la constitución física del paciente. Y lo mismo ocurría en el resto del cuerpo. Por lo general quedaban vestigios: algunos pezones más grandes en el pecho de los varones o alguna bolsa testicular colgando en las entrepiernas femeninas. Esta limitación de la “cirugía”, que resultaba inconveniente para casi todo el mundo, incluido el manosanta que no quería ser fastidiado por mutantes crónicos (aquellos que venían a verlo una vez por semana, como a un peluquero), tenía sin embargo sus ventajas. Se podía probar el cambio durante un tiempo y después volver a lo habitual. En cierto modo, era una experiencia ideal para el matrimonio, singular o múltiple.

La cuestión es que a causa de esas operaciones de cambio de sexo, el paisaje social de Laguna Redonda presentaba una variedad inusitada para la época, con suficiente actividad de cross-dressing, transgéneros y mutaciones como atracción para muchos visitantes. Había pansexuales, multifieles, heterosexuados y homosexuantes (a estos últimos, algún antropólogo habría de definirlos como “agentes de homosexualización activa), polimorfos y polimorfxs con una “x”, dos o tres; las tres “x” aportaban el elemento hard-core a la orientación. Desde luego que no se llamaban entre sí con estos nombres (de hecho, la x no existía en aquella lengua ágrafa), ni con ningún nombre en particular (dada la voluntad de oscilación sexual que imperaba en la tribu), pero con esas denominaciones se intenta dar una idea aproximada del asunto.

Si a todo esto se añade la mezcla de razas, naciones e identidades aportadas por refugiados y ex cautivas, se completa el cuadro del heterogéneo espacio que ocupaba esa tribu de quinientos residentes permanentes. Como la tercera de las ciudades de cuero de la Pampa, después de Salinas Grandes y de Agua Corriente, la toldería de Laguna Redonda no sería tan importante en términos demográficos pero sí el primer centro cultural, artístico y educativo de la región. Durante toda la década del ‘70 era común ver grupos de chicos y chicas indígenas bañándose en la laguna y haciendo el amor sin distinción, veteranos de guerra montados en el mismo caballo y besándose en público, gauchos emplumados y vestidos con largas faldas expropiadas en los malones que se paseaban del brazo hablando un rudimentario inglés o francés con alguna mulata cuartelera que lucía sable y uniforme y que a su vez había caído por ahí como cautiva y ahora vivía como refugiada.

Todo esto habría sido, en gran medida, efecto de la presencia de la holandesa, quien desde el principio se encargó de la educación pública que impulsaba el cacique, interesado en la enseñanza de castellano y otras lenguas europeas en base a textos literarios y filosóficos. Para ello hizo instalar un toldo-escuela amplio y cómodo, con fogón para el mate, tarima de madera para levantar el piso unos centímetros en torno a la cama, sillas y banquetas tapizadas en cuero y un bargueño que habrían conseguido en algún malón para guardar los libros, junto a frasquitos y estuches con hierbas cosméticas y medicinales, esencias, perfumes, cremas y pinceles. Las clases se impartían en torno al fogón y la mateada circular, apoyándose en la ancestral costumbre pampeana de mantener largas discusiones sobre temas triviales y también de importancia, sin jerarquías temáticas.

El programa consistía en alfabetizar a zorras y redondos mediante la lectura pública de libros y revistas provenientes de saqueos u obtenidos por canje entre bandas combinadas de indios y gauchos alzados. Habían conseguido primeras ediciones de El matadero y La cautiva, y este último era el que más gustaba en la toldería. Los indixs (o indies, según el fonema que enseñaba Annika para pronunciar la indistinción de género) lo consideraban el texto de un autor cómico, de un humorista. Cuando leían la escena en la que el guerrero ataba las manos de la mujer con las tripas del bebé, se reían a carcajadas. Todo les parecía un gran chiste. Aplaudían y expresaban a gritos su admiración por el sentido del humor de los cristianos.

Y otro era Facundo. Pero a este lo leían como una colección de relatos de terror. Se asustaban. Cuando Annika empezaba a leer las palabras iniciales, “¡Sombra terrible de Facundo, voy a evocarte, para que sacudiendo el ensangrentado polvo que cubre tus cenizas te levantes…!” etc. etc.,  los más pequeños salían corriendo, aterrorizados. Otros se quedaban temblando. Algunos más viejos o viejas se ofendían, terminaban la clase a disgusto. Para ellos, ellas o elles, Facundo era una figura diabólica, el jefe exterminador de la primera Campaña del Desierto, la de 1833, cuando tres mil nativos fueron muertos sólo por la columna sur, dirigida por Rosas, otra figura espectral del terrorismo de Estado bonaerense, según los historiadores indígenas. Incluso cuando veían que el libro era un ataque contra el rosismo o el caudillismo seguían desconfiando: “Son contradicciones en el seno de los grupos hegemónicos” decían. “Aun cuando critica a los gauchos nos está criticando también a nosotros”. Sólo alguna con más aptitud para la lectura de ficciones defendía cada tanto a Sarmiento: “Escuchen lo que dice sin miedo, si ahí no hay nada real, son apenas cuentos de fantasmas”.

Annika complementaba los libros con algún diario viejo de Buenos Aires – por supuesto que todos los diarios eran relativamente viejos cuando llegaban a la zona- como La Tribuna. También enseñaba matemáticas básicas, ejercicios de actuación originados en la comedia dell’arte y además -con ciertos alumnxxxs a los que invitaba a quedarse después de clase- intercambiaba rudimentos de ars erotica de lupanares europeos con antiguos conocimientos indoamericanos, en medio de largas libaciones de catién suministrado por el cacique.

Esos encuentros de after-hours eran verdaderos laboratorios de experimentación e intercambio de saberes. En esto Annika no hacía diferencias de edad ni de género. Copulaba con todos y todas ya que, según insistía, en las artes del amor tout le monde tiene algo que enseñar. Recitando casi de memoria fragmentos de Justine o Los infortunios de la virtud que había leído en la Biblioteca Nacional de París, la holandesa adaptó algunos recursos libertinos al temperamento pampeano, compartiendo con sus alumnos las artes del  ligamento con tripas de vaca (“juguemos a la cautiva”), del castigo sexual al insumiso (con rebenque y boleadoras), de la penetración anal (con huevos de pato, también de  ñandú), entre otras técnicas y artefactos. A cambio, sus discípulos le enseñaron cómo aprovechar los secretos infinitamente más amables del catién.

La bebida afrodisíaca era preparada en base a un yuyo campestre, una hierba medicinal cuyo descubrimiento era atribuido a Baigorrión y que, macerado y cocido como infusión -mediante una receta que nadie excepto una machi podía conocer-, si se bebía poco antes del acto sexual volvía más dulce y también más liviano el líquido seminal. En otras palabras, la ingesta de cierta cantidad del compuesto activo del catién producía un cambio en el metabolismo reproductivo del varón al punto de eliminar el medio ácido de los espermatozoides y endulzar el semen. Al decir de Annika, lo que salía de la eyaculación era dulce como leche materna con miel.

Esta modificación no sólo hacía más atractivo el sexo oral sino que presentaba ventajas colaterales. La bebida incrementaba la producción de semen. Es decir, uno podía eyacular varias veces –según la edad y otros factores, claro- entre períodos de descanso más o menos breves. Por ejemplo, uno se echaba un polvo y de inmediato quería echarse otro y otro y otro, sin parar. Además, la eliminación del medio ácido para los espermatozoides actuaba como eficaz método anticonceptivo. De modo que no importaba tanto por dónde el varón la ponía, aunque sin duda la boca era la más preferida, justamente por el sabor; los mismos productores  gustaban de su propio líquido, a veces saboreándolo en las bocas de quienes recién lo habían ingerido. Todo se volvía un enchastre de lamidas y cuerpos húmedos y pegajosos cuando había suficiente catién en las fiestas.

Pero esto tenía sus contraindicaciones. Además del trabajo que costaba encontrar el yuyo y cocerlo para preparar la infusión, el exceso en la ingesta no era recomendable ya que podía provocar pérdida de energía y quizá infertilidad a largo plazo en los varones. En las mujeres al principio no se advirtió que tuviera efectos importantes; se preparaba una pasta macerada en mortero y cocida para elaborar un aceite esencial utilizado en masajes y cuyas propiedades inducían un sabor y aroma en la piel y en la zona genital que hacían más atractiva la felación. Muchos encuentros eróticos solían comenzar precisamente con un masaje de aceite de catién que ellas recibían acostadas sobre las mantas de carnero, hasta que el toqueteo derivaba en sexo oral. Como pronto aprendió Annika Van Der Veen, las lenguas parecían querer ir cada vez más profundo y se detenían por tanto tiempo que al final una rogaba al cielo que el otro u otra se cansara y retirase de una santa vez su cabeza del medio de la entrepierna.

Uno de los mayores descubrimientos de los efectos del catién en el metabolismo femenino ocurriría durante los intercambios de fluidos entre Baigorrión y la maestra holandesa. Una noche (qué otro momento podía ser sino la noche), luego de que todos se retiraran del toldo exhaustos, ahítos de sexo y bebida, la rubia Annika se quedó a solas con el oliváceo jefe de la tribu, completamente varón en esos días, y luego de hacerle cinco mamadas seguidas y relamerse con la última eyaculación, se arrodilló y le pidió que le meara en la boca. No es sólo que estaba enamorada; era una adicta, se prendía a la mamadera como cordero guacho (lo más probable es que por eso se había ganado su nom de guerre Spermatik).  El cacique biflexible se sonrojó ante el pedido. Le dijo que no solo habría que esperar a que se le bajara, ya que no podía orinar mientras tenía su erección. Además, agregó mientras acariciaba el cabello color de oro de la holandesa, dado que en ese momento él “hacía de hombre”, según las costumbres ancestrales le tocaba ser meado por ella y no al revés.  Es decir que existían protocolos, tradiciones, leyes no escritas que pautaban la emisión de lluvia dorada –se supone que también la marrón- para que las mujeres no fuesen meadas ni cagadas en el acto sexual. Si alguien tenía que estar abajo, debía ser el macho.

Era una construcción binaria de los roles sexuales, razonó la holandesa, quien después de todo sentía una diferencia cultural importante con la cultura nativa. Pero tuvo así su lección improvisada, aunque contundente, sobre los refinamientos de la tradición pampeana. Le siguió el juego y dejó que Baigorrión se acostara panza arriba sobre el piso de tierra, ya convertido en un tibio lodazal de semen y catién. Allí se dispuso, con las piernas abiertas y de cuclillas sobre el rostro cacical, a orinarle. Había bebido de más y tenía ganas de sobra. El cacique abrió la boca y sacó la lengua, con los párpados cerrados para que no le entrara por los ojos. Y cuando cayó el primer chorro, casi lanza un grito de ahogado. Pero fue de placer. Annika hizo un esfuerzo por contener el resto de orín para no sofocarlo; él le rogó por favor que siguiera, tragó todo lo que pudo, se relamió y llevó a su boca los dedos untados del líquido desparramado sobre su cuello y hombros. Fue una sorpresa total: la orina de la holandesa era saladita, incluso con un toque picante, y más sabrosa que el semen.

Había un par de chistes, o quizá eran piropos, que podían tener su origen en cierto saber intuitivo sobre las cualidades de la micción femenina. Cuando a un zorro le gustaba mucho una mujer, podía decir (en traducción del mapudungun): “Yo a esa le chupo la meada y le morfo hasta los soretes”. O, más delicadamente, a ella y en tono cantarín: “Tu pis es para mí oro fino: orín divino”. Pero hasta ese momento no se había comprobado que la micción tuviese buen gusto. Para disipar las dudas, el cacique mandó traer y probar muestras de orina de todas las mujeres de la tribu que hubieran bebido catién en los últimos días. Así, por prueba y error, se descubrió que la fórmula afrodisíaca no solo endulzaba el semen sino también agregaba condimento a la orina (femenina). Y con el tiempo, se estableció que esos efectos seguían la misma pauta de los cambios de sexo: una mujer convertida en varón producía, aunque fuese por unas pocas horas, semen dulce; y un varón mutado en mujer, también por lo que durase el efecto de la operación, tenía el orín salado y en algunos saborizado como con una pizca de pimienta.

Qué banquetes se dieron en la tribu a partir de ese día… Y el mayor descubrimiento todavía estaba por hacerse. Spermatik y Baigorrión continuaron experimentando. La postergada operación de cambio de sexo que ella había pedido fue finalmente autorizada. La holandesa decía estar ansiosa por penetrar al cacique y también por acabarle en la boca, con semen, con orín y luego lamer esa cruza de jugos. Conocer el sabor interior de ambos cuerpos, probar la combinatoria de dulce y de salado, deleitarse con la entrada, el plato principal y el postre. Salsa picante cuando ambos coincidían en hembra, cucurucho de dulce de leche cuando coincidían en hombre. Pasarse noches y días encerradxs en el toldo, bebiendo, fornicando, orinando y por qué no defecando, por puro placer de experimentar y buscar la repetición de un éxtasis infinito. Incluso cuando a Baigorrión le vino por primera vez la regla, Annika transformada en varón se animó a probar el gusto de la sangre nativa y otro día compartió con su hombre el sabor de la menstruación europea, aunque no pudieron determinar, con tanta mezcla de sabores, si esos fluidos eran in-fluidos por el catién o por las mutaciones. Casi se convierten en caníbales del sexo, si no fuera que de pronto ocurrió lo más obvio y al mismo tiempo inesperado.

En uno de esos largos encuentros, entre los experimentos, la indiferenciación y el arrebato, Baigorrión quedó embarazadx, embarazad@ o embarazad*. Se entiende, pero qué gran sorpresa para la tribu. Era algo para lo que nadie estaba preparada/o.

Preguntas en los pasillos entre un toldo y otro: ¿Acaso la orina femenina se volvía reproductiva al mismo tiempo en que el semen masculino perdía fertilidad? ¿Y por qué vía se había producido la preñez: vagina, ano, boca o agujero del pene? Por otra parte, ¿cambiaría de sexo el cacique en medio del embarazo? ¿Lo interrumpiría voluntaria o involuntariamente? Si llegaba a parir, ¿podría ocurrir que al ser madre no quisiera ya volver a su anterior cuerpo masculino? ¿Y qué tipo de criatura sería el vástago de esa unión de seres en estado experimental? ¿Un monstruo? ¿Un mesías? Quizá una nueva especie transhumana surgiría de la Pampa húmeda, regada generosamente con semen indio y lluvias doradas.

El final no sería feliz, por supuesto; ninguno lo es, y este menos. Buenos Aires salió fortalecida de los tiempos de crisis, reordenó el espacio político argentino bajo su dominio, armó un ejército, avanzó sobre la última frontera y la segunda y definitiva Campaña del Desierto, en 1879, fue la tumba de todos los sueños originarios. Los saberes, las experiencias, las medicinas, las artes eróticas, las formas de vida anteriores fueron arrasados por la civilización occidental y cristiana. Se dice que Baigorrión y Spermatik murieron abrazados y también abrasados por las llamas que consumieron el toldo cacical aquella noche aciaga en la que fue exterminada la entera tribu de Laguna Redonda.

De cualquier modo, o de un modo preciso, parece que el embarazo progresó en tiempo récord y el parto ocurrió poco antes del final infeliz. La criatura, con pocos días de vida, habría podido escapar de la destrucción, salvada por un soldado cristiano que esa misma noche desertó al galope hacia el Oeste, horrorizado ante la masacre, y que probablemente la entregó a una machi de la tribu de Agua Corriente que la supo amamantar y criar a escondidas. Otra versión, menos creíble, dice que el bebé o beba se arrastró a solas, gateando o probablemente reptando, hasta la zona de Carhué donde habría sido hallado por una familia de colonos ingleses; una verdadera hazaña para quien conoce la distancia que hay entre esas zonas del actual territorio bonaerense, con más de 100 kilómetros en línea recta, sin contar desvíos por error o accidentes del terreno. No hay otros rastros de la existencia del vástago en las leyendas nativas.

En fin. Quisiera creer que la criatura sobreviviente de aquella unión dorada, si existió realmente, en su vida adulta sintió el llamado a imaginar y construir una utopía heredera, una nueva tribu, otro mundo. En tal caso, puede que yo misma sea descendiente de esa línea de caciques mutantes. Pero no podría demostrarlo. Así que al principio dejé de lado este material de contenido legendario, aunque en el proceso de reescritura de mi libro Secretos de una estrella porno-indigenista sentí la necesidad de recuperar el romance del cacique Baigorrión y su amada Spermatik, que es también una historia de amor transfusional entre flujos fértiles y desechables. Vayan estos “descartes” como homenaje a las memorias perdidas en el subsuelo de la Pampa.

-Relato publicado en la antología Zona de cuentos (coord. Carlos Bernatek), Interzona Editora, Buenos Aires, 2014.